Archivo del sitio

Otras maneras de construir una ciudad

Hoy Camagüey está cumpliendo 506 años de fundada. Se dice rápido, pero cinco siglos de incesante ajetreo urbano, impide que podamos   apreciar con facilidad el imponente legado cultural que ha llegado hasta nosotros, y que seguirá creciendo, aún cuando ya no estemos físicamente los que ahora festejamos su existencia.

Porque una ciudad, ya lo hemos dicho en otras ocasiones, es mucho más que la suma de sus edificios, monumentos, calles, y plazas. Una ciudad es, fundamentalmente, un estado de ánimo colectivo. Y de la misma manera que uno nunca escoge la ciudad donde se nace, tampoco podemos afirmar que, por haber nacido en ella, siempre nos será fácil vivir allí.

Al contrario, como en los buenos amores, la ciudad que queremos (que idealizamos) no pocas veces entrará en contradicción con la que tenemos en el día a día. Y es en esos momentos donde más imprescindible se hace la necesidad de soñarla a la altura que ella merecería estar.

Soñar la ciudad que queremos es otra manera de habitarla, de construirla. Ojalá todos los que viven esta villa milenaria, además de ayudar a edificarla de un modo tangible, le regalen sus ensoñaciones, o las añoranzas de su futuro (no importa lo inalcanzable que este pueda parecer).

Hay que aprender a convivir con esa ciudad pendiente e invisible que ya existe en nuestras mentes, y que cumplirá años el mismo día que esta que conocemos, si bien adelantándose de un modo más bien insólito en una hipotética línea del tiempo.

Porque, al menos para mí, hay un Camagüey que hoy está cumpliendo 506 años, y otro donde sus habitantes ya viven en el otro siglo, exactamente en esta misma fecha, solo que cien años después.

Hasta allá me llego, me entero de lo que ha pasado con La calle de los cines y todos estos sueños de ahora, y regreso para, gracias a ese insólito viaje, despertar todavía enamorado.

Juan Antonio García Borrero

La cultura cubana

Hoy celebramos el Día de la Cultura Nacional.

Yo llevo casi treinta años trabajando en una institución cultural, y si me preguntan qué es la cultura cubana, no podría ofrecer una respuesta categórica, capaz de ponernos de acuerdo a todos (empezando por mí). En este sentido, supongo que me pase un poco como a San Agustín cuando meditaba de este modo: “¿Qué es el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé. Si quiero explicárselo a quien me lo pregunta, no lo sé”.

Al principio, cuando me inicié en el giro, asociaba la cultura solo al arte y la literatura. Y como mi interés fundamental se centraba en el cine, me esforzaba por elogiar aquellas películas que veíamos en la Cinemateca, y criticar las que más les gustaban al “público”.

En mi mente de aquella época, la cultura era una especie de carnet que nos permitía entrar a un club de personas muy selectas. Y entablar conversaciones ingeniosas donde se podía hacer gala de la erudición, disertar sobre las últimas lecturas, los últimos discos escuchados, las últimas películas vistas en el Festival de La Habana.

Ahora no podría precisar cuándo fue que todo eso cambió de modo radical para mí. Tal vez tuvo que ver la lectura de aquello que Gramsci apuntaba en su momento:

Hay que perder la costumbre y dejar de concebir la cultura como saber enciclopédico en el cual el hombre no se contempla más que bajo la forma de un recipiente que hay que rellenar y apuntalar con datos empíricos, con hechos en bruto e inconexos que él tendrá luego que encasillarse en el cerebro como en las columnas de un diccionario para poder contestar, en cada ocasión, a los estímulos varios del mundo externo.

Esa forma de cultura es verdaderamente dañina, especialmente para el proletariado. Sólo sirve para producir desorientados, gente que se cree superior al resto de la humanidad porque ha amontonado en la memoria cierta cantidad de datos y fechas que desgrana en cada ocasión para levantar una barrera entre sí mismo y los demás. Sólo sirve para producir ese intelectualismo cansino e incoloro tan justa y cruelmente fustigado por Romain Rolland y que ha dado a luz una entera caterva de fantasiosos presuntuosos, más deletéreos para la vida social que los microbios de la tuberculosis o de la sífilis para la belleza y la salud física de los cuerpos.

