Archivo del Autor: Juan Antonio García Borrero

PRESENTACIÓN DE LA ENDAC EN LA CASA DEL JOVEN CREADOR

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Los amigos de la Asociación Hermanos Saíz de Camagüey, me han invitado  a presentar la Enciclopedia Digital del Audiovisual Cubano (ENDAC) el próximo miércoles 21 de febrero, a las 2.00 pm.

Hablar de esta herramienta digital todavía off line me reporta tremendo placer, pero aprovecharé para, ya de paso, actualizar sobre lo que debe suceder en el venidero III Encuentro sobre Cultura Audiovisual y Tecnologías Digitales, que celebraremos en la ciudad los días 25, 26 y 27 de abril, donde rendiremos homenajes a Desiderio Navarro por ser uno de los pioneros en el uso creativo de lo digital en función de la gestión cultural, así como a Tomás Gutiérrez Alea por partida doble: es decir, por el noventa aniversario de su natalicio y los cincuenta años de Memorias del subdesarrollo. Además de abordar el complejo tema de las Políticas Públicas y la Informatización de la Gestión Cultural.

Nos vemos en la Casa del Joven Creador de Camagüey el próximo miércoles 21 de febrero, a las 2.00 pm.  

Juan Antonio García Borrero

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DE GARCÍA BORRERO A ROLANDO LEYVA CABALLERO (2)

Estimado Rolando:

Yo también doy por terminado el debate. Ni tú ni yo poseemos la Verdad Absoluta sobre estos temas, así que si los lectores tuviesen ahora más dudas que antes del intercambio, la discusión habría valido la pena. Al menos para mí, eso es lo importante: remover ideas, más que tratar de imponer las mías.

En lo personal, estos debates también me sirven para tantear las posibilidades reales que tendría un tipo de crítica que no renuncia a la confrontación, pero asumiendo a la asertividad como su principal perfil. Para mí eso es fundamental, porque es lo que me permite entender que el mundo no está hecho, sino que lo hacemos a diario con nuestras percepciones, nuestros combates, nuestras filias y nuestras fobias.

Y que excluir al otro tan solo porque tiene una visión diferente a la mía, sencillamente es autoritarismo disfrazado. Es lo que me permite comprender que José Manuel Valdés Rodríguez, Mirta Aguirre, o Mario Rodríguez Alemán, al margen de posiciones ideológicas con las que discrepas, tenían también verdades que enseñarnos (no en balde fueron grandes maestros, personas muy cultas): contribuyeron a mi formación, aunque en estos instantes yo ande buscando otros caminos interpretativos.

De todos modos, ahora que me invitas a pensarlo, creo que mi referente epistemológico más remoto sigue estando en André Bazin, y el deslumbramiento que provocó en mí su descubrimiento como autor aquella mañana ya lejana en la sala de Arte de la Biblioteca Provincial “Julio Antonio Mella”. Entonces copié a mano esa observación que, pese al tiempo transcurrido, los críticos más tarde descubiertos, el montón de libros leídos, sigo repitiéndome una y otra vez:

La verdad en la crítica no se define por no sé qué exactitud, mensurable y objetiva, sino más bien por la excitación intelectual provocada en el lector: su calidad y su amplitud. La función del crítico no es la de poner sobre una bandeja de plata una verdad que no existe, sino la de ampliar al máximo posible la inteligencia y la sensibilidad de aquéllos que le leen, el choque de la obra de arte”.

En nuestra polémica has traído a la luz verdades irrefutables mezcladas con falsos argumentos que apelan más a la adjetivación emotiva y lo connotativo, que a lo racional. Cuando dices “Incurres quizás sin querer en la actitud del comisario cultural” o sugieres que mi réplica “demoniza la actitud contestataria” o te convierte en “enemigo ideológico”, estás construyendo una imagen que algunos rechazarán no a partir de lo que he escrito, sino del repudio que provocan esas prácticas excluyentes.

