Trabajar para la cultura

No siempre tuve una conciencia clara de lo que significa trabajar para la Cultura (y quiero resaltar esto último: trabajar para la Cultura, no en Cultura).

Estas ideas vienen a mi cabeza ahora, en este año tan sombrío en que cumplo justo tres décadas de haber abandonado el ejercicio de la abogacía, para dedicarle casi la mitad de mi vida a esto de, insisto, trabajar para la Cultura en Camagüey.

¡Treinta años ya!: lo digo rápido, pero como podrán imaginar, el camino no ha sido fácil. Sobre todo, si se ha insistido en impulsar la cultura todo el tiempo en la misma ciudad que te vio nacer, dejando a un lado la tentación de aprovechar otros horizontes, olvidando los desencuentros con quienes suelen entender la cultura como algo ornamental, y no como parte de la vida misma de la gente, y por ello mismo, como parte de sus sueños, sus utopías, sus decepciones, sus conquistas.

La conciencia de que la Cultura es algo más que un souvenir que se muestra a los turistas, por aquello de la identidad que hay que enseñar para que nos reconozcan y acepten, no se adquiere de inmediato. De hecho, hay quien nunca consigue pasar de lo que las Políticas Culturales dictan en abstracto, sin sumergirse en el mundo cambiante de la vida, que es donde realmente se hace y rehace la cultura.

Mi toma de conciencia lo asocio a cierto viaje que hicimos a un municipio a principios de los duros noventa. Viajábamos en la guagua del Sectorial de Cultura de Camagüey, para una de esas inspecciones que se hacían entonces, y al frente iba mi siempre admirada Zenaida Porrúa, entonces directora del organismo en el territorio. No recuerdo cuál fue el municipio visitado (tal vez Esmeralda, o Santa Cruz del Sur), pero sí puedo evocar con nitidez la voz fuerte de Zenaida comentándonos su rechazo al criterio reductor compartido por algunos que solo hablan de la cultura en términos artísticos y literarios.

Aquella observación dicha hace treinta años me marcó para siempre. Y me hizo entender, además, que trabajar para la cultura tampoco demanda, obligatoriamente, que tengamos que pertenecer a una institución cultural. Basta con que sientas que la cultura lo inunda todo, para que puedas apreciar que es posible contribuir a que sea mejor conocida en su diversidad, en su dinamismo creativo, en su práctica humanista.

Sí, ha sido largo el camino (en mi caso, media vida). Pero está valiendo la pena, no por las cuestiones económicas que lejos de animar, más bien desanimarían a todos los que alguna vez opten por este rol, sino por otras ganancias de orden espiritual: trabajar para la Cultura, no en Cultura o de la Cultura, significa trabajar para el crecimiento de uno mismo, y ya de paso, para los otros.

Juan Antonio García Borrero   

Publicado el diciembre 15, 2020 en REFLEXIONES. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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