Archivo de la categoría: REFLEXIONES

Post Asamblea (II)

En algún momento de la Asamblea de la UNEAC en Camagüey, la ensayista María Antonia Borroto Trujillo introdujo uno de los temas que más debiera importarnos discutir: ¿qué significa ser intelectual en la Cuba de ahora mismo?

Esta es una pregunta que, como aquella del Ser rescatada del olvido por Heidegger en su momento, apenas se formula hoy de una manera seria. Y es que muchas veces confundimos al intelectual crítico con el individuo que, cada cuatro años, de Congreso en Congreso, se para ante el público (¿o para el público?) y emite una opinión a favor o en contra de cualquier asunto.

Sin embargo, si algo distingue al intelectual auténtico de ese otro intelectual de ocasión, es que ha convertido su modo de intervenir en lo público en una adicción. Como adictiva también parece su tolerancia a la incomprensión y al fracaso.

Nada provoca en mí tantas sospechas como los consensos logrados en una Asamblea de intelectuales. Mientras los políticos están obligados a establecer alianzas con el fin de (en momentos concretos) tomar decisiones, a los intelectuales les toca remover el piso, hacer notar las infinitas variantes que nos concede la existencia para convivir, sacar constantes lecciones de los conflictos que animan a diario la vida.

Por eso el intelectual crítico suele ser un incomprendido, un tipo incómodo que tiene todas las de perder cuando se enfrenta al sentido común, y discute aquello que la mayoría de las personas dan como algo natural.

Nada de esto es nuevo, por supuesto. ¿Quién ha podido olvidar las lecciones de Benda cuando habló de la traición de los intelectuales? ¿O las observaciones de Gramsci al describir las funciones del intelectual tradicional y el intelectual orgánico? O un poco más acá las anotaciones de Said:

En torno a los intelectuales que no tienen prebendas que proteger ni territorio que consolidar o guardar hay algo fundamentalmente perturbador, de ahí que en ellos la autoironía abunde más que la pomposidad, la franqueza más que los rodeos y los titubeos. No se debe pasar por alto en todo caso la ineludible realidad de que tales representaciones no les van a ganar a los intelectuales ni amigos en las altas instancias ni tampoco honores oficiales. La condición de estos intelectuales es la soledad, sin duda, aunque siempre será preferible este destino a dejar gregariamente que las cosas sigan su curso habitual”.

Se trata de eso, de olvidar por un rato las impertinencias del ego peleón, para poner toda la pasión intelectual en función de los intereses más generales. O lo que es lo mismo, los intereses de la nación pensada desde lo inclusivo.

Juan Antonio García Borrero

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En vísperas del nuevo Congreso de la UNEAC

El próximo sábado 11 de mayo tendrá lugar en Camagüey la Asamblea del Comité Provincial de la UNEAC, donde quedarán elegidos los directivos en este nuevo período que se inicia. Asimismo, se discutirá el Informe de Balance de lo realizado por sus miembros entre el 2014 y el 2019, y finalmente se presentarán los Delegados al venidero Congreso.

Leí el informe, y no sé por qué no me sorprendió que, una vez más, las experiencias de “El Callejón de los Milagros” no se mencionen allí. Sencillamente el tema de la informatización de la gestión cultural no es algo que esté priorizado por la UNEAC, pese a que en el pasado Congreso de la organización, el hoy presidente del país, Miguel Díaz-Canel, invitó a asumir con altura ese desafío que significa fomentar el uso creativo de las tecnologías en función de una mejor promoción del arte y la cultura.

Hay que decirlo por lo claro: en Cuba la informatización va por un lado, y la UNEAC por otro, algo que intelectuales como Víctor Fowler, por ejemplo, ya habían señalado desde hace mucho al apuntar lo siguiente en uno de los textos que compartimos con los lectores del blog: “Tan terrible como lo anterior es la escasez de opinión pública acerca de ello en espacios como la UNEAC (en su caso por ser quizás la tribuna principal de los científicos sociales cubanos), el silencio inducido alrededor del tema en el sistema universitario y en los diversos medios de prensa”.

Demoraremos mucho en incorporar de un modo natural a nuestros debates de la UNEAC asuntos como estos, pues en el fondo seguimos pensando que nuestras actuales Políticas Culturales pueden omitir ese capítulo. ¿Qué hacer en esos casos donde la resistencia analógica (a veces explícita, a veces sutil) se encarga de frenar la naturalización del debate?

