Archivo de la categoría: REFLEXIONES

Elogio del anticine cubano

La actriz Yolandita Ruiz en el filme “En días de Girón” (1976), de Jorge Ramón, producida por los Estudios Cinematográficos de la Televisión Cubana.

Me gustaría trabajar alguna vez con esos residuos de la Historia a los que Benjamin aludía, y examinarlos con la atención del médico forense que, sin asco y más bien indiferencia, practica la autopsia de un cadáver abandonado en algún recóndito paraje.

Pero para practicar esa autopsia es preciso recuperar el valor semántico que le concedían los griegos antiguos a ese término, cuando hablaban de “acción de ver con los propios ojos” (autós: propio, mismo; ópsis: vista).

Emulando al más radical de los fenomenólogos, me gustaría ir a las cosas mismas, y tocar con mis manos lo que en algún momento fue considerado cine trash o cine basura, cine incorrecto, cine de televisión, cine inoportuno, cine inútil, cine de aficionados, cine casero, cine obsceno o pornográfico. En otras palabras, me gustaría contar alguna vez la Historia del anticine cubano, con los conocidos versos de Baudelaire guiando la acción: Pienso en los marineros olvidados en una isla, // ¡En los cautivos, en los vencidos!…  ¡y en muchos otros todavía!”.

Pudiera creerse que el primero en invitarnos a pensar de ese modo fue Julio García-Espinosa cuando propuso su célebre teoría del cine imperfecto. Pero el cineasta se ocupaba del lenguaje cinematográfico como institución dicotómica (al estilo de “el cine de ellos” o “el de nosotros”), y yo aludo al conjunto de prácticas donde el uso inocente (no ingenuo, que es otra cosa) de todo lo que se asocia a una imagen en movimiento acompañada o no de sonido (dispositivos de grabación y reproducción, pantallas, espacios de socialización), nos permite avizorar a las comunidades que se apropian de lo que ha sido simplificado como Cine (con mayúsculas), para devolverlo a una pantalla (ya sea de tela o electrónica, profesional o amateur) de las maneras más insospechadas.

Esto antes era complejo de apreciar. Como la información sobre ese infracine era más bien escasa, pues críticos e historiadores preferían concentrarse en un relato que priorizara lo homogéneo en función de determinadas jerarquías normativas, atendiendo sobre todo a las temporalidades (estilos concebidos en determinadas épocas, agrupación de las obras y autores según la cercanía epocal).

De esta manera se eliminaba cualquier indicio de discontinuidad que pusiera en peligro la coherencia de un relato donde lo teleológico garantizaba la armonía de lo expuesto: nada de indagar en los mecanismos invisibles de inclusión y exclusión que dominan a esas narrativas maestras que ayudan a conformar cualquier canon; nada de profundizar en el papel jugado por las crisis en aquellos momentos en que los mundos prosaicos que conforman lo Real carnavalizan todo ese “orden” que las élites o grupos en el poder pretendían establecer como el único posible.

Hoy es difícil que podamos seguir hablando de una Historia del cine cubano en singular, cuando a diario, gracias a las tecnologías emergentes, podemos acceder a miles de testimonios de sujetos culturales que jamás pudieron hacer llegar su voz al espacio público. Y, por otro lado, como bien apunta Ismail Xavier:

El cine forma parte de un mundo de la visualidad y de la sonoridad que está mucho más diversificado en sus dispositivos. Además de cine tenemos video, la industria de la televisión, todos los soportes de Internet, las computadoras, el transmedia y una cantidad enorme de artistas de vanguardia que trabajan en instalaciones de artes visuales que también contribuyen a borrar las fronteras. Por eso la universidad tiene hoy tantas dificultades para definir sus campos”.

Una reacción contra esa anarquía que ya se vive en esta nueva etapa de la visualidad (de la cual forma parte la Historia del Cine), lo único que pondría de manifiesto es la nostalgia por la fijeza de las taxonomías de antaño, y el bloqueo mental que de modo involuntario vive ese historiador entrenado para mirar únicamente lo que las reglas heredadas le indican.

Por ende, cerrar los predios de la Historia del cine cubano a todas aquellas películas que no buscan parecerse a las que conformaron el canon glorioso a través del cual todavía medimos la eficacia de nuestras cintas, sería mutilar el papel enriquecedor de nuestras memorias (que juega siempre un papel activo), en nombre de la conmemoración de lo poco que ya se conoce, y que no por gusto coincide con lo que los Poderes permiten.

