MIGUEL COYULA SOBRE CINE INDEPENDIENTE Y CINE DEPENDIENTE

CINE INDEPENDIENTE, CINE DEPENDIENTE

Por Miguel Coyula

Creo que la utopía de un cine de ficción verdaderamente independiente –como cualquier utopía– no existe, siempre dependes de actores o de favores cuando menos. Pero hablando en términos de industria, es cierto que se ha incrementado la producción independiente desde un punto de vista económico, pero no siempre desde el punto de vista de contenido y forma. Muchas veces el cine independiente es concebido como un vehículo para darse a conocer en la industria y no así como una expresión genuina, sin filtros creativos. Para mí, el cine es la salvación. Un arte verdaderamente independiente es lo único sobre lo que podemos tener control absoluto. Es una obsesión. En mi caso es bueno que me interese el arte y no la política, de otra forma probablemente sería un dictador. La ventaja de tener un control total de los medios de producción es envidiable. La originalidad es algo muy difícil pero tampoco es necesaria. Lo importante es absorber tantas influencias para que nazca originalidad de una hibridez extrema.

Hoy en día se hace difícil encontrar algo que sea original. Por ejemplo ahora se ha puesto de moda el minimalismo en cine de arte de América Latina, los planos largos, ausencia de música incidental, o de estilizaciones extremas en la imagen, el tempo narrativo contemplativo, que es algo que hacía el cine europeo hace 40 años. Conste que creo definitivamente en las influencias para formar un lenguaje de hibrideces al límite. Pero no creo en la hegemonía de una moda, aunque sea cine de arte. Cuando empiezo a ver varias películas “de vanguardia” en la misma cuerda, me doy cuenta de que algo no anda bien. El melodrama en el cine de arte prácticamente se ha desechado, cualquier tipo de sentimiento sufre el destino de una esterilización, como adolescentes ocultando sus emociones por miedo a dejar de ser “cool”. Creo que vivimos en un momento muy blando donde lo políticamente correcto ha permeado gran parte del cine contemporáneo. Me refiero a las “películas de festivales” que muchas veces se diseñan de manera calculadora pensando en el público al que va dirigido la película de acuerdo a la moda imperante. Esto es normal por parte de las personas que invierten el dinero en el proyecto, pero es perturbante cuando los propios realizadores discuten estos términos como factor determinante en el resultado final. Lo cierto es que si una obra cinematográfica es sincera, siempre hallará una audiencia, aunque sea pequeña. Hay cineastas que filman para ganar dinero, otros que filman para festivales, y otros que filman porque no tienen otra salida que vomitar sus películas desde el subconsciente, sacárselas de adentro, exorcizárselas. No digo que los festivales y el dinero vengan mal. Pero si es ese el objetivo, estamos hablando en ambos casos de un cine dependiente.

Muchos aprecian el formato digital como alternativa barata al cine. Pocos veneran las características que lo hacen distinto. Creo que la profundidad del campo en el formato digital me parece un logro increíble de la tecnología: él impacto de un rostro lleno de arrugas y poros en hiper-nitidez de alta definición, al igual que el fondo que ya deja de ser fondo por estar en foco perfecto, el barroquismo de un plano donde todos sus elementos estén en foco, sin grano, para que el espectador elija a donde mirar y pueda así construir una interpretación más compleja de la imagen. Gregg Toland se extenuaba por lograr esto en el Ciudadano Kane. Ahora, 70 años más tarde, la tecnología lo permite y sin embargo los cineastas se matan por tener menos profundidad de campo, desenfocar el fondo, desaturar los colores, y quitarle nitidez a la imagen. Todo para que al preguntar uno la razón conceptual de tal decisión estética le contesten “porque así parece más cine”. Otras veces el Video Digital se ha malinterpretado mucho como idea de que su estética debe ser sucia, cámara en mano, foco y diafragma en automático. Basta de Dogmas.

No hay nada más triste que un joven haciendo cine “viejo” para ser asimilado por la industria. No hay nada más triste que reconocer las fórmulas del “género Sundance”, o del “género Cannes” en una película. Me viene a la mente ahora algo que dijo Godard: la cultura es norma, el arte es excepción. Cierto que Festivales como Sundance y Cannes programan películas más inteligentes que la media de Hollywood, pero por lo general evitan un cine verdaderamente incómodo. Es triste, pues la responsabilidad de un festival hoy en día (salvando algunas excepciones) parece ser más asegurar el cierto mínimo de interés comercial que no ahuyente a sus patrocinadores, y la corrección política de sus programas que asegurará un público comprometido con causas. Interesa, mucho más todo esto y mucho menos la integridad artística del proyecto.

