INTERVENCIÓN DE DEAN LUIS REYES EN EL FORO SOBRE CONSUMO CULTURAL EN CUBA

Les pedí a los ponentes del Foro que, en lo posible, llevasen por escrito sus intervenciones, con el fin de circularlas posteriormente. Lamentablemente, no siempre pudimos lograrlo. Sin embargo, Dean Luis Reyes sí fue de los que cumplió, y gracias a ellos, puedo compartir con los lectores del blog esta excelente reflexión.

ENTENDIENDO EL PAQUETE

Dean Luis Reyes

Una discusión en torno a la pertinencia de admitir o no el paquete me parece fuera de lugar. Otra, acerca de la calidad de sus contenidos, más todavía. La única discusión que creo merece la pena a estas alturas es aquella que pregunta por que existe.

Mi respuesta es simple: existe porque la avidez por lo desconocido es una forma natural de manifestación de la especie humana. Y cada vez que ha decaído esa demanda, sobrevinieron tiempos de decadencia. Un pueblo que no se pregunta que hay más allá de sus contornos está condenado a permanecer entre los muros de su ignorancia.

Hasta aquí solo enumero lugares comunes.

El paquete es la respuesta a la negación que hemos prodigado como forma de relación con lo ajeno. Aclaro: lo ajeno no filtrado por los criterios imperantes en la administración de la cultura simbólica. Ya sabemos que el destinatario final del producto cultural ha sido siempre un ente débil según la perspectiva de la inteligentzia en nuestro contexto. Todos los reunidos hemos escuchado invocar alguna vez desde el poder aquello de que no es el momento adecuado o eso otro de que la gente no está preparada para entender. Se trata de una queja tan antigua dentro del socialismo como cuando Lenin preguntaba qué hacer con el mujik que trabaja toda la semana como una bestia y luego se emborracha, ajeno de sí mismo y de su conciencia de clase, o más bien deseoso de no saber de sí mismo ni de su puñetera clase social.

Tales prejuicios han demorado por mucho el auge de una revolución del conocimiento entre nosotros. No me refiero a algo que depende de recursos económicos, sino a la producción, entre todos, de una esfera pública menos cargada de recelos para con quienes proponen algo diferente a lo acostumbrado. Sin esas oscuras cabezas negadoras no puede producirse algo tan normal y marxista como es la superación de lo viejo.

En este momento de la historia nacional, en cambio, estamos más que listos para dar el salto que supone la construcción de una inteligencia colectiva. Los nuevos dispositivos de comunicación aceleran la producción y el intercambio de conocimientos. En ellos caben al fin desde neonazis y pervertidos sexuales hasta adolescentes iluminados y gente noble con deseos de compartir lo que sabe. Gracias a ello, estamos en un estadio nuevo de la cultura humana.

Me permito recordar que el termino cultura posee una etimología de origen agrario. El cultivo de la tierra, fundamental para la revolución neolítica, hizo que los primitivos seres humanos necesitaran almacenar y transmitir el conocimiento acerca del uso de la tierra, la selección de la semilla, los ciclos temporales de siembra y cosecha. Si el proveedor de esa información invaluable hubiese muerto sin transmitir su saber o si se lo hubiera guardado para sí, sus descendientes habrían muerto de hambre. Entonces, la cultura guarda un sentido de supervivencia material inevitable.

La esfera pública en que prospera y encuentra oído atento el paquete no es más que una resonancia de aquella lógica ancestral. La gente quiere saber. Aunque sea para luego desechar. Eso es un milagro de nuestro contexto, como lo es que tengamos esta discusión. Ambas cosas significan que la avidez por aquello que el universo tiene que decirnos existe. Que la necesidad de estar al día incluso en lo superfluo está ahí.

Otra cosa son los contenidos: son productos de un mundo que no nos gusta. La lógica del capitalismo gobierna los intercambios del presente, hay una hegemonía de lo material y un gobierno sordo del pragmatismo económico, de lo que produce resultados visibles y concretos. En el pasado congreso de la UNEAC creí percibir un reclamo generalizado porque la renovación económica de la Cuba actual estuviera acompañada de un correlato ideológico claro y definido. O sea, que esa lógica del beneficio podría haber calado en nosotros y las mentes más lúcidas se han dado cuenta. Por eso protestan.

Pero, ante esa situación penosa, ¿qué hacer? La única respuesta siempre ha sido: formar consumidores. Agregar cultura a la vida cotidiana. No cultura para elegidos y elitistas, sino todo tipo de cultura. Ello, acompañado de una conversación intensa en torno a los valores o antivalores que contiene.