El estudiantillo que sabe un poco de latín y de historia, el abogadillo que ha conseguido arrancar una licenciatura a la desidia y a la irresponsabilidad de los profesores, creerán que son distintos y superiores incluso al mejor obrero especializado, el cual cumple en la vida una tarea bien precisa e indispensable y vale en su actividad cien veces más que esos otros en las suyas. Pero eso no es cultura, sino pedantería; no es inteligencia, sino intelecto, y es justo reaccionar contra ello”.

No es que ahora mismo yo sepa qué es la cultura cubana. No, todavía no lo sé, pero al menos sé lo que no es, por una razón más bien elemental: la Cultura (con mayúsculas) es algo tan complejo que, si de veras está viva, no cabe en mil libros (por exhaustivo que sean) que intenten describir la totalidad de los bienes que la componen.

Ante el riesgo del etnocentrismo, ese enfoque que no teme valorar el mundo de acuerdo a las jerarquías que apreciamos en nuestra cultura autóctona, prefiero pensar a la cultura cubana como un gran enigma creador. Y como algo que se hace a diario en los más insospechados puntos del planeta, dada la dispersión migratoria que han conocido nuestros compatriotas desde fechas remotas, y siempre con Cuba como fuente de inspiración.

Juan Antonio García Borrero

La vuelta al ego en ochenta líneas

Acaban de pedirme un Currículum Vitae, eso que otras veces he llamado la vuelta al ego en ochenta líneas.

Sé que, por razones profesionales, a estas alturas no se puede prescindir del mismo. Pero cada vez me divierte menos ocuparme de eso: si uno se pone a mirar con lupa el asunto, podríamos descubrir que muchas veces hay más de creatividad en el diseño de lo que otros leerán, que en la vida activa que supuestamente describe ese papel.

Para colmo hace poco sufrí un percance tecnológico que me dejó sin información alguna en el disco duro. Perdí todo, incluyendo ese CV que cada cierto tiempo iba actualizando. Ahora tengo la impresión de haber sobrevivido a un accidente que me dejó dañada de modo parcial la memoria, porque por más que me empeño en reconstruir lo que “he hecho” en los últimos años, solo consigo atar unos pocos cabos, y hacer mía la célebre convicción de Rimbaud: “Yo es otro”.

El currículum es un invento del hombre civilizado. No decide nada en cuanto al verdadero crecimiento del individuo, que tiene que ver con lo que se lleva por dentro, y que solamente uno mismo puede apreciar. Y no estoy haciendo loas de ese buen salvaje que tanto idealizó Rousseau, pues para mí resulta obvio que la bondad natural, tal como algunos la imaginan en un contexto edénico, nunca existió ni existirá: los seres humanos solo pueden crecer y superarse a sí mismos en medio de la vida, que es crisis permanente.

Hace poco me releía los “Aforismos de Zürau”, de Franz Kafka, uno de esos genios al que parecía provocarle risa la adicción al Yo que muchos padecen, y volvía a impactarme la reflexión con que inicia el cuaderno: “El verdadero camino pasa por una cuerda que no está tensada en las alturas, sino apenas por arriba del suelo. Más pareciera estar destinada a hacernos tropezar que a ser recorrida”.

Ahora que intento reconstruir lo que ha sido mi vida en estos últimos años, van apareciendo propuestas de proyectos que jamás fueron respondidas por los funcionarios de turno; mensajes que nunca alcanzaron la más mínima relevancia para el destinatario; o intercambios que se quedaron en la luminosa promesa.

Y me doy cuenta que uno resume en un papel lo que ha logrado, pero que en realidad es el otro currículum (el que habla de lo que no se ha conseguido, pero se sigue persiguiendo) lo que forja nuestro carácter.

