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DE GARCÍA BORRERO A ROLANDO LEYVA CABALLERO (2)

Estimado Rolando:

Yo también doy por terminado el debate. Ni tú ni yo poseemos la Verdad Absoluta sobre estos temas, así que si los lectores tuviesen ahora más dudas que antes del intercambio, la discusión habría valido la pena. Al menos para mí, eso es lo importante: remover ideas, más que tratar de imponer las mías.

En lo personal, estos debates también me sirven para tantear las posibilidades reales que tendría un tipo de crítica que no renuncia a la confrontación, pero asumiendo a la asertividad como su principal perfil. Para mí eso es fundamental, porque es lo que me permite entender que el mundo no está hecho, sino que lo hacemos a diario con nuestras percepciones, nuestros combates, nuestras filias y nuestras fobias.

Y que excluir al otro tan solo porque tiene una visión diferente a la mía, sencillamente es autoritarismo disfrazado. Es lo que me permite comprender que José Manuel Valdés Rodríguez, Mirta Aguirre, o Mario Rodríguez Alemán, al margen de posiciones ideológicas con las que discrepas, tenían también verdades que enseñarnos (no en balde fueron grandes maestros, personas muy cultas): contribuyeron a mi formación, aunque en estos instantes yo ande buscando otros caminos interpretativos.

De todos modos, ahora que me invitas a pensarlo, creo que mi referente epistemológico más remoto sigue estando en André Bazin, y el deslumbramiento que provocó en mí su descubrimiento como autor aquella mañana ya lejana en la sala de Arte de la Biblioteca Provincial “Julio Antonio Mella”. Entonces copié a mano esa observación que, pese al tiempo transcurrido, los críticos más tarde descubiertos, el montón de libros leídos, sigo repitiéndome una y otra vez:

La verdad en la crítica no se define por no sé qué exactitud, mensurable y objetiva, sino más bien por la excitación intelectual provocada en el lector: su calidad y su amplitud. La función del crítico no es la de poner sobre una bandeja de plata una verdad que no existe, sino la de ampliar al máximo posible la inteligencia y la sensibilidad de aquéllos que le leen, el choque de la obra de arte”.

En nuestra polémica has traído a la luz verdades irrefutables mezcladas con falsos argumentos que apelan más a la adjetivación emotiva y lo connotativo, que a lo racional. Cuando dices “Incurres quizás sin querer en la actitud del comisario cultural” o sugieres que mi réplica “demoniza la actitud contestataria” o te convierte en “enemigo ideológico”, estás construyendo una imagen que algunos rechazarán no a partir de lo que he escrito, sino del repudio que provocan esas prácticas excluyentes.

Hay aquí, además, una contradicción flagrante, en tanto defiendes el legítimo derecho de todo ciudadano a ejercer el criterio, pero te incomoda que uno pueda oponerle a ese criterio las objeciones que se entiendan. Te das el lujo de insinuar que Ernesto Daranas ha sido domesticado ideológicamente al realizar Sergio y Serguéi, pero te parece ofensivo que alguien (que no es mi caso) te acuse de militar en el bando contrario por lo que expresas. E insisto que no es mi caso, porque como estudioso de estos temas culturales intento estar más allá de esas etiquetas ideológicas que no nos permiten valorar en todo su esplendor la riqueza de ese universo audiovisual que a diario acontece entre cubanos de todas las partes de planeta (y no solo en el ICAIC, no solo en Cuba).

Tal vez la contradicción que más me impacta es la que asociaría al sentido último de tus intervenciones públicas. En un principio pensé que estabas por dignificar el arte nacional (eso no lo he inventado yo; solo repito lo que dijiste en su momento), y ahora veo que te pronuncias por que “cada cual vea lo que quiera así sea una mierda”. Si en verdad es esto último lo que interesa legitimar, entonces, ¿a qué tanta polémica?, ¿a qué tanto vapuleo de Sergio y Serguéi?

Pero ya que estamos aquí, trataré de precisar algo: a mí no me asquea lo que está pasando con el consumo cultural en Cuba (que cada vez es más parecido al consumo global). Solo soy un estudioso que trata de establecer un diagnóstico (sin adjetivos, sin epítetos), y sobre esa base intenta imaginar mundos alternativos.