Hay aquí, además, una contradicción flagrante, en tanto defiendes el legítimo derecho de todo ciudadano a ejercer el criterio, pero te incomoda que uno pueda oponerle a ese criterio las objeciones que se entiendan. Te das el lujo de insinuar que Ernesto Daranas ha sido domesticado ideológicamente al realizar Sergio y Serguéi, pero te parece ofensivo que alguien (que no es mi caso) te acuse de militar en el bando contrario por lo que expresas. E insisto que no es mi caso, porque como estudioso de estos temas culturales intento estar más allá de esas etiquetas ideológicas que no nos permiten valorar en todo su esplendor la riqueza de ese universo audiovisual que a diario acontece entre cubanos de todas las partes de planeta (y no solo en el ICAIC, no solo en Cuba).

Tal vez la contradicción que más me impacta es la que asociaría al sentido último de tus intervenciones públicas. En un principio pensé que estabas por dignificar el arte nacional (eso no lo he inventado yo; solo repito lo que dijiste en su momento), y ahora veo que te pronuncias por que “cada cual vea lo que quiera así sea una mierda”. Si en verdad es esto último lo que interesa legitimar, entonces, ¿a qué tanta polémica?, ¿a qué tanto vapuleo de Sergio y Serguéi?

Pero ya que estamos aquí, trataré de precisar algo: a mí no me asquea lo que está pasando con el consumo cultural en Cuba (que cada vez es más parecido al consumo global). Solo soy un estudioso que trata de establecer un diagnóstico (sin adjetivos, sin epítetos), y sobre esa base intenta imaginar mundos alternativos.

Que de eso es de lo que va el Proyecto “El Callejón de los Milagros”, por ejemplo: allí no intentamos imponerle a la gente lo que tiene que ver (es decir, no nos interesa imponerle a las personas ni El Paquete ni La Mochila), sino tratamos de llamar la atención sobre lo alternativo, y sobre el uso creativo de todo lo que tenemos a mano. Es el individuo el que tiene la última palabra (no los críticos, que serían en todo caso intermediarios), y es el sistema institucional el que tiene el deber de ofrecerle esas alternativas públicas.

Para finalizar: nada tengo contra el lenguaje incendiario que procede a martillazos. El hecho de que a mí me interese practicar el dialogo constructivo más que la demolición altisonante, no ha podido borrar el placer de leer a Schopenhauer, Nietzsche, Cioran. Pero sigo prefiriendo el término medio aristotélico a la hora de interpretar lo que sucede a mi alrededor.

Ese término medio se ha descifrado mal al asociarse al gesto cubano de “quedarse en la cerca”. Yo lo veo de otro modo: si los raptos de sinceridad crítica a la que aludes como virtud me garantizara siempre el encuentro con la Verdad, me sumaría a ella con gusto. Pero después de Marx, Nietzsche o Freud (los maestros de la sospecha), sabemos que la conciencia también nos puede engañar disimulando el protagonismo invisible que tendrían el entusiasmo o al resentimiento en nuestros actos; o sea, que también nuestra conciencia merece el mismo rigor crítico que le dedicamos a aquellos que provocan nuestra admiración o rechazo.

Pero seguramente eso daría para otro debate no menos arduo. Por lo pronto concluyo aquí.

Saludos cordiales,

Juan Antonio García Borrero

DE ROLANDO LEYVA CABALLERO A GARCÍA BORRERO (2)

El hilo invisible que nos separa.

Estimado Juan Antonio García Borrero:

Lo que denominas dispersión quizás sea la expresión escrita de la capacidad adquirida y entrenada de correlacionar fenómenos artísticos, estéticos, ideológicos, aparentemente desconectados entre sí. Quizás esos arranques de sinceridad que padezco en lo personal sean mucho más productivos que la práctica casi demencial de los mutismos selectivos, a ratos impuestos, un trastorno de la conducta que nos afecta en tanto nación y pueblo, hace tantísimo, y que a juzgar por las apariencias no revertiremos pronto.

