DE GARCÍA BORRERO A VÍCTOR FOWLER (II)

Víctor:

Para hacer honor a la verdad, la UNEAC tiene una comisión de trabajo que, al menos en teoría, examina el problema. Precisamente para el Congreso más reciente se hicieron diagnósticos, y se tomaron acuerdos. Donde yo veo que se ha trabado la historia es en la ausencia de una plataforma común de trabajo, que involucre a cultura, educación y nuevas tecnologías, y estimule la alfabetización comunitaria.

Una cosa es la informatización, y otra la ciberalfabetización. Tú y yo hemos tenido el privilegio de vivir fuera de Cuba un tiempo, en ambientes donde la tecnología de punta es algo natural, y hemos podido notar cómo muchos de los usuarios de esas tecnologías intentan domesticar los dispositivos, llevándolos a una tradición que dentro de la enseñanza, por ejemplo, ha sido superada. Eso en el mejor de los casos, porque lo normal es que se entreguen al uso pasivo de los aparatos, enfatizando esa brecha participativa que es la que al final decide quién es el que manda en estos lares.

Para mí es importantísimo eso que señalas de lo comunitario. Que se siga implementando a lo largo y ancho de Cuba la informatización, está muy bien, pero necesitamos que la gente aprenda a usar las tecnologías en virtud de sus necesidades más puntuales, y sobre esa base, contribuyan a crear novedades que después repercutirán en el bien público. Por eso con lo de El Callejón de los Milagros hablamos de un proyecto de ciberalfabetización comunitaria, donde es imprescindible que estén presentes los de Cultura, los de Educación, pero también Etecsa y el Joven Club. Sin esa alianza va a ser difícil que podamos avanzar.

Es verdad que no podremos igualarnos a lo que ahora mismo hacen en Manhattan por falta de recursos, pero igual es cierto que si mañana nos dieran tres millones de dólares para lo del Callejón de los Milagros, tampoco adelantaríamos mucho, pues no estamos alfabetizados, no tenemos una filosofía de la época digital, y creemos que controlando verticalmente las actividades de los usuarios, se garantizará un mejor resultado.

Eso me parece fatal porque distorsiona el sentido de la revolución digital. Es preciso primero entender cuántas cosas asociadas a los conceptos “tiempo”y “espacio” se está poniendo en juego ahora mismo, y cuántos beneficios nos pueden reportar esas mudanzas. Pongo el ejemplo más cercano: dentro de lo que cabe, tú y yo estamos ahora manteniendo un intercambio bastante próximo en el tiempo. Tú estás en Harvad, yo en Camagüey; tú tienes Internet al full, y yo solo dispongo de un correo a través del cual actualizo mi blog, con lo cual lo que tú yo conversemos será accesible a todos los que visitan el sitio. ¿No es maravilloso tener esa posibilidad?, ¿no es realmente extraordinario que yo, que no tengo acceso a la colección completa del periódico Granma en la biblioteca provincial, pueda pedirte a ti que me envíes una foto de determinado artículo que está en los fondos de Harvard, y de paso compartirlo con otros?

Ahora bien, eso, que a todas luces resulta una ventaja para todos, no consigue entrar en nuestra conciencia de homo analógico porque aún no hemos entendido en la práctica, cuáles son los beneficios, ya no de Internet, sino de la revolución digital. Para eso es preciso involucrar a muchos que proceden de áreas diversas, ycrear una suerte de café donde la gente intercambie ideas como intercambian archivos, y eso le toca a los Estados.

Tengo a mano esta nota de Canclini que quizás describa mejor lo que pienso:

Si el sentido de la cultura se forma también en la circulación y recepción de los productos simbólicos ¿cuál es el papel de las políticas culturales en esos momentos posteriores a la generación de bienes y mensajes? Además de apoyar en cada país la propia producción cultural, necesitamos formar lectores, espectadores de teatro y cine, televidentes y usuarios creativos de los recursos informáticos.

No se trata de que exclusivamente el Estado se ocupe de todo esto, ni de volver a oponerlo a las empresas privadas, sino de averiguar cómo coordinarlos para que todos participemos de modo más democrático en la selección de lo que va a circular o no, de quiénes y con qué recursos se relacionarán con la cultura, quiénes decidirán lo que entra o no en la agenda pública. La privatización creciente de la producción y difusión de bienes simbólicos está ensanchando la grieta entre los consumos de elites y de masas. En tanto la tecnología facilita la circulación transnacional, se agrava la brecha entre los informados y los entretenidos al disminuir la responsabilidad del Estado por el destino público y la accesibilidad de los productos culturales, sobre todo de las innovaciones tecnológicas y artísticas”.

Se trata entonces de ponernos a trabajar en la construcción de esas alianzas. Desde luego que costará trabajo. Muchos directivos querrán reproducir las antiguas demarcaciones al no enterarse que ahora vivimos de pleno “la modernidad líquida”, para tomar la famosa imagen acuñada por Bauman. Lo que nos obligará a luchar para conseguir una verdadera integración, digna de ese conjunto de convergencias mediales que se viene viviendo en el mundo. Me gusta mucho ese nombre que Milena Recio buscó para su texto y posterior evento: “la hora de los desconectados”. Pues bien, yo creo que debemos luchar por conectarnos de manera doble: a Internet, por supuesto, pero también por conectarnos entre nosotros como individuos, entidades, comunidades. Tal vez eso solo llegue cuando se decrete por fin entre nosotros el apagón del pensamiento analógico.

Un abrazo grande,

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el enero 17, 2016 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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