Archivo de la categoría: REFLEXIONES

ANDREI TARKOVSKI SOBRE LA LIBERTAD DEL ARTISTA

Andrei TarkovskiEl arte es por su naturaleza misma aristocrático y, naturalmente, selectivo en cuanto al efecto que busca crear en su público, ya que, aun en sus manifestaciones más “colectivas” (como el teatro y el cine), su efecto se encuentra delimitado por las emociones íntimas de cada persona que entra en contacto con la obra. En la medida en que esa persona es afectada y perturbada por esas emociones, en esa misma medida será significativa la obra en la propia experiencia del espectador.

La naturaleza aristocrática del arte no absuelve al artista, sin embargo, de su propia responsabilidad frente al público o, si se quiere, frente a la gente en general. Todo lo contrario, ya que a causa de la especial conciencia que el artista tiene de su tiempo y el mundo en que vive, se convierte en la voz de todos aquellos que no pueden formular o expresar sus puntos de vista sobre la realidad: en este sentido, el artista es de hecho la vox populi, y es por lo que su vocación lo lleva a servir a su propio talento, lo cual significa servir a su pueblo.

Por lo mismo no puedo entender que se hable, con respecto a un artista, del problema de su “libertad” o “falta de libertad”. Un artista nunca es libre. No hay personas que sean menos libres que los artistas, ya que se encuentran coercionadas por su propio don y por su vocación.

Andrei Tarkovski (1932-1986) en Esculpir el tiempo

LA ÉPOCA Y EL DESENCANTO

Una anciana acaba de recordarme que ya no se hacen películas para emocionarnos. Cierto: ahora casi todo está en función del espectáculo que intimida, de lo que impacta por un rato nuestros sentidos, y termina devorado por esa insaciable sed de inútiles novedades audiovisuales. La emoción imperecedera ha sido sustituida con el estremecimiento que se borra casi al instante, y deja apenas el remordimiento de haber malversado ese tiempo que jamás se recupera.

Malas noticias para quienes piensan que el 3D de ahora puede salvarnos de tanto naufragio. Gombrich tenía claro lo que vendría, al apuntar: “Cuando el cine introdujo la «tercera dimensión», la distancia entre lo esperado y lo percibido fue tan grande que muchos sintieron la excitación de una ilusión perfecta. Pero la ilusión se gasta una vez que la expectativa sube un peldaño; la damos por sentada y queremos más”.

Alcancé a vivir esa época a la que la anciana alude. En esas fechas, uno iba a los cines, y sumergidos en la oscuridad del salón, rodeados de extraños que por un par de horas se volvían familia, vivíamos junto a los protagonistas de las historias que nos contaran sus desdichas y laureles. Así crecimos mientras aprendíamos a vivir con esos héroes que muchas veces solo estaban destinados a recibir los golpes; pero que a pesar de eso (o quizás por eso) sobrevivían, y se instalaban para siempre en nuestras memorias.

No tengo claro cuándo fue que comenzó a cambiar todo. La anciana habla de “los cines” como si se tratara de una época muy lejana (y lo es: hace rato se desdibujaron en el horizonte las luces que iluminaban sus fiestas más memorables). Como jamás le ha dado por escribir críticas o hablar “en serio” de su pasión, se conforma con comentarme que lo de antes era distinto. Para mí, en esa queja lacónica hay más elocuencia que en veinte libros que intenten explicar el fenómeno del modo más académico que uno pueda imaginar.

Pero pensándolo mejor, creo que el origen de este malestar para con una época que ha hecho del tedio estético su marca registrada, comenzó hace mucho tiempo.

Lezama Lima

Y para no sentirme tan incurablemente solo en esa convicción, vuelvo a leer a Lezama:

Nuestra época tiende a convertirlo todo en espectáculo. Gide y Eliot reciben premios, se les engorda la bolsa y el Rey con todas las candilejas les entrega el cheque y el pergamino. Si Lautréamont hubiese vivido en nuestros días, le damos también el premio Nobel y el derecho a no hacer cola para entrar en el cine.