Juan Antonio García Borrero  

Por una Historia total del audiovisual cubano

Rodaje del documental “Los Dada” (1968), de Rigoberto López, producido por el Departamento de Cine de la Televisión Cubana. En la foto aparecen el camarógrafo Gilberto Viñas y el asistente de cámara Ramón Berdayes. Foto: Cortesía de Ramón Berdayes.

Hacia finales de los años sesenta del siglo pasado, la escritura de la Historia del cine mundial comienza a concebirse de una nueva manera. Es a Jean Mitry a quien se le debe el punto de giro historiográfico que intenta superar la tendencia a tomar en cuenta apenas las grandes obras y los grandes autores, para asumir lo cinematográfico como parte de algo más complejo, dinámico y abarcador, que la simple crónica de lo que vemos en las pantallas.

Ello formaba parte de transformaciones mayores que se comenzaban a advertir en el contexto general de las prácticas historiográficas. La escuela de los Annales había contribuido a fomentar el gusto por una Historia-problema que dinamitaba la hegemonía de aquella Historia-relato donde, desde un “centro” (asociado casi siempre al Poder), se legitimaban los logros de los grupos vencedores.

Como ha apuntado el medievalista Jean-Claude Schmitt al presentar su “Historia de los marginales”:

Una especie de “revolución copernicana” afecta hoy la escritura de la historia. Es sensible desde hace 15 años, aunque estaba preparada desde mucho tiempo atrás. Sin estar necesariamente abandonada, la perspectiva tradicional parece insuficiente, limitada por su propia posición: a partir del centro, resulta imposible abarcar de una mirada una sociedad entera ni escribir su historia de otra manera que reproduciendo los discursos unanimistas de quienes detentan el poder. La comprensión brota de la diferencia: para ello hace falta que se entrecrucen múltiples puntos de vista, que revelen del objeto –considerado esta vez a partir de sus márgenes o del exterior- los tantos rostros diferentes que se esconden entre sí”.

Hoy pareciera que la Historia del audiovisual cubano entra, por fin, en esa etapa donde queda atrás la devoción por el relato de perspectiva única. Ello coincide con un período de franca expansión creativa, donde las antiguas fronteras que permitían establecer límites entre lo cinematográfico y lo televisivo, por ejemplo, se difuminan por completo. A ello súmele el desarrollo incesante de un entorno digital, que no solo está permitiendo la democratización del sector productivo, sino también de lo referido a la distribución y el consumo. Lee el resto de esta entrada

Los no-lugares del cine cubano

Ya quedó atrás aquel período en que el historiador del cine cubano ejercía su oficio con la misma pulcritud que un funcionario de aduana, al estampar en el final de las biografías de aquellos que decidían irse del territorio nacional, algo que parecía más un sello de emigración que la noticia de un tránsito: “Abandonó el país”.

Eso puede leerse todavía en algunos libros de aquella época que hablan de la hoja de vida de Fausto Canel, Roberto Fandiño, Fernando Villaverde, Eduardo Manet, Ramón Suárez, por mencionar a algunos de los cineastas del ICAIC que alrededor del año 1968 decidieron dejar atrás a Cuba, decepcionados con la política del gobierno revolucionario.

No es mi interés juzgar a los historiadores que nos antecedieron, toda vez que sería muy fácil calificar las acciones del pasado desde una altura (el presente), que lo coloca a uno en la cómoda posición del que no experimentó las circunstancias que describe, y por ello mismo, que no tiene cómo demostrar que de haber vivido aquello que se cuestiona, nos habríamos comportado de otro modo.

Lo que me interesa ahora es incluir en la perspectiva del observador que estudia el fenómeno audiovisual hecho por cubanos, precisamente lo que perdimos de vista por las razones que fuera, en tanto esa producción de imágenes y sonidos no contemplada por la historia canónica siguió dialogando con la nación, entendida como esa comunidad imaginada que Benedict Anderson explicó en su momento.

Otras veces he puesto el ejemplo de la conexión que podría establecerse entre los personajes que Sergio despide en los inicios de Memorias del subdesarrollo, y que vemos reaparecer a partir de 1978 en filmes como El súper (1978), de León Ichaso y Orlando Jiménez Leal, 55 hermanos (1978) o Lejanía (1985), de Jesús Díaz, todos dialogando entre sí. Lee el resto de esta entrada

Historia del cine cubano: una ruta, mil mapas, un Atlas…

Hasta hace poco, contar la Historia del cine mundial técnicamente era similar a la narración que hubiesen podido construir de su experiencia perceptiva algunos de los pasajeros del mítico tren que los hermanos Lumière filmaron mientras arribaba a la Ciotat.

