Archivos Mensuales: octubre 2008

INVITACIÓN AL BLOGUEO

Parece fácil narrar la historia del cine cubano. A primera vista, se trata apenas de un puñado de filmes. Nada que ver con la producción anual de Hollywood. O con la de países como Francia o Italia. Y sin embargo, detrás de esa precariedad numérica, permanece intocado todo un mundo.

No es que no se haya hablado del cine cubano. En realidad, a diario tropezamos con una noticia vinculada al mismo, ya sea dentro o fuera de la isla. El problema es que seguimos utilizando un enfoque a través del cual se tiende a parcelar el conocimiento de ese cine, como si este fuera una sumatoria de entelequias, o algo providencial que se desarrolla ajeno a lo que pasa en la vida. Es decir, no se mira ese fenómeno como un conjunto complejo que merece una mirada igualmente compleja, sino que se prefiere encasillar lo que conocemos o sentimos, y sobre la base de esos prejuicios, exaltar o descalificar.

Hasta ahora el sesgo dominante ha sido ese que en algunas ocasiones he nombrado “icaicentrismo”. Con esta tendencia, el historiador (incluso cuando niega de modo feroz a esa institución por razones ideológicas o culturales), sigue pensando en la historia del cine cubano como si se tratase de la historia del ICAIC. Todo el relato gira alrededor de ese exiguo conjunto de películas producidas por dicha institución (comparada con la de países con recursos), conjunto que se reduce aún más, porque las obras que han alcanzado una proyección internacional relevante, no pasan de la veintena. De allí que sea imposible pensar en un cosmos, y los estudiosos recurran una y otra vez a las mismas películas de siempre (“Memorias del subdesarrollo”, “Lucía”, “La primera carga al machete”, o un poco más acá, a “La Bella del Alhambra”, “Fresa y chocolate” o “Suite Habana”).

Con ello se insiste en dejar a un lado la perspectiva de conjunto (que incluye al texto fílmico, pero también al espacio en que surge ese texto, así como los dispositivos técnicos que lo hicieron posible), para priorizar una lectura sesgada donde la interpretación y la metafísica (según el tornadizo humor de quien las enarbola), van por delante del análisis de circunstancias y evidencias. Esta predisposición cognitiva del investigador ni siquiera pudiera sancionarse en el orden ético, ya que en verdad tiene que ver con carencias naturales del hombre.

Dada la polarización política que vive Cuba desde 1959, es obvio que en ambas orillas encontraremos ideólogos con encargos explícitos de liquidar al contrario sin contemplación alguna. En esos casos el razonamiento es algo fatuo que no se perdona. Lo que vale es un “sí” o un “no”. Pero al margen de estos burdos ejercicios de autoritarismos, podemos detectar estudiosos (aquí o allá), que con mucha honestidad defienden sus convicciones sin que en ningún momento les pase por la cabeza que esas “certezas”, como todo lo humano, son fiscalizables y discutibles.

Esto sucede porque, en sentido general, las personas asumimos de manera involuntaria que gozamos de privilegios cognitivos: un estudiante, si desaprueba, cree que el profesor lo ha fastidiado, no que ha descuidado sus labores. O un trabajador achaca a la incompetencia del jefe su despido. Puede ser cierto que el profesor actúe de mala fe, o que el jefe sea un gris burócrata, pero por lo general se piensa que nuestro punto de vista es especial o superior, sin entrar a revisar los posibles argumentos del adversario.

Ese conjunto de sesgos ha sido combatido hasta la saciedad por los más sabios. El “principio de mediocridad” defendido por John Richard Gott en los años sesenta, con su famosa profecía sobre el Muro de Berlín, puso de moda la idea de que no existen privilegios de observación, pero desde mucho antes, con “Rashomon”, Akira Kurosawa nos había descrito la naturaleza poliédrica de la realidad. En lo personal, el paradigma de “Rashomon” me atrae tanto, que más de una vez lo he propuesto como un modo de contar la historia del cine cubano. Mediante ese paradigma, se podría narrar la historia del cine nacional según los cineastas. Y contarla también de acuerdo al punto de vista de los críticos. Y de los espectadores. O incluso, desde la perspectiva de aquellos que nunca han tolerado ese cine.

Sin embargo, admito que ese paradigma, por sí solo, no resuelve la crisis de legitimidad de discursos que introduce. Es preciso, en medio de tanto relativismo, encontrar un madero al cual aferrarse. A mi juicio, la grandeza imaginativa de Kurosawa alcanzó a proponernos otro posible modelo. Gracias a Kurosawa, pienso que el estudioso de cine cubano podría encontrar en “Yojimbo” un buen referente, en tanto parábola de un mundo dividido de forma bipolar.

