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Adiós, 2020

No recuerdo haber vivido un año como este que estamos a punto de dejar atrás. La pandemia biológica nos hizo conocer a todos qué significa vivir privados de libertad. En determinados momentos, ha parecido una pesadilla, un pandemónium. Pero también de esa lobreguez, he sacado útiles lecciones. Y ahora soy más firme con ciertas convicciones que ya tenía desde antes.

Lo primero que reafirmé es que, aunque me encuentre en el fondo de un pozo, no repudiaré al que repudia o me repudia, para evitar multiplicar lo repudiable. Al contrario, seguiré siendo aún más asertivo con lo que propongo. Defenderé mis ideas y me expresaré y debatiré de acuerdo a lo que indique mi conciencia (siempre con respeto). Y cuando alguien pretenda silenciarme porque su punto de vista es irreconciliable con el mío, le recordaré que él y yo, y todos, absolutamente todos, nos debemos a una misma Constitución, donde se protege precisamente nuestro derecho a pensar por cabeza propia.

Tampoco descalificaré a los marginales, o a los que han tenido menos suerte que yo en el pacto social. Antes trataré de entender qué es lo que ha fallado en ese sueño que alguna vez se propuso liquidar las desigualdades. Me esforzaré por dejar mi cómoda posición de individuo ilustrado, para ponerme en sus zapatos, entender sus frustraciones, y seguir pensando que desde la fraternidad (no desde la confrontación y el no diálogo) se puede construir una sociedad más inclusiva.

Seguiré trabajando para la cultura, sin importarme que mañana lo haga desde una cueva, a la luz de una vela, en medio del más absoluto silencio. Justo la cultura es eso que nos abre las puertas a la libertad infinita, y no cabe en un espacio físico, en una institución.

Seguiré aprendiendo de los mejores maestros que ha tenido la humanidad, la mayoría de ellos olvidados por esa misma humanidad, ahora solo ocupada en interactuar en las redes sociales. Por suerte la cultura que mencionaba antes los protege, y ellos estarán allí siempre para quienes quieran reencontrarlos en los libros, en tiempos de paz, pero también en tiempos de crisis, incertidumbres y oscuridades. Ellos, con la serenidad que aporta la distancia crítica, son nuestros jueces más implacables y los que más nos ayudarán a resolver nuestros dilemas.  

Y, por último, pero no menos importante, seguiré disfrutando el privilegio de tener una familia mientras la vida me lo permita. En ese pequeño mundo empieza y termina todo. Lo otro es un espejismo. Así que, sin ningún remordimiento, le digo ahora: ¡adiós para siempre, 2020!

Juan Antonio García Borrero

Trabajar para la cultura

No siempre tuve una conciencia clara de lo que significa trabajar para la Cultura (y quiero resaltar esto último: trabajar para la Cultura, no en Cultura).

Estas ideas vienen a mi cabeza ahora, en este año tan sombrío en que cumplo justo tres décadas de haber abandonado el ejercicio de la abogacía, para dedicarle casi la mitad de mi vida a esto de, insisto, trabajar para la Cultura en Camagüey.

¡Treinta años ya!: lo digo rápido, pero como podrán imaginar, el camino no ha sido fácil. Sobre todo, si se ha insistido en impulsar la cultura todo el tiempo en la misma ciudad que te vio nacer, dejando a un lado la tentación de aprovechar otros horizontes, olvidando los desencuentros con quienes suelen entender la cultura como algo ornamental, y no como parte de la vida misma de la gente, y por ello mismo, como parte de sus sueños, sus utopías, sus decepciones, sus conquistas.

La conciencia de que la Cultura es algo más que un souvenir que se muestra a los turistas, por aquello de la identidad que hay que enseñar para que nos reconozcan y acepten, no se adquiere de inmediato. De hecho, hay quien nunca consigue pasar de lo que las Políticas Culturales dictan en abstracto, sin sumergirse en el mundo cambiante de la vida, que es donde realmente se hace y rehace la cultura.