No tengo ningún problema con reconocer en público que apuesto, está en mi naturaleza, no puedo evitarlo ni me interesa, por la demolición controlada o el desmenuzamiento del cine y los fenómenos audiovisuales, pero también de la realidad económica, social, política, de lo que ocurre en mi país, el que abandoné, pero del cual me siento deudor y depositario de una responsabilidad que asumo a consciencia, la de ejercer el criterio, un derecho ciudadano del cual el crítico se apropia como una atribución delegada por Dios.

Precisamente porque no soy partidario de la censura, y mucho menos de la autocensura consensuada, pactada con el sistema político, programática por su carácter preventivo, insisto en dejar las medias tintas, diciendo por las claras, sin eufemismos ni parábolas, lo que verdaderamente interpreto sobre los problemas o temas que atraigan mi atención, del cine pero también de la realidad social que lo sustenta en su base argumental. Lee el resto de esta entrada

DE GARCÍA BORRERO A ROLANDO LEYVA CABALLERO

Estimado Rolando:

Leí con atención tu réplica. Para mi gusto, a ratos se dispersa en asuntos que nada tienen que ver con el origen de nuestro debate. De cualquier forma, si en lo personal he tratado de combatir la censura arbitraria de la cual muchas películas cubanas siguen siendo víctimas, no seré yo el que ahora mutile o condene a la oscuridad tu artículo. Además, aprecio la honestidad de este párrafo donde revelas lo que quizás sea el sentido último de tus diatribas:

Por el momento lo único que puedo seguir haciendo es dar pataletas de ahorcado que pongan en una posición algo incómoda a los que matarían o pagarían por ver amordazada la conciencia colectiva, esos muchos que estamos dispuestos a demandar un cambio a favor del bienestar de la mayoría numérica. Esa sería la mejor forma de dignificar el arte nacional desde un posicionamiento vertical ante ese cine escapista, irresponsable, obtuso, que insiste en hacernos sonreír sin atreverse a proponernos pensar y resistir”.

Aquí insistes en tomar a la crítica de cine, o mejor dicho, a la modalidad de crítica de cine que ejercitas, como medida incendiaria de las cosas que nos rodean.Aprecio en tu enunciado un diseño empobrecedoramente binario de lo que sería un combate de ideas: o contigo osinmigo, o lo que es lo mismo, contra el ICAIC, todo; a favor del ICAIC, nada.

Y luego está ese autoproclamarte vocero de una suerte de movimiento que “dignificará el arte nacional” de un modo vertical frente al “cine escapista, irresponsable, obtuso”. Rectifico: si antes hablé de vocación judicial, ahora lo que detecto en ese tipo de crítica es la ansiedad policíaca que instruye juicios sumarios sin derecho a réplica, con lo que me dan ganas de parafrasear a Nicanor Parra: “Democracia: cuántas contrademocracias se formulan en tu nombre”.

Me sorprende que precisamente tú, que como experimentado académico dominas las profundas diferencias que existen entre la simple doxa y la voluntad epistémica, te conformes con la mera catarsis. Para mí el ejercicio del pensamiento crítico es mucho más que pataleta del ahorcado. Por otro lado, ya sé que suena demodé citar a Marx en estos tiempos, pero sigo prefiriendo ese pensamiento que, además de contemplar o juzgar, propone alternativas que transformen en la misma medida en que se vive. No es con la pataleta estridente que cambiaremos lo que se necesita cambiar, sino con acciones concretas y renovadoras, algo que pareces compartir cuando dices “creer de manera racional que se puede trasformar la realidad desde el arte”, pero sin aportarnos alguna evidencia de que ya lo estarías haciendo en este mismo instante. Lee el resto de esta entrada

DE ROLANDO LEYVA CABALLERO A GARCÍA BORRERO

Rolando Leyva Caballero me hace llegar esta extensa réplica a mi escrito sobre Sergio y Serguéi. Más adelante trataré de resumir en una cuartilla las abundantes objeciones que me provoca el nuevo texto, no para prolongar un círculo vicioso donde dos antagonistas sordos reiteran hasta el infinito sus impresiones personales, sino para intentar retomar en su esencia las preguntas vinculadas al debate que propiciaron este intercambio.

