Archivo de la categoría: OBITUARIOS

En memoria de Juan Padrón

El aviso de su muerte me ha sorprendido encerrado en casa, mientras afuera pareciera que todo se ha reducido a comentar la terrible pandemia que azota al mundo.

Y en medio del vocerío llega la noticia (la que nos empeñábamos en no imaginar que se hiciera realidad, pese a los funestos pronósticos que enrarecían los mensajes intercambiados entre amigos), y todo parece ponerse en pausa para evocar en silencio a Juan Padrón, el mítico creador del no menos mítico Elpidio Valdés, el de los Vampiros en La Habana.

El año pasado, gracias a Ramón Samada (actual presidente del ICAIC), pude contactar con él, pues queríamos crear en Camagüey el Cine Club infantil “Elpidio Valdés”, y rendirle homenaje público a su personaje en nuestro “Callejón de los Milagros”, montando una imagen del mismo a tamaño real.

Por una cuestión de respeto al creador, le enviamos el boceto de lo que aspirábamos a imprimir. No demoramos mucho en recibir respuesta: Juan Padrón no solo se entusiasmó con la idea y autorizó a que utilizáramos el personaje, sino que nos envió un dibujo hecho por él que es el que hoy puede verse en el Callejón, y donde tantos niños se suelen retratar junto a sus padres.

Pocas veces los artistas consiguen apoderarse del imaginario público de un modo tan contundente. Juan Padrón lo consiguió con creces, y es por eso que ahora su muerte física está muy lejos de ser una verdadera despedida.

Juan Antonio García Borrero


Filmografía

1974: Una aventura de Elpidio Valdés

1974: Elpidio Valdés contra el tren militar

1974: Horologium, que quiere decir reloj

1974: La silla

1974: Velocipedia

1974: Mi pañoleta

1975: Aerodinámica

1975: El enanito sucio Lee el resto de esta entrada

En memoria de Nelson Rodríguez

Nelson Rodríguez en el XIV Taller Nacional de Crítica Cinematográfica de Camagüey

En A Contraluz, el libro que Luciano Castillo publicara con la Editorial Oriente (Santiago de Cuba) en el año 2005, aparece una deliciosa conversación con Nelson Rodríguez. Y hay una parte que a mí me gusta leérsela a los amigos que llegan a mí interesados en incursionar en la realización audiovisual; dice Nelson Rodríguez allí:

Existe un problema con las tecnologías modernas. Los jóvenes que saben mucho de computación le pueden entrar muy fácil al AVID, pero lo del cine es más complejo, porque si no tienes la experiencia y una cultura cinematográfica, estás frito. Resulta mucho más fácil trabajar en AVID que en moviola, es como cuando uno aprende a manejar un carro, hasta que no domina la cosa mecánica de los pies y las manos, uno no se puede concentrar en la carretera, eso pasa en la moviola. En el AVID no es así: es apretar teclitas, pegar un pedacito de plano con otro, lo miden por un cuentamillas y dicen qué tiempo le van a dar, sin mirar el plano en realidad. Los planos tienen un movimiento interno. Como lo hacen tanto, acaban en menos de tres días. Y si ven algo raro, deciden hacer una disolvencia o algún fundido, lo cual suaviza el corte. Así cualquiera edita, pero eso no es editar, eso es pegar planos”.

Quien hablaba así es el responsable de la edición de películas como Memorias del subdesarrollo, Lucía, La primera carga al machete, Los días del agua, Una pelea cubana contra los demonios, La última cena, Los sobrevivientes, Cecilia, Una novia para David, Papeles secundarios, o El siglo de las luces, para mencionar apenas algunas de las muchísimas que editó.  

Es decir, hablamos de toda una leyenda del montaje cinematográfico, alguien de quien el gran cineasta Humberto Solás dijera en su momento: “Si unimos la experiencia del editor, de musicólogo intuitivo, del director de actores nato, del cinéfilo que sabe encontrar en cada secuencia que tú filmas o que estás por filmar, un referente en la historia del cine, realmente se consolida una personalidad muy breve, muy vigorosa, de una altura profesional difícil de encontrar”.

En Camagüey tuvimos la suerte de tenerlo en el XIV Taller Nacional de Crítica Cinematográfica, y recuerdo aquellos días a su lado como una verdadera fiesta. Nelson Rodríguez era, ante todo, un gran cinéfilo.

