Archivos Mensuales: septiembre 2008

PUERTAS CERRADAS

Cuando éramos muchachos, y retozábamos en el callejón que está al costado de la iglesia de Santa Ana, teníamos una frase mágica para interrumpir el juego sin dejar la impresión de que nos rendíamos. En medio del sofoco pedíamos “tiempo”, y todo el mundo aprovechaba para reponer fuerzas. Eso es lo que ahora me estoy pidiendo a mí mismo con el blog: “tiempo”. Un “tiempo” que me gustaría exigírselo al Tiempo (con mayúsculas), mas ya sabemos que éste último es bien mezquino en préstamos de esa índole.

“Cine cubano, la pupila insomne” se ha convertido en mi vicio favorito, pero adicción al fin, también en mi peor adversario. Todavía no sé muy bien por qué lo he mantenido, ni para qué. Creo que en el fondo se trata de un experimento parecido al que se propuso Stuart Mill entre el 8 de enero y el 15 de abril de 1854, cuando decidió escribir aquel brevísimo diario (que nada tiene que ver con su famosa “Autobiografía”), donde trata de paliar la crisis emocional provocada por la enfermedad de la mujer que más amó. Lo que anotó Mill el primer día, de haber contado con Internet, podría figurar como el primer post de la historia de la humanidad:

“Este librito es un experimento. Aparte de cualquier otra cosa que pueda lograr, servirá para ejemplificar, al menos en el caso del autor, qué efecto se produce en la mente cuando uno se obliga a tener por lo menos un pensamiento cada día, que merezca ponerse por escrito. Para este propósito no puede contar como pensamiento el mero especialismo, ya sea de ciencia o de práctica. Tiene que estar referido a la vida, al sentimiento o a la alta especulación metafísica. Probablemente, lo primero que descubriré en el intento será que, en vez de uno por día, sólo tenga un pensamiento así una vez al mes; y que sean solo repeticiones de pensamientos tan conocidos de todos, que ponerlos por escrito sólo serviría para revelar la pobreza de la tierra”.

Admito que ahora mismo la obligación de poner casi todos los días por escrito un pensamiento relacionado con el cine cubano, suena a desmesura. A pose jurásica. No es que el cine cubano no lo merezca, pero se trata de otra época. Ya quedaron para siempre atrás esos tiempos fundacionales en que se discutía de modo febril el papel del cine en la sociedad, y cineastas y críticos, a la par, fomentaban un debate público que rebasaba el interés local, involucrando a personalidades del mundo que iban desde Zavattini a un Wajda tempranamente consagrado.

Quizás hoy más que hablar del cine cubano, deberíamos dedicar los mayores esfuerzos a estudiar y entender esa suerte de “efecto espectador” que ha terminado por naturalizarse en nuestras vidas. ¿Por qué no se discute ya el cine cubano?, ¿por qué esa merma evidente de herejías intelectuales (al estilo de las que fomentaban Alfredo Guevara, García Espinosa, o Gutiérrez Alea), y su reemplazo por un culto al pasado que raya a ratos con el fetichismo?, ¿por qué esa escandalosa espiral del silencio? Y lo peor: ¿por qué esa letal apatía entre los más jóvenes a exponer y confrontar sus puntos de vista?

Pienso que esa dejadez, entre otras cosas, responde a una época donde ya el cine ha sido relegado a la retaguardia, y es el audiovisual (en sentido general) lo que gana el protagonismo. Pero ese audiovisual (entendido como un conjunto de prácticas muy diversas entre sí) todavía no tiene entre nosotros una teoría clara que lo legitime como un corpus cultural de interés académico. Y no hay tampoco una voluntad institucional interesada en impulsar esos debates. No bastan Muestras y estrenos puntuales: se necesita crear entre los más jóvenes ese vicio intelectual al que se refería Mill, crear la “atmósfera” donde el oxígeno sea el intercambio incesante de ideas.

Quizás estemos en presencia de ese momento recurrente en que se solapan las futuras discusiones: no me extrañaría que dentro de muy poco el audiovisual cubano se vea envuelto en otro debate entre “antiguos” y “modernos”, y jóvenes exasperados la emprendan contra el viejo modo de representar (o no representar) la realidad.

En medio de todo esto, la invitación de Mill acerca de proponernos un pensamiento diario que merezca ponerse por escrito, es valiosa en la medida en que, como individuo, nos ayuda a no dejarnos tentar por la comodidad del sopor. No obstante, para mí queda claro que las opiniones de un bloguero nada tienen de extraordinarias. Un blogger no es un nuevo Mesías anunciando verdades absolutas. Su único mérito está en que esas ideas que defiende compiten en igualdad de condiciones en un mundo donde no hay límites, a no ser los que uno mismo se imponga. Más que lidiar con los demás, el blogger aprende a lidiar consigo mismo, y a no dejarse encadenar por el automatismo, por el miedo, o por los extremos que en cualquiera de sus variantes (ya sea a la izquierda o a la derecha), lo simplifica todo.