El aburrimiento es total y parece que todas las obras van a recibir su premio. Hacer una obra que nadie premie es totalmente imposible y eso revela la pobreza risueña y perversa de nuestra época”.

Juan Antonio García Borrero

 

SOBRE LAS IZQUIERDAS EN CUBA

La semana pasada tuve el privilegio de almorzar en Camagüey con Yasmín S. Portales, una de las intelectuales cubanas que con más pasión y valentía cívica se mueve en nuestro precario espacio público. Para que se tenga una idea: en estos tiempos en que mostrar admiración por Marx pareciera un anacronismo, ella suele firmar los mensajes que circula por correo electrónico calificándose a sí misma como marxista, feminista y bloguera.

Para mí conversar con ella, leer sus escritos, siempre resultará un verdadero placer (aun cuando podamos discrepar en determinados puntos de vista, o en muchos, eso carece de importancia), toda vez que se trata de un uso del marxismo y el feminismo que persigue la emancipación, antes que la dominación. Ese pensamiento verdaderamente crítico de una izquierda que, lamentablemente, no tiene la presencia que uno quisiera en nuestros medios, me hace recordar cierta declaración del nunca olvidado Humberto Solás:

La izquierda cubana es muy poderosa y engloba la mayoría de la nación, pero hay que reconocer que no es homogénea y creo que los medios masivos de comunicación deben darle espacio a su diversidad y servir de instrumento para un debate y una polémica que partiendo de presupuestos más profundos, filosóficamente válidos, haga posible la legitimación de las aspiraciones de los diferentes grupos de la izquierda cubana antiimperialista, unida en lo fundamental, pero que tiene diferentes concepciones de cómo conducir la vida nacional. Yo creo que la Revolución es extraordinaria y que Cuba tiene la oportunidad de hacer la hazaña de devolverle al marxismo y a la voluntad socialista de estructuración de la sociedad el aliento y la dinámica que se perdió en los últimos decenios de vida del socialismo en Europa”. Lee el resto de esta entrada

DIALÉCTICA DEL ESPECTADOR CUBANO EN LOS OCHENTA (Fragmento)

Hacia 1981 el cine producido por el ICAIC comenzó a tomar conciencia de la necesidad de renovarse dramatúrgicamente. El espléndido éxito popular de Retrato de Teresa (1979), de Pastor Vega, terminó haciendo público lo que era un secreto a voces: la tremenda avidez que tenía el espectador cubano de descubrir su contemporaneidad, con todas sus contradicciones, en pantalla.

Aunque en los dos Festivales de Nuevo Cine Latinoamericano celebrados hasta la fecha en La Habana, los jurados habían priorizado el reconocimiento de filmes con temática histórica como Maluala (1979), o explícitamente militantes en el plano político (En tierra de Sandino/ 1980, de Jesús Díaz; Granada, pequeño país gran revolución/ 1980, de Víctor Casaus), la institución comenzaba a incluir en sus planes de producción proyectos que intentaban dialogar críticamente con la realidad.

Julio García-Espinosa, por ejemplo, había realizado con Son o no son (1980), un arriesgado experimento en el cual dinamitaba la banalización de la cultura de masas en Cuba, mientras que en 1982 Sergio Giral se aprestaba a rodar el guión escrito por Manuel Cofiño con el título de “Sangre y fuego”, donde abordó un caso de corrupción administrativa. Aunque ninguna de estas dos películas fueron estrenadas en los años que les hubiese correspondido una vez que finalizaran sus rodajes, ambas estaban participando de ese espíritu innovador y crítico, en el cual habría que incluir también al proyecto de filme de Titón titulado El encuentro, y Hasta cierto punto, que Gutiérrez Alea estrenará en 1982.

El denominador común de todos estos filmes, no obstante la desigualdad de estilos y resultados, estaría simbolizada por la mirada incómoda que se lanza no solo a la realidad, sino a las maneras en que se construye en la pantalla esa “realidad”.

