MARIO BALMASEDA SOBRE SU CARACTERIZACIÓN DE ANTONIO MACEO

¿Recuerdan a Dustin Hoffman en Rain Man (1988), de Barry Levinson? ¿Qué fue lo que tanto nos impresionó en aquel momento de la película?, ¿la actuación del actor o la caracterización del personaje?

Porque a todas luces no es lo mismo. Hemos visto cómo buenos intérpretes caen en el abismo de la ridiculez cuando su personaje no es caracterizado con verosimilitud. Y también a la inversa: cómo una buena caracterización no consigue quedarse en el recuerdo del público, precisamente porque ha faltado talento a la hora de darle vida al personaje.

En el cine cubano han existido excelentes caracterizaciones. Imaginemos al Diego de Fresa y chocolate (1993), de Alea y Tabío, sin asumirse de modo creativo ese renglón. ¿Recordaríamos hoy al Diego de Jorge Perugorría tan solo por sus incisivos bocadillos?, ¿o no son igualmente memorables sus gesticulaciones, el lenguaje corporal, las maneras en que usa su vestimenta para seducir o desafiar?

Y aquí vendría lo que me interesa resaltar: caracterizar de modo eficaz un personaje probablemente pondrá más a prueba el talento del maquillista, por ejemplo, que el de propio intérprete. Y no podrán faltar las investigaciones históricas rigurosas, que ayuden a redescubrir esos factores que nos condicionan como sujetos en nuestras vidas públicas.

Un tema atractivo y poco comentado por la crítica. Por lo pronto reproduzco este fragmento de entrevista a Mario Balmaseda, a propósito de la caracterización que hiciera de Antonio Maceo en el filme Baraguá (1986), de José Massip.

JAGB

MARIO BALMASEDA SOBRE SU CARACTERIZACIÓN DE ANTONIO MACEO

“Si supieras… en un principio pensaba que no podía hacer el personaje. No es que me faltara un nivel de conocimiento, de poder entender…pero una cosa es entender la vida de Maceo y otra representarla. No me veía en el personaje.

Así se lo dije a José Massip y hasta le sugerí otros actores. El me planteó con una confianza que me ayudó mucho que me había visto en Lenin, Dimitrov y Bolívar, y estaba seguro que yo podía ser Maceo. Además, insistió en que no le interesaba una caracterización desde el punto de vista naturalista, un parecido exacto, sino crear una impresión, una atmósfera, eso que señalas en la crítica de que si Maceo no fue exactamente así los espectadores pensarán que mi personaje se le parecía bastante.

(…)

Meses antes de iniciada la filmación comencé un riguroso trabajo de preparación, tratando de buscar distintas vías y variantes: biografías, escritos, fotos… Massip, a quien considero una autoridad como investigador histórico, me prestó libros importantísimos y puso en mis manos el epistolario de Maceo. ¡Y qué importantes son las cartas de un hombre para entenderlo! ¿Qué pasaba por la mente de Maceo en esos años, cómo lo llevaba a cabo, de qué manera lo exteriorizaba? Yo podía equivocarme quizás en el teatro con otros personajes, ¿pero fallarle al pueblo cubano en el cine con la imagen de Antonio Maceo?

Sería algo tremendo. Así, pues, tenía esa presión y un cierto temor. Fueron los días en que me pasaba horas enteras encerrado en la casa con un vestuario similar al de la película, sufriendo y amando al personaje. Además, a Maceo había que interpretarlo también a caballo. Él vivía a caballo. Yo monto, pero de ahí a ser un buen jinete va mucho. Hicimos entrenamiento de equitación para buscar la soltura y la dignidad con que él cabalgaba.

(…)

Se hizo un trabajo muy riguroso con el maquillaje, algo que casi nunca se destaca y que yo pienso tiene mucho de artístico, aunque no se reconozca así. Magaly Pompa, quien se encargó de la transformación, probó varios maquillajes a ver qué se podía aprovechar de mí y qué se debía rehacer.

Después de varias pruebas se determinó que la barba sería la mía. Como el bigote no me crecía mucho fue necesario hacer una pequeña franja encima del labio e injertar el característico del personaje. Me afeitaron las cejas para darles esa forma diagonal que conocemos. También se me transformaron las entradas y con un pegamento especial me achicaron los ojos para que no se me vieran tan grandes.

En cuanto a la nariz, había que desaparecer la de Mario Balmaseda. Se me colocó entonces una tela transparente que me levantaba las aletas y hacía pensar en el perfil de Maceo. Cogí mucho sol durante tres meses para cambiar el tono de la piel y realicé bastantes ejercicios con pesas, buscando la corpulencia necesaria.

El ICAIC pidió colaboración a MOSFILM y el especialista que vino, tras ver el trabajo realizado opinó que no tenía nada que hacer.

(…)

Massip no quería hacer una película de guerra, sino exactamente lo que le salió. Hay cosas para discutir, pero el saldo sin dudas es favorable. Es audaz en muchos sentidos y el público la está recibiendo bien”.

Fuente: Pérez Betancourt, Rolando. Baraguá, Maceo y algo más. Granma 26 Abril de 1986, p 4

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Publicado el julio 9, 2017 en ENTREVISTAS, OFICIOS DEL CINE, PELICULAS DEL ICAIC. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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