ALINA RODRÍGUEZ (n. 4/ octubre/ 1951- m. 27/ julio/ 2015)

¿Qué puede uno decir de alguien que ha admirado en secreto, a lo largo de dos inmensas décadas, y te enteras (sin previa preparación) que ha muerto fulminada por el cáncer? ¿Qué puede uno escribir, que no sea la caricatura de esa sensación de incredulidad extraña que nos embarga?

Desde hace un par de horas estas preguntas rondan mi cabeza, luego que la noticia de la muerte de la actriz cubana Alina Rodríguez embistiera mi muro de Facebook. Y he demorado en obtener algo de disposición para responderlas. Aunque en realidad, no creo que encuentre respuestas.

Ya sus numerosos admiradores se están encargando de resaltar sus excelencias histriónicas, y estoy seguro que quienes la conocieron personalmente, sabrán defender su parte más humana. Yo no tuve el privilegio de hablar nunca con ella. Y la vi cerca de mí, muy cerca, varias veces, como el año pasado, cuando a raíz del Festival de Teatro de Camagüey entró a Nuevo Mundo, y accedió a fotografiarse con quienes se lo pedían.

Yo la miraba desde lejos, y me moría de ganas de comentarle que si bien su Carmela de Conducta me había conmovido como a casi todo el mundo, era su María Antonia la que se empeñaba en volver una y otra vez a mi cabeza. No sé qué fue lo que me impidió decírselo. Demasiado respeto, quizás. Hablamos de una de las mejores actrices de este país. Y eso no es un elogio fácil, en un país donde abundan las buenas actrices.

Lo que hace que el juicio de la posteridad sobre el individuo sea más justo que el de los contemporáneos”, decía Kafka, “reside en la muerte. Uno no se desarrolla a su manera sino después de muerto…”. La muerte, en efecto, pone todo en perspectiva, y hay quien, como anotaba Nietzsche, nace póstumo. Pero hay ocasiones en que los contemporáneos experimentan esos intensos momentos de lucidez en los que reconocen las genialidades de algunos de sus vecinos de época. Aunque uno, por excesivo respeto, se quede en silencio frente a la persona que admira.

Juan Antonio García Borrero

A LA ESPERA DE INFORMACIONES OFICIALES

Llega a mi correo este mensaje que pongo debajo, y estoy cruzando los dedos para que todo sea un absurdo error, rumores que no han circulado de la mala fe, sino desde el inmenso pesar que provocaría una noticia así. Supongo que dentro de un rato en la televisión o en los medios oficiales aclararán este asunto, y nos darán informaciones. Desde aquí va toda mi fuerza y apoyo emocional para Alina Rodríguez y sus familiares.

ADVERTENCIA: me acaban de decir que Alina Rodríguez se encuentra aún en el hospital, y que la noticia de su muerte es un rumor, lamentablemente expandido en varias páginas y blogs. Espero sea cierto lo que ahora nos dicen. Junto a todas y todos los que suscribieron su pesar ante la falsa alarma, le deseo fuerzas para continuar la batalla (Del Muro de Norge Espinosa)

CONTRA LA HIDRA DE LA INDIFERENCIA

Advierto cierto tufo a folletín, a culebrón, en esto de volver sobre Camagüey y su calle de los cines. Ahora que soy un ciudadano sin más responsabilidad en esta historia que la del desconcierto crítico, ¿qué tendría que importarme a mí este lento desmoronamiento de un hermoso sueño?, ¿por qué empeñarse en luchar contra la hidra de la indiferencia, para decirlo como Cabrera Infante cuando hablaba de Germán Puig y Ricardo Vigón, empeñados en hacer realidad una utopía (la Cinemateca de Cuba) en medio de la desidia institucional de la época?