Podía hablar con gran rigor de la técnica y de la teoría, pero tengo la impresión de que todo el tiempo le estaba haciendo una suerte de declaración de amor, a lo gran Hollywood, al cine mismo. Y allí su pasión, como el legado que ahora nos deja, era sencillamente impresionante.

Juan Antonio García Borrero

Nelson Rodríguez, junto a Adela Legrá y José Martínez Estévez en el Taller de Crítica de Camagüey

Un adiós a Mayuya

El cine cubano está de luto. Ha fallecido María Eulalia Douglas (Mayuya), una de sus más grandes y perseverantes investigadoras. Pero queda ese legado inmenso que aportó a todos aquellos que quieran aproximarse a este universo. Reproduzco las palabras publicadas en Cubacine por Luciano Castillo, actual director de la Cinemateca de Cuba.

Un adiós a Mayuya

Por Luciano Castillo (Publicado en Cubacine)

El domingo 9 de febrero, falleció en La Habana la investigadora e historiadora María Eulalia Douglas, conocida cariñosamente por Mayuya por cuantos acudieron a ella en la Cinemateca de Cuba.

Mayuya desempeñó por más de cincuenta años una intensa labor investigativa sobre la historia del cine cubano. Labor que fructificó en numerosas publicaciones, entre las cuales se destacan: Guía temática de la producción del ICAIC, La Tienda Negra (El cine en Cuba 1897-1990), que fuera Premio de Investigación del Centro Cultural Juan Marinello, Catálogo del cine cubano 1897-1960 y El nacimiento de una pasión. El cine en Cuba 1897-2014.

Nacida el 12 de septiembre de 1928 en San Juan de las Yeras, antigua provincia de Las Villas, colaboró con numerosas publicaciones nacionales y extranjeras, entre ellas: Cine Cubano, Take One, Ecos, y en los tres primeros tomos de la serie Coordenadas del cine cubano. Recibió la Distinción Por la Cultura Nacional que otorga el Ministerio de Cultura y otros reconocimientos.

En memoria de Carlos E. León

La muerte de alguien que hemos conocido siempre nos afecta. Sobre todo si la noticia de esa muerte llega de forma inesperada.

Yo todavía no me creo lo del fallecimiento de Carlos E. León (La Habana, 1952- La Habana, 2020). O mejor digo Carlitos León, como le solían llamar sus amigos.

En las redes sociales muchos ya se están encargando de resaltar ese carisma que le permitió ganar tantas complicidades.

Carlitos fue fundador del Movimiento de la Nueva Trova Cubana. Pero nunca lo vi asumir esas poses de aires de precursor que a veces acompaña el comportamiento público de quienes en algún momento consiguen destacar en el origen de algo.

Al contrario, y es tal vez uno de los rasgos que más me impresionó de su carácter, siempre estuvo abierto al estudio de la memoria colectiva, la memoria de los otros. O lo que es lo mismo: al develamiento de los múltiples factores que de modo invisible van construyendo esos grandes acontecimientos que después la Historia oficial simplifica, y convierte en algo donde han desaparecido la diversidad, las contradicciones más profundas, los intereses humanos, los azares, las luces y las sombras, para hablar apenas de lo que se dice grandioso.

Ya tendremos tiempo de revisar con calma todos esos documentales donde Carlitos buscaba en la memoria sumergida de sus entrevistados. Por la cercanía afectiva de los hechos a los que se aproximó, a mí me pareció extraordinario El último bohemio (2016), dedicado al trovador camagüeyano Miguel Escalona. Pero hay otros como Así como soy (2002), Donde habita el corazón (2007), o Nos queda su canción (2008), que seguro se convertirán en fuentes de consulta imprescindibles para futuros investigadores.

Estoy escribiendo esta brevísima nota con una calma que me parece rara, y para nada luctuosa. Creo que la culpa la tiene Carlitos, a quien nunca vi con mala química, ni siquiera en los momentos en que hablamos de los peoresperíodos de nuestra historia cultural.

Y con este tipo de persona uno tiene la sensación de que han llegado a tu vida para acompañarte en los momentos oscuros, para elogiarte si fuera necesario, y para criticarte de modo constructivo cuando haya que hacerlo: personas así uno no deja que se escapen tan fácil.