Hablamos de un relato condicionado por el camino de hierro que conducía la locomotora a ese punto predeterminado y situado siempre en un futuro esperado; un camino marcado por lo unidireccional y la homogeneidad selectiva del paisaje que se aprecia desde el cómodo asiento del que viaja y va reteniendo en su retina lo que más le impresiona.

La estudiosa Ana López no lo ha podido decir mejor cuando apunta:

“¿Qué significa “hacer” historia del cine? Hace treinta o cuarenta años, significaba producir una crónica de datos, nombres, invenciones, directores y filmes vinculados –en términos generales- a alguna casualidad social. Por supuesto, no era posible incluir en ningún recuento todos los nombres y filmes, y se presumía que lo incluido era estéticamente valioso, merecía mencionarse o, al menos, sería significativo para algún avance ulterior. Estas historias canónicas del cine fijaban la escena de lo que se valoraba y, por tanto, de lo que se estudiaba y se hablaba. Por omisión, esas crónicas tempranas también eran exclusivistas. No se trataba necesariamente de malicia, sino del simple resultado de estar atado a la perspectiva del historiador individual y su universo (de facto) de conocimientos y expectativas”.

Hoy en día un enfoque historiográfico de ese tipo no podría justificar sus antiguas exclusiones. Plantearse ahora un relato donde otra vez retomemos lo diacrónico como el modo dominante de dar a conocer, por ejemplo, lo que ha sido la producción audiovisual de los cubanos, estaría anunciando desde el principio sus carencias, toda vez que, a diferencia de lo que podía ver y escuchar el historiador que antiguamente organizaba el relato sobre la base de lo que llegaba de un modo sucesivo a sus sentido a través de la ventanilla del tren, hoy sabemos que las superficies del audiovisual cubano son prácticamente inabarcables por un solo individuo, en tanto comprende casi todo el planeta. Lee el resto de esta entrada

Ideas para un Balance anual del trabajo cultural en Camagüey

Me hubiese gustado exponer estas ideas en la Asamblea de la Dirección Provincial de Cultura que acaba de evaluar el Programa de Desarrollo Cultural propuesto para el año 2019 en Camagüey.

Pero entiendo que, por razones de tiempo, en una asamblea no siempre pueden hablar todos los que quisieran. Y, además, a veces es mejor escuchar, y procesar en soledad lo que se expone. Eso hago ahora.

En sentido general me pareció un buen encuentro, con un Informe preciso e intervenciones valiosas. Ciertamente, con todo y las insatisfacciones que se puedan tener (que no son pocas), lo que se ha hecho en Camagüey desde el punto de vista cultural a lo largo del año que dejamos atrás es impresionante. No es autocomplacencia: allí están las estadísticas, que muchas veces suelen ser frías descripciones de lo que acontece en el día a día.

Ahora bien, en lo que me hubiese gustado insistir una vez más es que, ahora mismo, todavía seguimos careciendo de una estrategia institucional que por fin consiga poner al sistema de la cultura (que ya sabemos es mucho más que arte y literatura), a la altura de lo que ya se viene viviendo en el siglo XXI.

El Balance centró el análisis en tres de los asuntos priorizados por la Dirección de Cultura en el territorio: a) atención a la Enseñanza artística, b) programación cultural, c) creación artística-literaria.

A partir de lo expuesto se generaron un grupo de intervenciones. A mí me hubiese encantado dialogar con la de Freddys Núñez Estenoz (Teatro del Viento), que introdujo un asunto que hoy resulta vital para cualquiera que ahora mismo pretenda promover y defender las jerarquías culturales: el uso de las redes sociales.

Este es un tema que en lo personal me apasiona, pero que trato de asumir con espíritu crítico. Para mí las redes sociales son importantes, desde luego, pero el solo hecho de estar mencionando en nuestras cuentas de Facebook o Twitter lo que se está haciendo en algún momento determinado, no garantiza un impacto que de veras beneficie el trabajo cultural. Eso hay que aprender a hacerlo. Y esa voluntad de aprendizaje es la que ha faltado dentro del sistema institucional de la Cultura, a lo largo y ancho del país.