Mi toma de conciencia lo asocio a cierto viaje que hicimos a un municipio a principios de los duros noventa. Viajábamos en la guagua del Sectorial de Cultura de Camagüey, para una de esas inspecciones que se hacían entonces, y al frente iba mi siempre admirada Zenaida Porrúa, entonces directora del organismo en el territorio. No recuerdo cuál fue el municipio visitado (tal vez Esmeralda, o Santa Cruz del Sur), pero sí puedo evocar con nitidez la voz fuerte de Zenaida comentándonos su rechazo al criterio reductor compartido por algunos que solo hablan de la cultura en términos artísticos y literarios.

Aquella observación dicha hace treinta años me marcó para siempre. Y me hizo entender, además, que trabajar para la cultura tampoco demanda, obligatoriamente, que tengamos que pertenecer a una institución cultural. Basta con que sientas que la cultura lo inunda todo, para que puedas apreciar que es posible contribuir a que sea mejor conocida en su diversidad, en su dinamismo creativo, en su práctica humanista.

Sí, ha sido largo el camino (en mi caso, media vida). Pero está valiendo la pena, no por las cuestiones económicas que lejos de animar, más bien desanimarían a todos los que alguna vez opten por este rol, sino por otras ganancias de orden espiritual: trabajar para la Cultura, no en Cultura o de la Cultura, significa trabajar para el crecimiento de uno mismo, y ya de paso, para los otros.

Juan Antonio García Borrero   

Cuba: cine nacional y cuerpo audiovisual de la nación

Como comenté en el post anterior, el ensayo premiado por la revista Temas solo podrá leerse una vez que se publique allí. Pero comparto con los amigos del blog este otro artículo, más breve, que se asoma al mismo fenómeno, aunque desde otro ángulo.


Cuba: cine nacional y cuerpo audiovisual de la nación

En el primer número de la Nueva Revista Cubana, correspondiente a los meses de abril-junio de 1959, apareció un texto de Tomás Gutiérrez Alea con el título de “Hacia el cine nacional”[1].  Se trata, tal vez, de la primera formulación pública de lo que sería el espíritu fundacional de ese gran proyecto cultural que acababa de nacer con el recién inaugurado Instituto Cubano de Artes e Industria Cinematográfica (ICAIC).

Obviamente, tanto el estrenado Instituto de cine como el texto firmado por Titón, estaban respondiendo a un conjunto de demandas que, sobre todo en los años cincuenta, varios actores culturales se esforzaron por resolver en la esfera pública. El hecho de que a partir de 1959 el ICAIC consiguiera consolidar su propuesta en el tiempo, convirtiéndose en el principal centro productor de audiovisuales del país, genera la impresión de que la ansiedad de crear una industria cinematográfica nacional, es privativa de ese grupo.

Sin embargo, se podrían poner varios ejemplos de personas que, sin compartir los credos estéticos y políticos de los fundadores del ICAIC, aspiraban a lo mismo. Tal vez el ejemplo más dramático sea el de Ramón Peón, quien en el mes de febrero de 1959 (un mes antes de nacer el ICAIC) le escribe una carta pública a Fidel Castro desde la revista Cinema, donde entre otros asuntos le comenta: 

Cuando tenga tiempo de hablar diez minutos de cine, solo diez minutos, que estoy seguro que serán de gran utilidad, deme la oportunidad de aclarar por qué yo tengo tanta fe en que el cine pueda ser su mejor aliado en la reestructuración de la nueva Cuba que soñó Martí, y usted quiere que se convierta en realidad ahora.

Yo me inclino a creer que el cine puede completar el milagro que usted, con su tenacidad y heroísmo, logró plasmar con la huida del tirano.

Felicidades mil y que Dios lo bendiga”.[2]

Como se sabe, pese a la probada experiencia profesional de Ramón Peón, quien acababa de festejar sus cuarenta años como director cinematográfico, y contaba con una nutrida filmografía (construida en países como Cuba, Estados Unidos, y México), nunca fue tomado en cuenta una vez que se creara el ICAIC.  Pero esa exclusión no obedecía a razones estrictamente políticas, sino que en todo caso estaba en sintonía con los imperativos estéticos que desde hacía mucho defendían en cine-clubes, en la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo, o en los estudios realizados en Roma, buena parte de los que conformaron el núcleo fundacional del ICAIC.