Ahora mismo ya me enganché a ese conjunto de entrevistas realizadas por Carlitos, y que Ediciones ICAIC publicó con el título de “Trovar el cine”. Se los recomiendo a todos. Verán que la noticia de su muerte es engañosa.

Carlos E. León se nos ha ido físicamente, pero él sigue allí, aquí: lo leo, luego existe.

Juan Antonio García Borrero

En memoria de Tomás Piard

Acaba de morir el cineasta cubano Tomás Piard (n. La Habana, 28- agosto- 1948// m. La Habana, 25- marzo- 2019). Y con su muerte tal vez se cierre en Cuba una forma muy particular de hacerse y pensarse el cine.

Sus películas difícilmente van a formar parte de esas listas que de modo eventual elaboramos con el propósito de fijar “lo mejor de la cinematografía nacional”. Piard estaba consciente de ello: desde que filmara en 8 mm el corto Crónica del día agonizante (1966), el cineasta se propuso un conjunto de imágenes que dinamitan lo esperado por los espectadores, y también por la crítica tradicional.

Jamás quiso ganarse el elogio de los otros apelando a la familiaridad de las estructuras narrativas o sacrificando sus propias búsquedas autorales: todas sus películas todavía son una invitación a adentrarnos en la zona más experimental, las más incómodas.

Cuando comencé a interesarme por lo sucedido con el cine cubano, allá por los años noventa, era dominante la imagen icaicentrista de su historia. El nombre de Tomás Piard, al igual que el de Jorge Luis Sánchez, se mencionaba como ejemplo de ese cine aficionado que se comenzaría a apoyar desde lo institucional en los años ochenta. Pero nada de ofrecerse algún tipo de mapa que nos ayudara a orientarnos en ese contexto que me dio por llamar “el cine cubano sumergido”.

Piard fue más que generoso al abrirme las puertas de su archivo personal, y poner parte de su tiempo (ese que utilizaba para hacer películas) en la reconstrucción de una historia que aún carecía de Historia.

Luego estuvo su posición ante la vida, su deseo de que lo encontraran haciendo cine por este país en lo que su admirado Lezama llamaba “cotos de mayor realeza”. En tal sentido, todavía me impacta aquella declaración suya en On Cuba, a propósito del estreno de La ciudad (2015):

Desde 1993, año en que se estrenó Fresa y Chocolate, se ha ido imponiendo la estética de la miseria, lo que prevalece en casi todas nuestras películas. En este filme si iba a hablar de la ciudad no quería referirme a sus miserias, sino a todo lo contrario. Quise mostrar la ciudad bella que también existe, entonces ¿por qué no transitar también por ella en vez del trillado sendero de las fachadas derruidas? Si estoy hablando de la restauración de la ciudad ¿por qué no andar por los edificios y sitios bien conservados?

Esta ciudad que muestro es la alternativa a la más conocida en los audiovisuales contemporáneos. Esta Habana existe y es una de las siete ciudades maravillas del mundo contemporáneo. Hay muchos exteriores en este material que enaltecen la belleza citadina. Aparecen también el Prado, el Parque Central con toda su belleza circundante, el Malecón, esa línea que une a la ciudad vieja con la nueva y funciona como balcón de la ciudad a donde vamos todos.

El filme es un homenaje a la capital de todos los cubanos desde una visión intimista. Los interiores tampoco son miserables, esta todo limpio y son hogares de personas que tienen un determinado nivel, tanto económico como intelectual, pero que han sufrido mucho. Mi intención fue alejarme de la vulgaridad y de lo feo escapando un tanto de la misma miseria de siempre”.

En manos de Piard, el cine no era mera reproducción de eso que los sentidos apresan de un modo superficial, sino que es herramienta que puede contribuir a que los individuos crezcamos en nuestro interior. Sí, parece decirnos, la sociedad será superior en la misma medida que los individuos nos propongamos ser superiores en lo espiritual; de allí que en su cine y su práctica, el tema de la fraternidad resulte tan recurrente.

