Tomás Gutiérrez Alea: desde el sopor de la finitud

Hoy festejamos un nuevo aniversario del nacimiento de Tomás Gutiérrez Alea. Me gusta pensarlo en presente. Ya he dicho que para mí Titón es ese interlocutor ideal que te permite intercambiar ideas, sin miedo a recibir una descalificación por pensar diferente.

A mí cada vez me interesa menos interactuar con personas que no sientan interés en el intercambio desprejuiciado. Sé que el mundo se mueve, lamentablemente, a partir de los prejuicios y las definiciones a priori, pero uno puede apartarse de esas posturas inauténticas, y plantearse la búsqueda de nuestra verdad individual, que no tiene que ver con la artificial verdad colectiva.

Titón sigue siendo uno de mis grandes interlocutores, como los son también Julio García-Espinosa, o Desiderio Navarro, entre otros. Para coincidir y discrepar, o lo que es lo mismo, para sentir que uno sigue vivo.

Entonces, comparto con los amigos del muro, un fragmento de la biografía todavía inédita “Ciudadano Alea”, acaso como otra manera de recordarnos que sigue aquí, entre nosotros, provocándonos como el primer día.  

Desde el sopor de la finitud (Fragmento de la biografía inédita Ciudadano Alea)

Entre el 19 y el 27 de octubre de 1991, estando en España, Tomás Gutiérrez Alea escribe una de sus cartas más dolorosas. Se la dirige a Saulius Liutkus, el hijo de su compañera Mirtha Ibarra, y por quien siente un gran afecto. “Ahora que siento cada vez más que puedo tener la muerte al doblar de la esquina”, le anota, “no quiero irme sin decirte estas cosas”[1]

La carta ostenta casi todo el tiempo un tono íntimo de intenso dramatismo, pero es también una valiente reflexión sobre lo que ha sido esa vida entregada a la más desenfrenada utopía. “La Revolución fue una necesidad histórica porque en aquellos momentos el país estaba en unas condiciones que se hacían insoportables para la inmensa mayoría. El mal venía desde muy atrás”[2], comenta al principio de la misiva, y más adelante desliza lo que a esas alturas es ya una convicción para él:

“Pero, entonces, tú todavía no habías nacido. Tú naces unos años después, cuando, de tanto sentirse poderosos e invencibles, los mismos que hicieron posible aquel milagro empiezan a creer que pueden saltar por encima de las leyes del desarrollo histórico y que pueden alcanzar un Estado ideal con sólo proponérselo. Y empezaron los fracasos en la misma economía. La famosa zafra de los 10 millones fracasó el mismo año en que tú naciste”[3]

En la carta, sin embargo, se abandona por completo el tono lastimero, para encarar lo que pudiéramos llamar una filosofía de vida. Detrás de la crítica al optimismo de cosmético en cualquiera de sus variantes, es posible descubrir al intelectual agónico empeñado en humanizar todos sus actos. Dice Titón:

“En medio de tanta injusticia, de tantos sinsabores, de tanto sufrimiento, de tanta tristeza, siempre llega un momento en que uno se pregunta qué sentido tiene la vida. Y no alcanza uno otra respuesta mejor que ésta: el sentido de la vida es vivirla. Y uno tiene que vivirla en el tiempo que le toca vivirla y contar con las circunstancias en que uno vive. Puede llegar a ser una cosa muy bella pero también puede convertirse en un infierno. Y uno tiene una gran responsabilidad en esto. Es uno mismo quien puede hacer de su vida una gran cosa aun en medio de las peores circunstancias”[4]

Tal vez Titón presienta que le quedan pocos años. Y esta carta es una suerte de ajuste de cuentas consigo mismo. Con sus sueños incumplidos, con sus excesos utópicos. No teme evaluar de positivo el dolor que ha podido provocar en él la soledad. “Hay momentos difíciles en que uno se queda solo”, dice, “Esos momentos son inevitables. Y lo que es más importante: son necesarios. Hay que aprender a quedarse solo con uno mismo”.[5] Pero tampoco evade el análisis autocrítico, ese que lo lleva a tomar distancia del Gutiérrez Alea que sucesivamente fue, y que le permite suscribir la siguiente reflexión:

“Cuando miro hacia atrás y me saltan a la vista errores que he cometido, o malas acciones que he ejecutado, cuando he sido cruel con alguien, cuando no he afrontado la verdad por debilidad o cobardía, cuando me he equivocado al juzgar a alguien, quisiera volver sobre mis pasos para rectificar. Pero ya sabemos que eso no es posible. Nuestras acciones las llevamos dentro y no podemos borrarlas. Aunque nadie más las conozca, nosotros sí las conocemos.

Sabemos que están ahí y que no podemos sacárnoslas de adentro. Pero, como todas las cosas, ese malestar tiene su lado positivo porque nos ayuda a fortalecer nuestro espíritu, de manera que en situaciones semejantes sabemos que vamos a actuar de forma diferente, con entereza, con honestidad y valentía, lo cual nos hará sentirnos cada vez mejor con nosotros mismos”[6]

Unos pocos meses después, exactamente el 14 de febrero de 1992 todo pareció adquirir una nueva tonalidad para Tomás Gutiérrez Alea. Como si sus viejas obsesiones relacionadas con la finitud del ser cobraran una imprevista actualidad. Ese día le escribe desde La Habana a Mirtha Ibarra, quien se encuentra en Venezuela filmando Golpes a mi puerta (1993), de Alejandro Saderman:

“Mirtha, mi amor,

Te necesito más que nunca. Ayer y hoy fui al hospital. Me hice todos los análisis, electro, etc. Y una placa del tórax. El dolor se mantiene. No quiero pintarte un cuadro sombrío pero las cosas son como son.

Pensé que estaba más preparado para enfrentar estos momentos pero no me vendría mal un cierto apoyo”[7]

La propia Mirtha Ibarra nos ha comentado que “a partir del descubrimiento de su enfermedad, Titón comenzó a ver la vida de forma diferente y esa experiencia supo trasmitírmela”.[8] Desde luego, nadie podría describir con exactitud en qué consistió ese cambio de percepción: es cierto que mostró una gran serenidad a la hora de enfrentar aquel diagnóstico de cáncer, pero no por ello su mundo interior dejó de ser menos exaltado, como ponen en evidencia las que serían sus filmes-testamentos: Fresa y chocolate y Guantanamera.

Titón hizo a un lado todo conato de resentimiento con la vida que amenazaba con esfumarse, y se empeñó en amarla aún más, no obstante el lúgubre pronóstico. Pero, ¿cómo amar con tanta vehemencia a aquello que, a primera vista, nos agrede?, ¿aquello que nos causa frustraciones, y sobre todo, dolores intensos? ¿Acaso no estaba sufriendo ya físicamente Titón?, ¿no entraba en contradicción ese amor con aquella idea que le expresara a su hermana en 1964, cuando a la madre le diagnosticaron un tumor maligno? “Lo que yo no me resignaría nunca”, escribió entonces, “es a que una persona tenga que terminar sus días en medio de dolores y sufrimientos. Eso no tiene sentido y hay que hacer todo lo que esté en las manos de uno para evitarlo”.[9]

Entonces Titón era todavía demasiado joven (apenas 36 años), y se respiraba en el país esa aureola romántica de heroísmo colectivo, con la imagen de los lozanos barbudos prometiendo cambiar el mundo. La idea de morir joven parecía razonablemente patriótica. Fue por esa fecha que le describió con vehemencia en una carta a su amigo Carlos Saura lo que significaba para él vivir en ese momento en Cuba: “La  tensión con que se vive, la claridad, la mezcla de optimismo y presencia de muerte que nos  envuelve,  todo  es  revelador,  excepcional,  y  no  lo  cambio  ya  por  ninguna experiencia”.[10]