2 d2 de frente. Sergio y ser gay.

Por Rolando Leyva Caballero

Mi semana, en tanto ciudadano cubano radicado en España y ser humano optimista ha sido marcada, en lo filosófico y lo sensorial, por dos sucesos apenas conectados entre sí. Por un lado, Elon Reeve Musk, un pretoriano donde los hay, además, inventor, inversor, empresario sudafricano con nacionalidad canadiense y estadounidense, cofundador de PayPal, Tesla Motors, SpaceX, Hyperloop, SolarCity, The Boring Company y OpenAI, acaba de lanzar al cosmos, por esfuerzo propio dirían en Cuba, el más económico de los cohetes que han salido al espacio, llevando en su interior el prototipo de un coche marca Tesla, el último modelo, “piloteado” por un simulacro de cyborg futurista. En la radio, del coche, mientras tanto, en bucle perpetuo, David Bowie entona el Life on Mars. Comentaba el hecho porque verdaderamente parece el argumento genial que podría dar lugar algún día al guión de una buena odisea del espacio. Para colmo de lujos se puede acceder en streaming a las imágenes que capta la nave al desandar el espacio profundo, eso mientras intenta llegar a la órbita de Marte, lo que ocurrirá dentro de seis meses.

Por el otro lado, en la noche de ayer asistí al estreno del más reciente filme patriotero de Clint Eastwood (88 años: espejuelos, gusano, vaso, hojas, aduanero, también muerto- vivo), el octogenario actor y director del cine estadounidense, un vejete cascarrabias, carismático, trumpista, al que aun así le tengo particular afecto. Al salir, una vez más, sentí que había empleado muy mal los 5.80 euros que me costó la entrada al cine Las Gabarras, un espacio de muchas salas oscuras a las afueras de Tarragona, más teniendo en cuenta la reputación de incombustible que antecede al realizador, casi literalmente. Traigo a colación estos dos sucesos completamente aleatorios en su conexión cósmica para que más o menos se hagan una idea más exacta de por dónde viene mi réplica.

Primero, ABC, el periódico de la ultraderecha española, aun cuando no se deshacía en elogios, recomendaba asistir al estreno de la película. En la otra banda, el resto de los periódicos serios, con críticos de cine medianamente reputados, muchos de ellos incluso muy conocidos, decían, para abreviar, que la película se había descarrilado, acabando en siniestro total, insalvable desde cualquier punto de vista, sin atenuantes al respecto.

Cuando aún era un crítico provinciano, al ejercer y vivir en Santiago de Cuba, mi primer encargo fue escribir sobre Melaza, un filme mediano del cual nadie quería encargarse. Por entonces había visto, con antelación, Los bañistas, también de Carlos Lechuga, un cortometraje de ficción verdaderamente notable y multipremiado con justicia, que me hizo pensar que un filme análogo, que se moviera en esa cuerda, sería un buen golpe de efecto para resucitar la industria nacional, adormecida tras décadas de crisis creativa, económica y funcional. No fue el caso, lo que sí ocurrió, años después, con el segundo largometraje del mismo director, Santa y Andrés, una película rabiosamente cubana, localista, pero no por ello menos acabada, no digo que perfecta o trascendente, pero sí muy coherente y sintomática. Resultado final. No admitida a concurso en el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana. No ha sido distribuida ni será exhibida comercialmente dentro de Cuba, aun cuando la preceden innumerables reconocimientos a nivel internacional. Es un referente que no se puede perder de vista, porque ayuda a explicar, por contraste, lo que pasa con Sergio y Serguéi, una película, como otras tantas, el listado es extenso, que jugó a la herejía ideológica calculada.   Lee el resto de esta entrada