Para Ramón Peón (y pudieran añadirse los nombres de Manolo Alonso, Manuel de la Pedrosa, Mario Barral, por mencionar solo algunos de los que en el período pre-revolucionario trataron de hacer realidad la utopía de contar con una industria cinematográfica dentro del país), “el cine nacional” se asociaba a la infraestructura productiva. Lo importante, según ellos, era crear un entorno que permitiera producir películas capaces de insertarse en un mercado que ya estaba aprovechando, como era el caso del cine mexicano, la pericia de muchos técnicos cubanos.

Sin embargo, desde el punto de vista de Gutiérrez Alea, la construcción de un cine nacional implicaba combatir el antiguo modelo de representación (ese del cual Ramón Peón sería un destacado paradigma), y sobre el cual ya había expuesto sus reservas críticas en el texto que mencionábamos al inicio, al apuntar: “Cuando el cine ha querido hablar en cubano, sólo ha podido expresarse en el mismo lenguaje de los fabricantes de recuerdos para turistas tontos. No se ha logrado nunca penetrar en nuestros más hondos problemas, que por hondos y humanos alcanzarían verdadera resonancia universal”. 

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Ideas para un Balance anual del trabajo cultural en Camagüey

Me hubiese gustado exponer estas ideas en la Asamblea de la Dirección Provincial de Cultura que acaba de evaluar el Programa de Desarrollo Cultural propuesto para el año 2019 en Camagüey.

Pero entiendo que, por razones de tiempo, en una asamblea no siempre pueden hablar todos los que quisieran. Y, además, a veces es mejor escuchar, y procesar en soledad lo que se expone. Eso hago ahora.

En sentido general me pareció un buen encuentro, con un Informe preciso e intervenciones valiosas. Ciertamente, con todo y las insatisfacciones que se puedan tener (que no son pocas), lo que se ha hecho en Camagüey desde el punto de vista cultural a lo largo del año que dejamos atrás es impresionante. No es autocomplacencia: allí están las estadísticas, que muchas veces suelen ser frías descripciones de lo que acontece en el día a día.

Ahora bien, en lo que me hubiese gustado insistir una vez más es que, ahora mismo, todavía seguimos careciendo de una estrategia institucional que por fin consiga poner al sistema de la cultura (que ya sabemos es mucho más que arte y literatura), a la altura de lo que ya se viene viviendo en el siglo XXI.

El Balance centró el análisis en tres de los asuntos priorizados por la Dirección de Cultura en el territorio: a) atención a la Enseñanza artística, b) programación cultural, c) creación artística-literaria.

A partir de lo expuesto se generaron un grupo de intervenciones. A mí me hubiese encantado dialogar con la de Freddys Núñez Estenoz (Teatro del Viento), que introdujo un asunto que hoy resulta vital para cualquiera que ahora mismo pretenda promover y defender las jerarquías culturales: el uso de las redes sociales.

Este es un tema que en lo personal me apasiona, pero que trato de asumir con espíritu crítico. Para mí las redes sociales son importantes, desde luego, pero el solo hecho de estar mencionando en nuestras cuentas de Facebook o Twitter lo que se está haciendo en algún momento determinado, no garantiza un impacto que de veras beneficie el trabajo cultural. Eso hay que aprender a hacerlo. Y esa voluntad de aprendizaje es la que ha faltado dentro del sistema institucional de la Cultura, a lo largo y ancho del país.

En este sentido, hubiese sido interesante indagar con el viceministro Fernando Rojas sobre las Políticas Públicas concretas del Ministerio de Cultura, dirigidas no solo a la compra de equipos o dispositivos tecnológicos, sino al fomento del uso creativo de los mismos. En definitiva, la informatización de la gestión cultural estaba entre las proyecciones de trabajo propuestas por el sector para el año 2019, y en lo personal no logro apreciar avances relevantes.