En este sentido, hubiese sido interesante indagar con el viceministro Fernando Rojas sobre las Políticas Públicas concretas del Ministerio de Cultura, dirigidas no solo a la compra de equipos o dispositivos tecnológicos, sino al fomento del uso creativo de los mismos. En definitiva, la informatización de la gestión cultural estaba entre las proyecciones de trabajo propuestas por el sector para el año 2019, y en lo personal no logro apreciar avances relevantes.

Pudiera decirse que en áreas como estas la agresiva política implementada por el presidente de los Estados Unidos Donald Trump, dejaría escasas posibilidades de avanzar. Y es cierto que, sin la conformación de una infraestructura tecnológica, sin máquinas, etc, no se puede hacer mucho. Ahora, ¿qué pasa con los equipos que ya tenemos y que no usamos de modo creativo?

Estoy pensando en ese justo reclamo que se hacía en la Asamblea de preservar las Historias de las localidades. Y me pregunto: ¿y qué es exactamente lo que impide que se conforme de modo colaborativo una Enciclopedia estilo Wikipedia o EcuRed, que articule todos esos contenidos?

Lo que impide que se logre eso es la resistencia analógica que todavía no consigue ver a las nuevas tecnologías, no como aliados, sino como parte del mismísimo proceso cultural.

Juan Antonio García Borrero

El discurso

Desde la habitación cercana donde cada noche mi esposa mira el televisor, llegaban hasta mí los ecos de los aplausos. Con un montón de cosas por coordinar, y el desgaste que provoca lidiar con el día a día, ya raras veces veo la televisión o el noticiero.

Me he acostumbrado a enterarme de lo que “todo el mundo habla” por las redes, y si el rumor me engancha, entonces voy a los periódicos para contrastar las versiones. Pero los aplausos seguían, y venció la tentación; así que terminé de escuchar el discurso del presidente Miguel Díaz Canel en la clausura del 9no Congreso de la UNEAC.

Debo confesar que desde hace varios años intento hacer mía la ataraxia cuando me enfrento a cualquier tipo de alocución política. Aunque no siempre me ha servido para librarme de lo pasional: ahora recuerdo el tremendo entusiasmo que provocó en mí el discurso de clausura pronunciado por el propio Díaz Canel en el pasado Congreso de la UNEAC, los deseos tremendos de contribuir a esa transformación que se nos pedía desde la tribuna, y también la manera brutal de despertar en medio de no pocos creaticidas adictos a esa zona de confort tal difícil de neutralizar, como ahora pone de manifiesto el Presidente.

Comparado con aquella alocución de hace cinco años ante un auditorio más o menos semejante, en esta intervención el mandatario sube la parada y nombra sin eufemismos buena parte de esas variantes de creaticidio a las que aludía antes. Como pieza oratoria pareciera difícil que deje indiferente al que la escucha, pero más allá de lo que puedan sostener ahora incondicionales o detractores, me importa retener ese discurso desde la óptica del más estricto realismo.

Llamo realista al escenario que, dentro de dos o tres semanas, cuando se hayan apagado los ecos del evento, nos devolverá a un contexto donde aún resultan dominantes ciertas prácticas y mentalidades burocráticas divorciadas por completo de la creatividad que nos interesaría impulsar como nación.

Esas son las mentalidades que entre Congreso y Congreso han impedido que las tremendas verdades dichas por el Presidente no hayan sido resueltas antes, cuando más públicas no podían ser.  La pregunta que más me angustia en estos instantes es: ¿por qué hay que esperar siempre a que el Líder máximo sea el que desencadene los cambios que se esperan?, ¿es que estaremos condenados a vivir de catarsis en catarsis, o lo que es lo mismo, de Congreso en Congreso?

Han pasado ya un par de días, y los comentarios sobre el discurso siguen; y supongo que seguirán multiplicándose durante un buen rato. En mi caso terminando de escribir este post, regreso a lo que más me interesa en estos instantes: hacer cosas, hacer. En definitiva buena parte de las cosas que hago están inspiradas en lo que escuché en el discurso anterior.  

Juan Antonio García Borrero

Post Asamblea (II)

En algún momento de la Asamblea de la UNEAC en Camagüey, la ensayista María Antonia Borroto Trujillo introdujo uno de los temas que más debiera importarnos discutir: ¿qué significa ser intelectual en la Cuba de ahora mismo?