CUBA EN 3D: SERGIO, SERGUÉI, Y YO

Parecía que, como en sus mejores tiempos, el blog iba a convertirse en plataforma pública para el debate de su cine, a propósito del filme Sergio y Serguéi (2017), de Ernesto Daranas. Primero fue la crítica Un pasado que todavía es presente, de Jorge Luis Lanza Caride, y luego la réplica de lleana Margarita Rodríguez Martinez (Un pasado que infelizmente regresa), acompañada de una síntesis de lo escrito por Rolando Leyva Caballero (Sergio y Serguéi. Lo malo de irse a bolina) para la revista Cine Cubano.

Como casi siempre sucede en el caso de nuestro cine, las películas objeto de exámenes críticos pasan rápidamente a un segundo plano, convirtiéndose en los pretextos perfectos que permiten articular demandas más generales. De allí que podamos asistir con absoluta naturalidad a la desmesura de exigirle a un cineasta lo mismo o más de lo que deberíamos demandarle a los políticos en aquellos escenarios donde únicamente se pueden cambiar, para bien, las cosas: es decir, allí donde se hacen las leyes que podrían garantizar la existencia de un mejor cine (aunque mejor decir: una mejor manera de vivir).

Pero esto solo pasa en la Cuba del siglo XXI. El Estado cubano aún cree que puede controlar la producción y el consumo del audiovisual como lo hacía en el siglo XX, y una parte de la crítica de cine se hace eco de ese espejismo, reclamándole a los realizadores un papel de Mesías que apenas es efectivo en los escritos que se circulan entre sí estos expertos. A mí eso me recuerda buena parte de aquellas demandas de cine pedagógico que se impulsaran durante el Primer Encuentro de Educación y Cultura celebrado en 1971. Y mientras tanto, “los públicos reales” van haciendo suyas las películas que más les gustan, construyendo sus propias comunidades informales, estableciendo alianzas que fortalecen sus autonomías de grupo.

O sea, que si vamos a utilizar a las películas cubanas como pretexto para quejarnos de un orden general de cosas, yo preferiría que nos metiésemos en las honduras, esas en las que una simple película no define nada, porque forma parte de una estructura mayor. Pero en ese caso tendríamos que dejar a un lado nuestra filia o fobia por un filme puntual, para indagar en lo general, que incluye hasta la fiscalización de la mirada crítica.

Como críticos podemos tener nuestra opinión sobre los filmes, a favor o en contra, lo cual es legítimo. Yo debo confesar que de los tres largometrajes de Daranas (los otros son Los dioses rotos y Conducta), este es el que menos me entusiasma. Pero al mismo tiempo, durante la proyección, en varias ocasiones me sorprendí emocionándome con determinados pasajes. Y sé que esto no tiene que ver con la calidad del filme en sí, sino con mis vivencias más íntimas, es decir, con lo experimentado en aquellos años noventa que, pese al tiempo transcurrido, jamás he podido borrar de mis recuerdos. Lee el resto de esta entrada

CINE CUBANO DE LOS SESENTA EN WALKER ART CENTER

Aquí les comparto el link (https://walkerart.org/magazine/cincine-cinema-of-the-sixty-from-myth-to-reality) donde podrán encontrar información sobre el ciclo “Cuban Cinema of the Sixties: From Myth to Reality” organizado por el Walker Art Center. Me ha dado mucho gusto poder compartir ideas con Michael Chanan, Gustavo Arcos Fernández-Britto, Oneyda González, Dean Luis Reyes, y Alejandro Veciana, sobre un tema que, seguramente, seguirá estimulando nuestros enriquecedores desacuerdos.

Para empezar, lo de “Adiós, Utopía” me parece una muestra demasiado rotunda de optimismo o pesimismo (depende de qué se quiera enfatizar con eso). Como escribí en un ensayo que en su momento animó algunas polémicas (La utopía confiscada), la utopía puede ser confiscada, pero no anulada. Los seres humanos llevamos el pensamiento utópico en vena, y tarde o temprano, cuando ya todo parecía perdido, en medio de la mayor oscuridad, vuelve a mostrarse en su esplendor.