Juan Antonio García Borrero

Los intelectuales y el Paraíso

La foto registra el momento en que Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir arriban a La Habana el 22 de febrero de 1960, y son recibidos por Carlos Franqui (director del periódico Revolución), Guillermo Cabrera Infante (director del magazine Lunes de Revolución), Virgilio Piñera (escritor), y José Baragaño (escritor).

Sartre y Simone fueron recibidos con honores máximos, y aparecieron en la prensa de la época junto a Fidel, junto al Che, junto a la gente más humilde del pueblo, provocando el mismo estruendo mediático que hoy suscitaría el concierto de los Rolling Stones en Cuba. Parece una exageración, pero por aquellos años ejercer como un intelectual crítico en la esfera pública (con todos los riesgos que ello implica) más que una opción, parecía un compromiso, una responsabilidad.

Sartre quedó deslumbrado con lo que en Cuba comenzaba a vivirse, y de vuelta a Europa escribió un largo elogio en forma de reportaje que hoy conocemos como “Huracán sobre el azúcar”. Estaba muerto con la Revolución cubana, pero, aun así, no dudó en afirmar en público a sus colegas cubanos lo siguiente: “No olviden que los intelectuales no se encuentran jamás felices en ninguna parte. Cuba es su paraíso, pero yo les deseo que se quede así, que siga siéndolo”.

Al final, Sartre terminó rompiendo con la Revolución cubana. Hay quien habla del “caso Padilla” como el gran catalizador, pero para Sartre estaba claro que ser intelectual es, esencialmente, mostrarse inconforme con lo que nos rodea. “Quien es auténtico asume la responsabilidad por ser lo que es y se reconoce libre de ser lo que es”, escribió. Y también: “Intelectual es el que se mete donde no le importa”.

Y esto que me mata:

Un intelectual, para mí, es esto: alguien que es fiel a un conjunto político y social, pero que no cesa de discutirle. Sucede, seguramente, que haya una contradicción, entre su fidelidad y su impugnación, pero esto es una buena cosa, es una contradicción fructuosa. Si hay fidelidad sin discusión, eso no sirve: no se es un hombre libre”. Lee el resto de esta entrada

Las coyunturas

El cubano nacido después de 1959 tiende a interpretar “la coyuntura” no como la excepción de lo que pasa en su vida, sino prácticamente como la regla, al extremo de que si mañana anunciasen la creación de un Ministerio Público de la Coyuntura, la gente lo asumiría como algo más bien natural.

A mí las coyunturas no me asustan, porque han sido tantas las que he logrado sobrevivir, que me parece que si algún día me faltaran ya no estaría viviendo, sino que descansaría en ese lugar donde solo los muertos consiguen experimentar el raro privilegio de la paz: el cementerio.

Supongo que cada uno de nosotros tenga su propio inventario de coyunturas trascendentales: en lo personal, la primera que me marcó fue “la coyuntura del Mariel”. Pero después llegaron y fueron igual de impactantes “la coyuntura de la rectificación de errores”, o la de “la caída del campo socialista”, o la del “período especial”, o la de “Alicia en el pueblo de Maravillas”, o la de “la doble moneda”, o la de “los balseros”, o más acá, “la coyuntura Obama y el 17D”, y ahora, la más reciente, “la coyuntura Trump”, con todo lo que está implicando de carencias extremas a los más pobres de la sociedad cubana (porque son esos los que al final pagan las facturas del banquete mesiánico diseñado por los que dicen salvar al mundo).

Repito que no le temo a las coyunturas. A lo que le temo son a las interpretaciones coyunturales que las personas (sobre todo si tienen poder) van haciendo de “la Gran Coyuntura”. En lo personal sé que no hay vida sin coyuntura: siempre estamos formando parte de alguna combinación inédita de factores y circunstancias que, para bien o para mal, nos obligan a tomar una posición frente a los otros y frente a uno mismo. Por eso es que es tan necesario el debate que nos obligue a mirarnos más allá del interés estrecho del grupo al cual pertenecemos, y nos haga pensar en el bien de la Nación (así, con mayúscula).