Los que hablan de la inteligencia emocional recomiendan que pongamos bajo una nueva luz aquello que en algún momento nos ha provocado decepciones: siempre hay algo positivo que encontrar en el fracaso dado que la vida es aprendizaje constante. O como otras veces he dicho: toda ganancia implica pérdidas, y viceversa. Eso es fácil de escribir y de leer: llevarlo a la práctica es más complejo. Por ejemplo, ¿puede parecerme bien descubrir (por pura casualidad) que han quitado el cartel de la barbería “El marido de la peluquera”, y que pronto harán lo mismo con el de la peluquería “La ciudad de las mujeres”?

Quienes trabajan allí no tienen ninguna responsabilidad en eso, desde luego. Se limitan a cumplir con lo que les indican desde el “más arriba”. Jamás se les ha explicado que sus establecimientos forman parte de un proyecto cultural mayor (el Paseo temático). Y es probable que sus jefes no tengan la menor idea de qué importancia tiene la figura de Federico Fellini en la historia de la espiritualidad (ya no solamente del arte cinematográfico). Lo mismo pasa con la administración del “Coffea Arábiga”, cuya decoración ya no existe. A decir verdad, pocos en el Paseo muestran el orgullo de los de “La Dolce Vita”, y eso se nota en el buen servicio que ofrecen.

Como esos jefes tienen el poder de poner y quitar carteles sin responder a nadie, resuelven ante sus empleados que el proyecto original en el que algunos especialistas y la Oficina del Historiador de la ciudad invirtieron tiempo y conocimientos carece de utilidad pública. De modo que con esas impunidades de nuestros excelsos profesionales de la mediocridad local encaramados en el poder, no es de extrañar que donde hoy se lee “Bar Esperanza, el último que cierra”, mañana leamos “La gozadera”.

Reenfocando este asunto con serenidad (que es algo que no podría faltarnos si de veras queremos que la inteligencia emocional funcione), veo como positivo lo siguiente: ya sé que todo aquel que pida mi colaboración en proyectos culturales, puede contar conmigo, excepto en Camagüey. Y suspiro aliviado: fin del culebrón.

Juan Antonio García Borrero

EL CINE ES CORTAR Y BLOGUEAR CON MANUEL IGLESIAS

Hoy por la mañana me encontré en el buzón un mensaje de Manuel Iglesias, uno de los más destacados editores del cine cubano, pero también, un cinéfilo ejemplar. Esto último es importante resaltarlo: hoy en día se puede dominar a la perfección cualquiera de los oficios que hacen posible el cine y todas sus modalidades modernas, pero si no hay una pasión que respalde la práctica, difícilmente podremos encontrar obras que nos conmuevan.

He tenido la suerte de conocer a verdaderos maestros de la creación cinematográfica, y para mí ha sido un placer y un privilegio tremendo que muchos de ellos hayan compartido sus conocimientos con los lectores de Cine cubano, la pupila insomne. Tales son los casos de Jorge Pucheux, de Enrique Pineda Barnet, de Mario Crespo (cuya serie de artículos dedicados al asistente de dirección en el cine sigue siendo de lo más leído en el sitio) o Manuel Iglesias, y no en balde, estos cuatro maestros se han creado sus respectivas bitácoras.

Para mí eso es importante, porque estamos viviendo en una época en que las nuevas tecnologías ya han rediseñado el modo en que se produce y distribuyen los saberes, y no basta con que un profesor durante un par de horas le recite a sus alumnos un conjunto de conocimientos supuestamente intocables, y después se marche. Al contrario, lo importante, como diría Unamuno, no es que el profesor le regale el pan a los alumnos, sino que les entregue a diario la levadura intelectual, y la convicción de que nunca se terminará de aprender todo. Y que hay que discutir, y mucho.

He escrito esto que ya va siendo demasiado extenso, porque Manuel Iglesias me avisa que su blog El cine es cortar (ya bastante antiguo) ahora tiene un nuevo look y dominio propio, lo cual facilita su acceso. Yo antes, desde Camagüey, no podía abrirlo (bueno, tampoco es que me resulte fácil abrir el mío), pero ahora es una maravilla, y lo recomiendo con mucha énfasis.