Que de eso es de lo que va el Proyecto “El Callejón de los Milagros”, por ejemplo: allí no intentamos imponerle a la gente lo que tiene que ver (es decir, no nos interesa imponerle a las personas ni El Paquete ni La Mochila), sino tratamos de llamar la atención sobre lo alternativo, y sobre el uso creativo de todo lo que tenemos a mano. Es el individuo el que tiene la última palabra (no los críticos, que serían en todo caso intermediarios), y es el sistema institucional el que tiene el deber de ofrecerle esas alternativas públicas.

Para finalizar: nada tengo contra el lenguaje incendiario que procede a martillazos. El hecho de que a mí me interese practicar el dialogo constructivo más que la demolición altisonante, no ha podido borrar el placer de leer a Schopenhauer, Nietzsche, Cioran. Pero sigo prefiriendo el término medio aristotélico a la hora de interpretar lo que sucede a mi alrededor.

Ese término medio se ha descifrado mal al asociarse al gesto cubano de “quedarse en la cerca”. Yo lo veo de otro modo: si los raptos de sinceridad crítica a la que aludes como virtud me garantizara siempre el encuentro con la Verdad, me sumaría a ella con gusto. Pero después de Marx, Nietzsche o Freud (los maestros de la sospecha), sabemos que la conciencia también nos puede engañar disimulando el protagonismo invisible que tendrían el entusiasmo o al resentimiento en nuestros actos; o sea, que también nuestra conciencia merece el mismo rigor crítico que le dedicamos a aquellos que provocan nuestra admiración o rechazo.

Pero seguramente eso daría para otro debate no menos arduo. Por lo pronto concluyo aquí.

Saludos cordiales,

Juan Antonio García Borrero

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DE ROLANDO LEYVA CABALLERO A GARCÍA BORRERO (2)

El hilo invisible que nos separa.

Estimado Juan Antonio García Borrero:

Lo que denominas dispersión quizás sea la expresión escrita de la capacidad adquirida y entrenada de correlacionar fenómenos artísticos, estéticos, ideológicos, aparentemente desconectados entre sí. Quizás esos arranques de sinceridad que padezco en lo personal sean mucho más productivos que la práctica casi demencial de los mutismos selectivos, a ratos impuestos, un trastorno de la conducta que nos afecta en tanto nación y pueblo, hace tantísimo, y que a juzgar por las apariencias no revertiremos pronto.

No tengo ningún problema con reconocer en público que apuesto, está en mi naturaleza, no puedo evitarlo ni me interesa, por la demolición controlada o el desmenuzamiento del cine y los fenómenos audiovisuales, pero también de la realidad económica, social, política, de lo que ocurre en mi país, el que abandoné, pero del cual me siento deudor y depositario de una responsabilidad que asumo a consciencia, la de ejercer el criterio, un derecho ciudadano del cual el crítico se apropia como una atribución delegada por Dios.

Precisamente porque no soy partidario de la censura, y mucho menos de la autocensura consensuada, pactada con el sistema político, programática por su carácter preventivo, insisto en dejar las medias tintas, diciendo por las claras, sin eufemismos ni parábolas, lo que verdaderamente interpreto sobre los problemas o temas que atraigan mi atención, del cine pero también de la realidad social que lo sustenta en su base argumental. Lee el resto de esta entrada

DE GARCÍA BORRERO A ROLANDO LEYVA CABALLERO

Estimado Rolando:

Leí con atención tu réplica. Para mi gusto, a ratos se dispersa en asuntos que nada tienen que ver con el origen de nuestro debate. De cualquier forma, si en lo personal he tratado de combatir la censura arbitraria de la cual muchas películas cubanas siguen siendo víctimas, no seré yo el que ahora mutile o condene a la oscuridad tu artículo. Además, aprecio la honestidad de este párrafo donde revelas lo que quizás sea el sentido último de tus diatribas:

Por el momento lo único que puedo seguir haciendo es dar pataletas de ahorcado que pongan en una posición algo incómoda a los que matarían o pagarían por ver amordazada la conciencia colectiva, esos muchos que estamos dispuestos a demandar un cambio a favor del bienestar de la mayoría numérica. Esa sería la mejor forma de dignificar el arte nacional desde un posicionamiento vertical ante ese cine escapista, irresponsable, obtuso, que insiste en hacernos sonreír sin atreverse a proponernos pensar y resistir”.

