Archivos diarios: julio 12, 2017

QUE NO VENGAN

Que no vengan”, balbucea aterrorizado el joven protagonista de Camionero (2012), un mediometraje de Sebastián Milo que nos habla del bullying o acoso escolar en las escuelas cubanas. “Que no vengan, que no vengan”, musita una y otra vez, tras haber enfrentado los abusos de tres o cuatros jovencitos empeñados en humillar sistemática y públicamente a alguien que consideran “diferente”.

Cada vez que someto este material al debate público, encuentro personas que me manifiestan su incomodidad. Sienten que hay allí un ataque al sistema educacional impulsado por la Revolución: ¿por qué hablar de las manchas, dicen, cuando aquello sería la excepción, no la regla?

Mi criterio es que Camionero no está describiendo solo los efectos nefastos del bullying activo, sino algo que a mi juicio es mucho peor y más generalizado: las consecuencias del bullying pasivo, es decir, las consecuencias de ese conjunto de omisiones éticas, gracias a las cuales los abusadores terminan envalentonándose y convirtiendo en natural lo que, por pura decencia, debió ser puesto en su lugar. ¿Cuántos de nosotros, con nuestro silencio compartido, no seguimos contribuyendo a martirizarle la vida a los que estando “en minoría”, sufren el rechazo de los grupos dominantes?

Pero igual que existe el bullying escolar, también existe el bullying de Estado, que es cuando quienes deciden los destinos de la nación, a través de las leyes que, en teoría, sirven para articular de un modo civilizado las diferencias que nutren a toda sociedad, se desentienden de las mismas, y permiten que algunos grupos con poder (o sus voceros) descalifiquen de modo ad hóminem a los ciudadanos que no piensan igual a la mayoría.

En Cuba el bullying de Estado fue practicado a través de Leopoldo Ávila a finales de los años sesenta, cuando un grupo de artistas se convirtieron en el blanco de aquellas críticas (muchas de ellas homofóbicas) donde no eran las obras o las ideas, sino los individuos, los que fueron vilipendiados hasta la náusea. O se vio representado de un modo grotesco en aquella farsa protagonizada por Heberto Padilla en 1971 en una UNEAC que se prestó para ser teatro de eso que aún causa una profunda vergüenza leer. Y alcanzó su máxima definición con aquel Primer Congreso de Educación y Cultura en la que la llamada “parametración” sacaría de circulación a artistas de la talla de Virgilio Piñera, por mencionar apenas a uno, o se cerrarían revistas como “Pensamiento crítico”. Lee el resto de esta entrada

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