DE VÍCTOR FOWLER A GARCÍA BORRERO

Yo trabajaba en la Biblioteca Nacional, estaba lleno de ilusión y quería algo tan simple como los "puntos de información cultural" que había visto en España (lo que me hace calcular que debe de haber sido en el 2002). Leía como una máquina y, en el camino, me había encontrado con las mini-bibbliotecas comunitarias en regiones alejadas de Noruega; pequeños pueblos entre masas de nieve e instituciones que, al expandirse Internet, habían cambiado su perfil para buscar mayor especialización e incidencia en la vida de sus comunidades cercanas, allí donde se encontraban los usuarios potenciales.

Pensé en algo tan simple como que estábamos a una cuadra de la Terminal de Ómnibus y que valía la pena intentar (en un cortocircuito de influencias pasando por mi cabeza) que la información comunitaria, del área cercana, formase parte de la oferta de la Biblioteca a sus usuarios. Ya no sólo los horarios de salida y entrada de los ómnibus, sino el precio de los boletos para los distintos puntos del país y el horario de las oficinas de reservación. Pero entonces se me ocurrió que también debía ser posible conocer la dirección de los hospitales y farmacias más cercanas, con el horario de estas últimas. Y, ¿por qué no?, la dirección de las rutas de ómnibus a las que se podía acceder en el Municipio junto con las combinaciones para uno moverse en la ciudad. Años antes me había perdido, mientras buscaba una dirección en Miami, y llamé al Metro Transit Authority y con facilidad me ofrecieron la solución para llegar adonde necesitaba.

Yo quería eso y más y me parecía que, aunque fuera a escala reducida, escala mínima, alguna escala, se trataba de algo realizable, posible. El caso es que lo planteé a mi jefe, soñé todavía más mientras le justificaba/argumentaba el asunto y meses más tarde escuché (al menos tuvo la delicadeza de ofrecer alguna explicación) que eso que yo deseaba lo iba a hacer el Programa de Informatización de la Sociedad Cubana como parte de un proyecto enorme que tendría su punto fuerte en la red nacional de correos.

Hoy día, pasaron casi 15 años de aquello, no tenemos el proyecto enorme, las redes nacionales no parecen servir (salvo escasas excepciones dentro de las que figura, en honrosísimo lugar, Infomed) prácticamente para nada significativo en cuanto al mejoramiento de la vida cotidiana y -lo peor- es que sigo creyendo en que la pequeña computadora útil con la cual soñé hubiese valido la pena.

La parte buena, esperanzadora, interesante, estimulante, sin embargo, es la lección que los pequeños espacios de la nueva economía comienzan a dar en lo que toca al mejoramiento -en un amplio arco- de la calidad de la vida. Desde la posibilidad de disponer de una determinada información o archivo en formato digital (libro, música, imagen, película, etc.) hasta la creación de software (como, por ejemplo, el "Conoce Habana", para promocionar ofertas gastronómicas y otras); desde la proliferación de nuevas publicaciones electrónicas (sobre música, deportes, modas,. etc., que resulta muy difícil de explicar y entender por qué no pudieron nacer de iniciativas patrocinadas por instituciones estatales) hasta el funcionamiento de una pequeña red wi-fi en el espacio físico de algún pequeño negocio (de hecho los hay que anuncian su red interna e incluso ofrecen descarga de archivos a los clientes).

Si a esta posibilidad de la red la podemos llamar "pragmática", es obvio que su potencialidad como reservorio de información, como biblioteca, le podemos decir "informativa"; De este modo, nos queda entonces una suerte de tercer rostro, tan importante como los anteriores, la posibilidad de conectar trabajo para obtener algo nuevo, la dimensión "colaborativa". En este sentido, si algo necesitamos es aprender a "pensar en red"; es decir, desde la perspectiva de un mundo potencial y permanentemente interconectado.

Si por un lado es deseable la expansión y fortalecimiento de todo este mundo de pequeña economía, las instituciones del Estado, con su establecido "encargo social" y planes que deben obedecer, dan la sensación de ajenidad o parálisis. En todo este contexto, la inexistencia de algún vehículo de unificación de las ideas (ya sea una revista o espacio de reunión) dificulta y caotiza los esfuerzos; es por ello que resulta más notable el silencio nada menos que de la UNEAC con relación a los problemas de informatización y analfabetismo tecnológico en Cuba. Nada menos que la organización que agrupa la mayor parte de los científicos sociales de punta en el país.

Y hay que hablar y articular en la práctica las ideas de eso a lo que denominas el uso creativo de la tecnología: los intelectuales en sus reuniones, los maestros en las aulas, los expertos en informática haciendo sacerdocio entre los que somos ignorantes, los comunicadores llamando la atención sobre el problema, los políticos escuchando, balanceando, proyectando y ofreciendo soluciones, estimulando y dando impulso.

Acá se habla de cubrir todo Manhattan con wi-fi gratuito y de aumentar hasta cien veces la velocidad de transmisión de datos. Ay, pequeña islita embebida en humos de tabaco tropical, ¡va a tener que ser rápido!

Víctor Fowler

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Publicado el enero 17, 2016 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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