Esta es una pregunta que, como aquella del Ser rescatada del olvido por Heidegger en su momento, apenas se formula hoy de una manera seria. Y es que muchas veces confundimos al intelectual crítico con el individuo que, cada cuatro años, de Congreso en Congreso, se para ante el público (¿o para el público?) y emite una opinión a favor o en contra de cualquier asunto.

Sin embargo, si algo distingue al intelectual auténtico de ese otro intelectual de ocasión, es que ha convertido su modo de intervenir en lo público en una adicción. Como adictiva también parece su tolerancia a la incomprensión y al fracaso.

Nada provoca en mí tantas sospechas como los consensos logrados en una Asamblea de intelectuales. Mientras los políticos están obligados a establecer alianzas con el fin de (en momentos concretos) tomar decisiones, a los intelectuales les toca remover el piso, hacer notar las infinitas variantes que nos concede la existencia para convivir, sacar constantes lecciones de los conflictos que animan a diario la vida.

Por eso el intelectual crítico suele ser un incomprendido, un tipo incómodo que tiene todas las de perder cuando se enfrenta al sentido común, y discute aquello que la mayoría de las personas dan como algo natural.

Nada de esto es nuevo, por supuesto. ¿Quién ha podido olvidar las lecciones de Benda cuando habló de la traición de los intelectuales? ¿O las observaciones de Gramsci al describir las funciones del intelectual tradicional y el intelectual orgánico? O un poco más acá las anotaciones de Said:

En torno a los intelectuales que no tienen prebendas que proteger ni territorio que consolidar o guardar hay algo fundamentalmente perturbador, de ahí que en ellos la autoironía abunde más que la pomposidad, la franqueza más que los rodeos y los titubeos. No se debe pasar por alto en todo caso la ineludible realidad de que tales representaciones no les van a ganar a los intelectuales ni amigos en las altas instancias ni tampoco honores oficiales. La condición de estos intelectuales es la soledad, sin duda, aunque siempre será preferible este destino a dejar gregariamente que las cosas sigan su curso habitual”.

Se trata de eso, de olvidar por un rato las impertinencias del ego peleón, para poner toda la pasión intelectual en función de los intereses más generales. O lo que es lo mismo, los intereses de la nación pensada desde lo inclusivo.

Juan Antonio García Borrero

En vísperas del nuevo Congreso de la UNEAC

El próximo sábado 11 de mayo tendrá lugar en Camagüey la Asamblea del Comité Provincial de la UNEAC, donde quedarán elegidos los directivos en este nuevo período que se inicia. Asimismo, se discutirá el Informe de Balance de lo realizado por sus miembros entre el 2014 y el 2019, y finalmente se presentarán los Delegados al venidero Congreso.

Leí el informe, y no sé por qué no me sorprendió que, una vez más, las experiencias de “El Callejón de los Milagros” no se mencionen allí. Sencillamente el tema de la informatización de la gestión cultural no es algo que esté priorizado por la UNEAC, pese a que en el pasado Congreso de la organización, el hoy presidente del país, Miguel Díaz-Canel, invitó a asumir con altura ese desafío que significa fomentar el uso creativo de las tecnologías en función de una mejor promoción del arte y la cultura.

Hay que decirlo por lo claro: en Cuba la informatización va por un lado, y la UNEAC por otro, algo que intelectuales como Víctor Fowler, por ejemplo, ya habían señalado desde hace mucho al apuntar lo siguiente en uno de los textos que compartimos con los lectores del blog: “Tan terrible como lo anterior es la escasez de opinión pública acerca de ello en espacios como la UNEAC (en su caso por ser quizás la tribuna principal de los científicos sociales cubanos), el silencio inducido alrededor del tema en el sistema universitario y en los diversos medios de prensa”.

Demoraremos mucho en incorporar de un modo natural a nuestros debates de la UNEAC asuntos como estos, pues en el fondo seguimos pensando que nuestras actuales Políticas Culturales pueden omitir ese capítulo. ¿Qué hacer en esos casos donde la resistencia analógica (a veces explícita, a veces sutil) se encarga de frenar la naturalización del debate?

Pues aprovechar de modo creativo las herramientas que nos brinda la propia revolución digital, y poner a circular esas ideas que en otras partes del mundo ya no resultan novedades, pero que acá levitan desconectadas debido a la carencia de un nicho que les brinde la posibilidad de una discusión sistemática.

