EL CRÍTICO DE PROVINCIA

Comparto con los amigos del blog este texto publicado en IPS. Ser o no ser de provincia, lo hubiese podido titular también.

EL CRÍTICO DE PROVINCIA

En estos días he estado revisando algunos cuestionarios que nunca respondí, o cuyas respuestas dejé a medias por falta de tiempo. Uno de ellos es el que me hizo llegar en su etapa de estudiante mi querida amiga Leybis Leydis Rosales, hoy flamante Licenciada de Historia del Arte. Hay allí preguntas todavía provocadoras, como esta que trataré de responder brevemente: “¿Cuánto limita o aporta ser un crítico de cine que ejerce el oficio fuera de la capital?”.

Lo del “fatalismo geográfico” en Cuba (es decir, vivir en provincias que están más allá de La Habana) siempre me ha parecido una excusa para justificar la pereza intelectual, o la carencia de metas que aspiren a llegar más allá de lo asumido como la norma. Es cierto que las brechas que se imponen entre los países desarrollados y los subdesarrollados, entre las metrópolis y sus alrededores, condicionan las maneras de producir y acceder a los saberes. Pero en el caso de los críticos de cine, la posibilidad que nos brindan en la actualidad las nuevas tecnologías para borrar algo (no todo, desde luego) de la desventaja de no tener en tus cercanías una biblioteca con los libros y profesores que pueden consultarse en Harvard, en la Universidad Autónoma de Madrid, o en la José Martí, son reales. Lo que sucede es que el cambio de mentalidad en cuanto al uso de estas herramientas puede ser más lento allí donde pareciera que se necesita orientación desde las capitales para impulsar ese giro copernicano.

Hasta los años noventa obtener bibliografía actualizada era realmente una utopía para los críticos de cine del patio. Los que vivíamos en provincia íbamos a la sala de arte de la localidad, y corríamos el riesgo de quedarnos con la sensación de que la Historia del cine había llegado a su fin en los sesenta. Y de los debates en torno al ejercicio de la crítica misma, ni la más mínima idea. Mucho menos nos podíamos poner al día con los presupuestos del feminismo, por mencionar tan solo uno de los ejemplos que hablaría de nuestra indigencia teórica. De allí que entre los modos de apropiarse del objeto fílmico de Cabrera Infante y Valdés Rodríguez y los que llegaron después, apenas se notaran diferencias de fondo: a la larga, ha seguido siendo el mismo oficio del siglo XX del que hablara Cabrera Infante, pero sin la elegancia literaria de Cain. Lee el resto de esta entrada

ANDREI TARKOVSKI SOBRE LA LIBERTAD DEL ARTISTA

Andrei TarkovskiEl arte es por su naturaleza misma aristocrático y, naturalmente, selectivo en cuanto al efecto que busca crear en su público, ya que, aun en sus manifestaciones más “colectivas” (como el teatro y el cine), su efecto se encuentra delimitado por las emociones íntimas de cada persona que entra en contacto con la obra. En la medida en que esa persona es afectada y perturbada por esas emociones, en esa misma medida será significativa la obra en la propia experiencia del espectador.

La naturaleza aristocrática del arte no absuelve al artista, sin embargo, de su propia responsabilidad frente al público o, si se quiere, frente a la gente en general. Todo lo contrario, ya que a causa de la especial conciencia que el artista tiene de su tiempo y el mundo en que vive, se convierte en la voz de todos aquellos que no pueden formular o expresar sus puntos de vista sobre la realidad: en este sentido, el artista es de hecho la vox populi, y es por lo que su vocación lo lleva a servir a su propio talento, lo cual significa servir a su pueblo.

Por lo mismo no puedo entender que se hable, con respecto a un artista, del problema de su “libertad” o “falta de libertad”. Un artista nunca es libre. No hay personas que sean menos libres que los artistas, ya que se encuentran coercionadas por su propio don y por su vocación.