Juan Antonio García Borrero

¿HACIA DÓNDE VA EL AUDIOVISUAL CUBANO?

Esta es una pregunta que con demasiada frecuencia aparece en algunos de los cuestionarios que someten a mi consideración. Entiendo el interés que pueda despertar una interrogante como esta, pero todo lo que se responda estará condenado a la mera especulación.

Todavía hoy pensamos en el audiovisual cubano como algo que se puede “controlar”, y decidir desde un determinado centro de operaciones cuáles serán sus contenidos, sus maneras de realizarse y distribuirse. Es normal que se piense de esa forma, toda vez que hasta hace apenas unos cinco años, “el cine” parecía algo objetivo, una cosa que se podía tocar, oler, en las salas cinematográficas tradicionales.

Hoy esa imagen ha quedado quebrada para siempre. El cine, o mejor decir, el audiovisual, se nos ha hecho líquido, y consigue impregnar sus invisibles olores en casi todo lo que pasa ante nuestros ojos: ya no hay una vía única por donde circulen las imágenes acompañadas de sonidos, sino que todo se bifurca en miles de senderos que no conducen a ninguna parte (aparentemente). Ya el sentido de lo que vemos no importa, o importa poco: la búsqueda del sentido ha sido sustituida por el impacto en los sentidos.

¿Estarán conscientes de ello los creadores de audiovisuales cubanos de estos tiempos? Puede ser, pero no hay un cuerpo de ideas plasmados en algún documento que nos permita interpretar con cierta profundidad cuáles serían las características de este “nuevo audiovisual”, y hacia dónde quiere ir (o incluso: contra qué quiere ir). Es como si todo el mundo estuviese nadando en una corriente que nos arrastra sin que exista idea de cuál es el destino, y se defienda ese viaje incierto como lo máximo.

Sin embargo, debo confesar que no he encontrado demasiadas novedades en ese viaje del audiovisual cubano más reciente. Esto no contradice la idea de que no pocas de las nuevas producciones me han interesado, y me han hecho pensar en ellas. Pero hablo del viaje a lo inesperado que tendría que ser la incursión de un cineasta en los abismos de su tiempo.

Bazin, hace algo más de cincuenta años, apuntaba: “Un escritor puede repetirse en el fondo y en la forma durante medio siglo. El talento de un cineasta, si no sabe evolucionar con su arte, no dura apenas más de uno o dos lustros”. Y en el caso de nuestro audiovisual, lo que ahora mismo quizás tengamos a la vista es la evidencia de que el lenguaje utilizado ya no da más. A no ser que pensemos que el cine solo sirve cuando los disfrutan apenas nuestros vecinos de lunetas: los eternos inquilinos de la caverna platónica.

Juan Antonio García Borrero

POR PRIMERA VEZ, OTRA VEZ

En estos días en que se exhibe el animado Meñique (2014) en el multicine Casablanca he pensado otra vez en el hermoso documental de Octavio Cortázar Por primera vez (1967).

Como se sabe, este documental registra las impresiones de un grupo de campesinos que, por primera vez, se enfrentan a una proyección cinematográfica. La experiencia colectiva es filmada de un modo meticuloso por la cámara de José López, inmortalizando esos rostros asombrados en planos de una belleza insuperable. Alcancé preguntarle a Cortázar si nunca pensó en retornar a ese intrincado lugar, y filmar lo que hubiese podido ser Por segunda vez con algunos de aquellos niños convertidos en hombres y mujeres que aún viviesen en la zona.

Si asocio lo que está pasando en Casablanca ahora mismo con aquella experiencia del siglo pasado, es que una buena parte de los niños que están asistiendo a las proyecciones jamás se habían enfrentado al cine. Y hay que ver las caras que ponen cuando entran al salón, y se ven rodeados de otras personas, y luego se sumergen en un relato donde la oscuridad, el haz luminoso, la no interrupción de lo proyectado, convierten a la hora y media que dura la película en algo fascinante y único.