Pero es difícil construir un consenso democrático en medio de tantas “coyunturas”, con personas que, en nombre de esas conjuras puntuales de circunstancias adversas, comienzan a medirte no por lo que, con toda honestidad, aspiras ser a la hora de pensar a tu país, sino de acuerdo a lo que esperan que tú seas, según lo que ellos ya tienen diseñado en su mente.

Ahora mismo nuestro Ministro de Educación Superior acaba de calificar de “mercenarios” a aquellos que firmaron una carta que habla de la autonomía universitaria. Yo no firmé esa carta, pero me he sentido igual de agredido. No la firmé porque hace ya varios años prefiero exponer lo que pienso sobre nuestra sociedad en este blog y asumir todas las responsabilidades a título personal, pero es obvio que coincido con el espíritu de lo que se dice en esa misiva, porque el día que convirtamos a las Universidades cubanas en escuelas de marxismo en vez de espacios de formación humanista, estaremos confiscándole a este país las posibilidades de pensarlo desde los más insospechados ángulos. Lee el resto de esta entrada

Misión y renovación de la Universidad

Los mejores maestros que tuve mientras estudiaba en la Universidad fueron aquellos que me enseñaron a pensar contra todo lo que parece obvio, incluyendo lo que ellos mismos afirmaban: por eso, aunque ya no coincidamos en un aula, siguen siendo mis grandes maestros.

A los otros, a los que me evaluaban en función de mi memoria y lo que ellos querían escuchar, a los que nunca soportaron el menor escrutinio de las ideas que decían defender o vivían pendientes de las doctrinas orientadas desde el “más arriba” o el “más allá”, el tiempo los ha terminado diluyendo en una masa confusa, carente de personalidad en mi memoria.

Como la mayoría de las personas entré a la Universidad pensando que aquello era la extensión de las escuelas donde había estudiado previamente. Al llegar al aula solo veía a un profesor que dictaba sus notas, y al igual que el grueso de mis otros compañeros, me apresuraba en copiar ideas ajenas que después me empeñaba en memorizar para repetirlas más tarde a la hora del examen frente a la autoridad evaluadora.

Todo cambió cuando conocí al profesor que sembró mis inquietudes filosóficas (por ahora no mencionaré el nombre, pues no es la anécdota puntual lo que me interesa retener, sino lo que hay detrás de ese encuentro fecundo que todavía perdura). Todavía hoy, cuando este profesor y yo nos encontramos en la calle, en un parque, en el cine, nos enzarzamos en debates donde la libertad intelectual nos permite descubrir puntos de vista que ambos ignorábamos: porque es obvio que el país ha cambiado, y como buen marxista que sigue siendo, sabe que sin debate permanente y desprejuiciado estaríamos perdidos. En este sentido, la vida sigue siendo nuestra mejor aula, y él mi maestro de siempre.   Lee el resto de esta entrada

Vida y muerte de la blogosfera cubana

La semana pasada conversé con María Antonieta Colunga Olivera (Tunie), que es una de las periodistas camagüeyanas que más admiro. Tunie quiso entrevistarme con el fin de que habláramos sobre el Proyecto El Callejón de los Milagros, pero en algún momento del encuentro me sorprendió con una pregunta que no esperaba: ¿por qué en estos tiempos que pertenecen a redes sociales como Facebook o Twitter, me empeño en mantener activo el blog?

La pregunta me tomó desprevenido, y me ha mantenido pensando en una posible respuesta todos estos días. Otras veces he confesado sentirme una especie de sobreviviente de esa época en que la blogosfera cubana prometía intervenir en la esfera pública, y contribuir al mejoramiento de la sociedad.

Aquello fue un gran espejismo que todavía nos sigue pasando factura a muchos: la inocencia se paga caro, sobre todo cuando la inversión que has realizado en la construcción del blog no es de índole económica, sino espiritual o cívica.

