Fernando Pérez en la primera Cibertertulia de la ENDAC

Siento una alegría tremenda al anunciar esto: el próximo domingo 24 de octubre, el grupo que tiene la ENDAC en Telegram estará realizando su primera Cibertertulia, y tendremos como invitado al cineasta Fernando Pérez. Me hubiese gustado hacerlo en el marco de la Jornada por la Cultura Cubana, pero Fernando (excelente noticia) anda de filmación.

Será una hora de intercambios que nos permitirá, a través de un chat de voz, interactuar directamente con el realizador de Clandestinos, Madagascar, La vida es silbar, o Suite Habana, entre otras.

Mi admiración por el cine de Fernando Pérez es pública: hay varios escritos que dan fe de ello. Sin embargo, algo que igual me fascina de su personalidad, son sus deseos de correr riesgos con aquello que nunca ha experimentado. Y abrir caminos.

Porque cuando le hablé de Telegram, Fernando me confesó que no lo conocía; pero acto seguido me dijo que eso no sería un impedimento: que aprendería. Y dos días después tenía su confirmación.

Tenerlo en el inicio de las Cibertertulias de la ENDAC será un privilegio.

El Stillman en el cine cubano

José Luis Rodríguez (Tom Mix)

Hoy queremos dejar inaugurada en la ENDAC una nueva categoría, que aspiramos crezca con las contribuciones de todos los amigos del sitio: la de los Stillmen o Fotógrafos de Foto Fija del cine cubano.

Hasta el momento, solo conozco una investigación que saca del olvido a estos indiscutibles artistas del universo cinematográfico. Hablo del hermoso texto “La nostalgia del instante: el stillman en el cine cubano”, de Alicia García García, publicado en el Tomo 3 de las Coordenadas del cine cubano (Editorial Oriente), donde en algún momento la investigadora escribe esto:

“Sin embargo, aunque generalmente los créditos del stillman aparecen en pantalla, se excluyen en los juegos de fotos y, por consecuencia, quienes realizan esta profesión mantienen el status de artistas anónimos de la fotografía en el cine cubano”

El espléndido trabajo investigativo de Alicia se remonta hasta los tiempos del cine silente, rescatando la figura del prestigioso fotógrafo Jaime Gispert, encargado de hacer la foto fija del filme La manigua o la mujer cubana (1915), de Enrique Díaz Quesada, o Casi varón (1926), de Ramón Peón. O ya con el cine sonoro pre-revolucionario nombres como los de Fernando Lezcano, Newton Estapé, Federico Buendía, Juan Díaz Quesada, Juan González Bonagas, entre otros.

Con la revolución de 1959, se crea el Departamento de Foto Fija (ICAIC), y esa es la página que vamos a presentar hoy. Pero la idea es que cada Fotógrafo de Foto Fija (lo mismo si trabajó en el período silente, sonoro pre-revolucionario o revolucionario) tenga su propia página con información biofilmográfica, y de ser posible, una galería de imágenes, la cual se conectaría a los filmes y biografías que ya están en la Base de Datos de la ENDAC. Por supuesto, nombres como los de José Luis Rodríguez (Tom Mix) y José Hernández Suárez-Solar (Pepe, el Loco) deben encabezar las futuras publicaciones que hagamos.

En el texto de Alicia encontramos una reflexión que debería inquietarnos a todos, al conectar el incesante desarrollo de las tecnologías digitales, con la suerte incierta de una cantidad inconmensurable de fotografías tomadas con los nuevos dispositivos; dice la ensayista:

“Cada vez se aprecia más la contradicción que existe entre la inmensa cantidad de fotografías que se pueden tomar con la cámara digital y su conservación. ¿Cuántas de estas imágenes llegan a nuestros archivos?, ¿cuántas se pueden almacenar, procesar y preservar adecuadamente cuando ha concluido el ciclo en que son utilizadas como medio de publicidad comercial? La política de selección, la dispersión y falta de medios para procesar, estudiar y conservar la foto fija más reciente resultan limitantes que debemos atender para no perder la continuidad del patrimonio fotográfico y cinematográfico en Cuba”.

Es en este sentido que la ENDAC se propone como plataforma que contribuya a reintegrarle al Stillman el indiscutible valor que tiene en nuestra gestión cultural, garantizando que pasado, presente y futuro, convivan de modo armónico en un único espacio.  

PD:

Aquí les dejamos con la página del Departamento de Foto Fija (ICAIC): https://endac.org/encyclopedia/departamento-de-foto-fija-icaic/


Departamento de Foto Fija (ICAIC)

Fecha de inauguración: Sin precisar, entre los años 1959 y 1965

Director fundador: Luis Vázquez

Comentario

“Surgió el Departamento de Foto Fija y entre sus fundadores estuvieron Mario García Joya y Pedro Rodríguez (Perucho) junto a otros fotógrafos con experiencia, como Jorge Haydú y Newton Estapé. Algunos de ellos permanecieron poco tiempo como stillmen, pues se inclinaron por la fotografía de cámara de cine y se convirtieron en prestigiosos directores de fotografía del cine cubano, entre ellos Mario García Joya y Jorge Haydú. Posteriormente se incorporó Luis Vázquez, quien dirigió el departamento hasta finales de la década de los noventa. En sus inicios estuvo subordinado a la Distribuidora Nacional de Películas ICAIC, más tarde pasó a formar parte del Departamento de Cámara, y por último pasó al Archivo Fílmico. Allí se archivaban las pruebas de contactos y sus negativos en sobres, con su identificación y adecuadas condiciones de climatización. En sus laboratorios se hacían los procesos de revelado e impresión de las fotografías tomadas, en su mayoría, por los stillmen José Luis Rodríguez (Tom Mix) y José Hernández Suárez-Solar (Pepe, el Loco), quienes se incorporaron en los primeros años de la década de los sesenta y han ejercido dicha profesión por más de cuarenta años. En sus inicios, además de realizar su trabajo en las filmaciones, cubrían eventos, exposiciones y visitas de personalidades y cineastas. Otros, como Mario García Joya (Crónica cubana, Las doce sillas, La muerte de un burócrata, Cumbite), Urbano Gutiérrez (Realengo 18), Rolando Dovo (Aventuras de Juan Quin Quin, Lucía), Jorge Haydú (Historias de la Revolución, cuento El herido, Cuba baila), hicieron la foto fija de unos pocos filmes, dejando impresa para siempre la mirada del artista.

Habitualmente, la dirección del ICAIC, junto al director del filme y al stillman, después de mirar los contactos, discutía y seleccionaba las fotografías destinadas a la promoción cinematográfica. Se hacían un promedio de ochenta fotografías de cada filme. Se tiraban tres fotos de una misma imagen para prevenir la pérdida de alguna de ellas en caso de sufrir algún accidente en el proceso de revelado. Los créditos que se incluían en los positivos se hacían en el laboratorio del departamento con una mascarilla a línea, que se fotocopiaba y se sobreimprimía en las fotos escogidas. En la mascarilla, diseñada previamente, se colocaban los créditos principales del filme.