En mi medio especifico, el de la crítica de cine, me duele cuando muchos de mis colegas repudian el cine comercial porque es banal y artero. Lo es, me consta. Pero mis referentes como critico fueron, antes que Michelangelo Antonioni y Jean Luc Godard, Tiburon, ET, El Padrino, Walt Disney. Si no me convertí en un consumidor cultural maniatado es porque aprendí a apreciar el valor de cada cosa: es decir, de Salgari y Corín Tellado, de Proust y Virgilio Piñera. En cada uno hay un sabor irrepetible. Puedo hacer un análisis de cada cual y establecer jerarquías, si hace falta. Pero los placeres que cada cual me prodiga son solo míos, forman parte de mi particular aprendizaje y por ellos soy lo que soy.

Hace un par de años, impartiendo un taller de introducción al audiovisual a un grupo de adolescente de Centro Habana, en un proyecto promovido por la UNESCO, supe el verdadero color de esta cuestión. Durante esos días mis alumnos tuvieron encuentros con directores de video clip, Mario Masvidal les hablo del anime japonés, Joel del Rio del melodrama, entre otros atractivos. Pero ninguna de esas jornadas puede compararse a aquella en que les mostré la secuencia inicial de “Tiempos modernos”, de Chaplin. Al terminar, me envolvieron como enjambre con memorias usb para que les copiara el filme. Confesaron que no lo conocían.

Esta anécdota me sirve para denunciar un crimen. Que nuestros hijos ignoren la existencia de Chaplin es culpa de todos juntos. Si en cambio saben quiénes son Wisin y Yandel es porque alguien ha hecho sus tareas como debe ser, con mejores recursos y capacidad de seducción que los nuestros. Pero ahora, esos chicos de mi taller conocen a ambos. Un amigo me confesaba que siempre sería mejor que la gente escuchara a Bach y a Mozart. Seguro, estoy de acuerdo. Pero ¿según el criterio de quién?

Me temo que nosotros mismos jugamos un rol funesto en esta ecuación. La cultura del especialista, tan vinculada a la división del trabajo de la modernidad capitalista, nos tiene hoy reunidos para hacer el diagnóstico de un problema en el que aparentemente no estamos incluidos. Esa necesidad de invocar al que sabe es un modo de garantizar la construcción de modelos explicativos de la realidad que serán siempre instrumentos del poder.

Julio Garcia Espinosa indicaba en su ensayo “Por un cine imperfecto” que ese rol de iluminado debería desaparecer un día. El trabajo del intelectual, lo puso en blanco y negro Jean Paul Sartre, es traicionar su propia clase social. En mi caso, me leí a Zoe Valdes, Milan Kundera y Alexander Solshenitzin, además de a Cabrera Infante, Vargas Llosa, Reinaldo Arenas, así como a todos los autores prohibidos, sus cubiertas forradas con una discreta hoja del periódico Granma, mientras estudiaba periodismo en la Universidad de La Habana. Si hubiera seguido los dictados del poder, no sabría todo lo que hoy se. Por ejemplo, que en ese universo capitalista del consumo y la estulticia, de películas nihilistas y canales de pago donde hay programas en que se burlan de ser pobre, existen algunas de las voces del pensamiento crítico sobre su propio sistema que en Cuba no hemos podido generar. Es curioso: esos pensadores han crecido y viven con los contenidos culturales que impugnamos a su alcance todo el tiempo de su vida en la radio y en la televisión.

Pero volviendo al paquete. Walter Benjamin advertía en su “La obra de arte en la época de su reproducibilidad técnica” que, además de provocar la pérdida del aura del objeto artístico y otros ilustres destrozos, la industria cultural contenía una fuerza utópica que las vanguardias podrían y deberían aprovechar para llegar a un destinatario que les había sido negado tradicionalmente.

Entonces, ¿qué debemos hacer con el paquete? Me encantan las iniciativas sectoriales y hasta la idea de crear La Mochila. Pero una orientación desde arriba es una orden que debe ser cumplida y aquí hablamos del placer de la gente que se rompe la espalda por un salario miserable. Repito: ¿qué debemos hacer ante el paquete?

Mi respuesta es: intervenirlo. Cineastas independientes, artistas de la cultura colaborativa, comunidades en red, músicos alternativos podrían comenzar a "invadir" este canal para crear otros paquetes, o para generar esferas de contenidos menos dependientes de las industrias culturales hegemónicas. Es decir, una verdadera y legítima inteligencia colectiva. Esto último, porque ningún canal institucional ha conseguido engendrar algo semejante. Y porque el ejemplo del paquete, con sus virtudes y defectos, pero innegable capacidad de respuesta a la avidez de los consumidores nacionales, demuestra que es viable producir un consumo cultural divergente y antihegemónico. O sea, una suerte de utopía socialista, comunitaria y abierta, sin burocracia de la censura ni policía del pensamiento, donde tuviese cabida desde la banalidad más hartera hasta el gesto vanguardista.

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Publicado el noviembre 4, 2014 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. 3 comentarios.

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