Pudiera decirse que en áreas como estas la agresiva política implementada por el presidente de los Estados Unidos Donald Trump, dejaría escasas posibilidades de avanzar. Y es cierto que, sin la conformación de una infraestructura tecnológica, sin máquinas, etc, no se puede hacer mucho. Ahora, ¿qué pasa con los equipos que ya tenemos y que no usamos de modo creativo?

Estoy pensando en ese justo reclamo que se hacía en la Asamblea de preservar las Historias de las localidades. Y me pregunto: ¿y qué es exactamente lo que impide que se conforme de modo colaborativo una Enciclopedia estilo Wikipedia o EcuRed, que articule todos esos contenidos?

Lo que impide que se logre eso es la resistencia analógica que todavía no consigue ver a las nuevas tecnologías, no como aliados, sino como parte del mismísimo proceso cultural.

Juan Antonio García Borrero

El discurso

Desde la habitación cercana donde cada noche mi esposa mira el televisor, llegaban hasta mí los ecos de los aplausos. Con un montón de cosas por coordinar, y el desgaste que provoca lidiar con el día a día, ya raras veces veo la televisión o el noticiero.

Me he acostumbrado a enterarme de lo que “todo el mundo habla” por las redes, y si el rumor me engancha, entonces voy a los periódicos para contrastar las versiones. Pero los aplausos seguían, y venció la tentación; así que terminé de escuchar el discurso del presidente Miguel Díaz Canel en la clausura del 9no Congreso de la UNEAC.

Debo confesar que desde hace varios años intento hacer mía la ataraxia cuando me enfrento a cualquier tipo de alocución política. Aunque no siempre me ha servido para librarme de lo pasional: ahora recuerdo el tremendo entusiasmo que provocó en mí el discurso de clausura pronunciado por el propio Díaz Canel en el pasado Congreso de la UNEAC, los deseos tremendos de contribuir a esa transformación que se nos pedía desde la tribuna, y también la manera brutal de despertar en medio de no pocos creaticidas adictos a esa zona de confort tal difícil de neutralizar, como ahora pone de manifiesto el Presidente.

Comparado con aquella alocución de hace cinco años ante un auditorio más o menos semejante, en esta intervención el mandatario sube la parada y nombra sin eufemismos buena parte de esas variantes de creaticidio a las que aludía antes. Como pieza oratoria pareciera difícil que deje indiferente al que la escucha, pero más allá de lo que puedan sostener ahora incondicionales o detractores, me importa retener ese discurso desde la óptica del más estricto realismo.

Llamo realista al escenario que, dentro de dos o tres semanas, cuando se hayan apagado los ecos del evento, nos devolverá a un contexto donde aún resultan dominantes ciertas prácticas y mentalidades burocráticas divorciadas por completo de la creatividad que nos interesaría impulsar como nación.

Esas son las mentalidades que entre Congreso y Congreso han impedido que las tremendas verdades dichas por el Presidente no hayan sido resueltas antes, cuando más públicas no podían ser.  La pregunta que más me angustia en estos instantes es: ¿por qué hay que esperar siempre a que el Líder máximo sea el que desencadene los cambios que se esperan?, ¿es que estaremos condenados a vivir de catarsis en catarsis, o lo que es lo mismo, de Congreso en Congreso?

Han pasado ya un par de días, y los comentarios sobre el discurso siguen; y supongo que seguirán multiplicándose durante un buen rato. En mi caso terminando de escribir este post, regreso a lo que más me interesa en estos instantes: hacer cosas, hacer. En definitiva buena parte de las cosas que hago están inspiradas en lo que escuché en el discurso anterior.  

Juan Antonio García Borrero

Post Asamblea (II)

En algún momento de la Asamblea de la UNEAC en Camagüey, la ensayista María Antonia Borroto Trujillo introdujo uno de los temas que más debiera importarnos discutir: ¿qué significa ser intelectual en la Cuba de ahora mismo?