Los niños de ahora, desde luego, tienen una cultura audiovisual que no tuvo mi generación. Su visión más primigenia del mundo se ha estado conformando, no a partir de los patrones que pudiera conceder una cultura literaria (que fue la que nosotros tuvimos), sino desde el incesante consumo de imágenes acompañadas de sonidos (o a la inversa) que llegan ahora a sus sentidos a través de los más sofisticados dispositivos de grabación y reproducción que invade lo doméstico. Pero en esos casos, la ausencia de oscuridad, por ejemplo, la contaminación con otras experiencias simultáneas, el ejercicio adictivo del zapping, impide que podamos hablar de lo mismo que se vive en un cine.

Después de asistir al Casablanca, no serán pocos los que descubran que nunca será lo mismo ver Meñique en la pantalla inmensa del cine, que en la pantalla de la computadora, o en la del televisor del hogar. Será la misma película, pero no la misma experiencia, y el cine es sobre todo eso: experiencia única que se comparte entre muchos.

Aquellos que me dicen orgullosos que ya vieron en casa los últimos estrenos fílmicos no saben lo que hablan. O mejor dicho, reciclan el mismo disparate que ponen a circular los que creen que conocen el Guernica por las reproducciones de los libros, sin haber visto el cuadro original jamás en un museo.

Juan Antonio García Borrero

LA DISTANASIA DEL CINE

Conceptualmente, la distanasia, según el DRAE,  es el “tratamiento terapéutico desproporcionado que prolonga la agonía de enfermos desahuciados”.

Para mí el cine (entendido como aquella práctica que era capaz de generar, a través de dispositivos únicos – hablo de un proyector, una gran pantalla, y una gran sala oscura- una suerte de hipnosis colectiva), ya está muerto. En tal sentido, debo confesar que todo intento de prorrogar su hegemonía simbólica me parece una variante bastante prosaica de distanasia (lo opuesto a lo que sería una eutanasia capaz de reportarle una muerte a la altura de la dignidad que ha gozado en su tiempo de vida).

El hecho de que el cine (en el sentido que aludí antes) ya esté muerto, o al menos no goce de la vitalidad de antaño (eso lo dice el público que deserta de la experiencia en masa, no yo), no le resta un ápice de importancia a su legado humanista, y a lo que sigue significando en nuestras vidas su aparición y maneras de diseñarnos durante todo un milenio el sentido de nuestras existencias. Lee el resto de esta entrada

ITALIA EN CUBA; CUBA EN ITALIA

Me enteré tarde de la noticia: Julio García-Espinosa recibió la Condecoración Oficial de la Orden de la Estrella de Italia.

Es una noticia que retiene mi atención y me alegra muchísimo, no solo porque en lo personal siga viendo en García-Espinosa a uno de los pensadores más incisivos que ha tenido el cine cubano (y además, no menos importante, un amigo), sino porque precisamente a principios de este año, los de la “Cátedra Tomás Gutiérrez Alea” hablábamos en Camagüey de la posibilidad de conformar un grupo de trabajo que impulsase la investigación de las relaciones cinematográficas que han tenido lugar entre cubanos e italianos.

Como es fácil presumir, tomando en cuenta la existencia en nuestra ciudad de esa Cátedra, todo surgió a partir de esa circunstancia histórica que posibilitó que Julio y Titón coincidieran como estudiantes en el Centro Sperimentale di Cinematografía de Roma.

Y es que faltan tantas cosas todavía por estudiarse de lo que significó para el posterior cine revolucionario esa estancia de los dos cubanos en aquel lugar. Es decir, se sabe lo que ambos han contado en diversos artículos y entrevistas, pero faltaría indagar en la impronta que no se deja apresar en los documentos escritos, o en las fotos que se recuperan, aún erosionadas por el tiempo.

Hablo de la huella sutil que va quedando en el camino, invisible, pero a la vez, imborrable. Como esas marcas de carmín que ya no existen, y sin embargo, uno no puede dejar de verlas.