Fuera de eso tan íntimo, no pasa nada más. Da lo mismo que se viva en La Habana que en Camagüey. En Miami que en Madrid. En México que en Barcelona. En Londres que en París. Con blogs o sin blogs, el mundo seguirá su curso, indiferente a la opinión que en cada momento expresamos. Ningún blog le cambia la vida a nadie. Solo se la transforma un poco al que lo administra, que después de un tiempo comienza a entender con claridad lo que tanto se ha dicho del pensamiento por cabeza propia, como surtidor de dignidad y orgullo.

Por cierto, que esa condición de dios menor del bloguero me hace recordar un hermoso poema escrito por el cubano Domingo Alfonso, y que me gustaría dejar aquí a manera de epílogo de esta aventura (la llamo. en broma, mi “blogodisea”) que aún no sé cuándo retome (si la retomo). Por ahora, solo sé que las puertas de la cueva permanecen cerradas (hasta nuevo aviso).

Juan Antonio García Borrero

PERO LAS PUERTAS PERMANECEN CERRADAS

Hablo de ti, pequeño hombre:
de tu fardo de angustias, de tu escritura.

No puedo compararte con el Héroe.

Tu campo de batalla son los días iguales
en medio de objetos que carecen de prestigio.
No percibo tu influencia;
Tu sola herramienta son las palabras:
llave para muy pocas personas.
¿Con quién comparar tu falta de relieve?
No puedes mover las bisagras del mundo.
En medio de millones, eres un punto
rodeado de soledad y silencio.

Avanza tu figura por las horas del tiempo
con tan poco luz que mengua ante la oscuridad.
Un hálito de temor preside el entorno que te cerca.
Cargado de incertidumbre, presa de un poco de miedo
te mueves en esa habitación oscura;
pero las puertas permanecen cerradas.

Domingo Alfonso

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UN POST PARA LOS NIETOS DE MIS BIZNIETOS

Hoy, como Borges en cierta tarde ya lejana, quisiera acordarme del futuro, no del pasado. Hoy he estado sacando cuenta de los años que demorará en llegar a los nietos de mis biznietos este mensaje. Computar eso asusta bastante, porque es como tirarse al vacío desde la cima de un rascacielos, sin que nunca veamos llegar el piso. No sé si para entonces existirá Internet. Lo que sí me atrevería a jurar es que no existirá el cine (por lo menos, tal como lo hemos conocido en esta brevísima vida de cien años que tuvo la más joven de las formas de ver arte).

Por supuesto que se seguirán mirando esas películas ilustres que han descrito nuestra vapuleada existencia desde una densidad poética sencillamente insuperable. Chaplin, Bergman, Fellini, Welles, y en el caso de los cubanos, Titón, Solás, Santiago Álvarez, García-Espinosa, Pineda Barnet, Fernando Pérez, entre otros, devendrán referencias insoslayables. Al igual que Ramón Peón, Manolo Alonso, Néstor Almendros, Fausto Canel, o León Ichaso, pues al fin y al cabo, como ya dijo un sabio, “la cultura es eso que queda, después que se ha olvidado todo”.

Pero no es desde esa perspectiva que quisiera comentarles a mis descendientes esto que, ya con incurable nostalgia, llamamos cine. Conceptos como el de Jean Luc Godard (“El cine es la verdad 24 veces por segundo”), devendrán muy seductores en el contexto de la retórica, pero dicen poco, muy poco, de lo que ha significado para los cubanos “ir al cine”. Dudo que mis descendientes entiendan algunos de esos textos donde mi desmesurada pasión por la “artisticidad” de esta o aquella película, disfraza lo que en realidad es algo más mundano y sublime a la vez: el placer de estar en medio de algo que nos excita. El placer de sentirnos por un par de horas libre de una vida cotidiana que paraliza.

En el “cine”, queridos nietos de mis biznietos, los de ahora tuvimos nuestra verdadera “paidea” erótica. En muchos de nosotros el cine todavía se asocia al nombre de la primera novia. Al primer beso. Y al goce de una mano asustada que se desliza, como quien no quiere las cosas, entre las piernas de alguien que, estando a nuestro lado, el deseo nos empujó a percibirla como si fuera la verdadera estrella del filme que en esos momentos proyectaban en la pantalla.

Me consta que en Camagüey, ir todos los lunes al estreno del cine “Casablanca”, para algunos era algo así como asistir a misa los domingos. Supongo que cada uno de los espectadores que ha existido en este mundo tendrá su propia versión del asunto. Pero los de mi generación quizás todavía se sientan compañeros de aventuras de Errol Flynn en “Contra todas las banderas”, o de Tony Curtis y Kirk Douglas en “Los vikingos”, o de Toshiro Mifune en “Los siete samurais”.

Una vez mentí mencionando el título de la primera película que vi en mi vida. En realidad no recuerdo cuál fue la primera, aunque sí asocio ese acontecimiento al (hoy) teatro “Principal”, que por aquellas fechas ofrecía proyecciones en 35 milímetros. ¿Cuántos cines había entonces en la ciudad? Así, sin pensarlo demasiado, ahora mismo evoco nueve: “Casablanca”, “Alkázar”, “Encanto”, “Guerrero”, “América”, “Avellaneda”, “Social”, “Camagüey”, “Amalia Simoni”.

