CULTURA, TECNOLOGÍA,Y EDUCACIÓN EN CUBA: LA TRIPLE INSULARIDAD.

Ayer estuve revisando las notas que tomé de aquella espléndida conferencia ofrecida por Rafael de la Osa en la UNEAC de Camagüey. Eso fue a principios del año pasado, cuando todavía la ciudad no había festejado sus quinientos años de fundada. Aunque a muchas personas les extrañó que invitara al espacio La ciudad simbólica (donde por lo general se presentan películas) a alguien que no es exactamente un especialista de cine, la salita se llenó, sobre todo de jóvenes. Para mí eso es una prueba más que evidente de que en esta ciudad hay ansiedad colectiva por experimentar en el campo artístico-literario, las mismas revoluciones que se viven en las prácticas culturales informales, lideradas por el uso de las nuevas tecnologías.

En algo menos de una hora, Rafael de la Osa (dicho sea de paso, director de Cubarte) nos introdujo de modo ameno en el llamado mundo de “las industrias creativas”. Su conferencia, titulada “Industrias Culturales, Industrias Creativas y el Mundo Digital: ¿Hacia dónde vamos?” es un espléndido paseo por ese universo que a algunos les parece remoto, inaccesible, pero que en su disertación el especialista nos demostraría que como consumidores no vivimos ajenos a su impacto. Todo lo contrario: aunque la brecha nos coloque en los terrenos de los no productores, el consumo cultural apoyado en esas tecnologías iguala cada vez más a los cubanos a esa masa de clientes que impera en el planeta.

¿Por qué viene a mi mente la conferencia de Rafael de la Osa transcurrido tanto tiempo? Quizás porque en este mismo instante en que los escenarios tecnológicos se han rediseñado en el país tras el 17D, se hace más evidente la parálisis que en términos de política pública existe entre nosotros, políticas públicas vinculadas a estos universos culturales, tecnológicos y educativos.

Es posible que algunos recuerden aquí los ecos de aquella polémica conferencia dictada por C. P. Snow en 1959, donde acuñaría lo de las dos culturas, y que tantas objeciones le depararía por parte de estudiosos como Lionel Trilling o Susan Sontag, quienes vieron en la formulación binaria de Snow (cultura artístico-literaria vs. cultura científica) una simplificación de lo que, en la vida real, significa Cultura, que es algo dinámico, siempre fluido.

A riesgo de que pueda ser interpretado de la misma manera, debo confesar que entre nosotros ese distanciamiento entre la cultura artístico-literaria, y la que yo llamaría cultura tecnológica es cada vez mayor, lo cual va resultando fatal para entender el fenómeno de los nuevos consumos y los nuevos públicos (o usuarios).

Cuando organizamos el Primer Foro de Consumo Audiovisual en Cuba intentamos impulsar la construcción de un espacio donde coexistieran de un modo orgánico y naturallo cultural, lo tecnológico, y lo educativo. Lamentablemente eso no ha pasado de ser otra utopía: los artistas consagrados en Cuba ven esto de las tecnologías como algo que habría que asociar a lo meramente lúdico, a lo intrascendente, mientras que quienes deberían velar porque la informatización de la sociedad no se convierta en la automatización de los usuarios, muestran poco interés por el uso creativo de esas tecnologías en función de proyectos culturales que impacten en la comunidad. Por su parte, en el área de la educación lo que predomina es el afán domesticador de esas tecnologíasa las maneras de producir saberes que pertenecen a otros tiempos.

Es obvio que en los nuevos contextos que vivimos se necesita algo más que la buena voluntad de los implicados para llegar a nuevos puertos. Cuba se hace cada vez menos isla debido a las nuevas tecnologías, y sin embargo, la Cultura, la Educación, y las Nuevas Tecnologías (entendidos como entes públicos, no privados) apenas se vislumbran como islas remotas entre sí, donde no hay interacción auténtica, y la creatividad brilla por su ausencia debido a la escasa conciencia de quienes dirigen en esos predios. Revertir el proceso exigirá un esfuerzo descomunal, pero si no lo hacemos estaremos llamados al suicidio colectivo como proyecto cultural con pretensiones humanistas.

¿Por dónde empezar?: quizás creando un Observatorio Crítico que discuta de un modo sistemático los problemas que se van acumulando para la nación en esta área, y exija la solución de los mismos, no cada cuatro años (en Congresos donde se toman acuerdos con el doble de rapidez con que se solucionan los conflictos), sino en la misma medida en que los ciudadanos viven, y experimentan deseos e insatisfacciones.

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el septiembre 13, 2015 en REFLEXIONES. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

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