El mecanismo de distribución de los juegos de fotos para la publicidad (en tamaño de 5×7, o 4×5, y 8×10 pulgadas, con negativos 120 mm o 35 mm) abarcaba a la Distribuidora, a la Exhibidora y al Centro de Información del ICAIC, donde Amelia Iglesias –responsable de la atención a los periodistas- las conservaba y las entregaba en las conferencias de prensa.

Los stills continuaron presentes en las operaciones de compra y venta de los filmes, en los mecanismos de distribución y, además, los diseñadores se servían de ellos para crear sus carteles, pressbooks, postales, etcétera.

Sin embargo, aunque generalmente los créditos del stillman aparecen en pantalla, se excluyen en los juegos de fotos y, por consecuencia, quienes realizan esta profesión mantienen el status de artistas anónimos de la fotografía en el cine cubano” (Alicia García García)


Fuente

Alicia García García. La nostalgia del instante: el stillman en el cine cubano. En Coordenadas del cine cubano 3. Editorial Oriente, Santiago de Cuba, Año 2014, pp 148-163.

Cuba y México en el cine: una larga historia por contar…

Mucho antes de que comenzaran “las Historias nacionales” del cine cubano y mexicano, Cuba y México ya habían iniciado una relación cinematográfica que perdura hasta nuestros días. El kilómetro cero de ese vínculo habría que asociarlo a la figura del francés Gabriel Veyre (1871- 1936), quien el 15 de enero de 1897 arribaba a La Habana en el vapor “Lafayette”, procedente del puerto de Veracruz.

Representante de los hermanos Louis y Auguste Lumière, y encargado de introducir el Cinematógrafo Lumière en Venezuela, Las Guayanas, Las Antillas, y México, Veyre llegaba a Cuba luego de una estancia en el país azteca que le permitió incluso ofrecer una proyección de sus películas en movimiento en el castillo de Chapultepec, contando con la presencia de Porfirio Díaz, presidente de la República, así como “su esposa y alrededor de cuarenta invitados impactados por el insólito movimiento de aquellas vistas”.[1]  

A su llegada, Veyre encontró un país sumido en una brutal guerra donde los cubanos exigían la independencia política de España. Pero más allá de las tensiones bélicas a las que el francés aludió en las cartas privadas dirigidas a su madre desde La Habana, en la capital del país la vida cultural se seguía desenvolviendo con gran dinamismo. Y el hecho mismo de que el Cinematógrafo Lumière tomase en cuenta a Cuba en esa primera “ruta del cine” en América Latina, nos habla de un contexto que se encontraba abierto a todo tipo de “práctica transnacional”.

La historiografía dominante ha hecho énfasis, sobre todo, en el nacimiento y consolidación de lo que hoy se consideran “los cines nacionales”. En esa perspectiva, el Estado-nación obtiene todos los privilegios constituyentes, en tanto es gracias a su tutela legal que se concibe una identidad única donde “lo cubano”, por poner un ejemplo, se asociaría a una serie de rasgos estables que la Administración Pública legitima de modo explícito.

Sin embargo, antes de que la nación se constituyera como tal, ya estaban esos flujos, interacciones, y lazos que se establecen en los ámbitos económico y cultural entre sujetos e instituciones que se encuentran más allá de las acciones formales de los Estados. Justo esas redes móviles de comerciantes, artistas, turistas, académicos, etc, viene ocupando en los últimos tiempos la atención de la perspectiva transnacional de la Historia, la cual, lejos de negar lo que ya ha quedado establecido en el enfoque nacionalista, permite enriquecer la visión de conjunto, e incorporar a la agenda de investigaciones, áreas que con anterioridad quedaban en un limbo historiográfico, pues se nutrían de la movilidad, lo fugaz, lo inestable.

En el caso de Cuba y México es mucho lo que aún queda por investigar en lo cinematográfico. Para ilustrar esa sensación de cercanía que muchas veces se vivió entre los representantes gremiales de ambos países, podríamos citar lo dicho por el productor Gregorio Walerstein, en vísperas de la filmación del filme Te sigo esperando (1951), de Tito Davison, que tuvo algunas locaciones en La Habana: “Cuba no es un país extranjero. No podemos compararla a algo distinto a México. Es una prolongación de México. Como México, nuestro gran México es, a la vez, una prolongación de Cuba en territorio y república

Sin embargo, con la perspectiva transnacional no solo estaríamos hablando de contabilizar los momentos es que ambos países protagonizaron alguna coproducción fílmica, sino de entender las lógicas subyacentes en cada práctica transnacional compartida, lo mismo con el fin de facilitar el intercambio de cineastas, técnicos, e intérpretes, que de legitimar un mercado donde se construían comunidades de espectadores que, aunque atentos a la identidad nacional del grupo étnico al que pertenecían, aceptaban como algo familiar (pese a las diferencias) los dramas vividos en cada película.

En este sentido, más que una Historia comparada de las dos cinematografías nacionales, sería interesante estudiar las mutuas influencias que cubanos y mexicanos han experimentado y todavía experimentan entre sí a la hora de pensar, hacer, y consumir el cine de ambos países, y de modo más general, el audiovisual.

Una herramienta como la Enciclopedia Digital del Audiovisual Cubano, plataforma en permanente construcción donde se defiende el concepto de “cuerpo audiovisual de la nación” (mucho más ambicioso que el de cine nacional), ya nos ha permitido iniciar el trazado de una suerte de atlas preliminar, a través del cual se podrán articular los diversos mapas que involucran a las dos cinematografías: el mapa de las películas coproducidas (lo mismo en el período pre-revolucionario que revolucionario), el de las biografías de los creadores, el de las publicaciones, o el de los servicios tecnológicos.  

Pero también el mapa de las interacciones que no dejan huellas físicas, si bien después serán reconocidas como el germen de determinadas situaciones. Pensemos, por ejemplo, en la presencia de Alfredo Guevara en México a finales de los cincuenta, en vísperas de la revolución de 1959, formando parte de una comunidad de cubanos exiliados que después contribuirían a formar el ICAIC, con la cercanía de otros emigrados (en este caso españoles) como Luis Buñuel y José Miguel García Ascot.

O pensemos también en las tensiones experimentadas por ambos gobiernos a principios de los años cincuenta (porque no todo ha sido colaboración armónica, en tanto siempre ha habido un mercado que busca utilidades por medio), cuando desde México se dictó un conjunto de regulaciones que ponían en peligro la continuidad de la práctica transnacional, y que provocara que el crítico Walfredo Piñera escribiera en 1956 en el periódico El Mundo:

La única esperanza sólida de que se haga cine en Cuba es la coproducción. Y, concretamente, la coproducción con México. Una industria de cine necesita continuidad, publicidad, buenos canales de distribución y mercado nacional y extranjero. Nada de eso podemos tener solos por ahora. Sobran motivos que todo el mundo conoce”.

