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LAS PELÍCULAS SOVIÉTICAS DE MI INFANCIA

Anoche me puse a consultar el libro de Zoia Barash “El cine soviético del principio al fin” (Ediciones ICAIC, La Habana, 2008). Un libro duro, estremecedor, que nos revela desde dentro muchos de los avatares que nunca nos contaron en la prensa oficial de esa gran cinematografía.

Por allí desfilan los nombres de los cineastas más insignes: Dziga Vertov, Serguei Eisenstein, Lev Kuleshov, Mijail Kalatozov, Serguei Bondarchuk, Larisa Shepitko, Serguei Paradzhanov, Andrei Tarkovski, Nikita Mijalkov. Y se habla de algunos de los filmes más memorables de la “perestroika”: Arrepentimiento (1984), de Tenguiz Abuladze, La pequeña Vera (1988), de Vasili Pichul, El frío verano del 53 (1987), de Aleksandr Proshkin, o Una chica internacional (1989), de Piotr Todorovski.

El libro es muy recomendable, y se lee con facilidad. Sin embargo, a mí de repente me entraron deseos de saber un poco más acerca de aquellos filmes soviéticos “menores” que abundaron en mi infancia, y modelaron una parte de mi gusto por el cine en mi más temprana edad.

Estudiosos como Damaris Puñales-Alpízar (“Escrito en cirílico: el ideal soviético en la cultura cubana posnoventa”) y Dean Luis Reyes (“Ostalgie caribeña. Saudade postsoviética en el audiovisual cubano contemporáneo”) han rastreado con gran rigor las huellas de esa impronta cultural e ideológica, incluyendo las marcas dejadas por los antiguos “muñequitos rusos”. En este caso, yo también estoy preguntando por esos filmes que pasaron en apariencia “sin dejar huella”, filmes que difícilmente figurarán en el catálogo de las películas más importantes, y que, sin embargo, uno todavía recuerda con extraño fervor…

En mi caso personal, mi memoria afectiva podría elaborar un listado bastante amplio, pues cuando preparaba la “Guía crítica del cine cubano de ficción” me vi obligado a revisar toda la colección de periódicos Granma, Juventud Rebelde, y Trabajadores, y allí pude reencontrar a través de las carteleras y críticas puntuales, los títulos de esas películas que alguna vez vi (aunque olvidara al instante) y que ahora regresaban en forma de una recreación de mi propia vida.

He aquí algunas de esas películas que mientras exploraba la prensa me traían evocaciones misteriosas. Varias de ellas no las había visto (debido a mi corta edad entonces), pero sí recordaba las fotos publicitarias colocadas en los nichos de promoción (que era otra manera de acceder al cine, como bien nos demostró Truffaut a través del protagonista de “Los 400 golpes”): Tigres en alta mar (1961), de Vladimir Fetin, Dingo, perro salvaje (1963), de Yuli Karasik, El hombre anfibio (1961), de Kazanski, Los vengadores incapturables (1967), de Edmond Keosaián, La reina de las nieves (1967), de G. Kazánski, El brazo de los brillantes (1969), de Leonid Gaidái, Nuevas aventuras de los incapturables (1968), de E. Keosaián; ¡Cuidado con la tortuga! (1970), de Rolan Bikov, La corona del imperio ruso (1970), de E. Keosaián; Los amaneceres son aquí apacibles (1972), de Stanislav Rostotski; La isla del Tesoro (1971), de E. Fridman; Siete novias para un soldado (1971), de Vitali Melnikov; Los trece valientes (1970), de V. Zhilin; El Comandante del submarino afortunado (1974), de Boris Volcher; Pan duro y negro (1971), de Gerbert Rappaport; La séptima bala (1973), de Ali Jamráev; El tren robado (1971), de Vladimir Yánchev; Vida y asombrosas aventuras de Robinson Crusoe (1973), de Stanislav Govorujin; Las aventuras de Huckleberry Finn (1972), de G. Ganelia; El jinete sin cabeza (1972), de Vladimir Vainstock (con participación de Enrique Santiesteban y Eslinda Núñez en su reparto); Aventuras de unos italianos en Rusia (1973), de Eldar Riazánov.