Aquí insistes en tomar a la crítica de cine, o mejor dicho, a la modalidad de crítica de cine que ejercitas, como medida incendiaria de las cosas que nos rodean.Aprecio en tu enunciado un diseño empobrecedoramente binario de lo que sería un combate de ideas: o contigo osinmigo, o lo que es lo mismo, contra el ICAIC, todo; a favor del ICAIC, nada.

Y luego está ese autoproclamarte vocero de una suerte de movimiento que “dignificará el arte nacional” de un modo vertical frente al “cine escapista, irresponsable, obtuso”. Rectifico: si antes hablé de vocación judicial, ahora lo que detecto en ese tipo de crítica es la ansiedad policíaca que instruye juicios sumarios sin derecho a réplica, con lo que me dan ganas de parafrasear a Nicanor Parra: “Democracia: cuántas contrademocracias se formulan en tu nombre”.

Me sorprende que precisamente tú, que como experimentado académico dominas las profundas diferencias que existen entre la simple doxa y la voluntad epistémica, te conformes con la mera catarsis. Para mí el ejercicio del pensamiento crítico es mucho más que pataleta del ahorcado. Por otro lado, ya sé que suena demodé citar a Marx en estos tiempos, pero sigo prefiriendo ese pensamiento que, además de contemplar o juzgar, propone alternativas que transformen en la misma medida en que se vive. No es con la pataleta estridente que cambiaremos lo que se necesita cambiar, sino con acciones concretas y renovadoras, algo que pareces compartir cuando dices “creer de manera racional que se puede trasformar la realidad desde el arte”, pero sin aportarnos alguna evidencia de que ya lo estarías haciendo en este mismo instante. Lee el resto de esta entrada

DE ROLANDO LEYVA CABALLERO A GARCÍA BORRERO

Rolando Leyva Caballero me hace llegar esta extensa réplica a mi escrito sobre Sergio y Serguéi. Más adelante trataré de resumir en una cuartilla las abundantes objeciones que me provoca el nuevo texto, no para prolongar un círculo vicioso donde dos antagonistas sordos reiteran hasta el infinito sus impresiones personales, sino para intentar retomar en su esencia las preguntas vinculadas al debate que propiciaron este intercambio.

2 d2 de frente. Sergio y ser gay.

Por Rolando Leyva Caballero

Mi semana, en tanto ciudadano cubano radicado en España y ser humano optimista ha sido marcada, en lo filosófico y lo sensorial, por dos sucesos apenas conectados entre sí. Por un lado, Elon Reeve Musk, un pretoriano donde los hay, además, inventor, inversor, empresario sudafricano con nacionalidad canadiense y estadounidense, cofundador de PayPal, Tesla Motors, SpaceX, Hyperloop, SolarCity, The Boring Company y OpenAI, acaba de lanzar al cosmos, por esfuerzo propio dirían en Cuba, el más económico de los cohetes que han salido al espacio, llevando en su interior el prototipo de un coche marca Tesla, el último modelo, “piloteado” por un simulacro de cyborg futurista. En la radio, del coche, mientras tanto, en bucle perpetuo, David Bowie entona el Life on Mars. Comentaba el hecho porque verdaderamente parece el argumento genial que podría dar lugar algún día al guión de una buena odisea del espacio. Para colmo de lujos se puede acceder en streaming a las imágenes que capta la nave al desandar el espacio profundo, eso mientras intenta llegar a la órbita de Marte, lo que ocurrirá dentro de seis meses.