Pienso que en un futuro, digamos, cuando por fin la idea de que el audiovisual como espectáculo ha logrado expandir y enriquecer el cine y las libertades de su público, nos parezca menos incómodas, tendremos que tener a mano un grupo de blog que explicarían con mucha seriedad cómo ha sido esa transición. Estoy seguro que El cine es cortar, el blog de Manuel Iglesias (alguien que no por gusto se formó a la luz de otro grande, Nelson Rodríguez), será de los imprescindibles.

Juan Antonio García Borrero

POST RENUNCIA

No tenía pensado regresar a este asunto de la renuncia, pero no medí que cuando uno toma este tipo de decisión y la hace pública, son inevitables las reacciones, sobre todo de los amigos. Así que quiero agradecer los diversos mensajes que me han enviado, ya sea por vía privada, o compartidos en el blog y Facebook: mensajes de solidaridad la mayoría; otros donde el consejo de que lo piense mejor, persiguen la misma buena voluntad de apoyarme en lo emocional.

Los agradezco todos, pero quienes mejor han entendido el porqué de mi renuncia son los que advierten que, más allá del derecho que tiene cualquier individuo a elegir su destino, está lo sintomático de algo más grave que tendría que ver con el malestar que, a estas alturas, generan en mí ciertas prácticas institucionales. Esto no es nuevo, ni soy el único, desde luego: por poner un ejemplo, cada cuatro años los miembros de la UNEAC elegidos para hablar en sus congresos, disertan durante dos o tres días sobre estas carencias, elaboran extensos alegatos, hacen catarsis. Después, todo regresa al río del “más de lo mismo”, y la viscosa sensación de que estamos sepultados en las trasnochadas maneras de pensar la cultura en el siglo XIX, termina por ahogarnos.

Como individuo tengo un montón de frustraciones, y no dudo que hayan pesado en el paso que di. Pero no es la queja individual la que realmente ha provocado que tome esta decisión de alejarme del sistema institucional luego de 25 años vinculado a las mismas, ni creo que eso tendría algo de especial. Derecho para quejarme tengo, como cualquier ciudadano de este país, desde luego, pero lo que me toca como intelectual que cobra un salario en una institución cualquiera, es contribuir a que esta modernice su razón de ser, en tanto las instituciones existen con un fin público, y no sectario: en ese intelectual al que aludo tendría que existir, pues, más inconformismo que resignación, y pensar y actuar de acuerdo a lo que le dicte el poder de su razón, y no a la inversa (la razón del Poder).

Los que trabajamos por la cultura (y no solo con la cultura) tenemos en nuestras manos un desafío tremendo. Pero de nada vale que apelemos a la cultura y al sistema institucional que debería protegerla si perdemos de vista que la misma existe porque la realidad es compleja, y gracias a ella se pueden articular los disensos que los humanos experimentan mientras viven, con el fin de construir sociedades más humanistas, más inclusivas. ¿De qué vale una cultura que olvida que la diversidad de los individuos ha de ser lo más preciado?, ¿qué la cultura será más importante en la misma medida que dignifique a los individuos que la hacen y consumen desde su diversidad?

Lamentablemente, nuestros debates en torno a estos asuntos son bien escasos. O para decirlo con más claridad: no existen. Y eso trae como consecuencia que muchas veces la realidad marche por un lado y lo que dicen los intelectuales y el poder político por otro. Nos pasa con esto del consumo cultural, que casi un año después de todo lo que se discutió con bastante vehemencia, todavía no somos capaces de concretar una agenda práctica en la que puedan vislumbrarse estrategias que ayuden a que el país se adentre con naturalidad en el terreno de las industrias culturales y creativas. Todo porque se sigue pensando la cultura desde lo diseñado hace medio siglo.

En un contexto como ese es posible entender el repliegue de los creadores a ese mundo interior donde garantizarían la realización de su obra, pero sin un desvelo real por lo público, cuya construcción de sentidos delegan en funcionarios y políticos, más atentos al cumplimiento milimétrico de lo reglamentado que a la innovación. Como si de repente el reproche de Lezama a Mañach echándole en cara a este último las miserias de quienes en su época habían trocado la “fede” por la “sede”, alcanzase definitiva legitimidad.