La selección de textos que ahora ponemos a consideración del lector han sido publicados en el blog en el último quinquenio. Tienen como denominador común el interés por el papel del intelectual en la Cuba del siglo XXI, esa donde el consumo cultural, entre otras cosas, ya no se parece en nada al que existía en el siglo pasado.

Es una selección mínima, porque en estos cinco años se ha escrito muchísimo sobre estos temas en el blog. Por supuesto que aquí no encontraremos respuestas a las muchas preguntas que nos seguimos haciendo. En todo caso se trata de estimular el debate alrededor de un fenómeno que entre nosotros espera enfoques de altura. Aunque también se trata de una suerte de memoria de vida, toda vez que en los primeros textos se describe el nacimiento de eso que hoy conocemos como El Callejón de los Milagros.

JAGB

Relación de textos seleccionados

Post-Congreso: notas para un debate sobre el intelectual y la cultura cubana en el siglo XXI      3

Víctor Fowler sobre Internet, Políticas públicas y uso creativo en Cuba    6

De García Borrero a Víctor Fowler   7

De Víctor Fowler a García Borrero   9

De García Borrero a Víctor Fowler (II)        11

El papel de las instituciones culturales cubanas en el siglo XXI     13

Las nuevas tecnologías y el uso creativo en la promoción cultural  14

Cultura, tecnología, y educación en Cuba: la triple insularidad.      16

Pensar lo público desde la vanguardia intelectual    17

Cultura y educación: ¿enemigos íntimos?     18

Pluralidades y el debate cultural en Cuba     20

Contra el creaticidio: prohibido no soñar.     22

Políticas culturales y creatividad en Cuba    24

Creatividad, pensamiento crítico y vanguardia intelectual   26

Consumo cultural y lugares públicos en Cuba          27

Apuntes para un debate: cultura y medios en la era digital  29

Post-reunión   31

Para descargar la compilación de textos, pinchar debajo:

Notas para un debate sobre el intelectual y la cultura cubana en el siglo XXI

Ecos de la Muestra Joven

Mira que ha crecido la Muestra de Cine Joven auspiciada por el ICAIC. Lo dice alguien que la vio nacer. Que le puso sus primeros pañales. Y que jamás imaginó que llegaría a ser lo que es ahora.

Esta que acaba de finalizar fue la decimoctava edición: una edad peligrosa para cualquier evento. En lo biológico 18 años es nada, pues se está en la flor de la vida, y a esa edad la gente, por lo general, se quiere comer el mundo (aunque, como dijo alguien, hay personas que mueren a los 18, y lo entierran a los 80).

Pero una cosa son los individuos, y otra los eventos, porque en estos espacios tienden a institucionalizarse las rutinas productivas. De los eventos se espera una estabilidad que garantice el sosiego administrativo: la experimentación y el riesgo está bien para los individuos, pero no para esos cónclaves que todavía responden a la lógica de la cultura del mecenazgo, y donde se prefiere jugar al seguro para no inquietar demasiado al mecenas (en este caso al Estado).

Sin embargo, la Muestra ha tenido a su favor que, a lo largo de estos 18 años, la dirección ha estado en manos de muchas personas. Esto, definitivamente, la ha enriquecido, pues no ha dado tiempo a que los inevitables sesgos que todo líder le imprime al espacio se convierta en fórmula inamovible. Y, lo más importante, en los últimos tiempos, al estar dirigida por jóvenes, la Muestra se parece cada vez más a la irreverencia de ese cine herético que busca promover.

Y una irreverencia que adquiere, en términos cinematográficos, dimensiones de argumentos. Fin (2018), de Yimit Ramírez, por ejemplo, es una maravilla de corto, al igual que el documental Brouwer. El origen de la sombra (2019), de Katherine T. Gavilán y Lisandra López Fabé. En ambos casos, sus realizadores han priorizado la construcción de entornos audiovisuales que se disfrutan desde lo estético, y que ganan autonomía artística más allá de las lecturas circunstanciales que se puedan hacer.

Sabemos, desde luego, que todos estos materiales están hablando de la Cuba de ahora mismo, y a veces, de un modo hipercrítico. Pero eso es lo que más aprecio: que hay una voluntad de estilo que permite revelarnos esta realidad que padecemos desde el diagnóstico profundo, no desde el panfleto militante y circunstancial.