Por el otro lado, en la noche de ayer asistí al estreno del más reciente filme patriotero de Clint Eastwood (88 años: espejuelos, gusano, vaso, hojas, aduanero, también muerto- vivo), el octogenario actor y director del cine estadounidense, un vejete cascarrabias, carismático, trumpista, al que aun así le tengo particular afecto. Al salir, una vez más, sentí que había empleado muy mal los 5.80 euros que me costó la entrada al cine Las Gabarras, un espacio de muchas salas oscuras a las afueras de Tarragona, más teniendo en cuenta la reputación de incombustible que antecede al realizador, casi literalmente. Traigo a colación estos dos sucesos completamente aleatorios en su conexión cósmica para que más o menos se hagan una idea más exacta de por dónde viene mi réplica.

Primero, ABC, el periódico de la ultraderecha española, aun cuando no se deshacía en elogios, recomendaba asistir al estreno de la película. En la otra banda, el resto de los periódicos serios, con críticos de cine medianamente reputados, muchos de ellos incluso muy conocidos, decían, para abreviar, que la película se había descarrilado, acabando en siniestro total, insalvable desde cualquier punto de vista, sin atenuantes al respecto.

Cuando aún era un crítico provinciano, al ejercer y vivir en Santiago de Cuba, mi primer encargo fue escribir sobre Melaza, un filme mediano del cual nadie quería encargarse. Por entonces había visto, con antelación, Los bañistas, también de Carlos Lechuga, un cortometraje de ficción verdaderamente notable y multipremiado con justicia, que me hizo pensar que un filme análogo, que se moviera en esa cuerda, sería un buen golpe de efecto para resucitar la industria nacional, adormecida tras décadas de crisis creativa, económica y funcional. No fue el caso, lo que sí ocurrió, años después, con el segundo largometraje del mismo director, Santa y Andrés, una película rabiosamente cubana, localista, pero no por ello menos acabada, no digo que perfecta o trascendente, pero sí muy coherente y sintomática. Resultado final. No admitida a concurso en el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana. No ha sido distribuida ni será exhibida comercialmente dentro de Cuba, aun cuando la preceden innumerables reconocimientos a nivel internacional. Es un referente que no se puede perder de vista, porque ayuda a explicar, por contraste, lo que pasa con Sergio y Serguéi, una película, como otras tantas, el listado es extenso, que jugó a la herejía ideológica calculada.   Lee el resto de esta entrada

DE GARCÍA BORRERO A PONS GIRALT

Estimado Maikel:

Gracias por el comentario aportado. Por ahora estas son apenas opiniones que aparecen en un blog, pero estoy seguro que sirven para ir creando una conciencia alrededor de este asunto que necesita ser debatido en el marco de las humanidades.

Hasta ahora la informatización en Cuba es pensada apenas en el universo tecnológico, lo cual es natural, porque nuestros humanistas todavía no ven a este proceso como parte de su actividad creativa: la aprecian como algo ajeno, algo que le corresponde desarrollar a los informáticos. Y, lo peor de todo, como algo que solo es posible llevar adelante si se tiene Internet.

No quiero repetir los argumentos expuestos en mi intercambio con Gallego. Para mí Internet es fundamental, pero no el fin, sino en todo caso el medio que nos puede llevar a la verdadera meta: el uso creativo de todas esas tecnologías.

En otro post que publiqué con anterioridad hablé de las que considero las principales debilidades de la informatización en Cuba. Y debo reconocer que me convencieron las objeciones de algunos colegas que no estuvieron de acuerdo con mi crítica a la subjetividad analógica de nuestros directivos (aunque exista).

En efecto, hay muchos directivos que apuestan por la informatización de sus respectivas gestiones, pero: ¿dónde está la respuesta de nuestros informáticos?, ¿por qué la Universidad de Camagüey, por ejemplo, no acaba de extender a la comunidad camagüeyana muchos de los saberes que ya ha puesto en práctica en su recinto?, ¿por qué el Joven Club no sale de sus sedes e interviene allí donde Etecsa ya ha creado nichos de actividad digital gracias a los numerosos puntos Wifi?, ¿y por qué Etecsa, además de preocuparse por la gestión comercial, no establece alianzas con Cultura y Educación, y además de los servicios que les corresponde, estudia el fomento de nuevos “espacios inteligentes”?