JAGB

Palabras de presentación

As a complement to the exhibition Adiós Utopia: Dreams and Deceptions in Cuban Art Since 1950, the Walker Moving Image department has curated Cinema Revolution: Cuba, a series of four classic Cuban films by filmmakers who gained international recognition soon after the formation of Castro’s revolutionary ICAIC (the Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos). To spark conversation about their impact today, we invited six experts on Cuban film—Juan Antonio García Borrero, Michael Chanan, Gustavo Arcos Fernández-Britto, Oneyda González, Dean Luis Reyes, and Alejandro Veciana—to respond to the question: How is revolutionary Cuban Cinema still revolutionary today?

In their essays, presented when possible in both English and Spanish, they cover key considerations—including the innovations in form, technique, and style that are still admired or emulated today; the impact of these ’60s-era films on young people in Cuba today; its influence on today’s generation of artists; and the relevance of this work for audiences outside of Cuba. In the series’ third installment, Juan Antonio García Borrero, an author and member of the Cuban Association of the Cinematic Press based in Cuba, focuses on the ideologies that define a “revolutionary cinema” and the anxieties surrounding “nationalist cinema” in response to our prompt. (para seguir leyendo, pinche aquí)

LOS 70 AÑOS DEL CINE CASABLANCA

El próximo 4 de febrero el cine Casablanca de Camagüey cumple 70 años de creado. Estamos hablando de uno de los grandes colosos de la cultura camagüeyana, como bien quedara demostrado en el Trabajo de Diploma defendido en la Universidad de Camagüey por Arletis Gutiérrez Obregón (“El Teatro Casablanca como institución cultural representativa en el contexto camagüeyano desde 1948 hasta 1961”, 2014), pero sobre todo, como pueden refrendar la memoria de millones de espectadores que han pasado por esa sala.

Debo confesar que, ante esa fecha de celebración, me siento dividido. Lo primero que viene a mi mente, desde luego, es la gratitud. El cine Casablanca ha sido durante buena parte de mi vida un espacio permanente de aprendizaje informal. Supongo que los que lo vieron nacer aquel 4 de febrero de 1948, de la mano del empresario Armando Garrido, se sintieron deslumbrados no solo con la arquitectura concebida en el lugar, sino también con el espectáculo desplegado en la inauguración.

Hasta hace poco las salas cinematográficas, como espacios de sociabilidad e intercambios culturales, no eran tomadas en cuenta por los estudiosos. Hoy la “nueva Historia del Cine” (bien defendida, entre otros, por Richard Maltby, Philippe Meers, Robert C. Allen) se están encargando de describir la importancia que adquieren dentro de la comunidad, como parte de la construcción de sus identidades y memorias, un hecho tan simple como era “ir al cine”, no importa si para ver un “clásico” o la comedia más banal que se pueda imaginar.

Por eso es que, a estas alturas, el cine Casablanca de Camagüey es mucho más que un inmueble. Lo que quiero decir con esto es que, si de veras quisiéramos protegerlo como la gran institución cultural que es, se necesitaría mucho más que una gran inversión de recursos que, a la larga, solo servirían para festejar una fecha puntual, pero no para garantizar su sostenibilidad en el tiempo.

Digo esto con dolor, porque yo fui de los que manifesté públicamente mi alegría con la reapertura del mismo hace cuatro años, como parte de los festejos por los 500 años de la Villa. De ese momento quedaron las fotos donde se ve “La Calle de los Cines” inundada de personas, como en los mejores tiempos, quizás también porque tuvimos la suerte de reabrir la institución con ese filme ya mítico que es Conducta (2014), de Ernesto Daranas. Y el entusiasmo nos hizo poner en un segundo plano los problemas acústicos, contaminando el sonido de las tres salas.