Y luego está el ambiente que acompaña a las películas proyectadas. Porque al final no basta con que las películas sean exhibidas durante una semana y punto. Es preciso generar alrededor de ellas todo un cuerpo de ideas que acompañe ese proceso renovador. Y para renovarse, crecer, el cine (y en sentido general, la cultura) necesita del debate sistemático y desprejuiciado.

Esto último es fundamental: el desprejuicio. Me encantó, para poner otro ejemplo, ver la obra de dos figuras tan distanciadas en lo político como Santiago Álvarez y Guillermo Cabrera Infante, examinada con serenidad académica en un mismo espacio.

En un país como el nuestro, donde el furor disyuntivo suele aislar a los objetos que examina, simplificando los análisis en base a la reducción de las cosas a un solo aspecto, esto es una tremenda victoria.

Juan Antonio García Borrero

El ICAIC y el cine cubano

Hubo un tiempo en que era imposible pensar el cine cubano más allá del ICAIC. Como institución cinematográfica parecía totalizarlo todo: producción, distribución, exhibición, formación de nuevos públicos.

Su nacimiento el 24 de marzo de 1959 adquirió de inmediato un carácter marcadamente simbólico: fue la primera institución cultural creada por la Revolución encabezada por Fidel.

Pero los cineastas de entonces estaban lejos de creer que el cine que hicieran debía convertirse en mera propaganda del nuevo gobierno. Conducidos por Alfredo Guevara, y protegidos por una Ley donde en su Primer “Por Cuanto” todavía se avisa que el cine es un arte, se propusieron acompañar el proceso político con un conjunto de películas que respondían más a las búsquedas y experimentaciones del cine moderno, que al confort que reporta el uso de estructuras clásicas.

En uno de sus libros Foucault anota: “Lo que se encuentra al comienzo histórico de las cosas no es la identidad aún preservada de su origen, es la discordia con las otras cosas, es el disparate”. Cuando pienso en el ICAIC de esos primeros días, viene a mi mente esa observación, y esta foto que alguna vez me hiciera llegar Fausto Canel, donde, entre otros, aparecen Alfredo Guevara (extremo izquierdo), Tomás Gutiérrez Alea (al centro), el propio Canel muy joven, y Guillermo Cabrera Infante, cortado por la mitad, y todavía ocupando su fugaz puesto de vicepresidente de la institución.

Una foto como esa resulta difícil de asumirla de un modo natural sesenta años después, toda vez que no responde a esa imagen del ICAIC que ahora mismo tenemos, que es la imagen de una institución estatal que, contra viento y marea, ha conseguido mantener como un sistema eso que mencionábamos al principio: producción, distribución, exhibición, formación de nuevos públicos.

Pero es evidente que en todos estas seis largas décadas la riqueza del legado que perdura se ha nutrido de la contradicción permanente, más que de una armonía artificial que solo existe en la mente de quien evoca y festeja las efemérides; como diría Giacomo Marramao, otro filósofo, “tenemos que aprender a pensar la continuidad como algo diferente de la identidad”.

El ICAIC que cumple hoy sesenta años de fundado tiene a sus espaldas un desafío mayor, pues si bien sigue siendo un punto de referencia insoslayable en la cartografía dominante del audiovisual cubano, ya no goza del monopolio de la acción creativa. Por suerte, la propia institución no vive ajena a esa realidad, como puede testimoniar el auspicio de esa Muestra de Jóvenes realizadores que creara en los inicios de este nuevo siglo.

De modo que, tarde o temprano, se irá naturalizando (no con la rapidez que uno quisiera) una mirada que deja atrás la lógica excluyente de la identidad única, para reparar en lo múltiple, en lo inclusivo. No sucederá de inmediato, porque aún buena parte de la defensa del ICAIC se sostiene sobre el argumento solapado o paternalista de la carencia o inferioridad de lo otro.

Creo que el ICAIC no necesita ese tipo de protección: el ICAIC seguirá creciendo en la misma medida en que ayude a iluminar un entorno donde proliferan las producciones más allá de sus predios, se segmentan los públicos, se afianzan nuevas prácticas de consumo. En lo personal, no me imagino un futuro cubano donde no exista un ICAIC: quiero decir, un ente rector que (más allá del nombre), ayude a establecer Políticas Públicas en función del bien común y el cine cubano en general.

Juan Antonio García Borrero