Juan Antonio García Borrero

En memoria de Rigoberto López

Es inevitable que, tras el fallecimiento de una persona a la que se ha conocido, no lleguen a la mente buena parte de esos momentos en que nuestras vidas se entrecruzaron. Con Rigoberto López coincidí varias veces: en festivales de cine, en encuentros organizados en diversas provincias, en la sede de su Muestra Itinerante del Caribe.

Nuestros intercambios siempre fueron breves, pero intensos. Por eso los recuerdo de forma tan nítida ahora. El último fue un poco antes de que comenzara a rodar El Mayor. Él me leyó un fragmento del guión mientras nos tomábamos un café en las afueras del Hostal “El Paso”; yo le mostré la maqueta de lo que entonces iba a ser la Enciclopedia Digital del Audiovisual Cubano (ENDAC), y todavía me conmueve la manera en que dejó a un lado el tema de lo que sin dudas fue su proyecto de trabajo más ambicioso, para hablar de las potencialidades que veía en aquella plataforma.

Supongo que influyó el haberle mostrado las diversas entradas vinculadas a cada uno de sus filmes, incluyendo los documentales menos conocidos y que para él, tenían una importancia similar a la de sus películas más comentadas (Yo soy del son a la salsa; Roble de olor; Vuelos prohibidos).

De hecho, la consulta de esos textos nos permitió “reconstruir” el momento en que por primera vez intercambiamos ideas acerca de su trabajo. Fue en los hoy lejanos años noventa, en la provincia Ciego de Ávila, invitados ambos a la Semana de Cine Iberoamericano que no sé si todavía se celebra en esa ciudad. Y recuerdo cómo el perfecto desconocido que era yo llegó ante el cineasta, para preguntarle sobre La soledad de la jefa de despacho (1990), que recién había descubierto.

Nuestro diálogo, ahora lo sé, empezó allí, pero a pesar de su muerte, no ha terminado. Como tampoco va a terminar cuando, inevitablemente, me toque a mí la muerte. El cine tiene eso: pone a salvo ideas que mañana podrán ser recuperadas por aquellos que, como nosotros, creemos en el alto valor de la cultura.

Juan Antonio García Borrero

Rigoberto López sobre La soledad de la jefa de despacho (1990)  

Yo llevaba un tiempo considerable sin rodar, sobre todo como consecuencia de un verticalismo autoritario, que impedía se filmara de manera fluida. Llegué a tener catorce guiones que nunca realicé, pues siempre se argumentaba la falta de recursos, o sea, que no había transporte, gasolina, etc.

Un día me reuní con Camilo Vives, el productor general del ICAIC, para discutir mi situación, y luego que me explicara lo de la falta de recursos, se me ocurrió decirle: “¿Y si yo te traigo un proyecto con una sola locación y una sola actriz?”, y me dijo “Tráelo”. Lee el resto de esta entrada

DOS AÑOS SIN ALINA RODRÍGUEZ

Hace un par de años, por esta misma fecha, las redes sociales se estremecieron con el rumor del fallecimiento de la actriz Alina Rodríguez (1951- 2015). Recuerdo esas horas de incertidumbre viral en las que no se había confirmado nada, y la gente se lamentaba, o escribía comentarios donde se intentaba transmitir toda la buena energía que uno pueda imaginar, con el fin de conjurar el mal que tanto la amenazaba.

Cuando al fin se dio a conocer el fatal desenlace, escribí algo breve que siempre supe no alcanzaba a explicar ni la mitad de mi admiración. Y es que ese tipo de admiración siempre es un misterio, no tiene nada de racional. Ahora, por cuestiones de trabajo, he tenido que regresar a algunas de las películas en las que ella intervino, y vuelve a mí ese deslumbramiento intenso.

El cine cubano ha tenido la suerte de contar con muy buenas actrices. No las voy a mencionar por su nombre, para evitar el riesgo que siempre implica dejar fuera de esas evocaciones a otras que se merecen igual remembranza. Pero hay algo extraordinario en lo que consiguió Alina al construir dos personajes que siguen allí entre nosotros, como si fuesen dos personas que hemos conocido: la María Antonia del filme de Sergio Giral, y la inolvidable Carmela de Conducta (2014), de Ernesto Daranas.