Esa “presencia de muerte” a la que alude en la misiva, todavía no tenía para Titón la tonalidad trágica que se adquiere con los años. Es cierto que desde muy temprano había comenzado a configurarse en él, no el temor a la muerte, sino tal vez esa angustia sorda de percibirla como algo que puede dejar trunco los proyectos. Según llegaría a confesar,

“En Italia me hubiera encantado hacer, mientras estudiaba, un filme basado en un cuadro de Brueghel: El triunfo de la muerte. Me entusiasmaban las ideas y la ironía en torno al tema de la muerte y la posibilidad de estructurar, cinematográficamente, la riqueza del cuadro. El proyecto me fascinaba, no sé si por una necesidad de conjurar el temor que todos tenemos a la muerte o por tratar de encontrar un sentido al absurdo que ella es. Pero el hecho es que me dediqué con total pasión a trabajar en esa idea. Hasta el tratamiento del sonido había pensado, pero no logré convencer a ningún productor, a pesar de que hubiera sido un filme barato. Ese fue mi primer proyecto fallido”[11]

Aquello sucedió en 1952, durante su estancia en el país europeo. Diez años después le escribe a una amiga desde la Cuba crispada por la Revolución: “Por otra parte, tengo muy claro lo que se llama “presencia de muerte”, una sensación de provisionalidad, de estar aquí por un tiempo ya muy corto y de no estar preparado para irme, de no haber completado mi vida ¿ves? Me siento ya viejo y sin saber quién soy todavía. Todo eso parece un drama sueco”.[12] Y cuando en esa década muere Michelle Firk, otra joven conocida francesa, anota en una de sus cartas: “La muerte de Michelle es uno de esos golpes que nos obligan a mirar la realidad más de  frente, más de cerca. Algo que de pronto,  restituye el sentido a muchas cosas que fatalmente  (no  sé  si  esto  es  bueno  o malo)  vamos  dejando  de  sentir  en  carne  propia,  y vamos olvidando”.[13]

Pero el Titón que escribió lo anterior no había cumplido aún los cuarenta años. Es cierto que la Muerte, como incógnita, no entiende de edades. Que se puede morir lo mismo a los veinte que a los ochenta, y el misterio seguirá en pie. Sin embargo, es con la experiencia vital que el individuo comprende mucho mejor que no es la improbable solución del enigma lo que ha de desvelarlo mientras existe, sino en todo caso la renuncia radical a una vida “inauténtica” (en el sentido que expone Heiddeger), lo cual le permitiría tener siempre a la vista la implacable finitud, y actuar a la altura de esa certeza agónica.


[1] Tomás Gutiérrez Alea. Volver sobre mis pasos (Selección epistolar de Mirtha Ibarra). Ediciones y Publicaciones Autor, Madrid, Año 2007, p 318.

[2] Tomás Gutiérrez Alea. Volver sobre mis pasos, p 314

[3] Tomás Gutiérrez Alea. Volver sobre mis pasos, p 315

[4] Tomás Gutiérrez Alea. Volver sobre mis pasos, p 316

[5] Tomás Gutiérrez Alea. Volver sobre mis pasos, p 317

[6] Tomás Gutiérrez Alea. Volver sobre mis pasos, p 317.

[7] Tomás Gutiérrez Alea. Volver sobre mis pasos, 321.

[8] Tomás Gutiérrez Alea. Volver sobre mis pasos, 384.

[9] T.G.A. Volver sobre mis pasos, p 144.

[10] T.G.A. Volver sobre mis pasos, p 109.

[11] Silvia Oroz. Tomás Gutiérrez Alea: los filmes que no filmé. Ediciones UNION, 1989, La Habana, pp 27-28.

[12] T.G.A. Volver sobre mis pasos, p 142.

[13] T.G.A. Volver sobre mis pasos, p 177.

Publicado el diciembre 11, 2021 en TOMÁS GUTIÉRREZ ALEA. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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