Esta es una pregunta que, como aquella del Ser rescatada del olvido por Heidegger en su momento, apenas se formula hoy de una manera seria. Y es que muchas veces confundimos al intelectual crítico con el individuo que, cada cuatro años, de Congreso en Congreso, se para ante el público (¿o para el público?) y emite una opinión a favor o en contra de cualquier asunto.

Sin embargo, si algo distingue al intelectual auténtico de ese otro intelectual de ocasión, es que ha convertido su modo de intervenir en lo público en una adicción. Como adictiva también parece su tolerancia a la incomprensión y al fracaso.

Nada provoca en mí tantas sospechas como los consensos logrados en una Asamblea de intelectuales. Mientras los políticos están obligados a establecer alianzas con el fin de (en momentos concretos) tomar decisiones, a los intelectuales les toca remover el piso, hacer notar las infinitas variantes que nos concede la existencia para convivir, sacar constantes lecciones de los conflictos que animan a diario la vida.

Por eso el intelectual crítico suele ser un incomprendido, un tipo incómodo que tiene todas las de perder cuando se enfrenta al sentido común, y discute aquello que la mayoría de las personas dan como algo natural.

Nada de esto es nuevo, por supuesto. ¿Quién ha podido olvidar las lecciones de Benda cuando habló de la traición de los intelectuales? ¿O las observaciones de Gramsci al describir las funciones del intelectual tradicional y el intelectual orgánico? O un poco más acá las anotaciones de Said:

En torno a los intelectuales que no tienen prebendas que proteger ni territorio que consolidar o guardar hay algo fundamentalmente perturbador, de ahí que en ellos la autoironía abunde más que la pomposidad, la franqueza más que los rodeos y los titubeos. No se debe pasar por alto en todo caso la ineludible realidad de que tales representaciones no les van a ganar a los intelectuales ni amigos en las altas instancias ni tampoco honores oficiales. La condición de estos intelectuales es la soledad, sin duda, aunque siempre será preferible este destino a dejar gregariamente que las cosas sigan su curso habitual”.

Se trata de eso, de olvidar por un rato las impertinencias del ego peleón, para poner toda la pasión intelectual en función de los intereses más generales. O lo que es lo mismo, los intereses de la nación pensada desde lo inclusivo.

Juan Antonio García Borrero

En vísperas del nuevo Congreso de la UNEAC

El próximo sábado 11 de mayo tendrá lugar en Camagüey la Asamblea del Comité Provincial de la UNEAC, donde quedarán elegidos los directivos en este nuevo período que se inicia. Asimismo, se discutirá el Informe de Balance de lo realizado por sus miembros entre el 2014 y el 2019, y finalmente se presentarán los Delegados al venidero Congreso.

Leí el informe, y no sé por qué no me sorprendió que, una vez más, las experiencias de “El Callejón de los Milagros” no se mencionen allí. Sencillamente el tema de la informatización de la gestión cultural no es algo que esté priorizado por la UNEAC, pese a que en el pasado Congreso de la organización, el hoy presidente del país, Miguel Díaz-Canel, invitó a asumir con altura ese desafío que significa fomentar el uso creativo de las tecnologías en función de una mejor promoción del arte y la cultura.

Hay que decirlo por lo claro: en Cuba la informatización va por un lado, y la UNEAC por otro, algo que intelectuales como Víctor Fowler, por ejemplo, ya habían señalado desde hace mucho al apuntar lo siguiente en uno de los textos que compartimos con los lectores del blog: “Tan terrible como lo anterior es la escasez de opinión pública acerca de ello en espacios como la UNEAC (en su caso por ser quizás la tribuna principal de los científicos sociales cubanos), el silencio inducido alrededor del tema en el sistema universitario y en los diversos medios de prensa”.

Demoraremos mucho en incorporar de un modo natural a nuestros debates de la UNEAC asuntos como estos, pues en el fondo seguimos pensando que nuestras actuales Políticas Culturales pueden omitir ese capítulo. ¿Qué hacer en esos casos donde la resistencia analógica (a veces explícita, a veces sutil) se encarga de frenar la naturalización del debate?

