Adiós, 2020

No recuerdo haber vivido un año como este que estamos a punto de dejar atrás. La pandemia biológica nos hizo conocer a todos qué significa vivir privados de libertad. En determinados momentos, ha parecido una pesadilla, un pandemónium. Pero también de esa lobreguez, he sacado útiles lecciones. Y ahora soy más firme con ciertas convicciones que ya tenía desde antes.

Lo primero que reafirmé es que, aunque me encuentre en el fondo de un pozo, no repudiaré al que repudia o me repudia, para evitar multiplicar lo repudiable. Al contrario, seguiré siendo aún más asertivo con lo que propongo. Defenderé mis ideas y me expresaré y debatiré de acuerdo a lo que indique mi conciencia (siempre con respeto). Y cuando alguien pretenda silenciarme porque su punto de vista es irreconciliable con el mío, le recordaré que él y yo, y todos, absolutamente todos, nos debemos a una misma Constitución, donde se protege precisamente nuestro derecho a pensar por cabeza propia.

Tampoco descalificaré a los marginales, o a los que han tenido menos suerte que yo en el pacto social. Antes trataré de entender qué es lo que ha fallado en ese sueño que alguna vez se propuso liquidar las desigualdades. Me esforzaré por dejar mi cómoda posición de individuo ilustrado, para ponerme en sus zapatos, entender sus frustraciones, y seguir pensando que desde la fraternidad (no desde la confrontación y el no diálogo) se puede construir una sociedad más inclusiva.

Seguiré trabajando para la cultura, sin importarme que mañana lo haga desde una cueva, a la luz de una vela, en medio del más absoluto silencio. Justo la cultura es eso que nos abre las puertas a la libertad infinita, y no cabe en un espacio físico, en una institución.

Seguiré aprendiendo de los mejores maestros que ha tenido la humanidad, la mayoría de ellos olvidados por esa misma humanidad, ahora solo ocupada en interactuar en las redes sociales. Por suerte la cultura que mencionaba antes los protege, y ellos estarán allí siempre para quienes quieran reencontrarlos en los libros, en tiempos de paz, pero también en tiempos de crisis, incertidumbres y oscuridades. Ellos, con la serenidad que aporta la distancia crítica, son nuestros jueces más implacables y los que más nos ayudarán a resolver nuestros dilemas.  

Y, por último, pero no menos importante, seguiré disfrutando el privilegio de tener una familia mientras la vida me lo permita. En ese pequeño mundo empieza y termina todo. Lo otro es un espejismo. Así que, sin ningún remordimiento, le digo ahora: ¡adiós para siempre, 2020!

Juan Antonio García Borrero

Publicado el diciembre 30, 2020 en REFLEXIONES. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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