Andrei Tarkovski (1932-1986) en Esculpir el tiempo

LA ÉPOCA Y EL DESENCANTO

Una anciana acaba de recordarme que ya no se hacen películas para emocionarnos. Cierto: ahora casi todo está en función del espectáculo que intimida, de lo que impacta por un rato nuestros sentidos, y termina devorado por esa insaciable sed de inútiles novedades audiovisuales. La emoción imperecedera ha sido sustituida con el estremecimiento que se borra casi al instante, y deja apenas el remordimiento de haber malversado ese tiempo que jamás se recupera.

Malas noticias para quienes piensan que el 3D de ahora puede salvarnos de tanto naufragio. Gombrich tenía claro lo que vendría, al apuntar: “Cuando el cine introdujo la «tercera dimensión», la distancia entre lo esperado y lo percibido fue tan grande que muchos sintieron la excitación de una ilusión perfecta. Pero la ilusión se gasta una vez que la expectativa sube un peldaño; la damos por sentada y queremos más”.

Alcancé a vivir esa época a la que la anciana alude. En esas fechas, uno iba a los cines, y sumergidos en la oscuridad del salón, rodeados de extraños que por un par de horas se volvían familia, vivíamos junto a los protagonistas de las historias que nos contaran sus desdichas y laureles. Así crecimos mientras aprendíamos a vivir con esos héroes que muchas veces solo estaban destinados a recibir los golpes; pero que a pesar de eso (o quizás por eso) sobrevivían, y se instalaban para siempre en nuestras memorias.

No tengo claro cuándo fue que comenzó a cambiar todo. La anciana habla de “los cines” como si se tratara de una época muy lejana (y lo es: hace rato se desdibujaron en el horizonte las luces que iluminaban sus fiestas más memorables). Como jamás le ha dado por escribir críticas o hablar “en serio” de su pasión, se conforma con comentarme que lo de antes era distinto. Para mí, en esa queja lacónica hay más elocuencia que en veinte libros que intenten explicar el fenómeno del modo más académico que uno pueda imaginar.

Pero pensándolo mejor, creo que el origen de este malestar para con una época que ha hecho del tedio estético su marca registrada, comenzó hace mucho tiempo.

Lezama Lima

Y para no sentirme tan incurablemente solo en esa convicción, vuelvo a leer a Lezama:

Nuestra época tiende a convertirlo todo en espectáculo. Gide y Eliot reciben premios, se les engorda la bolsa y el Rey con todas las candilejas les entrega el cheque y el pergamino. Si Lautréamont hubiese vivido en nuestros días, le damos también el premio Nobel y el derecho a no hacer cola para entrar en el cine.

El aburrimiento es total y parece que todas las obras van a recibir su premio. Hacer una obra que nadie premie es totalmente imposible y eso revela la pobreza risueña y perversa de nuestra época”.

Juan Antonio García Borrero

 

UN CAFÉ PARA CINE CUBANO, LA PUPILA INSOMNE

En estos dos últimos meses tan oscuros, he recibido mensajes públicos y privados muy estimulantes. Todos los agradezco, pero me gustaría ahora mostrar mi gratitud a José Rodríguez Barreras, director de la Oficina del Historiador de la Ciudad de Camagüey. Sé que él no es persona que ande buscando demasiado protagonismo mediático, pero le tengo que agradecer porque sus mensajes privados me ayudaron a recordar que hay ciertas cosas a las que uno no debería renunciar del todo en la vida.

Se puede uno desplazar de posición, tomarse una tregua, buscar nuevos contextos para realizar los sueños, pero renunciar a soñar, nunca, toda vez que lo que mejor define a los perdedores siempre será la incapacidad para soñar, más que la suma de sueños incumplidos. Así que comienzo con la Oficina del Historiador una nueva aventura, que aventura al fin, no sé cómo terminará porque estaremos aprendiendo todo y todos sobre la marcha. Creo que es una buena noticia para los amigos del blog, y espero que para los camagüeyanos que decidan mostrar complicidad con el proyecto.