Con el enfoque transnacional de las relaciones audiovisuales establecidas entre Cuba y México, se estaría repensando el dominio del Estado-Nación como el dispositivo dominante de la narrativa histórica. O sea, que si bien la Historia entre los dos Estados seguiría teniendo la importancia de antes (sobre todo para explicar las grandes decisiones tomadas como parte de la gestión internacional), ahora se estaría visualizando mucho mejor el impacto de lo cotidiano y la circulación cultural, que antes era solo atendida de acuerdo a los parámetros impuestos por una élite que mide los valores del cine en función solo de lo estético.

Juan Antonio García Borrero


[1] Arturo Agramonte, Luciano Castillo. Cronología del cine cubano I (1897-1936). Ediciones ICAIC, La Habana, 2011, p 15.

Pablo Ferro

Pablo Ferro es uno de los nombres imprescindibles del cine internacional, y al mismo tiempo, ese nombre es probablemente uno de los menos reconocidos en nuestro entorno. Nació en Antilla, Holguín, pero me atrevería a apostar que no pasan de cinco los holguineros que han oído hablar de él. Como me gusta repetir: en casa del herrero, cuchillo de shopping.

Ferro llegó a los Estados Unidos con doce años, y allá desarrolló una carrera excepcional como diseñador de créditos cinematográficos, debutando nada más y nada menos que con Stanley Kubrick en Dr. Strangelove (1964). Fue solo el principio de una filmografía donde aparecen títulos como The Thomas Crown Affair (1968), de Norman Jewison, Conjura senatorial (Bullitt/1968), de Peter Yates, Vaquero de medianoche (Midnight Cowboy/ 1969), de John Schlesinger, La naranja mecánica (A Clockwork Orange/ 1971), de Stanley Kubrick, Desde el jardín (Being There/ 1979), de Hal Ashby, Philadelphia (1993), de Jonathan Demme, o Mejor imposible (As Good as It Gets/ 1997), de James L. Brooks, por mencionar apenas algunas.

Pablo Ferro jamás se olvidó de su tierra, como le expresara a Luciano Castillo, que logró entrevistarlo:

Algunos fines de semana viajaba de Nueva York a La Habana de vacaciones. Cuando uno va a Cuba se da cuenta del aroma, es un lugar que tiene un aroma único. Aún conservo mi certificado de nacimiento en Antilla, en la calle Martí”.

He aquí otro ejemplo de esas áreas desconocidas del cuerpo audiovisual de la nación de la que tanto hablamos en la ENDAC.

Los interesados pueden consultar su página aquí:

También esta otra donde podrán apreciar algunos de los comerciales que lo llevaron a la fama internacional:

También está el documental Pablo (2012), de Richard Goldgewicht.


Pablo Ferro

(n. Antilla, Holguín, Cuba, 15 de enero de 1935; m. Sedona, Arizona, Estados Unidos, 16 de noviembre de 2018). Destacado diseñador de créditos cinematográficos, que debutara en esa especialidad con Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb (1964), de Stanley Kubrick.

Sus padres decidieron radicarse en los Estados Unidos en 1947, cuando él apenas contaba con doce años de edad. A pesar de ello, según se deduce de la excelente entrevista que le concediera al historiador Luciano Castillo, jamás perdió el vínculo afectivo con la tierra donde nació, al expresar:

Algunos fines de semana viajaba de Nueva York a La Habana de vacaciones. Cuando uno va a Cuba se da cuenta del aroma, es un lugar que tiene un aroma único. Aún conservo mi certificado de nacimiento en Antilla, en la calle Martí.

(…)

En una ocasión un productor que pretendió cambiarme el nombre por Paul Ferro, me preguntó: “¿Pablo es Paul?” y le respondí: “No: Pablo es Pablo y Paul es Paul”. A diferencia de otros artistas a quienes obligaban a cambiar sus nombres latinos, me negué. Yo soy quien soy”.

Dada su facilidad para el dibujo, se inició en el mundo de los comics a través de la revista Atlas Comics, antes de comenzar a trabajar en comerciales para la televisión. El éxito alcanzado en esa área provocó que Kubrick se fijara en él, y lo contratara para Dr. Strangelove.

Fue el inicio de una descollante carrera que lo llevaría a ser calificado por el oscarizado director Jonathan Demme (con quien trabajó en ocho ocasiones) como “el mejor diseñador de títulos de créditos en Estados Unidos hoy”. También a recibir en 1998 un galardón especial en la sede del Directors Guild of America, reconocimiento público que igual se puso en evidencia en el documental Pablo (2012), de Richard Goldgewicht, donde personalidades como Norman Jewison, Robert Downey Sr., Jon Voight, Andy García, Beau Bridges, George Segal, y el crítico Leonard Maltin, entre otros, hablan sobre su obra.

Filmografía (Incompleta)

Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb (1964), de Stanley Kubrick

The Thomas Crown Affair (1968), de Norman Jewison

Conjura senatorial (Bullitt/1968), de Peter Yates

The Night They Raided Minsky’s (1968), de William Friedkin

Vaquero de medianoche (Midnight Cowboy/ 1969), de John Schlesinger

La naranja mecánica (A Clockwork Orange/ 1971), de Stanley Kubrick

Harold and Maude (1971), de Hal Ashby

Handle with Care (1977), de Jonathan Demme

Desde el jardín (Being There/ 1979), de Hal Ashby

Amityville 3-D: The Demon (1983), de Richard Fleischer

Vivir y morir en Los Ángeles (To Live and die in L. A./ 1985), de William Friedkin

No hay salida (No Way Out/ 1987), de Roger Donaldson

Prince of Darkness (1987), de John Carpenter

Beetle Juice (1988), de Tim Burton

Casada con la mafia (Married to the Mob/ 1988), de Jonathan Demme

Darkman (1990), de Sam Raimi

La familia Addams (The Addams Family/ 1993), de Barry Sonnenfeld

Philadelphia (1993), de Jonathan Demme

Todo por un sueño (To Die for/ 1995), de Gus Van Sant

El demonio vestido de azul (Devil in a Blue Dress/ 1995), de Carl Franklin

The Sunchaser (1996), de Michael Cimino

Los Ángeles al desnudo (L.A. Confidential/1997), de Curtis Hanson

Hombres de negro (Men in Black/ 1997), de Barry Sonnenfeld

El indomable Will Hunting (The Good Will Hunting/ 1997), de Gus Van Sant

Mejor imposible (As Good as It Gets/ 1997), de James L. Brooks

The Manchurian Candidate (2004), de Jonathan Demme

Dr. Dolittle (1998), de Betty Thomas

Beloved (1998), de Jonathan Demme

Psycho (1998), de Gus Van Sant

Hombres de negro 3 (Men in Black 3/ 2012), de Barry Sonnenfeld

Fuentes

Luciano Castillo. Pablo Ferro, un cubano “desconocido” en la historia del cine. Revista Cine Cubano 201-202. Enero-Diciembre 2017, pp 108-115