Para mí sigue siendo un gran misterio ver cómo se consolidan en los barrios periféricos (y no tan periféricos) las redes informales a través de las cuales es posible “jugar” o intercambiar archivos, y nuestras salas cinematográficas, bibliotecas, museos, galerías, Ferias del Libro, etc, apenas se enteran de que existe este tipo de interacción entre los nuevos usuarios de las tecnologías emergentes.

Es decir, que en pleno siglo XXI en Cuba seguimos pensando que la cultura (que ya sabemos es mucho más que arte y literatura en su concepción clásica) se consume de la misma manera que hace veinte años, lo cual provoca que la brecha entre el sistema institucional y las nuevas audiencias sea cada vez mayor.

Lo curioso es que a lo largo y ancho de la isla hay numerosos ejemplos de informatización y uso creativo de la tecnología. Solo que al no operar sobre lo que pudiera ser una plataforma común, el impacto queda limitado a los predios donde tiene lugar, lo cual entra en contradicción con la esencia de la informatización, que busca atravesar de un modo integral a toda la sociedad.

Insisto que no es cosa que podamos lograr de un día para otro. Hay que discutir mucho, argumentar mucho, y sobre todo estudiar y escuchar mucho a ese gran ausente en todos estos escenarios donde se discute la informatización: la comunidad de usuarios. Porque es esa comunidad de usuarios (y no los directivos) la que a diario pone a circular aplicaciones para sus teléfonos que, de modo off line, les ayuda a saber un poco más de los medicamentos que necesita, los restaurantes que pueden visitar, la orientación por calles, y un largo etc.

Es ese tipo de inventiva la que yo veo que falta en la informatización pensada desde el sistema institucional. Siento que es hacia allí, hacia el ser humano que inventa los equipos, y no hacia los equipos de condicionan el comportamiento del individuo, que deberíamos dirigir primero nuestra atención.

Un abrazo bien grande,

Juan Antonio García Borrero

PD:

Aquí te pongo otras entradas que dentro del blog hablan de este asunto:

Cultura e informatización del trabajo cultural en Cuba: tan lejos, tan cerca

Sobre la informatización ciudadana

La informatización explicada a los niños

Final y principio de un encuentro sobre cultura audiovisual y tecnologías digitales

DE MAIKEL PONS GIRALT A GARCÍA BORRERO Y GALLEGO

Juani y Gallego:

Un abrazo para ustedes. Es muy interesante este debate que han sostenido, de verdad en lo personal he aprendido mucho con sus ideas al respecto de este tema. Coincido con la importancia de ambos posicionamientos: la ampliación del acceso a la internet y el consecuente diseño de políticas públicas creativas para humanizar el uso de las Tics.

Por ejemplo, pudiéramos analizar como estudio de caso la mejora significativa que en solo dos años tuvo el acceso a internet en la Universidad de Camagüey, ha sido un esfuerzo meritorio de las autoridades institucionales. Profesores y estudiantes tienen posibilidades amplias en estos momentos de acceso a las redes sociales y a las más diversas plataformas de búsquedas de información académica. Pueden acceder también, con procesos que se han desburocratizado bastante, a correos Gmail u otros internacionales y conectarse vía wifi desde sus propios equipos en diversas zonas de la universidad. Todavía el acceso no es suficiente es verdad, pero el salto al menos yo lo he sentido como profesor muy positivo y de una gran ayuda.

Pero haciendo una breve evaluación empírica, puedo decir que el salto en la creatividad y en la utilización de estas posibilidades tecnológicas no se expresa de igual forma. En la realidad puedes constatar que todavía el uso académico, profesional, docente, investigativo, humano que se hace de las tecnologías que la universidad pone gratuitamente a nuestro alcance es insuficiente, limitado, como dice Juani da la impresión de parecer “robot alegre”.