Cafe ciudad Camagüey

Los que son visitantes asiduos de este espacio saben que otras veces lo he calificado de café virtual que permite que un grupo de amigos, sin importar las distancias, se sienten a intercambiar de un modo respetuoso sobre los más diversos temas relacionados con el audiovisual y la cultura en sentido general. Pues, bien, la idea es que una vez al mes nos reunamos en el Café Ciudad de Camagüey (un sitio bien céntrico), y aprovechando las nuevas tecnologías (en ese lugar tenemos acceso al Wifi del Parque Agramonte, y disponemos de laptop, proyector, pantalla) propiciar que los que estén allí puedan interactuar con el invitado de la noche, sin importar que éste viva en La Habana, Madrid, Buenos Aires, México DF, o Miami. Lo único que importará es la buena voluntad para comunicarnos, y en medio de tanta tecnología “inteligente” rescatar el viejo humanismo de aquellos Café de antaño donde se diseñaron intelectualmente, a principios del siglo pasado, los principales perfiles de la modernidad. Lee el resto de esta entrada

LAS INCURSIONES DE GUTIÉRREZ-ALEA EN EL TEATRO CUBANO[1]

Titón Hamlet

En su conferencia “Las máscaras de la grisura: Teatro, silencio y política cultural en la Cuba de los 70”, leída en el Centro Teórico-Cultural “Criterios” el 20 de enero del 2009, el poeta y ensayista Norge Espinosa comenzó su disertación afirmando que,

“La memoria del teatro es una esencia maldita. Condenada a casi no existir, a pervivir sólo en el recuerdo y las imágenes que el espectador puede atesorar, corre los riesgos que no amenazan a otras artes. Un lienzo puede estar oculto durante años, un libro puede no reimprimirse en décadas, una obra cinematográfica resucita cuando vuelve a ser proyectada; pero una puesta teatral nunca es la misma”.[2]

Y en efecto: contar la historia del teatro cubano es un poco intentar contar en la mañana lo que acabamos de soñar en la noche. Nada se parece más a una puesta escénica que esas aventuras de la imaginación en las que es lo invisible, lo ausente, lo que sólo ha existido una vez, la arquitectura misma del relato.

Va a ser difícil, por ejemplo, encontrar que se mencione en investigaciones de los especialistas, algunas de las inusuales incursiones de Gutiérrez Alea en el teatro. Incursiones que no dejaron una impronta perdurable en el desarrollo de esta expresión cultural de la nación, pero que tenerlas en cuenta contribuye a enriquecer la imagen de ese incansable promotor intelectual que fue Titón, ya fuera montando alguna obra en la década de los cincuenta, o colaborando con Juan Carlos Tabío en el montaje que se hizo de Se permuta en 1980. Lee el resto de esta entrada

SOBRE LAS IZQUIERDAS EN CUBA

La semana pasada tuve el privilegio de almorzar en Camagüey con Yasmín S. Portales, una de las intelectuales cubanas que con más pasión y valentía cívica se mueve en nuestro precario espacio público. Para que se tenga una idea: en estos tiempos en que mostrar admiración por Marx pareciera un anacronismo, ella suele firmar los mensajes que circula por correo electrónico calificándose a sí misma como marxista, feminista y bloguera.

Para mí conversar con ella, leer sus escritos, siempre resultará un verdadero placer (aun cuando podamos discrepar en determinados puntos de vista, o en muchos, eso carece de importancia), toda vez que se trata de un uso del marxismo y el feminismo que persigue la emancipación, antes que la dominación. Ese pensamiento verdaderamente crítico de una izquierda que, lamentablemente, no tiene la presencia que uno quisiera en nuestros medios, me hace recordar cierta declaración del nunca olvidado Humberto Solás:

La izquierda cubana es muy poderosa y engloba la mayoría de la nación, pero hay que reconocer que no es homogénea y creo que los medios masivos de comunicación deben darle espacio a su diversidad y servir de instrumento para un debate y una polémica que partiendo de presupuestos más profundos, filosóficamente válidos, haga posible la legitimación de las aspiraciones de los diferentes grupos de la izquierda cubana antiimperialista, unida en lo fundamental, pero que tiene diferentes concepciones de cómo conducir la vida nacional. Yo creo que la Revolución es extraordinaria y que Cuba tiene la oportunidad de hacer la hazaña de devolverle al marxismo y a la voluntad socialista de estructuración de la sociedad el aliento y la dinámica que se perdió en los últimos decenios de vida del socialismo en Europa”. Lee el resto de esta entrada

CINE CUBANO HECHO PARA TELEVISIÓN: OTRA HISTORIA POR CONTAR (Fragmento)

Hoy terminé de escribir un ensayito sobre el cine cubano hecho para televisión, que es a mi juicio, una de las grandes lagunas que tiene nuestra historiografía. Es un texto que no intenta ser exhaustivo, sino en todo caso, trazar una suerte de mapa inicial, que permita apreciar lo sucedido en ese campo, vinculándolo al resto de la producción audiovisual del país. Comparto con los amigos del blog este fragmento, para que se tenga una idea de por dónde me gustaría orientar las discusiones.

JAGB

Uno de los grandes problemas que tuvo la primera historiografía referida al cine en sentido general, es que dependió exclusivamente de la memoria de quienes la escribieron y/o protagonizaron en un inicio.

Muchas de las películas creadas en el período primitivo, al no existir una política institucional dirigida a la preservación física de las mismas, se perdieron para siempre, quedando apenas el testimonio que nos brindaron quienes pudieron verlas, y alcanzaron a reseñarlas o mencionarlas de algún modo. De esta manera, los relatos históricos fueron organizados sobre la base de las impresiones y los recuerdos que en cada caso se podían acumular. La inexistencia del documento fílmico no era un gran inconveniente, por lo que podríamos hablar más una historia de fantasmas y fantasías, que de evidencias y hechos tangibles que soportasen un examen rigurosamente crítico.

Una historia del cine cubano hecho para televisión es probable que tropiece con los mismos inconvenientes. Admitamos que esta es una historia donde faltarán muchos eslabones, ya que a estas alturas será difícil que podamos recuperar todo lo que se ha realizado, y, por otro lado, está lo peor: la sensación tácitamente compartida de que aquella producción no merecía figurar en los análisis asociados al cine.

A diferencia de los directivos fundadores del ICAIC, durante un buen tiempo quienes han dirigido la televisión en Cuba nunca apreciaron lo que se realizaba en esos predios como algo que pudiese aspirar a lo “artístico”. En este sentido, resulta muy revelador el testimonio de la directora Teresa Ordoqui (Te llamarás Inocencia), cuando anota:

(…) El ICAIC gozaba de un apoyo muy grande para promocionar lo que producían, eran considerados artistas.  En la televisión, desgraciadamente, no existía esa concepción, nosotros éramos un personal casi administrativo. No se nos consideraba artistas y nunca se nos dio ese tratamiento. Eso no es un problema del ICAIC. Al ICAIC le interesaba promover su obra, la obra que ellos estaban haciendo. El  ICRT no jugó ese papel, nosotros llenábamos la pantalla ¿Quién lo hacía?, ¿quién era mejor o peor? No había  esa sutileza, sencillamente, gran parte de los problemas que hubo con la gente lo tenían también las empresas a las que pertenecíamos. Y también hubo una política de que no existieran  territorios aparte, sino que el gran Cine debía ser el ICAIC. Eran concepciones  erróneas, o no,  conflictos de intereses en los que nosotros pagamos los platos rotos. Hubo un grupo que yo admiro en el ICAIC, porque hay mucho talento allí, pero también admiro a Belkis Vega, por ejemplo, o a Lizette Vila, a toda una serie de gente que ha estado trabajando y que yo no creo que se les ha dado el reconocimiento que merecen porque de veras tienen una obra, lo que pasa es que no han trabajado en el centro que promociona (legitima) el cine. Nosotros éramos el negocito de al lado, no éramos el centro de atención de los programas de televisión aunque trabajáramos para la televisión. Era para llenar la televisión…