Pues aprovechar de modo creativo las herramientas que nos brinda la propia revolución digital, y poner a circular esas ideas que en otras partes del mundo ya no resultan novedades, pero que acá levitan desconectadas debido a la carencia de un nicho que les brinde la posibilidad de una discusión sistemática.

La selección de textos que ahora ponemos a consideración del lector han sido publicados en el blog en el último quinquenio. Tienen como denominador común el interés por el papel del intelectual en la Cuba del siglo XXI, esa donde el consumo cultural, entre otras cosas, ya no se parece en nada al que existía en el siglo pasado.

Es una selección mínima, porque en estos cinco años se ha escrito muchísimo sobre estos temas en el blog. Por supuesto que aquí no encontraremos respuestas a las muchas preguntas que nos seguimos haciendo. En todo caso se trata de estimular el debate alrededor de un fenómeno que entre nosotros espera enfoques de altura. Aunque también se trata de una suerte de memoria de vida, toda vez que en los primeros textos se describe el nacimiento de eso que hoy conocemos como El Callejón de los Milagros.

JAGB

Relación de textos seleccionados

Post-Congreso: notas para un debate sobre el intelectual y la cultura cubana en el siglo XXI      3

Víctor Fowler sobre Internet, Políticas públicas y uso creativo en Cuba    6

De García Borrero a Víctor Fowler   7

De Víctor Fowler a García Borrero   9

De García Borrero a Víctor Fowler (II)        11

El papel de las instituciones culturales cubanas en el siglo XXI     13

Las nuevas tecnologías y el uso creativo en la promoción cultural  14

Cultura, tecnología, y educación en Cuba: la triple insularidad.      16

Pensar lo público desde la vanguardia intelectual    17

Cultura y educación: ¿enemigos íntimos?     18

Pluralidades y el debate cultural en Cuba     20

Contra el creaticidio: prohibido no soñar.     22

Políticas culturales y creatividad en Cuba    24

Creatividad, pensamiento crítico y vanguardia intelectual   26

Consumo cultural y lugares públicos en Cuba          27

Apuntes para un debate: cultura y medios en la era digital  29

Post-reunión   31

Para descargar la compilación de textos, pinchar debajo:

Notas para un debate sobre el intelectual y la cultura cubana en el siglo XXI

Ecos de la Muestra Joven

Mira que ha crecido la Muestra de Cine Joven auspiciada por el ICAIC. Lo dice alguien que la vio nacer. Que le puso sus primeros pañales. Y que jamás imaginó que llegaría a ser lo que es ahora.

Esta que acaba de finalizar fue la decimoctava edición: una edad peligrosa para cualquier evento. En lo biológico 18 años es nada, pues se está en la flor de la vida, y a esa edad la gente, por lo general, se quiere comer el mundo (aunque, como dijo alguien, hay personas que mueren a los 18, y lo entierran a los 80).

Pero una cosa son los individuos, y otra los eventos, porque en estos espacios tienden a institucionalizarse las rutinas productivas. De los eventos se espera una estabilidad que garantice el sosiego administrativo: la experimentación y el riesgo está bien para los individuos, pero no para esos cónclaves que todavía responden a la lógica de la cultura del mecenazgo, y donde se prefiere jugar al seguro para no inquietar demasiado al mecenas (en este caso al Estado).

Sin embargo, la Muestra ha tenido a su favor que, a lo largo de estos 18 años, la dirección ha estado en manos de muchas personas. Esto, definitivamente, la ha enriquecido, pues no ha dado tiempo a que los inevitables sesgos que todo líder le imprime al espacio se convierta en fórmula inamovible. Y, lo más importante, en los últimos tiempos, al estar dirigida por jóvenes, la Muestra se parece cada vez más a la irreverencia de ese cine herético que busca promover.