Juan Antonio García Borrero

En memoria de Ramón F. Suárez

Orestes Matacena acaba de darme la mala noticia. Ha muerto uno de los más grandes directores de fotografía del cine cubano, y al mismo tiempo, tengo la impresión que uno de los que menos le gustaba hablar en público de su trabajo. Lo conocí en París y jamás pude olvidar esa característica. Y allí sigue Memorias, más viva que nunca, entre otras cosas, gracias a su cámara. Llegarán estudios sobre su obra. Por lo pronto, recupero esto que en su momento escribí. Descanse en paz, maestro.

RAMÓN F. SUÁREZ

Hace un par de días colgué un post refiriéndome al festival de cine que se realiza en la localidad malagueña de Benalmádena. Entre otras cosas, mencioné el antecedente que esta cita fílmica tuvo en los festivales que por los años setenta se celebraban en el lugar. No sé por qué me quedé con deseos de seguir indagando, y encontré en la “Guía del Video-Cine”, de Carlos Aguilar, una información que pudiera tener interés para este blog.

Se trata de la película “El desastre de Annual” (1970), de Ricardo Franco. En la ficha correspondiente al filme podemos encontrar lo siguiente: “El primer largometraje de su realizador, que conoció una absoluta prohibición oficial tras su presentación en el Festival de Benalmádena, donde tras todo tipo de incidente el propio Ricardo Franco hasta llegaría a ser detenido… No tiene demasiado que ver, en planteamientos y resolución, con el film más famoso de su director, “Pascual Duarte”.

Lo interesante, en nuestro caso, es que el director de fotografía de aquel filme fue el cubano Ramón F. Suárez, quien había abandonado la isla en 1968, justo después de realizar el trabajo fotográfico de la más memorable de las películas del patio: “Memorias del subdesarrollo”, de Tomás Gutiérrez Alea. Su participación en el filme del Franco cineasta lo puso en aprietos con la censura del Franco gobernante, obligándolo a abandonar España.

Ramón F. Suárez fue de aquellos a los que la Revolución de 1959 sorprendió fuera de Cuba (se había marchado en 1954), y que regresaron a la isla entusiasmados con la idea de hacer por primera vez cine “en serio”. Hay por allí un par de cartas de Titón, su gran amigo de los cincuenta, invitándole a sumarse al proyecto ICAIC. La colaboración de ambos más fructífera no pudo ser, según puede apreciarse en “Asamblea General” (1960), “Las doce sillas” (1962), “Cumbite” (1964), “La muerte de un burócrata” (1966), y la mencionada “Memorias del subdesarrollo”. Por otro lado, el propio Suárez se probaría como director de documentales del ICAIC en “Grabados revolucionarios” (1963) y “Romeo y Julieta” (1964).

Después de su salida de Cuba, Suárez se ha mantenido vinculado al cine, con una actividad más que intensa. Antes de filmar “El desastre de Annual”, había fotografiado en España para Alfonso Ungría “El hombre oculto” (1970) y “Tirarse al monte” (1971). Colaboró con cineastas cubanos exiliados en películas como “Bla Bla Bla” (1978) de Guillermo Álvarez Guedes, “Guaguasí” (1978) de Jorge Ulla, y “Juego de poder” (1982), de Fausto Canel. Retrató la primera película guatemalteca rodada en 35 mm (“El silencio de Neto”/ 1992, de Luis Argueta), y trabajó para el realizador chileno Raúl Ruiz en “L’Oeil qui Ment” (1992) y el mexicano Francisco Athie en “Vera”, por mencionar solo parte de su carrera. Recientemente estrenó como director un documental que evoca el cine cubano de la década de los sesenta, considerada por muchos la década prodigiosa del ICAIC.

Juan Antonio García Borrero

REINALDO GUZMÁN IN MEMÓRIAM

Acabo de conocer con mucha tristeza de la muerte de Reinaldo Guzmán en Miami. Para los que siguen la historia del cine cubano a partir únicamente de las películas y sus directores, su nombre no dirá mucho. Para los que sabemos que los cines nacionales deben su existencia al complejo ciclo de producción, distribución y exhibición, ese nombre, sin embargo, resultará esencial. Lo dice alguien que desde una ciudad de provincias (en este caso Camagüey) tiene que agradecer que este vicepresidente del ICAIC, durante su mandato, se esforzara para que la gestión cultural de esa institución se hiciera sentir con toda su fuerza aquí.