Pues aprovechar de modo creativo las herramientas que nos brinda la propia revolución digital, y poner a circular esas ideas que en otras partes del mundo ya no resultan novedades, pero que acá levitan desconectadas debido a la carencia de un nicho que les brinde la posibilidad de una discusión sistemática.

La selección de textos que ahora ponemos a consideración del lector han sido publicados en el blog en el último quinquenio. Tienen como denominador común el interés por el papel del intelectual en la Cuba del siglo XXI, esa donde el consumo cultural, entre otras cosas, ya no se parece en nada al que existía en el siglo pasado.

Es una selección mínima, porque en estos cinco años se ha escrito muchísimo sobre estos temas en el blog. Por supuesto que aquí no encontraremos respuestas a las muchas preguntas que nos seguimos haciendo. En todo caso se trata de estimular el debate alrededor de un fenómeno que entre nosotros espera enfoques de altura. Aunque también se trata de una suerte de memoria de vida, toda vez que en los primeros textos se describe el nacimiento de eso que hoy conocemos como El Callejón de los Milagros.

JAGB

Relación de textos seleccionados

Post-Congreso: notas para un debate sobre el intelectual y la cultura cubana en el siglo XXI      3

Víctor Fowler sobre Internet, Políticas públicas y uso creativo en Cuba    6

De García Borrero a Víctor Fowler   7

De Víctor Fowler a García Borrero   9

De García Borrero a Víctor Fowler (II)        11

El papel de las instituciones culturales cubanas en el siglo XXI     13

Las nuevas tecnologías y el uso creativo en la promoción cultural  14

Cultura, tecnología, y educación en Cuba: la triple insularidad.      16

Pensar lo público desde la vanguardia intelectual    17

Cultura y educación: ¿enemigos íntimos?     18

Pluralidades y el debate cultural en Cuba     20

Contra el creaticidio: prohibido no soñar.     22

Políticas culturales y creatividad en Cuba    24

Creatividad, pensamiento crítico y vanguardia intelectual   26

Consumo cultural y lugares públicos en Cuba          27

Apuntes para un debate: cultura y medios en la era digital  29

Post-reunión   31

Para descargar la compilación de textos, pinchar debajo:

Notas para un debate sobre el intelectual y la cultura cubana en el siglo XXI

Ecos de la Muestra Joven

Mira que ha crecido la Muestra de Cine Joven auspiciada por el ICAIC. Lo dice alguien que la vio nacer. Que le puso sus primeros pañales. Y que jamás imaginó que llegaría a ser lo que es ahora.

Esta que acaba de finalizar fue la decimoctava edición: una edad peligrosa para cualquier evento. En lo biológico 18 años es nada, pues se está en la flor de la vida, y a esa edad la gente, por lo general, se quiere comer el mundo (aunque, como dijo alguien, hay personas que mueren a los 18, y lo entierran a los 80).

Pero una cosa son los individuos, y otra los eventos, porque en estos espacios tienden a institucionalizarse las rutinas productivas. De los eventos se espera una estabilidad que garantice el sosiego administrativo: la experimentación y el riesgo está bien para los individuos, pero no para esos cónclaves que todavía responden a la lógica de la cultura del mecenazgo, y donde se prefiere jugar al seguro para no inquietar demasiado al mecenas (en este caso al Estado).

Sin embargo, la Muestra ha tenido a su favor que, a lo largo de estos 18 años, la dirección ha estado en manos de muchas personas. Esto, definitivamente, la ha enriquecido, pues no ha dado tiempo a que los inevitables sesgos que todo líder le imprime al espacio se convierta en fórmula inamovible. Y, lo más importante, en los últimos tiempos, al estar dirigida por jóvenes, la Muestra se parece cada vez más a la irreverencia de ese cine herético que busca promover.

Y una irreverencia que adquiere, en términos cinematográficos, dimensiones de argumentos. Fin (2018), de Yimit Ramírez, por ejemplo, es una maravilla de corto, al igual que el documental Brouwer. El origen de la sombra (2019), de Katherine T. Gavilán y Lisandra López Fabé. En ambos casos, sus realizadores han priorizado la construcción de entornos audiovisuales que se disfrutan desde lo estético, y que ganan autonomía artística más allá de las lecturas circunstanciales que se puedan hacer.