Te llamarás inocencia

De cualquier forma, los debates teóricos más recientes relacionados con el problema de la estética cinematográfica lo han enfocado desde ángulos más ambiciosos y complejos que la simple exaltación artística del medio. La percepción de la producción televisiva en Cuba, comparada con la producción del ICAIC, no podía escapar de las limitantes mentales que condiciona en cada época la interpretación de la cultura que nos rodea. Lee el resto de esta entrada

DIALÉCTICA DEL ESPECTADOR CUBANO EN LOS OCHENTA (Fragmento)

Hacia 1981 el cine producido por el ICAIC comenzó a tomar conciencia de la necesidad de renovarse dramatúrgicamente. El espléndido éxito popular de Retrato de Teresa (1979), de Pastor Vega, terminó haciendo público lo que era un secreto a voces: la tremenda avidez que tenía el espectador cubano de descubrir su contemporaneidad, con todas sus contradicciones, en pantalla.

Aunque en los dos Festivales de Nuevo Cine Latinoamericano celebrados hasta la fecha en La Habana, los jurados habían priorizado el reconocimiento de filmes con temática histórica como Maluala (1979), o explícitamente militantes en el plano político (En tierra de Sandino/ 1980, de Jesús Díaz; Granada, pequeño país gran revolución/ 1980, de Víctor Casaus), la institución comenzaba a incluir en sus planes de producción proyectos que intentaban dialogar críticamente con la realidad.

Julio García-Espinosa, por ejemplo, había realizado con Son o no son (1980), un arriesgado experimento en el cual dinamitaba la banalización de la cultura de masas en Cuba, mientras que en 1982 Sergio Giral se aprestaba a rodar el guión escrito por Manuel Cofiño con el título de “Sangre y fuego”, donde abordó un caso de corrupción administrativa. Aunque ninguna de estas dos películas fueron estrenadas en los años que les hubiese correspondido una vez que finalizaran sus rodajes, ambas estaban participando de ese espíritu innovador y crítico, en el cual habría que incluir también al proyecto de filme de Titón titulado El encuentro, y Hasta cierto punto, que Gutiérrez Alea estrenará en 1982.

El denominador común de todos estos filmes, no obstante la desigualdad de estilos y resultados, estaría simbolizada por la mirada incómoda que se lanza no solo a la realidad, sino a las maneras en que se construye en la pantalla esa “realidad”.

Juan Antonio García Borrero

BIENVENIDO, MICKEY VALDÉS

Como anoté en el anterior post, estas viñetas conformarían una suerte de cuaderno que examina las relaciones entre los Estados Unidos y Cuba, pero desde la perspectiva del cine. Sin embargo, cuando hablo de cine aludo a algo más que lo referido estrictamente a los textos fílmicos. Hablo de producción, pero también de los espectadores que somos en la vida, y que construyen las nociones de la realidad compartida muchas veces a partir de los estereotipos que se intercambian culturalmente.

Quizás las nuevas generaciones no alcancen a entender del todo qué significaba ir al cine, pero sobre todo, qué significaba salir del mismo, es decir, regresar a una realidad en la que era inevitable tomar como la medida de las cosas lo que parecía natural en las películas que vimos. Por eso el cine, aun cuando ya no tengamos más salas cinematográficas como las que existieron en su época de esplendor, siguen revelando tanto de lo que hemos sido, como de lo que nos hubiera gustado ser.