Cuando el año pasado, gracias a un ciclo organizado por la Cinemateca de Cuba, pude ver otra vez Tigres en alta mar fue como regresar a aquel país donde yo vivía de pequeño. Y no hablo del país en términos geográficos, sino en la dimensión espiritual que muchas veces identifica a la infancia como esa suerte de Matria donde, por viejos que nos pongamos, siempre estamos regresando al recordar que allí dejamos enterrados muchos tesoros invisibles. Así que bastó leerme la sinopsis para viajar de inmediato a ese país remoto que fui de niño: “En un barco mercante soviético viajan diez tigres, dos leones y un travieso mono, bajo el cuidado de un camarero que se hace pasar por domador. El pánico cunde entre la tripulación cuando el chimpancé abre las jaulas de las fieras…

Admito que el listado de hace un rato es bastante arbitrario, como arbitraria es esa memoria que nos reintegra no exactamente lo que nosotros quisiéramos recuperar intacto, sino algo que viene filtrado por los años transcurridos, los sucesos históricos que en ese período de tiempo han tenido lugar, y las filias y fobias que hemos ido incorporando a nuestra existencia.

También sé que hay allí cierta tendencia a la idealización, algo que Alfredo Guevara, desde su responsabilidad de presidente del ICAIC siempre quiso evitar, pese a las buenas relaciones con los países socialistas de entonces. Recuerdo, por ejemplo, cómo en los apuntes que tomó con el fin de intervenir en una reunión de 1974 con jefes de las cinematografías de esos países, señalaba que “un cine antiguo, sin búsqueda, sin ritmo, sin riqueza, sin novedad no será ni expresivo, ni capaz de comunicar”.

Pero es que yo no estoy hablando de películas excelentes, regulares, malas, o pésimas. Estoy hablando del niño que fui, y que ahora escribe esto: desde la ostalgie, como dicen los académicos.

Juan Antonio García Borrero

PASEO TECNOLÓGICO DE CAMAGÜEY

La ciudad de Camagüey sigue sumando puntos en su empeño de acercar a sus ciudadanos a la modernidad tecnológica. Ahora se acaba de inaugurar el Paseo Tecnológico (con una ubicación muy céntrica), y donde destaca el buen gusto de la ambientación del local y las soluciones conseguidas en cuanto a las carteleras electrónicas.

Sigo pensando que ninguna otra ciudad del país cuenta con una infraestructura similar (Circuito, Bosque Tecnológico, Paseo Temático del Cine) a través de la cual se pudiera impulsar esa Política Pública que tanto anhelamos, en donde la prioridad sea el fomento de la creatividad tecnológica.

En este sentido, pienso que la gran responsabilidad la tendrían ahora todos esos informáticos que tienen al alcance de sus manos la posibilidad de enriquecer con sus talentos e imaginación esos escenarios dominados ahora mismo por el consumo activo de lo que ya ha sido programado en lo externo. Paralelo a ello, necesitamos “crear” desde dentro.

Pero eso, evidentemente, es un asunto que demandaría análisis más profundos. Por lo pronto, manifiesto públicamente mi alegría por el nacimiento en Camagüey de todos estos nuevos escenarios tecnológicos.

Juan Antonio García Borrero

HÉCTOR ZUMBADO SOBRE LA CRÍTICA Y LOS CRÍTICOS

“Para subir al cielo de la crítica se necesitan varias escaleras. Se necesita una escalera grande de profesionalismo, saber lo que se está criticando en términos técnicos, poseer una cultura general amplia: esas dos condiciones son básicas.