Luis Reyes, Peter Rubie. Los hispanos en Hollywood. Celebrando 100 años en el cine y en la televisión. Random House Español, 2002, p 585

Entrada de Pablo Ferro en IMDB

Pablo Ferro, por Juan Antonio García Borrero (Blog Cine Cubano La Pupila Insomne)

Mario Naito sobre la ENDAC

Raimundo Hidalgo-Gato, actor

Fotograma de Guaguasí (1984), de Jorge Ulla

Hay intérpretes que se convierten en íconos de determinadas comunidades. Es el caso de Raimundo Hidalgo-Gato, un actor de teatro y cine fallecido en Miami en el año 2000, que, gracias a su magistral interpretación protagónica en El Super (1978), de León Ichaso y Orlando Jiménez Leal (la cual está basada en la pieza teatral homónima de Iván Acosta), legaría uno de los personajes más memorables de toda la historia del audiovisual cubano.

Hidalgo-Gato fue de los intérpretes que en los años setenta (junto a Orestes Matacena, Rubén Rabasa, Rolando Barral, por citar algunos), hicieron posible la producción de varias películas cubanas del exilio, las cuales nacieron bajo el espíritu inspirador del Centro Cultural Cubano de Nueva York, institución creada en el año 1972 por Iván Acosta, con el objetivo de preservar y estimular la creación cultural de los cubanos radicados en los Estados Unidos.

Hidalgo-Gato participaría en filmes como Los gusanos (1977), de Camilo Vila, Bla Bla Bla (1978), de Guillermo Álvarez Guedes, ¡Qué caliente está Miami! (1980), de Ramón Barco, y Guaguasí (1984), de Jorge Ulla, pero fue con El Super que, definitivamente, consiguió construir un personaje que trasciende en el tiempo.

Su personaje de Roberto, como otras veces he comentado, puede ser una de las personas que el Sergio de Memorias del subdesarrollo (1968), de Tomás Gutiérrez Alea, despide en el aeropuerto al principio de esa cinta en La Habana. Diez años después lo encontramos en Nueva York, lidiando con una cultura ajena, un clima gélido que lo paraliza, un idioma inglés que lo hace sentir más extraño y aislado en el contexto, y que vive añorando la isla, esa donde muere la madre que no ha podido despedir, y de la que se trajo la imagen protectora de la Virgen de la Caridad del Cobre.

El exilio cubano ha tenido en Celia Cruz o Andy García, por citar apenas dos de sus grandes ídolos, el paradigma perfecto de lo que pudiera ser la narrativa del éxito. Pero el Roberto de Raimundo Hidalgo-Gato encarna, a mi juicio, la humanización impecable del cubano que se aleja de su patria.

Lo que nos entregó el actor, con su caracterización e interpretación, no describe las excepciones que vendrían a ser aquellos que triunfan, y alcanzan posiciones destacadas dentro del nuevo entorno en que se han insertado, sino en todo caso, nos regala un retrato entrañable de ese cubano común que ha dejado (y sigue dejando) todo atrás, mientras busca mejorar su vida y la de los suyos.

Cierto que a estas alturas ha quedado lejos esa representación más bien precaria del exilio, donde se solía representar el mismo a partir del desarraigo y la pérdida de la identidad nacional. Hoy sabemos que el exilio es una suerte de arca policromada, donde podemos encontrar a la cultura cubana también enriquecida con modalidades insospechadas.

Curiosamente, apenas existe información biográfica de Raimundo Hidalgo-Gato: ¿dónde y cuándo nació? ¿cómo se formó? ¿cómo llegó a los Estados Unidos? ¿cómo se desarrolló allí su carrera profesional?  Falta mucho por saber de este actor inmenso, pero por suerte ha dejado a la vista ese monumento impresionante que sería su personaje en El Super. (Juan Antonio García Borrero).


Filmografía

Los gusanos (1977), de Camilo Vila

Bla, Bla, Bla (1978), de Guillermo Álvarez Guedes

El Super (1978), de León Ichaso y Orlando Jiménez Leal

¡Qué caliente está Miami! (1980), de Ramón Barco

Guaguasí (1984), de Jorge Ulla


En memoria de Enrique Molina

Ahora llegan a mi mente los recuerdos de aquel primer viaje que hice fuera de Cuba, en el ya lejano año 2000. Ha sido la única vez que formé parte de una delegación oficial del ICAIC. Habían organizado un festival de cine en Santa Cruz de la Sierra (Bolivia), y a mí me invitaron porque estaba previsto un homenaje a Tomás Gutiérrez Alea.

Esa fue la primera vez que coincidí fuera de la isla con Mirtha Ibarra: y fue el inicio de una ya larga amistad. Pero en aquel grupo también estaban Gustavo Fernández (de Producción), Rosa María Rovira (que entonces trabajaba en Relaciones Internacionales), y Enrique Molina, ya convertido en toda una celebridad, y a todos ellos les agradezco me hicieran perder el inevitable miedo que se siente, cuando uno sale por primera vez del país y se enfrenta a un contexto ajeno.

Recuerdo que teníamos que hacer una breve escala en México, y de allí conectar con el vuelo que nos llevaría a Bolivia. Pero nunca llegamos a tiempo, por lo que esa noche dormimos en un hotel del DF que dispuso la agencia, y al día siguiente decidimos pasear por la ciudad. Todavía recuerdo el susto de Molina, porque Gustavo, él y yo, nos montamos en el metro, y en algún momento intentaron sustraerle algo del bolsillo. Desde luego, diez minutos después ya se había olvidado de todo, y estaba en su eterno choteo, sacándole lascas a todo, incluyéndose a él mismo.

También recuerdo algo muy trivial, pero que siempre que nos reencontrábamos, a mí me gustaba mencionárselo. En Santa Cruz de la Sierra nos hospedaron en el lujoso hotel Los Tajibos, y a la hora de irnos, en la maleta de Enrique parecía que la ropa no cabía, por mal organizada. Entonces le pedí la sacara, y comencé a doblarla como a mí me habían enseñado en la Vocacional. A Enrique aquello le llamó tanto la atención, que cuando conocí a Elsa (su esposa) en La Habana, me presentó como el que le había organizado la maleta en Bolivia.

