CONSUMO CULTURAL Y LUGARES PÚBLICOS EN CUBA

El consumo cultural en Cuba sigue despertando el interés de varios. Es lógico. Se trata de un área clave para la consolidación de un sentido nacional, entendido como construcción de espacios inclusivos, dinámicos, que no pierdan de vista lo principal: el bienestar público y desarrollo integral de la comunidad imaginaria (y al mismo tiempo real) de la que formamos parte.

Me llama la atención que en muchos de los encuentros que se organizan, siga dominando una retórica de muy buena voluntad, donde “la realidad”, sin embargo, suele ser la gran ausente. Me explico: un grupo de personas con gran autoridad profesional criticamos el actual orden de las cosas, alertamos sobre la creciente banalidad de las prácticas culturales, evocamos el tiempo de esplendor que se vivió antaño, acordamos una suerte de cruzada donde hay más pretensión de domesticar lo nuevo para llevarlo a entornos familiares, que exploración y apropiación creativa de esa novedad, y regresamos a casa sin haber intervenido realmente en esa realidad, que sigue fluyendo indiferente a nuestras disquisiciones.

Lo curioso es que en Cuba sí han existido excelentes análisis de esa realidad que hoy nos compromete a todos. Y es desde los diagnósticos realistas conseguidos en esos estudios, y no a partir de nuestras querencias subjetivas (por nobles que puedan resultar las mismas) que debería comenzar el diseño de las estrategias públicas.

Estoy pensando, por poner un ejemplo, en la Encuesta Nacional sobre Prácticas de Consumo Cultural realizada por el Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello, en coordinación con el Centro de Estudios de Población y Desarrollo (CEPDE) de la Oficina Nacional de Estadísticas (ONE) en los años 2008 y 2009.

Ya en esa encuesta se podía percibir la emergencia de nuevas modalidades de consumo cultural entre los jóvenes. Según los resultados de la misma, se apreciaba que, nada más y nada menos, “el paseo por las tiendas” era la práctica más recurrente, y en segundo lugar se ubicaba la actividad en los parques y las plazas públicas. Y anotaban los pesquisidores:

“Lugar de especial significación en nuestras ciudades son los parques y las plazas, cuyo ambiente constituye escenario idóneo para que los diferentes grupos sociales identifiquen en ellos espacios propios, a la vez que atesoran patrones de comportamientos que logran transmisión de generación en generación, ocupando un lugar muy especial en el imaginario de la población. Quizás sean estas las razones que ubican a parques, plazas y otros lugares al aire libre como opción de gran recurrencia tanto mensual como anual (43,3 % y 25,1 %, respectivamente). El uso de estos ámbitos se asocia a hombres, menores de 30 años, personas de nivel medio superior, negros y mestizos, estudiantes, desempleados y técnicos, sujetos que laboran en el sector no estatal mixto, en las ramas de hotelería y cultura”.

Quisiera llevar esta observación a los tiempos actuales, y preguntar: ¿hemos intentado averiguar qué es exactamente lo que sucede ahora mismo en un parque o una plaza donde esté instalado el Wifi? Todo lo que escucho son consideraciones superficiales construidas a partir de las impresiones que causan en nosotros la imagen de cientos de personas hablando con sus familiares, o chateando con conocidos.

Pero hasta donde sé, ninguno de los expertos o personas que nos interesamos por la suerte del consumo cultural en Cuba hemos hecho investigación de campo. Luego, no tenemos tampoco la menor idea de cuánta utilidad pueda reportarle al trabajo institucional la intervención en un escenario así: hasta ahora, la política pública vinculada ya no al simple acceso a Internet, sino a la estimulación de su uso creativo, sencillamente brilla por su ausencia.

Claro, que aquí llegamos a la pregunta del millón: ¿quién o quiénes tendrían que impulsar en Cuba una campaña de tal envergadura?, ¿la UNEAC?, ¿el Ministerio de Cultura?, ¿el Ministerio de Educación?, ¿la AHS?, ¿ETECSA?, ¿Joven Club? A mi juicio sería un error depositar la responsabilidad en una sola institución u organismo. Necesitamos una alianza que permita, primero, garantizar que cada uno de los directivos obtenga una capacitación mínima en el uso de estas tecnologías; y segundo, es menester que esa futura mancomunidad concentre su atención en los seres humanos que emplean las tecnologías, antes que dejarnos fascinar por las tecnologías en sí.

Esto quiere decir que necesitamos estimular en los usuarios de esas tecnologías ubicadas en lo público el espíritu crítico, y sobre todo, la capacidad de innovación individual. Y es que si importante es para los cubanos vencer la brecha digital, mucho más lo es garantizar que la brecha participativa después no nos condene al simple papel de epígonos.

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el enero 13, 2016 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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