En profesionalismo y cultura general, nuestros críticos, con honrosas excepciones, son muy débiles, tanto en el aspecto técnico de lo que critican como en su nivel de amplitud cultural, y en tercer lugar, una escalera mucho más grande que se llama elegancia. Somos herederos de una larga, profunda, maravillosa tradición cultural. Tenemos que rescatar la elegancia, la ética de Domingo del Monte, José Antonio Saco, de Martí… Quien haya leído la polémica de Martínez Villena con Mañach; la gran polémica entre Vasconcelos y Gastón Baquero…

Pido que nuestros críticos tengan un profundo conocimiento de lo que están criticando, la amplitud cultural que los apoye en sus críticas y que tengan, sobre todo, la elegancia de los criollos del siglo pasado: eso es todo lo que pido a los críticos de nuestra época”

Héctor Zumbado (Uno de nuestros más grandes exponentes del humor ilustrado)

RETRATO DE TERESA (1979), de Pastor Vega

Hoy se están cumpliendo 38 años de la primera exhibición pública de Retrato de Teresa (1979), uno de los filmes más polémicos que ha existido en la historia del cine cubano. Comparto este breve texto que forma parte del cuaderno aún inédito Diez películas que estremecieron a Cuba.

JAGB

RETRATO DE TERESA

No ha existido en la historia del cine cubano de todos los tiempos, una película que se haya discutido con más fervor. Han existido películas con mayor éxito en el plano económico (La bella del Alhambra), o que han movilizado, incluso contra su voluntad, a un buen número de espectadores (Alicia en el Pueblo de Maravillas), o que cuando se suman todos los asistentes de por vida, la supera con creces (Aventuras de Juan Quin Quin), o que tienen un mayor reconocimiento internacional (Fresa y chocolate), pero lo que se dice “discusión popular”, eso solo ha sucedido con Retrato de Teresa. En el momento de su estreno, pocas personas se mostraron ajenas al debate, fueran o no amantes del cine. Podía gustar o no, pero nadie quedaba indiferente.

El impacto de Retrato de Teresa tiene varias causas, pero tal vez la primera de ellas sea el uso eficaz que hace de un modelo de representación donde la sencillez expositiva provoca que el conflicto sea fácilmente reconocible. Este modo de exponer la anécdota, si bien para nada novedoso en la historia de la narrativa fílmica, sí resultaba toda una sorpresa dentro del cine cubano revolucionario de entonces, tan empeñado en conseguir obras de autor, caracterizadas casi siempre por rupturas, negaciones y sobresaltos que terminaron por convertir al cine convencional en una suerte de enemigo, cuando no una rareza. Según Pastor Vega,

La película fue concebida para polemizar con conceptos y comportamientos que nada tienen que ver ni con la Revolución ni con el socialismo, y que todavía están presentes en nuestra vida diaria. De ahí el carácter completamente abierto de la película. Su estructura dramática está compuesta de sugerencias, de nudos y problemáticas no resueltas; de expresiones, más que de soluciones. La película no pretende moralizar con proposiciones doctas y definitivas sino motivar una reflexión, una actitud y que cada cual polemice dentro de sí mismo y piense con su propia cabeza. De ahí la discusión popular desatada. Aferrarse a moldes de pensamiento históricamente superados no es privativo de ningún sexo, edad o color. Es fundamentalmente un problema ideológico”. Lee el resto de esta entrada

SUITE CAMAGÜEY (2016)

Noche de ensueño en la recién inaugurada Sala de Conciertos “José Marín Varona”. Derroche de talento con las interpretaciones de los Dúos A Piacere, A Tempo, y Voces. Otro buen punto que se anota la Oficina del Historiador de la Ciudad de Camagüey.

Sé que una ciudad, más que un conjunto de edificios y calles, es un estado de ánimo. Hablo sobre todo las ciudades donde hemos nacido. Esas que nunca dejamos atrás aunque ya no vivamos en ella, porque como ha apuntado Italo Calvino:

Las ciudades son un conjunto de muchas cosas: memorias, deseos, signos de un lenguaje; son lugares de trueque, como explican todos los libros de historia de la economía, pero estos trueques no lo son sólo de mercancías, sino también trueques de palabras, de deseos, de recuerdos”.

Juan Antonio García Borrero

EL CALLEJÓN DE LOS MILAGROS EN EL PERIÓDICO GRANMA

Quiero agradecer al periodista Miguel Febles Hernández este extenso trabajo publicado en el periódico Granma, y que habla de las potencialidades que ahora mismo tiene la ciudad de Camagüey con su Paseo Temático del Cine (único de su tipo en el país), y que tanto podría contribuir a la anhelada informatización de la sociedad cubana.