Sabemos, desde luego, que todos estos materiales están hablando de la Cuba de ahora mismo, y a veces, de un modo hipercrítico. Pero eso es lo que más aprecio: que hay una voluntad de estilo que permite revelarnos esta realidad que padecemos desde el diagnóstico profundo, no desde el panfleto militante y circunstancial.

Y luego está el ambiente que acompaña a las películas proyectadas. Porque al final no basta con que las películas sean exhibidas durante una semana y punto. Es preciso generar alrededor de ellas todo un cuerpo de ideas que acompañe ese proceso renovador. Y para renovarse, crecer, el cine (y en sentido general, la cultura) necesita del debate sistemático y desprejuiciado.

Esto último es fundamental: el desprejuicio. Me encantó, para poner otro ejemplo, ver la obra de dos figuras tan distanciadas en lo político como Santiago Álvarez y Guillermo Cabrera Infante, examinada con serenidad académica en un mismo espacio.

En un país como el nuestro, donde el furor disyuntivo suele aislar a los objetos que examina, simplificando los análisis en base a la reducción de las cosas a un solo aspecto, esto es una tremenda victoria.

Juan Antonio García Borrero

El ICAIC y el cine cubano

Hubo un tiempo en que era imposible pensar el cine cubano más allá del ICAIC. Como institución cinematográfica parecía totalizarlo todo: producción, distribución, exhibición, formación de nuevos públicos.

Su nacimiento el 24 de marzo de 1959 adquirió de inmediato un carácter marcadamente simbólico: fue la primera institución cultural creada por la Revolución encabezada por Fidel.

Pero los cineastas de entonces estaban lejos de creer que el cine que hicieran debía convertirse en mera propaganda del nuevo gobierno. Conducidos por Alfredo Guevara, y protegidos por una Ley donde en su Primer “Por Cuanto” todavía se avisa que el cine es un arte, se propusieron acompañar el proceso político con un conjunto de películas que respondían más a las búsquedas y experimentaciones del cine moderno, que al confort que reporta el uso de estructuras clásicas.

En uno de sus libros Foucault anota: “Lo que se encuentra al comienzo histórico de las cosas no es la identidad aún preservada de su origen, es la discordia con las otras cosas, es el disparate”. Cuando pienso en el ICAIC de esos primeros días, viene a mi mente esa observación, y esta foto que alguna vez me hiciera llegar Fausto Canel, donde, entre otros, aparecen Alfredo Guevara (extremo izquierdo), Tomás Gutiérrez Alea (al centro), el propio Canel muy joven, y Guillermo Cabrera Infante, cortado por la mitad, y todavía ocupando su fugaz puesto de vicepresidente de la institución.

Una foto como esa resulta difícil de asumirla de un modo natural sesenta años después, toda vez que no responde a esa imagen del ICAIC que ahora mismo tenemos, que es la imagen de una institución estatal que, contra viento y marea, ha conseguido mantener como un sistema eso que mencionábamos al principio: producción, distribución, exhibición, formación de nuevos públicos.

Pero es evidente que en todos estas seis largas décadas la riqueza del legado que perdura se ha nutrido de la contradicción permanente, más que de una armonía artificial que solo existe en la mente de quien evoca y festeja las efemérides; como diría Giacomo Marramao, otro filósofo, “tenemos que aprender a pensar la continuidad como algo diferente de la identidad”.

El ICAIC que cumple hoy sesenta años de fundado tiene a sus espaldas un desafío mayor, pues si bien sigue siendo un punto de referencia insoslayable en la cartografía dominante del audiovisual cubano, ya no goza del monopolio de la acción creativa. Por suerte, la propia institución no vive ajena a esa realidad, como puede testimoniar el auspicio de esa Muestra de Jóvenes realizadores que creara en los inicios de este nuevo siglo.

De modo que, tarde o temprano, se irá naturalizando (no con la rapidez que uno quisiera) una mirada que deja atrás la lógica excluyente de la identidad única, para reparar en lo múltiple, en lo inclusivo. No sucederá de inmediato, porque aún buena parte de la defensa del ICAIC se sostiene sobre el argumento solapado o paternalista de la carencia o inferioridad de lo otro.

