CULTURA Y EDUCACIÓN: ¿ENEMIGOS ÍNTIMOS?

Hace un par de días compartí en Facebook una idea que le escuché expresar al actor Carlos Ruiz de la Tejera en uno de los Talleres de la Crítica Cinematográfica que se celebran en Camagüey: “Un niño bien educatido es un niño bien reprimidito”.

Esa cita generó en mi muro un debate bien interesante, con intervenciones de maestros que despliegan su labor en contextos ¿tan distintos? como México, Colombia, Perú y Cuba. Como siempre digo, me gusta compartir con los amigos de Facebook algunas de mis inquietudes, angustias, pero sé que estos son problemas que habría que resolver en una esfera pública donde se impacte en el plano de las decisiones de primer nivel. Está bien intercambiar puntos de vistas; a mí, por ejemplo, me parece maravillosa la propuesta de las clases a la inversa o Flipped Learning que hace Mirtha Padrón en su blog (que ya de paso promuevo), pero si no conseguimos intervenir ante quienes tienen el poder de decidir, todo se quedaría en la retórica.

Como quiera que alguien me pidió que contextualizara la cita, aquí comparto el post donde la usé por primera vez, y que fue precisamente en las fechas en que se preparaba el más reciente de los Congresos de la UNEAC, momento en que un grupo de intelectuales debatimos, propusimos ideas, y sugerimos la construcción de una agenda práctica que ayudase a conseguir eso que tanto ansiamos. De alguna manera, el Proyecto de Animación e Informatización “El Callejón de los Milagros” que estamos impulsando en Camagüey responde a esas demandas.

Juan Antonio García Borrero

CULTURA Y EDUCACIÓN: ¿ENEMIGOS ÍNTIMOS?

En Camagüey, como en todo el país, los miembros de la UNEAC se están reuniendo en diversas comisiones con el fin de emitir dictámenes que deben ser discutidos en el próximo Congreso de esa organización. En lo personal me interesa la que examina el vínculo entre la cultura y los medios, pero como el tema de la cultura y la educación es algo que también me obsesiona (hay diversas pruebas de ello en el blog) quise participar en la comisión encargada de facilitar el debate del mismo.

Admito que mi visión del fenómeno es poco ortodoxa, y la prueba está en que en dicha reunión propuse se tomara como acuerdo proyectar una estrategia que contribuyese a reducir la distancia existente en nuestro país entre la educación y el contexto cultural actual en que nos movemos, y la propuesta solo fue apoyada por el escritor Pedro Armando Junco. Creo que si uno aspira de veras a defender la democracia participativa como el mejor modo de convivencia social, debe aprender a respetar lo que asume la mayoría, y a preparar mejor los argumentos que se exponen, por si algún día alguien entendiera que tienen utilidad pública, que es lo que importa. Así que acepté la decisión de mis colegas, y garabatearé ahora a toda prisa parte de las ideas que expuse allí, y las que siguen formando parte de mi intranquilidad.

Por lo general, la relación entre cultura y educación suele pensarse en términos armónicos, casi platónicos. Desde mi punto de vista, eso es una gran ficción, un gran autoengaño. Hay períodos de la vida humana en que ambas actividades viven una relación idílica, fecunda. Pero hay otras en que lo pedagógico (que responde directamente a los intereses de aquellos grupos puntuales que mandan en la sociedad) termina convirtiéndose en algo francamente reaccionario. La Historia es pródiga en ejemplos, y para sazonar este juicio con algo jocoso, evoco esa observación que el actor Carlos Ruiz de la Tejera hizo en uno de los Talleres de la Crítica de Camagüey: “Un niño bien educatido es un niño bien reprimidito”.

Mi criterio es que nuestros programas de enseñanza deben abrirse a la vida, abandonando ese sesgo autoritario donde el maestro insiste en lo represivo más que en lo emancipador. La cultura (entendida como algo más que la herencia que ciertas élites intentan promover como los únicos valores que vale la pena legitimar) es algo dinámico, y que está en constante construcción; la educación, en cambio, si no la humanizamos, puede convertirse en un conjunto de reglas que termina empujándonos hacia un mundo absolutamente inmóvil, idealizado, muerto; es decir, una prisión sin barrotes donde el lenguaje deviene más importante que las cosas que se nombran y que son las que nos definen.

Coincido con aquellos que advierten en la actual sociedad cubana un creciente deterioro de valores ciudadanos. El desafío no estaría en tratar de imponerle una vez más a la gente las reglas que antes existían en las escuelas, porque lo que está sucediendo es que la gente se está formando más allá de la escuela. Por eso propuse que la escuela pensara en implementar programas de enseñanza que contribuyan a que los individuos tomen conciencia de lo que significa para ellos el uso de esos dispositivos que han incorporado de un modo natural a sus vidas, y que en realidad no usan, sino que en el grueso de los casos, estos usan a los individuos.

Recuerdo haber leído alguna vez esta respuesta que Rossellini le concediera a Truffaut en alguna entrevista: “Hoy los hombres quieren ser libres de creer una verdad que les ha sido impuesta; ya no hay hombres que busquen su propia verdad y esto me parece extraordinariamente paradójico”.

Quizás ande por allí la clave de esta relación tan peculiar que se ha establecido en nuestros tiempos entre la cultura y la educación. La cultura tecnocrática que hoy predomina ha propiciado la ilusión casi perfecta de que somos libres de elegir nuestra propia opinión. Y la gente se siente cómoda con esa nueva modalidad de la servidumbre.

La educación debería propiciar un enfoque crítico de esa ilusión, fomentando espacios de formación ciudadana donde se priorice el cultivo del pensamiento por cabeza propia. Dicho de otro modo: las escuelas deberían aprovechar las nuevas herramientas culturales justo para “desautomatizar” su uso. Esto estaría en consonancia con una época donde han surgido nuevos públicos, con perfiles donde lo contemplativo ha sido progresivamente reemplazado con lo interactivo.

¿Estarán nuestras escuelas y nuestros maestros preparados para enfrentar ese desafío? ¿Podrán nuestros educadores recuperar su protagonismo en la producción de saberes que ahora quiere ser usurpado por otros preceptores ubicuos e intangibles? Es un desafío francamente descomunal, y que no se supera solamente con la buena voluntad.

Juan Antonio García Borrero

Publicado el octubre 21, 2016 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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