Tampoco he podido borrar una experiencia que vivimos en Ciego de Ávila. Coincidimos allí a propósito de una de las ediciones de la Semana de Cine Iberoamericano que organizaba el Centro de Cine de esa ciudad. Y una noche, como parte del programa de actividades, debimos desplazarnos a algún municipio (quizás Florencia, no estoy seguro). En el carro íbamos M (mi esposa), Elsa, Molina, y yo, y en algún momento sentimos el corte brusco que debió dar el chofer porque un vehículo que venía de frente casi nos impacta. La que más nerviosa se puso fue Elsa, pero allí estaba otra vez, salvador, Molina, tirando a choteo lo ocurrido, y haciendo todo lo posible por relajarnos (sobre todo al chofer).

En el año 2005 lo invitamos al XIII Taller Nacional de Crítica Cinematográfica celebrado en Camagüey, con el fin de que disertara en la mesa “Dramaturgia y actuación en el cine cubano”, acompañado de Julio García-Espinosa, Enrique Pineda Barnet, y Nelson Acevedo. Y en esa misma edición le fue concedida la condición de Huésped de Honor de la Ciudad, un reconocimiento que agradeció muchísimo, porque lo acercaba más a ese lugar donde su padre también había formado familia.

Es lógico que hoy muchos estemos tristes con su desaparición física. Pero como todo gran artista, ya Enrique Molina nos está trascendiendo. Allí van a permanecer sus numerosos personajes donde el trabajo de caracterización y uso de lo emotivo marchaban a la par, a una altura pocas veces vista en nuestro país.

En lo personal, mientras viva siempre estaré dialogando con el padre inolvidable de Video de familia, de Humberto Padrón, o incluso, con el cura tronado por malhablado de Alicia en el pueblo de Maravillas, de Daniel Díaz Torres.

Dicho de otro modo, y por lo claro: que queda Enrique Molina para rato.

Juan Antonio García Borrero

PD: Las fotos son de la autoría de José Gabriel Martínez

Para presentar el Making of de Habana Blues

Hoy dejamos inaugurada en la ENDAC la categoría de Making of… Este es un género que, por razones obvias, me encanta. Cada Making of es una clase magistral de cine. No importa la relevancia final de la película a la que esté aludiendo: hablo de los testimonios que brindan los implicados en el proceso de hacer la magia cinematográfica, un proceso donde se comparten alegrías y angustias a partes iguales.

Hasta ahora no ha existido un registro de esas producciones que tienen un gran valor testimonial. En la ENDAD hemos localizado varias, y la idea es que a partir de lo colaborativo podamos localizar más. Aquí caben desde los Making of realizados por Rebeca Chávez a propósito de Fresa y chocolate y Guantanamera, de Gutiérrez Alea y Tabío, hasta el material concebido en ocasión del video clip “Canción fácil” realizado por Fernando Pérez a Haydeé Milanés.

Para presentar la categoría hemos escogido Cómo se hizo (por fin) Habana Blues (2005), de A. P. Molero. Me parece un material bien interesante, a partir de los testimonios que brindan varios de sus hacedores, comenzando por su director Benito Zambrano, español que estudió en la EICTV, lo que nos da la posibilidad de seguir conectando áreas hasta ahora invisibles dentro del cuerpo audiovisual de la nación.


Página en la ENDAC: https://endac.org/encyclopedia/como-se-hizo-por-fin-habana-blues/

COMO SE HIZO (POR FIN) HABANA BLUES

Año: 2005

País: España

Género: Making of

Formato: Digital

Tiempo: 26’

Color: Color

Productora: Producciones Doble Banda S.L. para Maestranza Films S.L. 2005

Realización: A. P. Molero

Imagen: Luis Najmías Jr, Luis Alberto González, A. P. Molero

Fotografías: Andrea Guzmán

Coordinación: Valérie Delpierre

Entrevistados: Benito Zambrano (Director), Antonio P. Pérez (Productor), Fernando Pardo (Editor), Juan Antonio Leyva (Músico), Charly Sánchez (Coordinador musical), Oriol Ferrer (Primer Ayudante de Dirección), Ernesto Chao (Co-guionista y Director de Producción)


Sinopsis

Entrevistas a los realizadores del filme español Habana Blues, estrenado por Benito Zambrano en el año 2005.

Convocatoria de Arte Digital “Disconnected Experiences”

He aquí una excelente oportunidad que tienen los creadores cubanos vinculados al Arte Digital, menores de 35 años, de mostrar sus potencialidades.

Abierta la convocatoria de arte digital Disconnected Experiences para participar en el Festival Ars Electronica

  • Dirigida a creadores cubanos de hasta 35 años con videos que exploren la cultura y el contexto cubanos en sus prácticas artísticas digitales
  • Será la primera vez que un programa de arte cubano participe en este reconocido festival
  • La iniciativa es fruto de la colaboración entre Habana Espacios Creativos, la Asociación Hermanos Saíz, el festival Ars Electronica y el clúster europeo EUNIC

La Habana, 10 de junio de 2021. Desde hoy y hasta el próximo 31 de julio se encuentra abierta la convocatoria de arte digital Disconnected Experiences por la cual se seleccionarán entre 5 y 8 videos de creadores de Cuba para participar en el Festival Ars Electronica, uno de los eventos de arte digital más relevantes del panorama internacional. Es la primera vez que este festival dedicará parte de su programa a Cuba, a través de su sección Journeys, que se adentra en la cultura y los contextos de creación que rodean a los artistas digitales. Esta presencia cubana será posible gracias a la colaboración de CLIC Cuba-Europa, un proyecto de cooperación impulsado por la red EUNIC Cuba y financiado por la Unión Europea, y de las instituciones cubanas Habana Espacios Creativos, de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana, y la Asociación Hermanos Saíz (AHS).

De acuerdo a las bases de la convocatoria, pueden participar artistas visuales, videoartistas, cineastas, makers, interesados por las prácticas digitales asociadas a la creación, de hasta de 35 años, a través de un video de entre 3 y 15 minutos de duración que registre experiencias artísticas y personales enfocadas en prácticas digitales que suceden en el contexto cubano y que se relacionan a conceptos como creatividad, innovación, tecnología, sostenibilidad y resiliencia. Los videos no tienen requisitos estéticos específicos e invitan a los artistas a explotar su creatividad para narrar y mostrar sus experiencias artísticas digitales.

Los videos seleccionados por un jurado de destacados especialistas cubanos en arte de los nuevos medios integrarán el programa Disconnected Experiences que se exhibirá entre el 8 y el 12 de septiembre a través de los canales online del Festival Ars Electronica. Sus creadores participarán en un conversatorio con especialistas y público del festival y recibirán un pase para acceder a la programación online del festival. Asimismo, participarán en unos talleres creativos impartidos por especialistas sobre arte digital internacionales y cubanos que se celebrarán en el último trimestre del año en el centro Habana Espacios Creativos de la Oficina del Historiador de la Ciudad. Además, esta institución premiará a uno de creadores participantes con una beca de creación en su espacio de residencias.