La viñeta que copio debajo también habla de esa relación Cuba-Estados Unidos, a partir de lo sucedido el pasado 20 de julio. Si algunos de mis descendientes la lee, sabrá que no hay aquí nada de esas pretensiones académicas que seguramente trascenderán en los libros que se escriban para examinar críticamente estos eventos históricos.
Y, sin embargo, mis descendientes sabrán que muchas veces quienes íbamos al cine en su momento (y que fue la abrumadora mayoría de las personas nacidas antes de los noventa) construíamos nuestras realidades desde esas salas oscuras. De modo que lo que aquí está escrito, es una extensión de ese estado de ánimo.
JAGB

Bienvenido Mickey Valdes

BIENVENIDO, MICKEY VALDÉS

No hubo sorpresa alguna: el 20 de julio del 2015 ocurrió lo que se suponía debía suceder, de acuerdo a un guión que ya había establecido por anticipado hasta nuestras maneras de comportarnos en ausencia. Así que no importó que no estuviésemos en Washington: los televisores se encargaron de repetirnos, una y otra vez, ese momento en que la bandera cubana era izada de nuevo en la capital de los Estados Unidos. Y los discursos oficiales elaborados para la ocasión. Y las manos de los antiguos adversarios estrechándose como símbolo de la anhelada reconciliación. Y, desde luego, a partir de ese momento tan significativo se multiplicaron en los medios y redes los análisis que, bien mirados, tienen más de profecía y ejercicios cartománticos que de observación profunda. Lee el resto de esta entrada

CUBA Y ESTADOS UNIDOS: ARQUEOLOGÍA DE UNA IMAGEN TODAVÍA EN CONSTRUCCIÓN

Comparto con los amigos del blog este texto publicado en Progreso Semanal, y que forma parte de una serie que hablará de las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos, pero desde la perspectiva del cine.

Rebel soldiers cook a pig for dinner at their camp during the insurrection of 1896. Cuba ceased to be a Spanish colony and gained independence after the Spanish-American War of 1898, but remained under the influence of the USA. Original Publication: Illustrated London News - The Insurrection In Cuba - pub. 1896 (Photo by Hulton Archive/Getty Images)

Rebel soldiers cook a pig for dinner at their camp during the insurrection of 1896. Cuba ceased to be a Spanish colony and gained independence after the Spanish-American War of 1898, but remained under the influence of the USA. Original Publication: Illustrated London News – The Insurrection In Cuba – pub. 1896 (Photo by Hulton Archive/Getty Images)

 

CUBA Y ESTADOS UNIDOS: ARQUEOLOGÍA DE UNA IMAGEN TODAVÍA EN CONSTRUCCIÓN

Juan Antonio García Borrero • 11 de agosto, 2015

CAMAGÜEY. Las nuevas tecnologías están facilitando de un modo increíble el acceso a las imágenes rodadas en el principio de la historia del cine, sin importar que tengamos o no conexión a Internet, que estudiemos en una universidad del Primer Mundo o en Camagüey, o que contemos con acceso a las principales bibliotecas del planeta. Pongo un ejemplo personal: gracias a la investigadora Ana López (Universidad de Tulane, Nueva Orleáns) tengo en mis manos una memoria flash con buena parte de los filmes rodados por operadores estadounidenses a propósito de la guerra cubano- hispano- norteamericana (1898), y conservados por la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos.

No le faltaba razón a Borges cuando anotaba que “las fechas son para el olvido, pero fijan en el tiempo a los hombres y traen multiplicadas connotaciones”. No creo, sin embargo, que Borges estuviese pensando en la Historia a secas, sino en lo poético como vivencia colectiva: las fechas históricas, efectivamente, no hablan tanto de lo que sucedió “ese día”, como que de lo que los grupos que dominan en la ocasión consiguieron capitalizar en términos simbólicos, y su recepción en el imaginario público no suele alejarse de lo que normalmente se recuerda de lo visto en un filme de éxito en la antigüedad: nunca lo recordamos íntegro, sino apenas sus secuencias más impactantes. Lee el resto de esta entrada

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