Y una irreverencia que adquiere, en términos cinematográficos, dimensiones de argumentos. Fin (2018), de Yimit Ramírez, por ejemplo, es una maravilla de corto, al igual que el documental Brouwer. El origen de la sombra (2019), de Katherine T. Gavilán y Lisandra López Fabé. En ambos casos, sus realizadores han priorizado la construcción de entornos audiovisuales que se disfrutan desde lo estético, y que ganan autonomía artística más allá de las lecturas circunstanciales que se puedan hacer.

Sabemos, desde luego, que todos estos materiales están hablando de la Cuba de ahora mismo, y a veces, de un modo hipercrítico. Pero eso es lo que más aprecio: que hay una voluntad de estilo que permite revelarnos esta realidad que padecemos desde el diagnóstico profundo, no desde el panfleto militante y circunstancial.

Y luego está el ambiente que acompaña a las películas proyectadas. Porque al final no basta con que las películas sean exhibidas durante una semana y punto. Es preciso generar alrededor de ellas todo un cuerpo de ideas que acompañe ese proceso renovador. Y para renovarse, crecer, el cine (y en sentido general, la cultura) necesita del debate sistemático y desprejuiciado.

Esto último es fundamental: el desprejuicio. Me encantó, para poner otro ejemplo, ver la obra de dos figuras tan distanciadas en lo político como Santiago Álvarez y Guillermo Cabrera Infante, examinada con serenidad académica en un mismo espacio.

En un país como el nuestro, donde el furor disyuntivo suele aislar a los objetos que examina, simplificando los análisis en base a la reducción de las cosas a un solo aspecto, esto es una tremenda victoria.

Juan Antonio García Borrero

El ICAIC y el cine cubano

Hubo un tiempo en que era imposible pensar el cine cubano más allá del ICAIC. Como institución cinematográfica parecía totalizarlo todo: producción, distribución, exhibición, formación de nuevos públicos.

Su nacimiento el 24 de marzo de 1959 adquirió de inmediato un carácter marcadamente simbólico: fue la primera institución cultural creada por la Revolución encabezada por Fidel.

Pero los cineastas de entonces estaban lejos de creer que el cine que hicieran debía convertirse en mera propaganda del nuevo gobierno. Conducidos por Alfredo Guevara, y protegidos por una Ley donde en su Primer “Por Cuanto” todavía se avisa que el cine es un arte, se propusieron acompañar el proceso político con un conjunto de películas que respondían más a las búsquedas y experimentaciones del cine moderno, que al confort que reporta el uso de estructuras clásicas.

En uno de sus libros Foucault anota: “Lo que se encuentra al comienzo histórico de las cosas no es la identidad aún preservada de su origen, es la discordia con las otras cosas, es el disparate”. Cuando pienso en el ICAIC de esos primeros días, viene a mi mente esa observación, y esta foto que alguna vez me hiciera llegar Fausto Canel, donde, entre otros, aparecen Alfredo Guevara (extremo izquierdo), Tomás Gutiérrez Alea (al centro), el propio Canel muy joven, y Guillermo Cabrera Infante, cortado por la mitad, y todavía ocupando su fugaz puesto de vicepresidente de la institución.

Una foto como esa resulta difícil de asumirla de un modo natural sesenta años después, toda vez que no responde a esa imagen del ICAIC que ahora mismo tenemos, que es la imagen de una institución estatal que, contra viento y marea, ha conseguido mantener como un sistema eso que mencionábamos al principio: producción, distribución, exhibición, formación de nuevos públicos.

Pero es evidente que en todos estas seis largas décadas la riqueza del legado que perdura se ha nutrido de la contradicción permanente, más que de una armonía artificial que solo existe en la mente de quien evoca y festeja las efemérides; como diría Giacomo Marramao, otro filósofo, “tenemos que aprender a pensar la continuidad como algo diferente de la identidad”.