Yo creo que a estas alturas la blogosfera cubana ya no existe. Pero eso a mí me ha afectado poco porque cuando decidí abrir el blog, no lo hice con el fin de insertarme en una moda o algo parecido, sino porque me sigue pareciendo una formidable herramienta de expresión personal, que ayuda a cambiar, no la realidad objetiva, sino a transformar los modos en que percibimos esa realidad y decidimos actuar, como individuos, frente a ella.

Al principio no tenía claro nada de esto. Abrí el blog en medio de la llamada guerrita de los emails, por lo que buena parte de lo que estuve posteando aquel primer año estaba impregnado de esa voluntad bélica que dominaba en el grueso de las bitácoras que leíamos. Hoy no sabría precisar dónde estuvo el punto de giro, y cuándo fue que comencé a pensar en el blog, no como un espacio para fomentar posiciones que se anulan entre sí, sino, todo lo contrario, estimular el debate a partir del reconocimiento de la diversidad de ideas.

Supongo que este giro estuvo asociado a la lectura de aquel pasaje escrito por Mañach que tantas veces he citado:

Yo creo que uno de los males de Cuba es que tendemos demasiado a ver las cosas públicas en función de la política. Se reducen los problemas a simples conflictos de partidos o de gobiernos y oposiciones… Nuestros problemas vienen de más abajo y de más hondo. Nacen en la raíz misma de la ciudadanía”.

Mañach escribió esa reflexión antes de 1959, y el tiempo no ha hecho más que multiplicar ese equívoco que él fustiga. Una nación, que es mucho más que un Estado o un Partido, no se puede pensar solo desde lo político. Es preciso asumirla como lo que en realidad es: un espacio donde confluyen los más diversos imaginarios, siempre marcados por el misterioso hecho que ha propiciado la cercanía geográfica, la herencia de una lengua común, y el conjunto de prácticas culturales compartidas.

En términos políticos es fácil excluir del concepto “nación” a aquellos que no comparten los mismos criterios, pero la cosa es más complicada cuando descubrimos que dos personas con credos ideológicos totalmente opuestos pueden amar a Cuba con similar fuerza. En casos así, y siempre que no se pierda el respeto al individuo que somos, yo prefiero apelar a la conversación civilizada (que es lo que he tratado de cultivar en el blog), y el intercambio de argumentos que me ayuden a crecer como individuo.

A mi juicio, en las redes sociales ahora mismo eso es imposible de cultivar. Facebook o Twitter (que son las dos en las que muevo los contenidos del blog) están diseñadas para que las personas muestren sus emociones de forma rápida, contundente, y sigan su camino: mucha algarabía, pero poca reflexión creativa. No estoy criticando su uso dominante: solo trato de no perder de vista un diagnóstico, una evidencia.

Sin ánimo de caer en la nostalgia obscena, lo que más extraño de aquella época en que la blogosfera cubana aún estaba viva, es la posibilidad de descubrir a una Cuba diversa pensada y discutida desde los ángulos más insospechados. Ahora hay más fotos, más videos, más grabaciones en vivo que hablan de Cuba y los cubanos, pero, paradójicamente, casi todo lo que uno escucha se parece demasiado a los noticieros estelares que se emiten en una orilla u otra de nuestro drama. Sí, ya sé: no se le puede pedir peras a Facebook.

Por eso prefiero seguir ensayando reflexiones personales de este tipo en mi blog. Reflexiones que de antemano sé que no contarán con demasiados Likes porque la lectura de una cuartilla y media para muchos hoy en día es un exceso. O reflexiones que tropiezan con las ideas preconcebidas que cada lector ya tiene de esa realidad de la cual habla según le va en la feria.

En mi caso el blog ha sido importante para descubrir no el país geográfico, sino la Nación, con mayúscula, es decir, esa Cuba mayor que mi querida amiga Ana López describiera en un formidable texto. Y también ha sido la plataforma ideal para entender un poco mejor que egoísmo y altruismo, como propone la filosofía moral del agatonismo con aquello de “disfruta la vida y ayuda a vivir una vida agradable” pueden convivir sin remordimiento en la agenda cívica del bloguero.

Juan Antonio García Borrero