¿Qué hacen muchos estudiantes y profesores con el acceso “cuasi libre” y gratuito a internet en nuestras universidades? Interesante pregunta que en la práctica nos coloca ante escenarios de poca correspondencia en el binomio accesibilidad a internet-competencia académica y humana. Cada cual es libre de hacer lo que mejor entienda, pero soy del criterio que las redes sociales que permite hacer la interconexión digital tiene que servir ante todo para una globalización del desarrollo armónico y saludable, no para que solamente condicione a las personas a ser esclavas de criterios y conductas hegemónicas. Lee el resto de esta entrada

DE GARCÍA BORRERO A JOSÉ RAÚL GALLEGO

Querido Gallego:

Ante todo quiero agradecer la calidad de ese análisis que has hecho llegar al blog. En el sitio hay varias entradas dedicadas a este tema de la informatización en Cuba, pero hasta ahora no se ha generado un buen debate. Opiniones diversas si hay, casi todas expresadas con el laconismo que parece poner de moda Facebook, pero análisis como este que compartiste no abundan. Ya te imaginarás que encontrarme con este texto opera en mí como la alegría del náufrago que en medio del océano tropieza con un madero salvador.

Además, que ese análisis esté redactado por un “nativo digital” tiene a mi juicio un valor agregado, porque la informatización en este país está siendo pensada fundamentalmente por las generaciones analógicas, lo cual (aunque no se quiera) sesga el conjunto de criterios y prácticas propuestas con el inevitable autoritarismo que porta en esa tradición la jerarquía de los adultos.

No veas en lo anterior una denuncia de tipo generacional, o algo así. Para mí la cuestión del “aprendizaje” auténtico no distingue entre jóvenes y viejos. Al que de verdad la interese aprender, se sabrá más acosado por las preguntas que por las respuestas, y estará volviendo constantemente a la etapa en que nos iniciábamos en la escuela. Y en esto de la informatización, todos (viejos y jóvenes) estamos aprendiendo, y necesitamos de los debates permanentes, las argumentaciones inteligentes y réplicas penetrantes, el intercambio fluido de puntos de vistas muchas veces dispares.

Lamentablemente, lo que domina entre nosotros no es eso. Aquí más bien lo habitual es tomar medidas pensadas a partir de la buena voluntad política, pero sin tener en cuenta a la realidad como es ella, en su complejidad: la imposición del “deber ser” en franco desapego a lo que está siendo. Pasó en su momento con aquella impopular medida gubernamental que puso fin a los 3D privados, sin crearse una alternativa institucional que dejara satisfechas las expectativas de una población que de todos modos buscará cubrirlas de un modo informal. Lee el resto de esta entrada

DE JOSÉ RAÚL GALLEGO A GARCÍA BORRERO

Mi querido Juany:

Lo primero, el abrazo de siempre y el respeto y la admiración por no cansarte de promover el diálogo en torno a estos temas, aun cuando los oídos sordos, la incomprensión, y también el cansancio siguen estando a la orden del día.

En tu post, la idea central que planteas es “Yo estoy de acuerdo en que Internet es un derecho de todos los ciudadanos, no un favor que el Estado hace para premiar a los que entienda se los merece, pero creo que paralelo a ello es preciso priorizar la formación de usuarios dirigida a impulsar la creatividad, pues no hay que confundir “consumo” con “creatividad”, o acceso a Internet con conocimiento útil.”

Con ello, coincido plenamente. Sin embargo, mis preocupaciones giran en torno a dos cuestiones:

  • Que esta idea relacionada con la necesidad del fomento de la creatividad sea asumida por algunos –específicamente aquellos con poder de decisión o quienes apuntalan desde el discurso ideológico las políticas del país- como una especie de zanahoria utilizada para entretenernos y justificar las demoras y restricciones al acceso a internet. Sería algo así como decir “aún no estamos listos para ‘enfrentarnos’ a internet, primero hay que desarrollar las potencialidades para su uso creativo.” Y mientras el tiempo sigue corriendo. Y el “paralelo a ello” que tú planteas, no se cumple.
  • Que la creatividad no debe ser “controlada”, dirigida a conveniencia, ni mucho menos pensar que será el resultado únicamente de políticas trazadas “desde arriba”.

Estas son las dos ideas que trataré de desarrollar.