Si me preguntan, yo me sigo sintiendo más cercano de Mañach que de Lezama. Creo que es en la esfera pública donde se tienen que resolver los problemas que nos atañen a todos. Y que deberíamos luchar por reintegrarle al intelectual ese espíritu crítico que ha sido reemplazado por la fotogenia y el carisma con que se conforman los medios de esta época, y donde la cultura se suele confundir con la armonía preestablecida. Pero eso, tengo que confesarlo, ahora mismo lo veo como una utopía. Otra más.

Juan Antonio García Borrero

QUEMANDO LAS NAVES

Hace veinte días le hice llegar a mi jefa una carta de renuncia al trabajo. Tenemos una gran amistad, y me pidió que lo pensase un poco más. Lo he pensado mucho, y gracias a eso puedo escribir ahora con un poco más de seguridad: renuncio.

En mi vida profesional ligada al cine y su promoción (un cuarto de siglo cumplí en ese lugar en el pasado mes de mayo) he experimentado muchísimas satisfacciones, pero probablemente las que he vivido en los últimos tres, vinculadas a este proyecto de “La calle de los cines” en Camagüey, han sido las más intensas, y ello se lo debo a la entrega y complicidad absoluta de Disley Orama, directora del Centro del Cine en la provincia: junto a su pequeño equipo, integrado en su mayoría por mujeres, me sentí como cuando empecé en el giro.

Pero cansarse y perder el entusiasmo es de humanos. Sobre todo cuando uno advierte que las fuerzas que se necesitan para hacer realidad determinados proyectos tienen que llegar de diversos lugares, y que, como advertía Lennon, la vida siempre será algo que sucede mientras estamos soñando otra cosa. En realidad, yo sabía que iba a ser fácil. Revisando las notas publicadas hace casi un par de años en mi muro de Facebook, encuentro esta:

De nuevo en la cueva, y el conteo regresivo para la reinauguración del Casablanca en su apogeo. Y la culminación del Complejo Audiovisual Nuevo Mundo, que queremos sea nuestra modesta contribución a lo que llamo “necesidad urgente de una Campaña Nacional de Alfabetización Tecnológica y Funcional”.

Me gustaría que este último espacio se convirtiera precisamente en un espacio académico que fomentara el uso creativo de las nuevas tecnologías, y donde podamos apreciar el cine tradicional como parte de un mapa mayor que incluye nuevas modalidades del ocio electrónico.

Será complejo lo que nos espera. Tendremos que vencer resistencias, escepticismos, el miedo de la gente a eso “extraño” que se llama Internet, o su reverso, la tendencia a hacer del principio del menor esfuerzo (en este caso intelectual) un refugio para no asumir retos.

Ahora mismo no sé qué agota más: si levantar las paredes físicas del inmueble, o tumbar los muros sicológicos que dividen al viejo mundo del nuevo…Lee el resto de esta entrada

MARIEL: LA CARA CORTADA DE LA NACIÓN

Comparto el texto que acaba de publicarme Progreso Semanal.

 Al Pacino Scarface

MARIEL: LA CARA CORTADA DE LA NACIÓN

Juan Antonio García Borrero • 14 de julio, 2015

“Toda cicatriz nos recuerda que el pasado existió”, dice Hannibal Lecter en El silencio de los corderos, aliándose a ese tipo de argumento que asocia la cicatriz al dolor y a la memoria permanentemente apenada. Y tres décadas y media después de ocurridos los hechos, la enorme cicatriz del Mariel sigue visible en el rostro de la nación cubana. Hay quien ve en este tipo de marca otras contingencias. “No hay cicatriz, por brutal que parezca, que no encierre belleza”, anota la poetisa Piedad Bonnett, y añade: “Una historia puntual se cuenta en ella, algún dolor. Pero también su fin. Las cicatrices, pues, son las costuras de la memoria, un remate imperfecto que nos sana…”. Sin embargo, uno intuye que una herida emocional pocas veces cierra de verdad. Y el éxodo del Mariel todavía es eso: una llaga abierta acompañada de los alaridos de unas turbas enfebrecidas (“¡que se vayan!, ¡que se vayan!”), donde la intolerancia quería lograr lo imposible: parecer virtud.