El ICAIC que cumple hoy sesenta años de fundado tiene a sus espaldas un desafío mayor, pues si bien sigue siendo un punto de referencia insoslayable en la cartografía dominante del audiovisual cubano, ya no goza del monopolio de la acción creativa. Por suerte, la propia institución no vive ajena a esa realidad, como puede testimoniar el auspicio de esa Muestra de Jóvenes realizadores que creara en los inicios de este nuevo siglo.

De modo que, tarde o temprano, se irá naturalizando (no con la rapidez que uno quisiera) una mirada que deja atrás la lógica excluyente de la identidad única, para reparar en lo múltiple, en lo inclusivo. No sucederá de inmediato, porque aún buena parte de la defensa del ICAIC se sostiene sobre el argumento solapado o paternalista de la carencia o inferioridad de lo otro.

Creo que el ICAIC no necesita ese tipo de protección: el ICAIC seguirá creciendo en la misma medida en que ayude a iluminar un entorno donde proliferan las producciones más allá de sus predios, se segmentan los públicos, se afianzan nuevas prácticas de consumo. En lo personal, no me imagino un futuro cubano donde no exista un ICAIC: quiero decir, un ente rector que (más allá del nombre), ayude a establecer Políticas Públicas en función del bien común y el cine cubano en general.

Juan Antonio García Borrero

Pensando lo digital desde la Feria del Libro de Camagüey

El sábado pasado, como parte de las actividades de la 28 Feria del Libro en Camagüey, participé en el panel organizado por la revista “La Liga” con el título “Las redes sociales: ¿autismo o nuevos horizontes?”, acompañando en este caso a Maité García, Soledad Cruz, Yohan Pico y María Antonio Borroto.

Casi todos los títulos para paneles suelen ser grandes provocaciones, y este no deja de ser la excepción. El autismo es ese “trastorno psicológico que se caracteriza por la intensa concentración de una persona en su propio mundo interior y la progresiva pérdida de contacto con la realidad exterior“.

No creo que eso sea exactamente lo que predomine en redes como Facebook, donde el narcisismo dominante más bien lo que impone es el descuido de nuestro Yo más auténtico, con el fin de agradar y recibir Likes de los posibles seguidores. Por tanto, en las redes sociales no es tanto el mundo interior lo que se cultiva, como lo externo, eso que la edad del selfie que vivimos, ha conseguido legitimar de modo apabullante.

Creo que, comparado con otros años, la Feria del Libro en Camagüey ganó a la hora de pensar lo digital, tomando en cuenta que en su Programa también se incluyó un panel para hablar de las revistas digitales, mientras que en la Galería QR del Complejo Audiovisual Nuevo Mundo se inauguró una Exposición que propone el enfoque transmedial de nuestras gestiones culturales, en este caso vinculando la promoción cinematográfica a la promoción de la lectura.

Sin embargo, nada de esto todavía se piensa digitalmente con una perspectiva de conjunto. Para empezar, no le encontré mucho sentido a hablar de lo digital en un contexto analógico como La Comarca, cuando todas las condiciones estaban creadas para lograr ese diálogo interactivo en El Callejón de los Milagros, donde las personas hubiesen podido acceder de modo gratuito lo mismo a la colección de la revista La Liga, que a los números de la publicación de Etecsa (Tono) presentada en una de las tertulias, o aprenderá descargar los contenidos de Citmatel.

Luego, estamos hablando de que necesitamos que esa formación de usuarios creativos que tanto necesita el país debe incluir a los de abajo, pero también a quienes desde arriba trazan las estrategias de informatización.

En el conversatorio de La Liga expuse mi reserva con el uso hegemónico que se hace de Twitter por el grueso de nuestros servidores públicos. No digo que no se use para el combate ideológico, pero tenemos que acabar de comprender que el mundo digital nos está proponiendo algo absolutamente inédito, y que, por tanto, tenemos la oportunidad de ser creativos desde la institucionalidad, y poner la imaginación en función del bien público.

Mas para ello hay que impulsar un aprendizaje que nos involucre a todos, y especialmente, a los servidores públicos; es decir, a quienes con su capacidad de decisión puede mañana influir en las Políticas Públicas.

Juan Antonio García Borrero