Como mencionas en tu post, soy de los que creo fervientemente que internet –como ya lo han reconocido otros países, incluso con menos índice de desarrollo humano que Cuba- constituye un derecho humano y que así debe ser reconocido tanto en la reforma constitucional o en la nueva constitución que “se rumora” debe formularse pronto, como en la tan esperada Ley de Prensa –que también “se rumora”- debe estar al “aparecer” (Las comillas son solo para señalar la falta de información y participación que han caracterizado estos procesos, lo cual es algo que está marcado por los mismos tabúes que considero frenan las decisiones políticas respecto a la expansión de internet en Cuba, pero ese no es el tema de este diálogo).

Internet es un recurso valiosísimo para el acceso a la información de todo tipo –lúdica, académica, política, etc.-, es una vía de comunicación e interconexión como no había existido antes en la historia de la humanidad, y es también una plataforma cargada de instrumentos, herramientas y contenidos que permite desarrollar y potenciar tanto la creatividad más genuina como la estupidez más visceral. Lee el resto de esta entrada

“SANTA Y ANDRÉS”: NUESTRO ETERNO RETORNO DE LO IDÉNTICO

En estos días tiene lugar en las redes un debate (otro más), a propósito de la no exhibición de Santa y Andrés, de Carlos Lechuga, en el Festival de Cine de La Habana, que comienza hoy. En el blog “El cine es cortar”, de Manuel Iglesias, pueden encontrarse varias de las contribuciones al debate. Comparto con los amigos lo que en lo personal pienso sobre este asunto.

JAGB

“SANTA Y ANDRÉS”: NUESTRO ETERNO RETORNO DE LO IDÉNTICO

En estos días de duelo oficial por la muerte de Fidel, decidí refugiarme en el silencio, la relectura intensa de algunos de sus textos, y la reflexión. Sabía que un hecho como ese desataría la más encontradas pasiones, así que opté por alejarme un rato de las redes y el blog.

Respeto a quienes usan Facebook para expresar sus emociones (a favor o en contra) vinculadas al líder de la Revolución cubana, pero el análisis del pensamiento de Fidel Castro (que es lo que me interesaría) no cabe allí. Me refiero a un análisis serio que revise las esencias de eso que, al margen de las filias y las fobias, seguramente trascenderá en forma de fidelismo.

Así que mientras en lontananza llegaba hasta mis oídos el reiterado rumor televisivo de las multitudes expresando el dolor de muchos, yo me puse a releer en la intimidad de mi cueva “Cien horas con Fidel”, de Ignacio Ramonet, “Palabras a los intelectuales” (el famoso discurso de 1961), y el concepto de “Revolución” que acabamos de asumir como algo programático.

Debo confesar que mis lecturas de las ideas de Fidel no defieren de las otras que me importan: es decir, son lecturas críticas, en el sentido que siempre se le ha exigido al pensamiento que intenta revolucionar el mundo y nuestras maneras de representarlo. Revisemos la historia de las ideas: solo han sobrevivido aquellas que todavía generan grandes diferendos intelectuales; allí está Marx, describiendo como ninguno las profundas contradicciones del sistema capitalista; sospecho que lo mismo pasará con Fidel Castro, que seguirá siendo una inspiración para ese nutrido ejército de desposeídos que jamás aparecen como noticias en los medios más poderosos del planeta.

Pero como ya alerté, no me interesa apropiarme de las ideas del líder como si se tratara de un catecismo, sino al contrario, como una invitación permanente al debate creativo. “Palabras a los intelectuales”, por razones obvias al inspirarse en la censura de una película cubana, ha sido uno de los textos que más he estudiado, precisamente porque aún me escandaliza la sistemática contextomía a que es sometida por tirios y troyanos.

Como se sabe, el origen de todo estuvo en la prohibición decretada por el ICAIC contra el cortometraje PM (1961), de Sabá Cabrera Infante y Orlando Jiménez Leal, pero en realidad, detrás de la censura se escondían (como se solapan ahora también, que seguimos prohibiendo películas cubanas) muchísimos intereses y contradicciones. No era la Revolución en abstracto lo que se estaba defendiendo (tampoco hoy), sino los intereses humanos, demasiado humanos, de varios de los protagonistas de aquel diferendo.