Ahora que el Casablanca cumple sus setenta años con varios problemas en su seno, podríamos preguntarnos cómo es posible que en Cuba no seamos capaces de construir salas cinematográficas que estén a la altura de aquellos palacios que desde los años cuarenta existían en la ciudad (por enumerar algunos: Alkázar, Encanto, Guerrero, América, Social, Apolo…).

Sé que en una fecha como esta algunos preferirían obviar las sombras para hablar del pasado brillante que fue, y donde siempre es grato vivir. Mi criterio es que silenciar esos problemas daña más a la gran institución que todavía es el Cine Casablanca. Y nos acomoda en la idea de que no hay nada que salvar, que todo está perdido.

Incluso, creo que es hora de pensar no solo en el Cine Casablanca, sino en el Paseo Temático donde se encuentra ubicado este. Pues, ¿cómo es posible que una calle donde por el momento pueden encontrarse tres tarjas conmemorativas (en “La Isabella” por ser el primer sitio donde se usó en Camagüey el cinematógrafo; en Nuevo Mundo por ser la primera sala de su tipo; y en Casablanca por ser la institución que es), no encontremos un Observatorio administrativo permanente que vele por la buena salud de todo lo que allí existe?

Setenta años de existencia no es poca cosa para una institución. Y festejar ese cumpleaños en el marco de la Semana de la cultura camagüeyana le imprime a ese aniversario otros sentidos. Ojalá en algún momento logremos entender del todo qué significa haber contado en la ciudad con un cine como el Casablanca.

Juan Antonio García Borrero

SERGIO Y SERGUÉI (2017), de Ernesto Daranas

Sergio y Serguéi. Lo malo de irse a bolina.

Por Rolando Leyva Caballero.

Con Sergio y Serguéi, su director, Ernesto Daranas, desperdició la oportunidad de filmar un básico del cine para la posteridad inminente. Quien apuntaba ser, por sus maneras, uno de los directores de audiovisuales más comprometidos y consecuentes con el ejercicio convencido del drama social y su vocación de servicio público a la comunidad, acaba de estrenar una película que apenas se complace en cruzar los dedos antes de seguir una trayectoria temática errada, que no lo llevará a ninguna parte, dejando escapar una posibilidad irrepetible: concebir una película que apostase fuerte por la rectificación de errores y la transparencia, que ayudara a explicar, para entender, si acaso resulta posible, como fue el difícil proceso de abandonar el útero utópico del socialismo real.

Sergio y Serguéi cuestiona, para no decir que traiciona, la lógica de crecimiento paulatino del discurso artístico, pero sobre todo político, de un director valiente, que en sus dos primeros filmes anunciaba lo que sería una carrera ascendente, crítica, mejor aún, concebida desde la industria nacional pero no por ello menos atrevida y autónoma, al abordar circunstancias, problemáticas sociales, temas tabúes que fueron habitualmente eludidos por la filmografía institucionalizada, con su facilidad venal para edulcorar o trivializar lo que es dramático o trágico. Es por ahora la disyuntiva estética y existencial que afecta a Ernesto Daranas, la de volver sobre sus primeros pasos para enmendarse a golpes de acierto.

Sergio y Serguéi acaba siendo un salto atrás, un repliegue o retroceso artístico inexplicable, que denuncia no ya la falta de oficio o de pericia narrativa, sino la pérdida repentina del instinto reactivo, al seguir el realizador una falsa pista argumental que lo llevó por el mal camino del cine cubano contemporáneo producido por el ICAIC, cada vez más artesanal, desfasado, estertóreo, improvisado, que en el intento estéril de sustituir importaciones, sin abrirle paso a los jóvenes realizadores, prefiere rodar historias asépticas, descafeinadas, inocuas, despojadas del rigor de la crítica social mientras simula que pone el dedo en la llaga pero siempre con un guante de látex para evitar el contagio. Ernesto Daranas prefirió curarse en salud. Apostó por ser un soldado avisado, que no quiere morir en batalla. Se atrevió a dar un paso peligroso, sin permiso, para luego pedir perdón por el atrevimiento estético de filmar Sergio y Serguéi, una película atascada entre dos mundos dignos de ser representados.