Creo que el ICAIC no necesita ese tipo de protección: el ICAIC seguirá creciendo en la misma medida en que ayude a iluminar un entorno donde proliferan las producciones más allá de sus predios, se segmentan los públicos, se afianzan nuevas prácticas de consumo. En lo personal, no me imagino un futuro cubano donde no exista un ICAIC: quiero decir, un ente rector que (más allá del nombre), ayude a establecer Políticas Públicas en función del bien común y el cine cubano en general.

Juan Antonio García Borrero

Pensando lo digital desde la Feria del Libro de Camagüey

El sábado pasado, como parte de las actividades de la 28 Feria del Libro en Camagüey, participé en el panel organizado por la revista “La Liga” con el título “Las redes sociales: ¿autismo o nuevos horizontes?”, acompañando en este caso a Maité García, Soledad Cruz, Yohan Pico y María Antonio Borroto.

Casi todos los títulos para paneles suelen ser grandes provocaciones, y este no deja de ser la excepción. El autismo es ese “trastorno psicológico que se caracteriza por la intensa concentración de una persona en su propio mundo interior y la progresiva pérdida de contacto con la realidad exterior“.

No creo que eso sea exactamente lo que predomine en redes como Facebook, donde el narcisismo dominante más bien lo que impone es el descuido de nuestro Yo más auténtico, con el fin de agradar y recibir Likes de los posibles seguidores. Por tanto, en las redes sociales no es tanto el mundo interior lo que se cultiva, como lo externo, eso que la edad del selfie que vivimos, ha conseguido legitimar de modo apabullante.

Creo que, comparado con otros años, la Feria del Libro en Camagüey ganó a la hora de pensar lo digital, tomando en cuenta que en su Programa también se incluyó un panel para hablar de las revistas digitales, mientras que en la Galería QR del Complejo Audiovisual Nuevo Mundo se inauguró una Exposición que propone el enfoque transmedial de nuestras gestiones culturales, en este caso vinculando la promoción cinematográfica a la promoción de la lectura.

Sin embargo, nada de esto todavía se piensa digitalmente con una perspectiva de conjunto. Para empezar, no le encontré mucho sentido a hablar de lo digital en un contexto analógico como La Comarca, cuando todas las condiciones estaban creadas para lograr ese diálogo interactivo en El Callejón de los Milagros, donde las personas hubiesen podido acceder de modo gratuito lo mismo a la colección de la revista La Liga, que a los números de la publicación de Etecsa (Tono) presentada en una de las tertulias, o aprenderá descargar los contenidos de Citmatel.

Luego, estamos hablando de que necesitamos que esa formación de usuarios creativos que tanto necesita el país debe incluir a los de abajo, pero también a quienes desde arriba trazan las estrategias de informatización.

En el conversatorio de La Liga expuse mi reserva con el uso hegemónico que se hace de Twitter por el grueso de nuestros servidores públicos. No digo que no se use para el combate ideológico, pero tenemos que acabar de comprender que el mundo digital nos está proponiendo algo absolutamente inédito, y que, por tanto, tenemos la oportunidad de ser creativos desde la institucionalidad, y poner la imaginación en función del bien público.

Mas para ello hay que impulsar un aprendizaje que nos involucre a todos, y especialmente, a los servidores públicos; es decir, a quienes con su capacidad de decisión puede mañana influir en las Políticas Públicas.

Juan Antonio García Borrero

Camagüey, 2019

Recuerdo uno de mis primeros viajes fuera de Cuba, en el ya lejano año 2001. Me habían invitado a Nueva York para hablar sobre el cine cubano. Y allí estaba yo, solo por completo, frente aquel público que por suerte hablaba el español.

Mi anfitrión me presentó con gran generosidad; exageró mis posibles méritos como investigador, y dejó abierto el coloquio resaltando que yo llegaba de Cuba, esa isla que en aquellos recintos académicos todavía ejerce gran fascinación.

Era la primera vez que hablaría en una universidad extranjera, y sentí que el terror paralizaba en mi garganta todo lo que había planificado decir. Fueron apenas unos segundos de pánico, pero a mí se me antojaba la eternidad misma.