De paso aprovecho para invitarlos al panel que mañana sábado, a las once de la mañana, estaremos protagonizando en el Bosque Tecnológico como parte de las actividades del Festival Provincial de la Juventud y los Estudiantes.

JAGB

Proyecto El Callejón de los Milagros. Del esbozo teórico a los hechos

Justo en el 2014 quedó abierto al público un sitio único en el país, conformado por instituciones cinematográficas, cafeterías, bares, restaurantes, tiendas, estudios fotográficos, heladerías, barberías y peluquerías

Autor: Miguel Febles Hernández | febles@granma.cu

(20 de julio de 2017 20:07:06)

CAMAGÜEY.–Al segmento de la céntrica arteria Ignacio Agramonte, situado inmediato a la Plaza de los Trabajadores, los habitantes de esta ciudad patrimonial siempre le llamaron la «calle de los cines» por la presencia en ese tramo vial de varias de las principales salas cinematográficas de la localidad.

Amén del apego casi generalizado por el séptimo arte, ese fue el «gancho» que aprovechara la Oficina del Historiador de la Ciudad de Camagüey para transformar la zona en Paseo Temático del Cine, como parte del programa constructivo por el aniversario 500 de la otrora Villa de Santa María del Puerto del Príncipe.

Justo en el 2014 quedaba abierto al público un sitio único en el país, conformado por instituciones cinematográficas, cafeterías, bares, restaurantes, tiendas, estudios fotográficos, heladerías, barberías y peluquerías, cuyos nombres y ambientación estuvieron relacionados, desde entonces, con clásicos del cine mundial.

A partir de esa fecha, lugareños y visitantes comenzaron a identificar y a recibir los servicios del Bar Esperanza, último que cierra, la cafetería La Dolce Vita, la cremería La Isla del Tesoro, la barbería El Marido de la Peluquera o el restaurante La Isabella, en un ambiente rodeado de imágenes antológicas.

Fruto de la rehabilitación, el Casablanca se convirtió en multicine con las salas Alhambra, Fénix y Palatino; el Encanto, en sede del Circuito para la exhibición, el desarrollo y la investigación de los nuevos medios; y el Complejo Nuevo Mundo acogió la Cátedra de Estudios Audiovisuales Tomás Gutiérrez Alea.

DE LA ETERNA INCONFORMIDAD SALEN SOLUCIONES

¿Cómo aprovechar mejor la oportunidad de disponer de un conjunto de medios técnicos, servicios e instalaciones que no existe en otra parte de Cuba? A esa pregunta se encargó de dar respuesta un grupo de eternos inconformes, encabezado por el investigador y crítico de cine Juan Antonio García Borrero.

Surgió entonces lo que se dio en llamar Proyecto de fomento de la cultura audiovisual El Callejón de los Milagros, dirigido a impulsar el uso creativo de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) en su vínculo con el legado del cine, sobre la base de un consumo cultural donde prime la calidad y la jerarquía.

Es imposible imaginar, sin embargo, que la ejecución de un proyecto como este descanse sobre los hombros de una persona: en su materialización intervienen, como instituciones rectoras, el sectorial provincial de Cultura, el Centro Provincial del Cine, la Asociación Hermanos Saíz y la Unión de Informáticos de Cuba.

«Tan importantes como esas instituciones, aclara García Borrero, son también los aliados estratégicos (Desoft, Citmatel, Etecsa, Copextel, Joven Club, la Universidad, Educación y el grupo Orsis), los cuales, con sus ideas y servicios, contribuyen a que el proyecto se mantenga en el tiempo y sea algo sostenible». Lee el resto de esta entrada

EL IDEALISMO Y LA NACIÓN

EL IDEALISMO Y LA NACIÓN

(Publicado en Cuba Posible)

En mi época de estudiante universitario, la palabra “idealismo” tenía cierta connotación negativa. Nos decían, por ejemplo, que la filosofía marxista-leninista había conseguido aniquilar a todos los representantes de la escuela idealista: los que ya habían nacido antes de Marx y Engels, y los que estaban por nacer.