Camagüey, en lo que a cines se refiere, le debe mucho a tres vicepresidentes del ICAIC hoy fallecidos: José Manuel Pardo, Pablo Pacheco y Reinaldo Guzmán. En el caso de Guzmán, a él se debe la idea del Multicine Casablanca. Y como la gratitud es la memoria del corazón, no puedo olvidar aquel viaje por carretera que tanto Pacheco y Guzmán hicieron desde La Habana, tan solo para acompañarnos ante las autoridades de Camagüey, en aquel despacho que alguna vez solicitamos con el fin de rescatar las salas cinematográficas del hoy Paseo Temático “La calle de los cines”. Muertos los tres, no quiero imaginar qué pueda pasar en un futuro no muy lejano con esta ciudad fílmica que tanto les debe. Lee el resto de esta entrada

ADIÓS A SERGIO VITIER, CREADOR AUTÉNTICO Y RAIGAL

ADIÓS A SERGIO VITIER, CREADOR AUTÉNTICO Y RAIGAL

Por Amelia Duarte (Tomado de Cubadebate http://www.cubadebate.cu/noticias/2016/05/01/adios-a-sergio-vitier-creador-autentico-y-raigal/#.Vyai4fnDPw0)

Sergio VitierSergio Vitier fue uno de los músicos más completos, auténticos y raigales de la cultura cubana en el último medio siglo. Este domingo, primer día de mayo, en horas de la mañana falleció en La Habana, a los 68 años, víctima de un accidente cerebrovascular.

Reconocido por su indiscutible magisterio en la composición y la interpretación de la guitarra, que le hizo merecer el Premio Nacional de la Música 2014, transitó por los más diversos ámbitos de la creación sonora con criterio propio.

Primogénito de una pareja que ha dejado una honda huella en la cultura cubana, los escritores Fina García Marruz y Cintio Vitier —no olvidar que este último fue también violinista— y hermano de José María Vitier, otro nombre imprescindible en la vida musical insular, Sergio tuvo un temprano paradigma en la familia, su tío el pianista Felipe Dulzaides, jazzista y formador de intérpretes en sus agrupaciones.

Estudió guitarra con Elías Barreiro e Isaac Nicola, y completó su educación musical con Leo Brouwer, Federico Smtih, José Loyola y Roberto Valera, al tiempo que bebió de la sabiduría de hombres y mujeres portadores de seculares tradiciones de origen africano.

Ello se reveló en su obra, caracterizada por la síntesis de las culturas fundacionales de la identidad cubana, y en la portentosa labor que desarrolló junto al folclorista Rogelio Martínez Furé en el grupo Oru.

Decisivo resultó su aporte como autor e intérprete al Grupo de Experimentación Sonora del Icaic y al cine cubano, para el cual escribió diversas partituras entre las que resaltan las que hizo para los filmes La tierra y el cielo (Manuel Octavio Gómez), De cierta manera (Sara Gómez), Capablanca (Manuel Herrera), El brigadista (Octavio Cortázar), Caravana (Rogelio París), Che (Miguel Torres), Quiéreme y verás (Daniel Díaz Torres) y Roble de olor (Rigoberto López).

En el imaginario popular, con ribetes legendarios, figura la banda sonora, compartida con su hermano José María, para la serie de televisión En silencio ha tenido que ser.

La discografía suya registra álbumes que alcanzaron lauros significativos: Homenajes (Premio Egrem 1997), Travesía (Premio Cubadisco 2000), Nuestra canción (Gran Premio Cubadisco 2001), Del Renacimiento a la Rumba y Aniversario (nominados en Cubadisco 2005). También tributó obras meritorias para la danza y el teatro y cubrió una amplia gama de formatos, desde piezas para la guitarra hasta formatos sinfónicos.

Sobre su concepción del arte sonoro dijo en una entrevista con Amelia Duarte: “La música tiene un componente académico, indispensable para componer y ejecutar un instrumento, pero ese aprendizaje no basta. Si quieres ser músico de verdad, tienen que abrir tus poros y el corazón a la experiencia y la intuición humanas, quiero decir a la cultura y a la sensibilidad”.

PD: Aquí está el link del documental IDENTIDAD: SERGIO VITIER, realizado por Lourdes de los Santos en 1979.