Entonces me salió aquello que después he repetido muchas veces; tomé el micrófono para aclarar que en verdad yo no llegaba de Cuba, sino de Camagüey. Escuché las risas de las personas, y también la relajación inmediata de mi cuerpo: para ellos fue un chiste, pero yo acababa de descubrir que esa palabra (“Camagüey”), adquiría en mi mente un carácter mágico, protector.

Por eso es que me resulta tan difícil explicar mi relación con esta ciudad donde nací, y he vivido la mayor parte de mi existencia. Y créanme que no se trata de ese insoportable provincianismo que algunas veces se adueña del ánimo de quienes quieren resaltar los valores de una ciudad que, como todas, tiene zonas luminosas y abundantes zonas oscuras. No, es algo más complejo.

Así que siempre que llega esta fecha del 2 de febrero, no puedo evitar preguntarme qué es exactamente lo que todavía me sujeta a Camagüey. Alguna vez invoqué las razones del joven Heidegger cuando explicaba por qué no abandonaba la provincia. Yo supongo que tengan que existir razones menos metafísicas, aunque no por ello más transparentes.

Porque en mi caso Camagüey no es solo la calle de los cines que camino, la iglesia que a lo lejos dobla sus campanas en mis oídos, el café que acompaño con amigos presentes y ausentes.

Camagüey es una emoción que me gusta paladearla en silencio. Esa es la ventaja de haberla conocido y vivido. Que no importa que sigas aquí o te hayas ido: siempre la llevarás dentro.

Juan Antonio García Borrero   

Elogio de la razón transversal

Una de las metas que me propuse para este año que recién acaba de empezar, fue aprender a usar Twitter. No para ingresar en esa moda ingenua que te hace creer que, de verdad, puedes estar cerca de todos esos famosos y políticos que a diario tuitean lo primero que les llega a la cabeza: a mí Twitter, en tanto ciudadano, me interesa como herramienta de comunicación que bien pudiera ayudarnos a ser uno mismo, en medio de esa tendencia colectiva donde lo que más parece importar es ser como los demás esperan que uno sea.

Así que desde el 1 de enero me hice la cuenta, dejándome llevar de modo intuitivo por lo que en cada caso explican. Abrirse una cuenta en Twitter es fácil, pero generar contenidos que trasciendan, que resulten útiles más allá del ruido ambiente del cual forman parte, es otra cosa.

Todavía no me entero bien de qué es lo hay detrás de Twitter. Es decir, ya sé hacer lo que hace todo el mundo: tuitear, colgar fotos, comentar, etc. Pero la Historia nos ha demostrado que detrás de estos fenómenos hay caminos ocultos que son los que unos pocos aventureros (tildados de locos en su época) escogen, para llegar a un mañana donde el uso que al principio tenía la tecnología ha sido sustituido por otro que nadie imaginaba en un inicio.

Eso me hace pensar que la posible utilidad de Twitter no la vamos a encontrar en aquellas cuentas que más seguidores tienen. Al contrario. Habrá que rastrear con lupa en los perfiles de los que ahora mismo hacen suya la razón transversal (término acuñado por Wolfgang Welsch), y naturalizan el desplazamiento oblicuo a través de todo ese maremágnum de medios y redes que nos rodean.

Por supuesto que puede resultar intimidante tener delante de sí tantos caminos abiertos que se bifurcan. Saco la cuenta por lo que a diario experimento, cuando comenzando el día, abro ansioso el correo electrónico, consulto Facebook, actualizo el blog, chateo con mis conocidos por Sijú, reviso el Nauta, respondo el Gmail al mismo tiempo que la llamada entrante al celular, y ahora, por último, me pongo al día en Twitter.

A simple vista, se ve que ya no soy aquel individuo que, treinta años atrás, planificaba de modo escalonado las acciones del día. Ahora todo parece que ocurre al mismo tiempo, y demasiado rápido para esas maneras de procesar la información de las que hacíamos gala hace tres décadas.

Y vuelvo a acordarme de Mohamed Alí cuando alertaba de que el hombre que a los 50 años mira la vida igual que cuando tenía 20, ha desperdiciado tres décadas de su existencia.