El Mariel fue un ejercicio de bullying colectivo en el que más de 100 000 compatriotas que optaron por irse del país fueron despedidos del modo más violento que se pueda imaginar. Hoy todo parece superado por la indiferencia, que es la peor manera de curar este tipo de herida. Al menos para las nuevas generaciones (esos jóvenes de ahora mismo que en los momentos que se desencadenaban los sucesos de la embajada de Perú todavía no habían nacido, o eran demasiado pequeños) se trató de otra estampida parecida a la que se vivió a mediados de los noventa con los balseros. Y sin embargo, los que tenemos un poco más de edad sabemos que el Mariel fue distinto, y tristemente, único. No fue el espectáculo también triste de la gente armando sus balsas para cruzar de modo temerario el Estrecho de la Florida, pero bendecidos por los familiares y amigos que desde el Malecón los veían alejarse mientras decían adiós: los marielitos fueron literalmente expulsados, golpeados, vejados, calificados de “escoria” y una vez que llegaron a su punto de destino debieron lidiar con los estereotipos que una película como Scarface (1983), de Brian de Palma, por poner el ejemplo más notorio, se encargaría de acuñar en el imaginario de la época.

Al Pacino Scarface 2

Sería interesante estudiar los modos en que ha sido representada audiovisualmente la llegada de los cubanos a Miami luego de 1959, por cineastas que vivían fuera de la isla. He allí una zona de la memoria mediática que ha nutrido buena parte del diferendo Cuba-Estados Unidos en el último medio siglo, que permanece intocada, como si la antropología visual no encontrase en ese conjunto de imágenes y diálogos suficientes méritos para el análisis. Lee el resto de esta entrada

SOBRE EL PRIMER FESTIVAL DE CINE CUBANO PARA TELEVISIÓN EN CAMAGÜEY

No había visto publicada en el periódico Adelante esta nota que ahora comparto.

Un festival para recomponer nuestro cine

Escrito por María Antonieta Colunga Olivera /Colaboradora

Camagüey- Cuando se habla de cine cubano, un botón activa flashazos icónicos en nuestra mente: el abrazo constrictor de Diego y David en Fresa y Chocolate, el grito facial de la clandestina Isabel Santos ante su amor acribillado a balazos o la mirada aguda de Corrieri oteando La Habana con su telescopio.

Sin embargo, el patrimonio fílmico de la mayor de las Antillas no se reduce a las producciones del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográfica (ICAIC), aunque las políticas centralizadas de distribución, exhibición e incluso conservación, reafirmen esta creencia.

Desde lugares y sensibilidades tan distintos como los estudios cinematográficos de las FAR y los de la Televisión Cubana, las fértiles arenas de la producción independiente o la comunidad intelectual emigrada; un arsenal de creaciones valiosas escapa muchas veces al reconocimiento o la memoria colectiva.

Como en los rescates se empieza por alguna parte, creadores camagüeyanos del Centro Provincial de Cine y de la Televisión Camagüey preparan para principios de octubre próximo el “Primer Festival de Cine Cubano para Televisión”. Lee el resto de esta entrada

DE GARCÍA BORRERO A GUSTAVO ARCOS Y DEAN LUIS REYES

Mis queridos Gustavo y Dean Luis:

Un debate intelectual solo será útil en la misma medida en que nos permite repensar juicios que ya creíamos consolidados. Pero será sobre todo más provechoso cuando nos permite conciliar criterios aparentemente encontrados: si algo me seduce del grueso de las polémicas que hasta ahora se han generado en el blog, es que casi nadie se aparece con la pose de tener las verdades últimas en sus manos. Al contrario, por lo general hay más preguntas que respuestas, y preguntas al fin, toca responderlas entre todos (a decir verdad, no dudo que muchas de esas interrogantes solamente podrán ser respondidas por las nuevas generaciones, cuando ya no estemos).

