CREATIVIDAD, PENSAMIENTO CRÍTICO Y VANGUARDIA INTELECTUAL

Este sábado celebramos en la ciudad de Camagüey la Asamblea de Balance de la UNEAC. Como otras veces he dicho, no creo que una asamblea sea el lugar donde se resuelven los problemas que más nos afectan como comunidad.

En todo caso, esas reuniones sirven para tomar nota de lo mucho que siempre quedará por hacer, y nos ayudan a perfilar mejor las estrategias de trabajo. Estrategias que deben estar en función del día a día, y no del encuentro que se prepara anualmente, o como en el caso de los congresos, cada cuatro años.

Más allá de lo que allí se expuso y se discutió, de nuevo quedó flotando en mi mente un asunto que me obsesiona: la relación entre la vanguardia intelectual, el pensamiento crítico y la creatividad. Esto es algo que muchas veces se da por sentado, y que apenas se examina; se piensa que la pertenencia a un determinado grupo que llamamos de “vanguardia”, ya garantiza la existencia de un pensamiento creativo. Sin embargo, en el Informe de Balance presentado en Camagüey puede leerse una pregunta inquietante: “¿Por qué no intercambiamos más entre nosotros, en los espacios de la UNEAC, de la AHS, las instituciones de la cultura y enriquecemos más nuestra espiritualidad y la de quienes nos rodean?”.

Creo que una respuesta sincera a esa interrogante pondría en evidencia que la relación entre lo que llamo creatividad y pensamiento de vanguardia y el conjunto de miembros que conforman esa “vanguardia”, ahora mismo no está en su mejor momento en Cuba.

A mí me gusta distinguir entre la creatividad artística y la creatividad de vanguardia. Se puede ser un escritor excelente, un músico distinguido, un actor de primera, y no necesariamente pertenecer a la vanguardia intelectual. Todo lo contrario. Muchas veces la práctica artística, cuando se enseñorea en sus cotos privados y en sus cumbres, termina divorciándose de esa realidad hostil que es la que a diario nos pone los mayores desafíos en términos creativos. Recordemos que toda vanguardia se asocia a lo bélico, y un artista que ha convertido su arte en refugio, más que en plaza que permite intervenir en lo público, más bien lo que se está replegando en busca de lo no conflictivo.

En ese sentido, el intelectual de vanguardia se caracteriza por hacer de su malestar la principal materia prima de la creación. Y a su vez, esta creación tiene que plantearse la superación sistemática de un estado de cosas que a la mayoría de sus contemporáneos les parece “normal”. A cambio recibirá todo tipo de descalificación o suspicacia, pero eso es lo que le toca: adelantarse en la búsqueda de nuevos caminos, o caminos alternativos, con todos los riesgos que ello implica, sería parte de la piel de la llamada vanguardia intelectual.

La creatividad de la vanguardia intelectual (a diferencia de la creatividad común), desafía el horizonte de expectativas de aquellos que en el orden social juegan el papel de custodios de lo convencional. No crean en función de los que los demás esperan que deben crear, sino que siguen aquel camino que han decidido tomar por cabeza propia, y proponen una agenda práctica que de antemano saben encontrará todo tipo de resistencia.

Entre nosotros hay, efectivamente, un divorcio bastante marcado entre la mayor parte de los miembros de la UNEAC, y la realidad convulsa en la que vivimos a diario. Es como si la responsabilidad de discutir los principales temas que nos afectan como ciudadanos se delegaran en terceros, y lo único que importara es la creación individual como artistas. O se pensara que solamente hay que intervenir en las asambleas (una vez al año), lo cual convierte el grueso de las intervenciones en meras catarsis, sin gran calidad en cuanto a la posible trascendencia de los planteamientos.

Mi criterio es que tendríamos que luchar por convertir a la UNEAC en símbolo de la meritocracia intelectual, que es donde realmente se pone de manifiesto la creatividad de vanguardia. Y esa meritocracia no se estimula masificando un consenso que solo hablará de un repliegue artificial e interesado.

Hay que defender, además, la idea de que no existirá jamás una vanguardia intelectual que no se haga acompañar de un cuerpo de ideas que se discuten sin prejuicios en la esfera pública. Más que críticas al estilo tradicional, o criticones hormonales (que no digo no tengan derecho a existir), lo que necesitamos es un pensamiento crítico de altura.

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el febrero 27, 2017 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

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