El artista cubano Nestor Siré es el curador de este proyecto, el cual se enfoca en prácticas digitales donde confluyen fenómenos offline y online en el contexto cubano. Los videos seleccionados también serán presentados en !!!Sección Arte, un espacio digital alternativo que existe dentro de las vías informales para la circulación de medios en Cuba. Además, el programa se exhibirá en otras plataformas de distribución de contenidos digitales gracias a la colaboración del Centro Habana Espacios Creativos.

“Estamos encantados de que esta iniciativa haya salido adelante, pues es el ejemplo del tipo de colaboración e intercambio entre contrapartes europeas, instituciones cubanas y jóvenes creadores que queremos promover desde EUNIC”, ha manifestado Michael Thoss, del Instituto Goethe y presidente actual de esta red de cooperación reforzada entre instituciones culturales y embajadas europeas con presencia en Cuba, que está detrás del proyecto CLIC Cuba-Europa. Esta iniciativa, que cuenta con la financiación de la Unión Europea, tiene como objetivo apoyar la cultura como vector de desarrollo en Cuba a través del intercambio con Europa.

Descargar bases de la convocatoria: https://drive.google.com/drive/folders/1lyi4OHY35uLLMscpvnMnaVK5pCxjY4jY?usp=sharing

Convocatoria abierta hasta el 31 de julio.

Más información: clic.disconnect@gmail.com y proyectoclic.eunic@gmail.com

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José Rojas Bez: Medio siglo abonando la cultura

Me da un gusto enorme presentar esta entrevista realizada al crítico de cine, ensayista y teórico José Rojas Bez, uno de los grandes maestros que ha tenido la crítica de cine en Cuba, y uno de los pocos que, a la par, ha impulsado el estudio de la teoría cinematográfica en profundidad.

Medio siglo abonando la cultura: una vida y muchos contextos.

Por José Millet Batista

Hace ya más de cincuenta años, en 1968, coincidí por primera vez con José Rojas Bez en una conferencia de Martínez Heredia sobre filosofía, lógica y pensamiento. Al final, un grupo de jóvenes nos quedamos dialogando. Siendo yo aficionado al cine, concurría a los cinedebates en  la Universidad de La Habana, leía páginas de Rojas Bez en los boletines y en la revista Arte 7, a cuyo consejo de redacción él pertenecía; incluso pensaba colaborar con esta, pero la filosofía y la sociología me absorbían más. Entonces yo era estudiante de filosofía en La Universidad de La Habana y más cercano a las páginas de Pensamiento Crítico; y no volví a coincidir personalmente con Rojas Bez, y no podía prever cuánto aportaría a la cultura no sólo en Cuba sino también en otros países de América Latina (México, El Salvador, Colombia, entre otros) y, con menos acentuación, España: artículos y libros publicados, cursos y talleres impartidos, maestrías fundadas, asesorías, consejos artísticos y pedagógicos en sus universidades y otras instituciones.

Al disolverse aquel Departamento de Filosofía, regresé a Oriente, más específicamente a la Universidad de Oriente a concluir mis estudios, ahora como filólogo y no como filósofo.

Pasaron años y vinieron nuevas coincidencias. En 1976, Rojas Bez, Norge Marrero (a quien conocimos entonces) y yo comenzamos a trabajar como profesores en el recién fundado Centro Universitario de Holguín. Con la colaboración de Manuel García Verdecia (del Instituto Superior Pedagógico) y de Francisco Aguiar (“Paquito”), profesor de Matemática de la Facultad y enciclopédico amante y conocedor del cine; emprendimos el desarrollo no solo del cine-club sino de todo un proyecto de cultura cinematográfica en la provincia que implicó la impartición de clases de fotografía y de cine, el primer programa cubano de postgrados sobre cine y la colaboración crítica con los órganos de prensa de la región, y con el Departamento de Cine de la Dirección Sectorial de Cultura.

Pocos años después, ciertos conflictos con instituciones culturales holguineras y los brazos abiertos de la recién fundada Casa del Caribe, cuya orientación sociológica y etnocultural se avenía perfectamente con mis motivaciones; me condujeron a trabajar en la ciudad de Santiago de Cuba. Rojas Bez y yo continuamos viéndonos esporádicamente, pero poco en las últimas décadas, dada mi estancia laboral en Venezuela, Surinam y otros países caribeños; pero teníamos frecuentes noticias uno del otro.

En 2020, las circunstancias personales me trajeron nuevamente a Holguín, donde sigue residiendo Rojas Bez, y donde retomamos la cotidianidad de los antiguos diálogos.

MILLET: Rojas, volviendo a aquellos tiempos juveniles, ¿qué significó y sigue significando para ti Arte 7, pasados ya 50 años?

ROJAS: Muchísimo, en todos los sentidos. Fueron años iniciáticos y logros efectivos en tiempos juveniles. No es difícil imaginar la alegría de jóvenes que fundan un cine-club y una revista que llega a tener impacto incluso internacional, no sólo solicitada entre estudiantes y toda clase de cinéfilos cubanos sino también por cinematecas y otras instituciones latinoamericanas y europeas. Significó mucho también en aprendizaje sobre cómo, por qué y para qué hacer las cosas; así como los valores de un grupo y también sobre cómo pueden surgir apoyos y contratiempos.

M: Pero aquel período fue efímero. La revista Arte 7 cesó en 1971.

R: No efímero del todo. Los abonos culturales siguen fecundando incluso como referencias y memorias a las que acudir. Desapareció –¡un golpe para nosotros!—la revista Arte7, historia larga de contar, que hemos contado en otros sitios localizables en la Red, conectada con los “contratiempos” que antes mencionamos, donde figura en primer orden el afán de centralización y control. Se planteaba: “Mejor colaboran con la revista tal”, “No hay por qué tener esa otra”. Historias ya contadas. Visítese la Red. Pero el cine-club Dziga Vértov siguió existiendo; sin el esplendor de una de sus sesiones, aquella sala de la Cinemateca tan gustosamente facilitada, mientras pudo, por Héctor García Mesa. Pero no cesaron las sesiones en el anfiteatro Varona ni en otros espacios.

No desapareció aquella experiencia cultural, existencial y de camaradería grupal. Fernando Pérez, Orlando Rojas, Mario Naito y algunos más proseguimos con nuevos afanes; otros incluso fuera de Cuba. El singular nombre Arte 7 pervivió en la memoria colectiva (consciente e inconsciente) de los amantes del cine, hasta el punto en que cine clubes, como uno en Santa Clara, y un conocido programa de televisión adoptaron este nombre tan sui generis. No es casualidad.

M: Cinco años después, ¿cómo llegaste desde La Habana hasta la Universidad de Holguín?