En tal sentido, pensé que podía ser mucho más estimulante que la réplica a los textos que ambos han enviado al blog, el permitir que nuestros lectores construyeran sus propias consideraciones. Sin embargo, hay zonas de sus respectivos artículos que me compulsan a oponerles un par de objeciones, o por lo menos, resaltar algunas de las ideas expresadas en el mío, y que tal vez no supe argumentar de la mejor manera.

Lo primero tendría que ver con ese señalamiento que hace Gustavo Arcos en cuanto a la menor importancia de las definiciones conceptuales, cuando se les compara con la acción misma: filmar, filmar, filmar, eso es lo importante, dice Arcos. Pero sabe Gustavo mejor que yo que nombrar (o dejar de nombrar)es una manera de ejercer y perpetuar de modo invisible el poder. La prueba está en que entre nosotros la simple mención del término independiente provoca entre algunos funcionarios nuestros la misma sensación de desmayo que describe Fernando Pérez en La vida es silbar.

Al mismo tiempo,como también dice Gustavo, de un tiempo a estas fechas se ha puesto de moda llamarse independiente, lo cual (adicto como soy a la sospecha) cada vez que alguien intenta presentarse o presentar a otros de ese modo, me pongo en guardia, como si tuviera a Nietzsche susurrándome al oído: “En todo cuanto un hombre deja entre­ver de sí mismo, estamos autorizados a preguntar: ¿Qué quiere ocultar de su per­sona? ¿Qué pretende sustraer a nuestras miradas? ¿Qué prejuicio espera despertar en nosotros? Y aún más: ¿hasta dónde llega el refinamiento de esta ocultación? ¿Qué errores comete al disfrazarse así?”. Lee el resto de esta entrada

DE DEAN LUIS REYES A GARCÍA BORRERO

Querido Juani:

Primeramente agradezco el tiempo que te tomas para comentar mi texto. No muy a menudo hacemos esto cuando el trabajo diario pesa tanto. Igual me estimula tu interés y el de los colegas que he visto escribir sobre el particular, sobre todo tratándose mi texto de un compendio de intención periodística. Si acaso, pretende servir como lectura de manual, eso que apenas permite tener una idea muy general y seguir averiguando sobre el tema.

Creo que el primer asunto es resolver una confusión que contiene tu texto, al mezclar la tarea historiográfica con la tarea crítica. La primera, en el caso de la producción independiente, ha tenido que ver con rastrear las obras, autores y contextos de producción poco divulgados o desconocidos. Eso lo han hecho tú, Piñera, Agramonte, Castillo, Vincennot, de manera estupenda. Tiene que ver con completar el trabajo de la Historia. Se hace sincrónica o diacrónicamente, pero toma investigación y horas nalga.

Al otro, al trabajo crítico, le incumbe colocar cada uno de esos textos en su particular trama. No es el propósito central en mi texto. Así que lo hago muy de refilón. No estoy seguro de ilustrar mi recorrido con las obras ejemplares de cada etapa, eso tenlo por seguro.

Mas, lo que verdaderamente me interesa de tu reflexión es la pregunta que haces y no respondes. O sea: “¿Qué es el cine independiente cubano?”

El único momento en que arriesgo una definición, que no concepto, para esto que pides, es cuando digo que, en el cine realizado en Cuba “existe una constante de creación que discute con las corrientes temáticas, estilísticas y expresivas vigentes y que, expresándose mayormente a través del cortometraje, ha desafiado históricamente las rutinas del cine hegemónico. Entendiéndose por hegemónico aquella corriente dominante –sobre todo en la exhibición y comercialización- que suele ser legitimada socialmente como el modelo de manifestación deseable de un cine cubano pertinente para un contexto histórico equis.” Lee el resto de esta entrada

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