Duele ver la manera facilista en que todavía se apela al célebre apotegma “Dentro de la revolución todo, contra la revolución nada”, como si en ese discurso expresado por alguien en su juventud solo se hubiese dicho eso. Y duele ver el modo en que, de manera involuntaria, se sugiere que Fidel Castro alcanzó el máximo de su lucidez intelectual aquel año, y que por eso hay que seguir repitiendo como un dogma aquello que se dijo.

¿No es acaso un contrasentido que asumamos como un gran rasgo de sagacidad el concepto de “Revolución” suscrito en los finales de su vida, y, en cambio, sigamos apelando de modo acrítico a lo que afirmara Fidel en fechas tan tempranas de su trayectoria política? Mi criterio es que Fidel fue capaz de enriquecer sus ideas en el tiempo sin renunciar a sus principios, mientras que muchos de nosotros seguimos mirando y pensando el proceso político y cultural que vive la nación como si viviéramos todavía en la mitad del siglo XX.

De allí que no me sorprenda lo que esté ocurriendo con Santa y Andrés, el filme de Carlos Lechuga. No acabamos de asumir que mientras falte el debate transparente, plural, actualizado, estaremos condenados a prorrogar esta suerte de Déjà vu que nos va colocando como protagonistas de lujo en una obra cansina que pudiéramos titular (parafraseando a Saramago) “Ensayo sobre la sordera”. Lee el resto de esta entrada

LA PELÍCULA (2015), de Janis Reyes y Colin Costes

De haber tenido algo de tiempo me hubiese gustado iniciar un intercambio con el crítico Antonio Enrique González Rojas, a propósito de este artículo que escribe sobre el documental La película (2015), de Janis Reyes y Colin Costes. Estoy de acuerdo en que el crítico no debe ser un censor, mucho menos en esta época en que lo trash, gracias a Youtube y sucedáneos, casi que figura como una virtud a la hora de la recepción.

El crítico (y el documentalista) debe examinar el fenómeno (el que sea) con naturalidad, pero yo creo que también debe hacer uso de ese papel donde le toca iluminar zonas asociadas a la responsabilidad del cine (más el documental), más allá de lo hedonista.

Yo no le pediría a las realizadoras un sermón en cuanto a esto, pero sí más elementos para entender en su complejidad el fenómeno. De todos modos, lo que pienso en cuanto a la película ya lo expresé en su momento aquí. Ahora lo ideal sería que otros propiciaran un buen debate alrededor del asunto.

Juan Antonio García Borrero

A CUBAN MOVIE O EL MAKING OF DE UN EXORCISMO PSICOSOCIAL

Por: Antonio Enrique González Rojas | 3 de mayo de 2016

la pelicula documentalUno de los muchos desfases entre mi palmarés personal de la 15 Muestra Joven ICAIC y las decisiones del jurado oficial es el documental La película (Janis Reyes y Colin Costes, 2015). Resulta una suerte de enjundioso making of del filme (muy) independiente cubano Corazón cubano (2014), que fue rodado durante más de un año por un grupo de habitantes del barrio de Jesús María, y luego distribuido por canales (muy) alternativos. Sobre todo, estuvo destinada al cosmos barrial de sus creadores, donde gozó de enorme éxito, redundante sobre todo en la legitimación social de estos y —como testimonian ellos mismos—, en su reivindicación social.

Inevitablemente, La película conecta en intención y concepto con el ya clásico de la documentalística mundial American Movie (Chris Smith y Sarah Price, 1999), largometraje que sigue el espinoso pero pintoresco camino vital y fílmico (elementos que se funden por completo) del white trash centrosureño estadounidense Mark Borchardt, en su empeño por filmar su corto de terror Coven (Aquelarre), con el que a su vez financiará su largo Northwestener, de semejante género. Sujeto marginal, pobre, desconocedor casi absoluto del cine, tanto en lo técnico como en lo artístico, está movido solamente por un tesón admirable que durante más de una década de su vida lo guía para conseguir su propósito. Creador que pudiera clasificarse como naif, paso a paso redescubre el arte fílmico, lo crea desde el cero casi absoluto. Nunca vemos su obra, apenas algunas secuencias. Pero no importa, pues el proceso y su personalidad se convierten en los ejes de interés del documental de marras. Y sobre todo, la pasión. Lee el resto de esta entrada