Entonces éramos muy jóvenes para reparar en las simplificaciones que se hacían de los análisis de ambos pensadores, y mucho menos conseguíamos entender que negando de esa manera la metafísica tradicional, se le daba relevancia a otro tipo de “trascendencia”: así que donde antes se hablaba del “más allá” ahora se apelaba al “más tarde”, que de todos modos no permitía verificar de un modo objetivo la posibilidad de un mundo mejor.

Hoy en día el “idealismo” tampoco goza de muchas simpatías en Cuba, aunque por razones que no tienen nada que ver con lo filosófico. Ser un “idealista” en esta época donde el desencanto se combina con el pragmatismo, la impotencia, y la prisa hedonista, puede convertirte en el recalcitrante “tonto de la colina”. El idealismo antes implicaba un contrasentido en términos ideológicos; ahora, en cambio, para algunos pareciera que no es rentable, que no se ajusta al horizonte de expectativas del sujeto dominante en nuestros tiempos.

Creo que hay algo de razón en desconfiar de aquellos que se especializan en construir mundos armónicos a partir de un uso impecable de la mera retórica. Para esos que trafican con sueños y palabras rimbombantes en función de lo que uno como individuo aspiraría a vivir, siempre tengo a mano el imperativo de Ambroce Bierce: “Si quieres hacer realidad tus sueños, ¡despierta!”.

Pero eso es una cosa, y la otra es prescindir de la capacidad de soñar con mundos superiores a esos que habitamos a diario. Sé que lo anterior suena a trasnoche. A resaca de entusiasmos abortados. A melancolía de lo que pudo ser (melancolía de lo que todavía no hemos visto, pero sí soñado). Mas eso, lejos de devenir un argumento en contra, más bien despierta en mí la sospecha de que el mundo en estos mismos instantes es la más realista de las mentiras que podamos imaginar.

Si hoy el planeta es un poco mejor que hace dos o tres siglos, se le debe a un conjunto de hombres y mujeres que en su momento se rebelaron contra el sentido común, ese que nos dicta las reglas que “todo el mundo” comparte, y juraría que son naturales. Esos idealistas o herejes pusieron por delante la libertad de construir universos menos injustos, menos egoístas; sacrificaron su seguridad personal, decidieron que podían vivir de acuerdo a lo que sentían que podían ser, y no acorde a lo que la mayoría esperaba que fueran.

Por supuesto que muchas veces pecaron de ingenuos. O cayeron en la trampa del subjetivismo que se tasa a sí mismo como la medida de todas las cosas. Lo importante es que de sus fracasos todavía estamos sacando enseñanzas que hoy nos sirven en más de un sentido. Como apuntó alguna vez José Ingenieros: “Las lecciones de la realidad no matan al idealista: lo educan”. Y eso es lo que explica que, pese a no ser una carrera del gusto de muchos en la actualidad, el idealismo siga existiendo, sobreviviendo.

En Cuba hemos tenido una enorme tradición de idealismo revolucionario. Nuestros grandes revolucionarios, al margen de la visión materialista o no que tengan del devenir de la Historia, han sido grandes idealistas, grandes soñadores. Renunciar a ese caudal de sueños, de inquietudes creativas sería el equivalente de anunciar el suicidio de la nación.

Juan Antonio García Borrero

HOY, PRESENTACIONES DE LIBROS DEL ICAIC

LOS MEJORES FILMES CUBANOS DE FICCIÓN (1959- 2008)

Cada vez creo menos en las encuestas que hablan de “las mejores películas”, pero como otras veces he dicho, en términos cartográficos sí pueden ser útiles, pues nos ayudan a orientarnos en ese gran oceáno de imágenes y sonidos que sería el audiovisual contemporáneo. El problema es que como esa producción, por suerte, nunca cesa, parecieran que tales consultas nacen programadas para su obsolescencia inmediata.

Esta que convocara la Asociación Cubana de la Prensa Cinematográfica en el año 2008, es a mi juicio una de las más ambiciosas que se han concebido en el país, porque incluye hasta las frases más memorables del cine cubano. Pero si la hiciéramos ahora, ¿no tendríamos que incluir a Conducta, por ejemplo? ¿O La película de Ana? ¿O a varias de las películas que se han estado realizando más allá del ICAIC, como Memorias del desarrollo?