Es culpa de los cineastas también. Creo que actualmente podemos encontrar un atrevimiento en el contenido, pero no tanto en la forma. Temas francamente incómodos son de alguna manera suavizados por la forma. Una puesta en escena perezosa, en piloto automático. Como si la memoria fílmica solo abarcara la década del momento. Resulta difícil encontrar estilos donde se pueda apreciar toda la evolución de la historia del cine. La independencia de una gramática visual está constantemente resentida por las tendencias del momento. No es culpa solo de todos los cineastas. Las excepciones sufren también por el poco riesgo que corren muchos de los programadores. No puede existir, no puede surgir un cine distinto, como movimiento si los promotores no corren el mismo riesgo que los cineastas que deciden arriesgarse. Hubo una época donde abundaban los críticos de cine, hoy predominan los cronistas. Hay menos críticas, y más reseñas. La letra, con sangre entra.

¿Y para que quejarse? No cambiará nada. Cada generación tiene los mismos conflictos que de una forma u otra terminan repitiéndose. Quizás mi visión apocalíptica del mundo, no sea más que un mecanismo creativo para mí. Quizás termine utilizando este texto, que comenzó como análisis del cine independiente, para alimentar la atmósfera de pesadilla que necesito como inspiración. No sé si sea masoquismo, pero encuentro cierta belleza en la alienación. Pudiera decir entonces que mis películas son escapistas? Puede ser. Terapia quizás. Tengo 34 años y ya soy un viejo. En realidad siempre fui un viejo y sin embargo me apasiono, me entusiasmo con ciertas cosas con la misma ingenuidad y desconcierto que un niño. Eso me parece esencial en el proceso creativo, el misterio de ciertas situaciones que un niño no puede llegar a comprender y que sin embargo dejan una huella imborrable. Mantener el misterio es una necesidad. El momento en que las respuestas cobran más relevancia que las preguntas significa la muerte como creador, pues quiero que la película continúe en mi mente, mucho después de los créditos.

Siempre he pensado que vivo dentro de mi mente, dentro de un universo alternativo que tiene poco que ver con la realidad física. Mis conceptos y principios estéticos son tan fuertes y específicos que mi primer impulso es descalificar lo que no me interesa, por eso tampoco serviría como crítico. Me cuesta ser objetivo. Por eso hago el cine que me gustaría ir a ver como espectador. No hay otra razón. Cada película ha sido muy distinta de la anterior, pero tampoco tengo temo repetirme.

Mi primer largometraje me tomó dos años, el segundo fueron cinco. Siguiendo la matemática, espero que el próximo no sean diez. Es difícil trabajar como un hombre orquesta toda la vida, pero lo haré mientras me quede algo de juventud. Comenzar un nuevo proyecto es el paso definitivo, una vez que comienzas ya no puedes parar. Espero terminar y decir que sigo siendo independiente. Es una posibilidad poco realista, pero existe.

¿Realismo? No espero nada de la realidad. Me veo obligado a distorsionar el mundo que me rodea para construir mi propio universo. Lo que sucede dentro de mi cabeza puede ser más real que el mundo físico. Todas las experiencias que un ser humano acumula durante su vida están destinadas a desaparecer con la muerte. Por eso hago cine, para preservar ideas, sensaciones, realidades alternativas que solo pueden existir como fantasías. Es mi responsabilidad con los pocos que compartan una sensibilidad afín.

Utopía: Eliminar la transmisión y traducción de una idea a un equipo. De la mente a la pantalla. Es importante no racionalizar la intensidad de una idea, no puede pensarse, hay que vivirla, sentirla de manera visceral, convertir la cámara en una extensión del brazo, como el pincel para el pintor. Los significados vienen después en la sala de edición. Quebrantar también la cronología tradicional de las tres etapas de creación, Guión, filmación y postproducción. Libertad de regresar a filmar cuando una idea irrumpe en la edición. Explotar verdaderamente la maleabilidad estética de la tecnología, con actores dispuestos a seguirte. Construir artesanalmente. Dirección de arte digital. Caos aparentemente organizado. Intuición sin barreras. Imperfección precisa. Lecturas múltiples. ¿Utopía? No siempre. A veces se logra.

 

PD: Publicado originalmente en el “Bisiesto” de la Muestra de Nuevos realizadores.

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Publicado el agosto 17, 2011 en AUDIOVISUAL JOVEN EN CUBA. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

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