Juan Antonio García Borrero

SOBRE LA CULTURA DEL ZAPPING

Los humanos de esta época aún no tenemos idea de los estragos que puede causar el exceso de información que tenemos ante nuestros ojos. Por lo pronto, el peligro mayor que veo está en la pérdida de un espíritu auténticamente crítico. Si antes el periodismo se erigía en tribuna casi única donde se debatían los grandes problemas, los problemas públicos que nos afectaban a todos, ahora la proliferación de canales informativos amenaza con narcotizar cualquier esfuerzo por llegar al fondo de los asuntos que se examinan. Se puede tener toda la libertad del mundo para expresarse, pero el tiempo humano no alcanza para examinar y resolver tal diversidad de intereses.

El gran escritor José Saramago reflexionaba de este modo en un artículo:

“Si una persona recibiera cotidianamente 500 periódicos del mundo entero en su casa, y si tal cosa llegara a saberse, es probable que la gente pensaría que está loca. Y sería verdad. Porque, ¿quién si no un loco puede proponerse leer diariamente 500 periódicos? Habría que leerse uno cada tres minutos, o sea más de 20 por hora las veinticuatro horas seguidas. Mucha gente olvida esa evidencia cuando vibran de satisfacción anunciándonos que de ahora en lo adelante gracias a la revolución numérica, podemos recibir 500 cadenas de televisión. ¿Y de qué manera 500 cadenas de televisión podrían tenernos mejor informados que los 500 periódicos que no podemos materialmente leernos?”

La revolución electrónica ha posibilitado la paulatina consolidación de “la cultura del zapping”, y con ello, la adicción al fragmento informativo. Esto puede ser liberador en la medida en que nos quita de encima el peso de “las verdades oficiales”. Nada más reconfortante que, a través de una simple operación con el mando del televisor, enviar al olvido (y sin remordimiento) las imágenes de esos intrusos que se cuelan en casa para vendernos como únicas sus particulares visiones de la vida.

Lo malo es que con ese gesto casi automático de pasar por pasar canales estaremos olvidando la búsqueda de una información “veraz”. En esos casos, para decirlo como Saramago, el individuo “será un consumidor de imágenes pero no un informado”.

Juan Antonio García Borrero

VOLVER A CAMAGÜEY

Siempre estamos regresando de algún lugar, inclusive cuando no ha existido desplazamiento físico alguno. En todos los casos, para nuestro propio bien, siempre estamos regresando a la realidad.

Mi realidad concreta se llama Camagüey, y a esta ciudad que está a punto de festejar sus cinco siglos de fundada, acabo de regresar luego de permanecer tres semanas en los Estados Unidos (la primera en Washington; las otras dos en Miami).

Volver a Camagüey nunca será lo mismo que volver a Cuba, país que la mayoría de los extranjeros (y algunos cubanos) asocian a La Habana. Volver a Camagüey significa retornar a un laberinto arquitectónico donde conviven, a veces como perros y gatos, y de un modo más bien viscoso, lo colonial con lo moderno. Y eso inevitablemente se refleja en el comportamiento cotidiano de sus habitantes, y en lo arduo que muchas veces resulta poner en práctica ideas innovadoras.

No me gusta idealizar a Camagüey. Ni me gusta que idealicen mi relación con este sitio al cual, luego de viajar fuera de la isla más de treinta veces, siempre he terminado por retornar. Sé que, en términos materiales, tengo escasos argumentos que ofrecer para demostrar que, a pesar de todo, es aquí donde me sigo sintiendo bien (al menos hasta ahora). Mi salario es una miseria (apenas 375 pesos cubanos); la casa vieja donde vivo no serviría para promover el turismo (más bien lo espantaría); mi bicicleta (que ha sido siempre mi medio de transporte privado) cada vez tiene más prisa en poncharse. Con un poco de voluntad y suerte podría estar materialmente mejor en otro lado porque, a decir verdad, ahora mismo no tengo materialmente nada. Entonces, ¿qué es lo que me sigue devolviendo a este sitio? Lee el resto de esta entrada

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