R: Casi todos los del grupo Arte 7 –al que me gusta considerar “grupo” y no una revista, porque hacíamos mucho más que editar una revista–, llegamos a terminar los estudios universitarios o, de una u otra manera, nos desperdigamos en diversas vías. A un antiguo compañero de estudios, Stephen Malcolm (adivinarás, de ascendientes jamaicanos) y a mí nos asignaron –como Servicio Social de postgrado, equivalente al Servicio Militar Obligatorio– el trabajo profesional de dos años como asesores de enseñanza en el Ejército Juvenil del Trabajo, en Camagüey.

Allí fueron más reducidas las acciones con el cine. Asistía como puro concurrente al cine club de Camagüey, organizado por Luciano Castillo; y tenía debates en mis oficinas de trabajo. No conocí aún, sino bastante después, a otros cinéfilos de allí como Juan Antonio García Borrero, Armando Pérez Padrón y Jorge Santos pero sí tuve el gusto de volver a encontrarme con Luís Álvarez, que retornó a su ciudad natal.

Al concluir el servicio social, hallé como mejor trabajo, siendo Banes mi ciudad natal y hogareña, y luego de algunos percances y gestiones, el de profesor en el Centro Universitario de Holguín.

Dicho así, el esquema histórico es bien simple. Desde La Habana a Camagüey y luego a Holguín. En el esquema queda mucho por contar en todos los sentidos, los laborales, los sociales, las investigaciones y escritos personales, los nuevos y viejos amigos, la novia de entonces, las alegrías y los conflictos que nunca faltan en los años 70s ni nunca.

Rojas Bez fue uno de los fundadores del Taller Nacional de Crítica de Camagüey (1993)

M: Vino entonces el Centro Universitario de Holguín, el cineclub universitario, la crítica de cine y demás. Pero, de estos tiempos, ¿qué recordarías con mejores ánimos? Aunque compartí mucho de esto contigo, me gustaría recordarlo en tus propias palabras.

R: Sí, desde 1976 compartimos departamento y distintas asignaturas como Literatura y Panorama del Arte Occidental y Cubano, entre otras. Pero pronto fuimos cada vez más absorbidos por la Extensión Universitaria (que entonces dirigía Nilda Sánz) y por el cine-club, encomendado a Norge Marrero como coordinador. Las motivaciones y acciones desbordaron a nuestras personas, pero tuvimos también la gustosa ayuda de los profesores Manuel Verdecia y Paquito Aguiar.

Se logró desarrollar un cine-club no solo universitario sino de toda la ciudad, que funcionaba semanalmente en el cine Martí, con unas 400 butacas. En aquellos años el auge y los intereses por el cine eran extraordinarios. A sala llena y, al final, con decenas que se quedaban a un debate donde intervenían 10 o 15 personas: en la pantalla Orson Welles, Robert Altman, Godard, Fellini, Antonioni, Jancsó, Fabri, Wajda, Rocha, Solanas, Ripstein, entre otros de similar altura.

Hay que reconocer, de paso, las facilidades dadas por el Departamento de Cine de la Dirección Provincial de Cultura de Holguín, entonces dirigido por Eduardo así como por Delmer y Pedralla (en 16 milímetros y la bóveda). En especial la asistencia dada por el Director de la Cinemateca de Cuba, Héctor García Mesa, quien posibilitaba los filmes de dichos cineastas en excelentes copias enviadas desde La Habana.

Pero el cine-club universitario no se constreñía solo a los debates de filmes; también a coordinaciones y colaboraciones con premieres en la provincia. Por ejemplo, las de Retrato de Teresa, de Pastor Vega, y Una mujer, un hombre, una ciudad, de Manuel Octavio Gómez, entre muchas con la asistencia de realizadores, actores y actrices.

Recordarás que intentamos un programa dominical de cine en Radio Angulo; pero, vale también para la Historia, nosotros no éramos del gusto del señor que entonces dirigía la emisora. No hacíamos y decíamos lo que él quería, y el programa no duró dos meses.

Pero sí fue tuvo mejor vida la columna semanal de crítica de cine en el periódico ¡Ahora!, gracias a acogedores directivos del periódico como Carralero, Reynaldo López, Mildred Legrá y Haydée Vigo.

M: En efecto, la iniciamos en coordinación Norge, tú y yo; y los primeros comentarios salieron a fines de 1976; pero enseguida quedó en tus manos. Se produjo mi traslado a Santiago de Cuba y Norge se concentró más en los cursos de fotografía y otros que impartía. Entonces, tú mantuviste la columna semanal… ¡por 13 años! Dime algo al respecto.

R: Sí, la columna semanal de cine comenzada en 1976 se sostuvo incluso mucho más allá del tiempo que duró este cine-club. En la década de 1980, Norge Marrero se casó y fue a trabajar a La Habana. El cine-club se contrajo, y casi se extinguió bajo criterios increíbles de algunos funcionarios universitarios de entonces como “las actividades de cine debían concentrarse más en el campus y los predios universitarios” o “les tocaba ahora conducirlo a otras personas” (que resultaron menos expertas y carismáticas, habría que analizarlo con mayor detenimiento). Yo quedé más centrado en  colectivos de autores (donde seguía coincidiendo con Norge) y postgrados. Pronto desaparecieron las sesiones de cineclubismo en el cine Martí, así como otras acciones en la ciudad; el cineclub pasó a pequeñas aulas, cada vez más pequeñas en la universidad, y… así fue. Todo ello sería un buen tema de análisis educacional y sociocultural.

M: Volviendo a la crítica de cine en el periódico.

R: Esta se mantuvo, pero por motivaciones personales y por intereses del periódico de la provincia. La crítica siempre fue acogida por directivos del periódico con amplia perspectiva mental y bien avalada (incluso solicitada) por las encuestas. Recuerdo que la elogiaban porque era capaz de “hablar mal de una (mala) película cubana o rusa y hablar bien de una (buena) película americana”. También llegaban cartas de buenas opiniones, sin faltar las discrepancias, de algunos que recibían el periódico en América Latina.

Pero no era interés de los directivos de la Universidad, que nunca cedieron nada de mi fondo de tiempo laboral para ella, ni nada semejante, incluso cuando pudieron haberse “anotado” colaboración cultural con la comunidad. No me refiero a la antigua jefa de Extensión Universitaria, Nilda Sánz, ni tampoco a la nueva, Margarita Rodríguez Alfaro, quienes hubieran colaborado, sino a instancias superiores como la vicerrectoría docente.

Interés del periódico, muy solicitada por los lectores y motivaciones mías, incluso sin paga cuando no se pagaban las colaboraciones; la columna se mantuvo durante 13 años semana tras semana, desde fines de 1976 hasta 1990. Terminó por cuestiones de tiempo disponible y otros percances que demorarían mucho explicar.

M: Pero, durante la década de 1980 y después, casi desaparecido el cine-club y siendo la columna crítica una cuestión personal; ¿qué actividades fundamentales realizabas entonces en la Universidad?