No es lúgubre ni pesimista hasta el hiperrealismo turbio de moda hace años, pero tampoco preciosista. Se remite a un pasado no tan reciente pero tampoco lo suficientemente remoto como para no haberlo aprendido por cabeza propia. El problema esencial de Sergio y Serguéi comienza justo cuando el argumento deja atrás su parte introductoria para llegar al punto en que debe decidir entre la comedia dramática, la parodia política o la sátira social, momento crucial en que definitivamente equivoca el rumbo y el largometraje continua a la deriva, dando tumbos, por pura inercia narrativa, de lo que debe llegar hasta el final del metraje porque así está previsto en el guión. Lee el resto de esta entrada

SERGIO Y SERGUÉI (2017), de Ernesto Daranas

Este texto sobre el filme Sergio y Serguéi, de Ernesto Daranas, polemiza con otro de la autoría de Jorge Luis Lanza, publicado hace poco en el blog. Y me ha hecho recordar aquellos tiempos ya lejanos en que en el sitio se discutían con pasión las ideas, aunque dejando siempre a salvo a los individuos que las expresaban.

UN PASADO QUE INFELIZMENTE REGRESA

Por MSc lleana Margarita Rodríguez Martinez (Asociación Cubana de la Prensa Cinematográfica)

Uno de los tópicos más controvertidos del 39 Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano lo fue sin lugar a dudas la pobre participación cubana en competencia. Entre los títulos más esperados estuvo Sergio y Serguei del reconocido realizador Ernesto Daranas. Títulos como: Los dioses rotos y Conducta lo avalan como un realizador de una mirada diferente sobre realidades complejas de nuestra contemporaneidad.

Largas fueron las colas de los espectadores ávidos por disfrutar de esta última entrega del realizador cubano. No obstante haber recibido el aplauso mayoritario del público asistente a la premier en el cine Yara el pasado diciembre, Sergio y Serguei es una cinta irregular, menor en la filmografía de este talentoso realizador cubano. La problemática de la caída del campo socialista (específicamente la URSS) y el período especial cubano a principios de los noventa devienen contextos para narrar la amistad de un profesor de marxismo Sergio, radioaficionado y Serguei Krikalev, el último cosmonauta soviético perdido en el espacio que no logar comprender del todo su no regreso a la tierra por falta de combustible y sobretodo esa realidad otra que constituye la caída de su antigua URSS.

Esta sátira narrada en tercera persona por la hija del radioaficionado cubano será el hilo conductor de una serie de acontecimientos signados por el azar y la amistad de estos dos hombres. El cubano inmerso en una cruda lucha por la supervivencia y el cosmonauta soviético varado en el espacio y perdido en otra realidad aparentemente distante de la del cubano, pero cercanas por el absurdo de ambos contextos y marcados por las situaciones extremas que ambos viven.

Sergio nos habla de una realidad insuficiente, con sabor amargo (período especial) que intenta desde los códigos de la comedia, del humor, empatizar con un espectador ávido de la risa fácil que pareciera que olvida, o intenta olvidar con esa carcajada interminable su propio dolor y la herida aún sangrante de una época difícil de nuestra memoria histórica y personal. Lo que parecía una historia profunda de reflexión y sobre todo que revisitaba un contexto histórico poco o nada narrado en el cine cubano se nos convierte en más de lo mismo cuando su realizador escoge para narrar el tono del choteo o el costumbrismo para contarnos de los avatares del cubano, su supervivencia a como dé lugar y su amistad con el cosmonauta ruso, sobre todo sus conversaciones y lo absurdo que los une, por más que parezcan lejanos en contextos geográficos. Lee el resto de esta entrada