Como seguramente se recordará, en esa película el protagonista se pone al servicio de dos familias rivales que pugnan de manera feroz por el poder. Pues bien, quien quiera estudiar sin prejuicios el cine cubano, tendrá que admitir que su análisis hasta ahora ha estado condicionado por cosmovisiones binarias (dentro/fuera; a favor/ en contra). El estudioso solo podrá superar esas simplificaciones si se impone sus propias reglas, y se empeña en construir una versión menos maniquea de la realidad, renunciando a entregarse de manera ciega a lo que esos grupos dominantes van pregonando. De lo contrario, estaría respondiendo, primero, a esos sesgos involuntarios que mutilan nuestra propia capacidad de conocimiento, y luego, a los intereses de aquellos (estén dentro de la isla o fuera) que pretenden legalizar como únicas (y excluyentes) la interpretación del cine cubano que ya tienen.

En este sentido, entiendo que lo primero sería asumir que cine cubano es un todo dinámico que incluye a la producción del ICAIC, pero también al cine pre-revolucionario, al “cine sumergido”, y al cine realizado por cubanos más allá de la isla. Si el historiador no toma en cuenta esa “Cuba mayor” (para utilizar la valiosa imagen acuñada por la investigadora Ana López), estaremos condenados a percibir solo fragmentos de la realidad cubana. Y hoy más que nunca, Cuba se nos revela como esa “comunidad imaginada” a la que ha aludido Benedict Anderson. Pongo un ejemplo cercano: gracias a las nuevas tecnologías, Nueva York en este mismo instante es un barrio muy cercano a Camagüey (o viceversa). No son las barreras físicas las que todavía nos separan, e impiden que hablemos del cine cubano como parte de una angustia común: esas barreras y distancias solo perduran en nuestras mentes.

Aquí es donde pienso que el historiador de cine cubano, como Yojimbo, debe imponer (se) sus propias reglas y metas. Si hace su trabajo a conciencia, en el mejor de los casos conseguirá más soledad que reconocimientos, más indiferencia que aplausos. En el peor, sufrirá no pocos repudios. Tendrá que acostumbrarse a la idea de que la utilidad de su legado (si fuese útil), lo será solo con un carácter póstumo, pues hablamos de dejar a un lado aquello que los grupos en conflicto esperan escuchar, para reintegrarle al pensamiento propio un sentido espiritual casi aristocrático. Digo aristocrático porque, mal que nos pese, solo una minoría se esforzará en mantener todo a mano, sin que nos traicione el impulso de suscribir un juicio, una condena, o una apología, si antes no ha revisado la mayor cantidad de argumentos en pro y en contra. Son los menos a quienes les interesa de veras ir más allá de esos lugares comunes que tanta seguridad nos reporta en la vida cotidiana. Seguridad, pero también escasa personalidad.

Donde único se me ocurre que puede fomentarse ahora mismo ese tipo de independencia historiográfica es en la blogosfera. Con la blogosfera hablamos de un terreno virgen donde los “Poderes” políticos, culturales, o mediáticos, aún no han conseguido imponer de forma radical sus restricciones y normativas. Incluso dentro de Cuba, país en el cual hay tantas dificultades para acceder a Internet, ya existe un conjunto de blogs que cada vez alcanza una mayor proyección en la esfera pública, si bien esa publicidad, por el momento, se advierte solo fuera de la isla.

La “Historia” del cine cubano pudiera beneficiarse de este fenómeno imparable. Ya que por la vía institucional no existe voluntad alguna de discutir críticamente su memoria histórica, el desafío se adivina descomunal o temerario. Pero también estimulante, pues a través de los blogs, los cineastas cubanos, estén donde estén, podrían contar como en “Rashomon”, sus propias experiencias, y contribuir a la reconstrucción de esa memoria del cine cubano que ahora es una inmensa laguna donde flotan objetos aislados. ¿Cuántas “historias” (con minúscula) no se han extraviado para siempre, debido a las exclusiones que suele prodigar este tipo de historiografía binaria que hasta ahora conocemos? Y conste que no hablo solo de exclusiones por razones ideológicas, pues también hemos tenido que padecer ese gesto arrogante del historiador que, amando como ama a Bergman o Fellini, se niega a percibir en su agenda de trabajo lo realizado por Juan Orol o sucedáneos.

No esconderé que mi entusiasmo tiene que ver con la experiencia del blog “Cine Cubano, la pupila insomne” (https://cinecubanolapupilainsomne.wordpress.com). Se trata de una iniciativa estrictamente personal, impulsada desde una provincia donde el cine sea acaso, más que una realidad, un recuerdo, y sin más recursos o apoyo que la pasión (a veces, temeraria y autodestructiva). Pero gracias a ello, he podido darme el lujo de evadir los falsos límites que nos ha impuesto la retórica institucionalizada en las dos orillas, para hablar de esta actividad cultural como algo dinámico que se inicia con la llegada de Gabriel Veyre y su cinematógrafo a la isla, y que incluye el cine silente, el cine sonoro pre-revolucionario, el cine del ICAIC, el cine “alternativo”, pero también el cine realizado por cubanos más allá de Cuba.

