SOBRE EL ARTÍCULO DE MARINA OCHOA Y “NUESTROS TEMAS”

A la cineasta Marina Ochoa le inquieta el modo en que la realidad cubana es interpretada por los cineastas foráneos. Y ha puesto a circular una nota bastante crítica a propósito del actual rodaje de El rey de La Habana, versión cinematográfica de la novela homónima de Pedro Juan Gutiérrez, y que en la actualidad concluye Agusti Villaronga (Pan negro).

Según ha trascendido, al cineasta le negaron los permisos de rodaje en la isla, por lo que debió desplazarse a la República Dominicana, país donde se han filmado un buen número de cintas ambientadas en Cuba, a veces por confrontar de modo explicito la ideología auspiciada por el gobierno de la isla (La ciudad perdida), y en otras, porque en virtud de las leyes norteamericanas estaba prohibido filmar acá (El Padrino II; Havana).

Quisiera anotar un par de ideas muy breves y espero que provocadoras, a propósito del texto de Marina Ochoa. Obviamente, no hablaré de una obra que no se ha concluido, trampa que el subconsciente le tiende a Marina cuando anota: “La película reboza racismo y sexismo”. Ni siquiera cuestionaré el derecho que tiene cada país (incluido Estados Unidos) de respaldar institucionalmente las políticas culturales que se supone estén fomentando el conjunto de producciones que se financian de modo oficial (o legal). Puedo entender que a Hollywod (hablo del símbolo cultural que es, más que otra cosa) nunca le interesará financiar filmes que compulsen a los espectadores a asumir que el capitalismo, como sistema, es un fracaso, y que, por ende, es preciso un cambio radical donde los fines justificarían el uso de los medios más violentos. Cierto que encontraremos películas muy críticas con el sistema, pero los límites están dictados de un modo silencioso por el propio poder que lo sustenta.

Tal vez el problema con el breve texto de Marina Ochoa comienza con el título: “Nuestra imagen no debe ser construida desde otras culturas”. Hay aquí una afirmación demasiado rotunda que en estos tiempos que vivimos (tiempos donde lo local, lo nacional, y lo transnacional parecieran cohabitar en la cumbre de la promiscuidad) suena más a tozuda querencia nacionalista, que a análisis razonado. El nomadismo no solo de la gente que físicamente se desplaza entre países distantes con mucha más rapidez que antes, sino también tecnológico, nos obliga a mirar y pensar el fenómeno con nuevos ojos.

La imagen de Cuba, o debiéramos puntualizar, la imagen de la Cuba revolucionaria, en principio fue construida a través de los aportes de un sinnúmero de cineastas extranjeros que viajaron a la isla, seducidos por la utopía revolucionaria iniciada en 1959. Antes de esa fecha, en el imaginario mundial, Cuba como lugar era asociada a las famosas tres S (Sex, Sun and Sea) que parecen describir mejor el Caribe de tantos turistas que todavía arriban al área. Es con la Revolución que se detecta un punto de giro en esas representaciones, y aunque el ICAIC es fundado aquel año, la legitimación de ese proceso que se representa en pantalla se lo debemos a un grupo de cineastas prestigiosos que llegaron a Cuba con el fin de poner su talento al servicio del Instituto y lo que este representaba. No importa que el grueso de esas películas hoy estén olvidadas: lo que aún importa era que el grueso de esos cineastas estaban construyendo una imagen aceptada en festivales y circuitos de exhibición de la izquierda de entonces.

No voy a extenderme en este punto al cual dediqué una investigación con el título de Intrusos en el paraíso (Cineastas extranjeros en el cine cubano de los sesenta). Lo que quiero llamar la atención es que el proceso de construcción de nuestra imagen colectiva siempre ha dependido de múltiples actores. No tuvo sentido antes, y mucho menos ahora, interponerle muros a esas miradas foráneas, porque al final, también los nativos podemos ser extranjeros en nuestra propia realidad, sobre todo cuando nos empeñamos en construir a priori una imagen que no responde a la realidad misma, sino a la idea que tenemos o queremos tener de esa realidad.

Me parece que la frase más cuestionable del artículo de Marina tal vez sea esa donde se apunta: “No podemos dejar que nos roben nuestros temas”. Que yo sepa, el verdadero artista no distingue provincias temáticas. No existen temas que sean exclusivos de los cubanos, porque los cubanos vivimos en un mundo común donde la búsqueda individual de la felicidad sigue siendo lo básico, y en la obra de la propia Marina Ochoa, como cuando incursiona en la cultura japonesa, podemos encontrar ejemplos de ello. No existen temas ajenos ni propios para el artista, a no ser que identifiquemos al arte con la pedagogía ideológica. De seguir ese criterio reductor, Buñuel con Los olvidados sería todavía una suerte de mercenario que interviene en asuntos mexicanos que nunca debieron incumbirle.

Otra cosa es el retrato final que se haga de esa realidad “lejana” (que bien mirada, siempre nos será “lejana” a todos), el modo en que la representen, o, para utilizar el término al que apela Marina, la construyan. Regreso a la idea que apuntaba párrafos atrás: ningún Estado tiene la obligación de financiar proyectos audiovisuales que ofrezcan una imagen radicalmente negativa de sus gestiones (no lo hace Estados Unidos, autoproclamado campeón de las libertades públicas). Los cineastas más irreverentes con el modelo hegemónico de representación siempre han tenido claro que la gestación de sus obras llegará todo el tiempo a contracorriente, sea en Cuba o en Los Ángeles. Esos contratiempos, si de veras los anima una voluntad radicalmente independiente, lejos de convertirse en expedientes útiles al lamento público, funcionan como verdaderos resortes de creación.

El problema, a mi juicio, es otro: ¿hasta qué punto estamos preparados como espectadores para asomarnos a esos abismos y mundos sórdidos que también existen entre nosotros y en nosotros? Una vez terminada la obra, ¿la evaluaremos desde el prejuicio que ya ha asumido para siempre determinado canon y modos de representación?, ¿o seremos capaces de establecer una relación verdaderamente crítica, en la cual deconstruimos la imagen que nos ofrecen desde la observación madura y el análisis riguroso?

Cuba está en las películas que elogia Marina Ochoa (Los dioses rotos; Conducta; Vestido de Novia; Madagascar), pero también en Crematorio o Molina’s Feroz, por esperpénticas o sórdidas que nos puedan parecer. Creo que era Godard el que anotaba que gracias al cine nuestras angustias, tormentos, esperanzas más íntimas, hoy han alcanzado visibilidad en la historia del mundo, y Alice Walker apuntaba una idea que se me antoja bien lúcida: “El país más extranjero está en el interior. Somos nuestro propio continente oscuro, somos nuestra propia frontera salvaje”. Y a esa Cuba secreta que pertenece a todos tendremos que asomarnos sin el vicio de proclamarla ya descubierta.

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el abril 5, 2015 en LA MIRADA DE LOS OTROS, POLÉMICAS. Añade a favoritos el enlace permanente. 4 comentarios.

  1. Manuel Iglesias

    Bravo! Plenamente de acuerdo. Entiendo a Marina, pero dos frases desafortunadas en su escrito -por excesivas y rotundas- diluyen algunas tesis que emite y tambien comparto.

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