De todos modos, aquí tienen las escogidas por los críticos en el apartado de la ficción en su momento. El número alude a la cantidad de veces que fue mencionada la cinta en la consulta. Los interesados en la encuesta integral, pueden consultar la Revista Cine Cubano Nro. 171.

JAGB

LOS MEJORES FILMES CUBANOS DE FICCIÓN

Memorias del subdesarrollo (Tomás Gutiérrez Alea) 72
Lucía (Humberto Solás) 66
Fresa y chocolate (T. G. Alea y Juan Carlos Tabío) 62
Madagascar (Fernando Pérez) 43
Papeles secundarios (Orlando Rojas) 43
La muerte de un burócrata (T. G. Alea) 37
La primera carga al machete (Manuel Octavio Gómez) 33
Retrato de Teresa (Pastor Vega) 32
La bella del Alhambra (Enrique Pineda Barnet) 31
La última cena (Tomás Gutiérrez Alea) 31
De cierta manera (Sara Gómez) 25
Aventuras de Juan Quin Quin (Julio García Espinosa) 20
Suite Habana (F. Pérez) 18
Video de familia (Humberto Padrón) 13
Clandestinos (F. Pérez) 12
Los sobrevivientes (T. G. Alea) 12
El hombre de Maisinicú (Manuel Pérez Paredes) 10
La vida es silbar (F. Pérez) 08
Plaff o Demasiado miedo a la vida (J. C. Tabío) 08
Cecilia (H. Solás) 07
Los días del agua (M. O. Gómez) 07
Alicia en el pueblo de Maravillas (Daniel Díaz Torres) 05
Las doce sillas (T. G. Alea) 05
Una pelea cubana contra los demonios (T. G. Alea) 05

BILLY WILDER SOBRE EL ESTILO

La mayoría de las películas nacen para ser olvidadas. Solo unas pocas consiguen trascender en el tiempo, y convocar a generaciones diversas. Por eso cuando un realizador consigue que al menos dos de las que ha realizado, ocupe esa lista de imprescindibles, puede considerársele un genio del arte cinematográfico. Es lo que pasa con Chaplin. O con Welles. O con Fellini. O con Billy Wilder, desde luego.

De Wilder tengo dos películas que no me canso de repasar: El ocaso de una vida (Sunset Boulevard/ 1950) y Algunos prefieren quemarse (Some Like It Hot/ 1958). Podría mencionar también Pacto de sangre (Double Indemnity/ 1944) o Testigo de cargo (Witness for the Prosecution/ 1957), o El apartamento (The Apartment/ 1960), pero bastarían esas dos primeras para tener la confirmación de su genialidad.

Hitchcock llegó a decir de él que “a partir de Pacto de sangre, las dos palabras más importantes del cine son Billy y Wilder”. ¿Cómo justificar tan alta consideración? Con las películas, desde luego, que han logrado resistir el paso del tiempo gracias a esos guiones sólidos, y en las que el realizador parece empeñado precisamente en no existir.

Les comparto estas apreciaciones que tenía Wilder sobre “el estilo” en el cine. A mí me deja pensando porque, al final, el estilo Wilder sigue siendo inconfundible.

Juan Antonio García Borrero

Billy Wilder sobre el estilo

“Estoy en contra de toda esa pirotecnia visual tan común en el cine de ahora. En mis películas, no pretendo que los espectadores salten ante cada plano, gritándole al de al lado: “¡Dios mío, mira qué encuadre!”. Además, todo eso ya lo probamos en los viejos días de la UFA, en Alemania, y después lo abandonamos.

(…)

Si cuando el público empieza a interesarse en lo que está viendo, cuando lo tienes agarrados por el cuello, aparece un encuadre extravagante, eso es una mierda, eso sólo perjudica a la película. Ahí obligas al espectador a pensar en la técnica: en ese momento el tipo agarró la cámara, la montó sobre una grúa y se subió a lo más alto… En mis películas yo quiero que el público olvide que hay una cámara y un director. Quiero que se olviden que hay una pantalla, que se sientan junto a los personajes, en la misma habitación o en la misma calle.

(…)

El mejor director es el que “no se ve”.