Juan Antonio García Borrero

Cine, tecnologías, y vida cívica

Ya no nos acordamos cómo fue que el ruido comenzó a invadir nuestro espacio público, hasta convertirse en una segunda piel de la sociedad. La mala memoria nos hace creer que las culpables son esas sofisticadas tecnologías que ahora permiten que el individuo se desplace con eso que considera que es “música” a donde quiera que vaya.

Pero, en realidad, entre nosotros esto empezó hace mucho. Yo nunca he podido ver de nuevo aquel corto de Juan Carlos Tabío titulado El radio (1976); lo vi muy joven, y, por supuesto, en aquel momento no conseguía entender hacia dónde iban los dardos críticos.

Sencillamente me parecía simpático observar a Tony González (San Antonio de los Baños, 1941- La Habana, 1979), atravesando la ciudad con su inmenso radio sobre los hombros, en un gesto idéntico al de los jóvenes que hoy imponen sus bocinas, emplazándolas allí donde les parezca más conveniente.

Más tampoco pensemos que es algo que le toca exclusivamente al cubano. Se trata, también, de un problema de época donde la utopía de un locus amoenus ha sido reemplazada por la falsa festividad, y que Nietzsche, en su libro La ciencia jovial ya comenzaba a describirnos:

Antiguamente se quería para sí una reputación: ahora eso ya no basta, puesto que el mercado se ha vuelto demasiado grande –se tiene que ser conocido a gritos. La consecuencia es que incluso las buenas gargantas tienen que desgañitarse, y las mejores mercancías serán ofrecidas por voces enronquecidas: hoy ya no hay más ningún genio sin la gritería del mercado y el enronquecimiento.

Sin duda, ésta es una mala época para el pensador: tiene que aprender a encontrar su silencio aún entre dos ruidos, y a hacerse el sordo por tanto tiempo, hasta que llegue a serlo. Mientras aún no ha aprendido esto, ciertamente está en peligro de perecer de impaciencia y de dolores de cabeza”.

Juan Antonio García Borrero

Sobre el Decreto 349

El pasado sábado 22 de diciembre, Fernando Rojas (viceministro del Ministerio de Cultura), sostuvo con algunos de los miembros de la UNEAC de Camagüey un encuentro para hablar del Decreto 349.

Agradecí la posibilidad del intercambio. El Decreto ha despertado opiniones tan encontradas que es bueno que se promueva ese tipo de debate, si bien creo que limitarlo a un foro físico (multicine Casablanca) donde por razones de espacio siempre estarán restringidas las capacidades, responde a una época que ya no es la que estaría promoviendo la Cuba del 3G y su propuesta de gobierno electrónico.

La exposición del viceministro fue prolija, e iluminó varias zonas de ese texto legal que, al menos a mí, todavía me provoca escozor. Insistió mucho en aclarar que el Decreto va contra “lo que pasa por arte sin ser arte”, y que únicamente establece regulaciones en materia de Política Cultural y prestación de servicios artísticos en la esfera pública. O dicho de otro modo: que no afecta la libertad de creación de los artistas, en tanto lo que busca es la protección de los mismos y de las jerarquías culturales.

Fui de los que intervine en la reunión y traté de exponer con sinceridad mis prevenciones. El intercambio con el viceministro y la posterior relectura del texto legal que el Ministerio propone implementar me tranquilizaron en algunos aspectos, y en otros, debo confesarlo, incrementó mis temores. Lee el resto de esta entrada

Adiós, 2018

Tomando en cuenta la fugacidad de nuestro tránsito por estos lares terrenales, la verdad es que no acabo de entender por qué hay que esperar a que llegue el fin de año para proponernos entonces cambios o metas nuevas en nuestras vidas.

Un año nunca será más importante que el día que estamos viviendo, y lo que necesitamos es perseverancia para no cansarnos en esas 24 horas que hay por delante. Olvidémonos del talento, que eso no es lo que hace la diferencia: todo el mundo tiene talento para hacer algo de una forma especial, pero lo que no es demasiado común es la perseverancia para todos los días hacer un uso creativo de ese talento.

Así que lo que les deseo a mis amigos en este año que entra es mucha perseverancia, acompañada de las grandes cuatro S que, a mi juicio, ayudan a encontrar la dicha diaria que merecerían todos los individuos: salud, sabiduría, serenidad y sentido del humor.

Juan Antonio García Borrero