R: Docencia y colectivo de autores. Aquella docencia de cine y otras en cuyo inicio tú también estuviste fue creciendo e intensificándose. Los primeros programas y cursos de Extensión Universitaria se convirtieron en cursos de postgrado. Su éxito y prestigio hicieron nacer planes similares para todo el país. La Universidad de Oriente (profesores prestigiosos como Isabel Taquechel, Luís Carlos Suárez y María Elena Orozco, entre otros) y el Centro Universitario de Holguín emprendimos la creación de programas y textos apropiados para docencia sobre cine, cultura cubana y otras materias dirigidos especialmente a alumnos de carreras no humanísticas, incluso tecnológicas. Nació así, a partir de los años 1985 y 1986, la llamada “Docencia artística” para todas las universidades del país.

M: Específicamente, ¿en las investigaciones y escritos sobre cine?

R: Continuaban intensamente. En 1987, al ganar el Premio de la Ciudad, salió publicado Artes, cine, videotape: límites y confluencias, considerado el primer libro en nuestro idioma sobre las relaciones estéticas y sociales entre el cine, el video y otros medios. Antes, Un estudio sobre La vida es sueño (1981) y, como coautor, Apreciación de la cultura cubana (1985-86). Pero aquel fue mi primer libro sobre cine.

Asimismo, pronto fundamos el Taller Nacional de la Crítica de Cine y la Federación Nacional de Cine-clubes.

También tengo la satisfacción de haber participado muy intensamente en estos años en la fundación de la Filial de Cine Radio y Televisión del Instituto Superior de Arte que, dicho brevemente, bajo la dirección de Hugo Edelqui Cruz, el apoyo de Jesús Cabrera, el conocido realizador y fundador de televisoras (director de la Facultad en la sede central habanera) y un grupo de profesionales con cierto relieve de la provincia, llegó a ser algunos años la mejor del país: docencia, producción, actividades comunitarias, convenios con otras instituciones incluso latinoamericanas y de España, sede dos veces del Festival Imago…

M: Hemos hablado de una intensa vida ya hasta la década de 1990; pero faltarían muchos años. ¿Qué resaltarías de ellos?

R: En primer lugar, te sugeriría que no recortaras mucho lo que hemos hablado hasta aquí, porque dan los tonos de todo, son semilla, abono y muestra del porvenir, en lo que a cine se refiere.

En lo adelante, desarrollo de tales abonos. Una vida académica creciente: profesor asistente, profesor auxiliar, profesor titular…, no sin resistencias de funcionarios, paso a paso incuestionable, incluyendo dos becas ganadas por oposición en España, en 1990 y en 2006.

Realicé el primer doctorado en Cuba en pedagogía del cine. Algo tardío porque no faltaron objeciones de funcionarios que aprobaban su realización. Lo concluí en 1997 pudiendo haberlo hecho desde 1993. Es otro tema. Vinieron luego estancias como Profesor Visitante en diversos países (según invitaciones directas a mí como persona), incluyendo la fundación de la Maestría en Arte en la Universidad Autónoma de Nuevo León y Tallares sobre Estética y cine en El Salvador, entre otras. También una labor como miembro del Tribunal Nacional de Grados Científicos en Ciencias sobre Arte. En fin, labor académica no ha escaseado.

M: Incluyendo varios libros en esos años…

Para seguir hablando de cine: autor de libros y otros materiales para la Educación Superior, así como ensayos de diversa índole sobre todo en Cuba y en México, con algunos artículos en España y otros países. Entre ellos, Reflexiones estéticas sobre cine (Pueblo y Educación, La Habana, 1992), El cine por dentro (Universidad Iberoamericana-Universidad Veracruzana, Puebla, 2000), De cine, TV y otros medios (Universidad Autónoma de Nuevo León, Monterrey, 2000), Pasaje al arte del cine (Universidad de Guadalajara, Guadalajara, 2013), El arte del cine: formas y conceptos (Pueblo y Educación, La Habana, con dos ediciones, 2014 y 2019) y otros.

M: Pero no te has movido solo en la esfera del cine.

R: Soy uno, y todo se conjuga no obstante las contradicciones reales y mucho más las aparentes. Mis acciones académicas se conjugan con las acciones como investigador, como ensayista, como promotor… Con ello se ha conjugado siempre mi talente de hispanista.

M: Sí, hablando de contradicciones más aparentes que reales, no puedo dejar de mencionar que dialogo también con un consumado hispanista, no sólo desde tu primer libro Un estudio sobre La vida es sueño (Santiago de Cuba: Editorial Oriente, 1981); tus estudios en España con beca ganada en 1990; tu segundo Premio de la Ciudad, Indagaciones para un Medio Milenio (Ediciones Holguín, 1989) y tu primer libro en México, Visiones en el tiempo de América (Toluca: Universidad del Estado de México, 1995); tus múltiples ensayos en las revistas Universidad de la Habana,, Islas, Cuadernos Americanos, Torre de Papel, el anuario Nombres Propios de la Fundación Carolina, y mucho más… desde tus estudios universitarios hasta hoy. Pero esa “dualidad” sería otra conversación, que me gustaría dejar para nueva oportunidad y no darle aquí un sesgo truncado.

M: Volviendo al cine, te sientes sobre todo crítico y promotor y, más aún, investigador y teórico, ¿qué consideras tú, personalmente y no lo que digan otros, tu mayor logro en esta faceta?

R: Diría que las propuestas sobre una concepción cabal y rigurosa del cine, su concepto, características y mecanismos fundamentales, así como sus correlaciones con otras artes y medios, desde las artes visuales, las audiovisuales escénicas, la televisión, Internet y demás. Se dilataría mucho esto que, en fin de cuentas puedo referir a lo que está casi como síntesis en mis últimos libros publicados por la prestigiosa Editorial Pueblo y Educación: Audiovisualidad, artes y cultura contemporánea (2014) y El arte del cine: formas y conceptos (2019); y a las concepciones sobre arte aparecidas en El arte y sus primeros esplendores (2018), publicado por la también seria Editorial Universitaria Félix Varela. Estoy seguro de que por ahí van los mejores aportes en teoría del cine, aunque pudiera añadir los tres últimos ensayos, estos específicamente sobre el documental y el universo audiovisual, publicados en las revistas Aisthesis de la Pontificia Universidad Católica de Chile y Antrópica de la Universidad Autónoma de Yucatán. Sabe, creo que estoy en un momento de buena madurez… teórica y general.

Autor de la entrevista:

José Millet Batista. Investigador, ensayista y profesor universitario. Trabajó durante décadas como investigador de la Casa del Caribe antes de fijar residencia en Venezuela, donde continuó sus investigaciones sobre la cultura del Caribe. Actualmente reside en Holguín donde, entre otros proyectos, coordina una Enciclopedia de la Cultura Cubana auspiciada por la UNEAC de esa ciudad.