Desde luego que ese relato está muy lejos de ser el definitivo. Se trata tan solo de una mínima parte de la Historia del cine cubano, contada según el punto de vista de ese “Autor” sucesivo que soy yo mismo. A su vez, en esta misma plataforma, otros han podido rememorar la misma Historia desde una perspectiva distinta. El experimento ha sido interesante por las polémicas que, alguna que otra vez, ha generado, pero también porque me ha permitido beneficiarme de una voluntad cognoscente donde, por encima de la confrontación en su sentido más pedestre, va predominando la exploración colectiva (lo cual no ha excluido el fértil desacuerdo).

Y es que, a mi juicio, la “Historia” del cine cubano tiene que dejar de ser tradición controlada por unos pocos “expertos”, para transformarse en lección permanente del presente: en lección para uno mismo. Hablo de la urgencia de construir entre todos una “Historia” profunda (pudiera decir “fangosa”), que olvide por un rato el resplandor de neón siempre superficial de la pantalla, y retorne a los orígenes del hecho fílmico, dispuesta a indagar en las condiciones primeras de la producción, en los equipos utilizados por los camarógrafos, en las características del material fotográfico del que se hizo uso, en las iniciativas de los técnicos para mejorar el sonido, prácticas que contribuyeron a configurar todo un modo colectivo de representación y recepción de la realidad.

Lo que sugiero es la necesidad de una Historia que en vez de exaltar o descalificar al cine cubano en abstracto, como extensión de un diferendo simbólico, tome en cuenta a los seres humanos “concretos y finitos” que lo han hecho posible. Seres que, como todos los mortales, aman, odian, envidian, se pelean, subliman sus fantasías y/o frustraciones, hacen las paces o se mueren rumiando el rencor, y en el camino proyectan esas pasiones encontradas en lo que más tarde conocemos como “un filme”, que a su vez, pasa a formar parte de la cultura nacional.

Nada sabemos todavía de esas películas que han sido realizadas por cubanos dentro y fuera de la isla, y que en verdad han sido los sueños y pesadillas íntimas de incontables hombres de carne y hueso. Nada sabemos, ya que como alguna vez aseguró Litchtenberg: “Toda nuestra historia no es sino la historia del hombre despierto; nadie ha pensado aún en la historia del hombre dormido”.

Juan Antonio García Borrero

PD: Agradezco la invitación cursada por el Sr. Iván Acosta (creador de la obra teatral “El Súper”) para escribir estas ideas, con el fin de circularlas en el “VII Congreso Anual del Centro Cultural Cubano de Nueva York”, dedicado al cine cubano (Octubre, 2008).

UN COMENTARIO DE ABELARDO MENA

Juani:

Sinceramente, no dejaremos de agradecerte tu enjundioso empeño tanto en “La Pupila Insomne” como en los libros que has escrito, proponiendo una visión otra del análisis del cine cubano como complejo cultural. Creo que, mas allá de la oposición binaria entre apocalípticos e integrados (con el ICAIC todo, fuera del ICAIC nada), es esencial analizar los discursos cinematográficos cubanos, sus instancias de producción, las interferencias o modulaciones en sus discursos, tanto cronológicamente como por series o conjuntos, como se hace en los museos de arte, y rebasar así las lecturas monológicas del mismo.

No podría definir ahora si esta incapacidad critica sobre el cine resulta de la escasa circulación en la Academia (léase facultades de humanidades) de los estudios culturales contemporáneos sobre el cine creados fuera de Cuba, pero estoy seguro que el análisis de nuestro cine debe ser integrado en la Historia del Arte insular, y no estar sometido ya a la feliz aparición de reseñas en la prensa, absolutamente insuficientes.

En ese sentido, la critica e historia del cine cubano debe liberarse (como lo hace el cine “low cost” cubano) de la dependencia a las instituciones (por buenas que sean), de la dependencia del libro como objeto, y proyectarse -como haces en “La Pupila”- en la construcción de canales alternativos que permitan encontrar otras voces receptoras en el público (sea general o especializado).

Esto es esencial, considerando que ya en Cuba circulan y se posicionan- mas allá de los modelos culturales “ilustrados” propuestos por el MINCULT- otros modos de concebir la cultura (llámense banalizadas, extranjerizantes, high tech, etc) que no “respetan” la critica canónica, como hizo tu generación y la mía con “Historia del Cine”, “24 x segundo”, y otras instancias.

Sin más, con un café mañanero,

Abelardo

Anuncios