Hoy quedan apenas dos funcionando, pero esa devastación que nos impone el tiempo y la modernidad, no desmiente la jerarquía que esos espacios tuvieron para cada uno de nosotros. En esos cines los camagüeyanos dejamos un gran trozo de nuestras vidas. Dejamos a nuestras novias de siempre. Perdimos la virginidad. Y supimos, Heráclito mediante, que después de una buena película, ya nadie se sienta dos veces en el mismo cine.

Tal vez esa sea la causa de que, en noches de alucinaciones y desvelos, pase una y otra vez en mi cabeza un filme interminable que he titulado “Camagüey: lo que el cine se llevó”.

Juan Antonio García Borrero

RICARDO VIGÓN EN LA MEMORIA DE FERNÁNDEZ RETAMAR

ADIÓS A RICARDO VIGÓN
Por Roberto Fernández Retamar

En París, donde lo viera hace cinco años, recibo la noticia de la muerte de Ricardo Vigón. Después del asombro y el dolor, viene el repaso de la vida del amigo bueno. Presumo que otros habrán hablado y escrito sobre él (no lo sé desde aquí), pero siento la necesidad de dedicarle estas líneas, pensando en los primeros encuentros, hace una docena de años.

Se comprende entonces no poco de esta generación nuestra. Ha sido ella tan espléndida en armas y gobierno, que las otras actividades han quedado a la sombra, y no cabe duda de que ésta será recordada como una generación de hombres de acción antes que como una generación contemplativa. Pero eso no quiere decir que no haya tenido sus escaramuzas artísticas, su época más o menos heroica de aprendizaje y ensayo. Y quizá ninguno de nosotros tan vinculado a esos hechos como Ricardo Vigón.

Era por los años cuarenta, cuando empezábamos la Universidad unos y salían del Instituto otros. Está muy cerca la época para que la dibuje y arregle la memoria, y vienen las cosas en tropel. Los domingos se iba al concierto de la Filarmónica, que con la despedida de Kleiber (¡aquel inolvidable e inacabable concierto de su despedida!) comenzaba a decaer, pero que todavía nos regalaba mañanas memorables. Cambiábamos en las caminatas nuestro Neruda por un Hemingway; alguien había conocido a Lam y alguien se enfrascaba en Engels, queriendo saberlo todo y pronto. Un día, después de torrenciales elogios hechos por Germán Puig, conocimos a Vigón. Estaba enfermo de una enfermedad recurrente, que al parecer ya no lo dejaría, y que le afinaba hasta el dolor de los sentidos. Recién salido del hospital nos vimos, y su impresionante “ángel” fue más obstinado que las alabanzas. Flaco hasta lo increíble, como seguiría siendo siempre, con el pelo negrísimo cayéndole sobre la ancha frente, y los ojos oscuros, profundos y sobresaltados, mezclaba su voz neblinosa con una risa que no acertaba a tapar su tristeza.

Por 1948 tenían Ricardo y Germán una cinemateca en Consulado y Trocadero, creo que la primera que existiera en Cuba, y luchaban por ella con una abnegación que no excluía el hambre. Allí vimos Eisenstein y la vanguardia, en sillas apretujadas, con la emoción de lo nuevo y lo necesario. Allí se iba reuniendo, junto a algún pintor o poeta mayor, mucho de lo que después sería la nueva hornada de artistas cubanos. Ricardo iba de unos a otros, queriendo limar las asperezas que suelen acompañar al irritable gremio, dando a éste una sonrisa y a aquel un comentario.

En esas caminatas, en esas lecturas cruzadas, en esas sesiones de cine se iban diseñando líneas que hubieran debido proseguir ininterrumpidamente de no haberlas torcido o desparramado, en gran medida, la tiranía que entonces no vislumbrábamos. La cinemateca, después de un tiempo de verdadero heroísmo, debió cerrar sus puertas. Y Ricardo decidió marchar a conocer París, la aventura del hispanoamericano. Para que se lo permitiera su pobreza, empezó a rifar un traje. Corrió la voz de que el traje que Ricardo rifaba era el único que tenía, el que debería llevar puesto, y es de suponer que nadie se animó a reclamarlo. Después nos llegaban de él, como ráfagas, noticias confusas. Que si se había vuelto a enfermar. Que si estaba preso. Que si estaba en un convento. Nadie recibía de él una letra. Y al cabo hubo que ir a verlo, y lo vi en París, hace ahora cinco años. Estaba feliz y exaltado, pero terriblemente nostálgico. Se sabía la ciudad al dedillo, como antes La Habana, de la que había llegado a conocer piedra y reja sin vacilación. (Más de una vez, enseñándome minuciosamente una vieja casona convertida en casa de vecindad, el encargado vendría a llamarnos la atención, creyéndonos ladrones o chismosos). Quería volver a su ciudad, pero no tenía medios de ir ni manera luego de ganar su vida. En La Habana había sido desde secretario de no sé qué compañía atroz hasta fotógrafo ambulante, de anécdotas desgarradoras. Además, su cine…

Sólo la Revolución, que abría esperanzas a todos los cubanos, le permitiría volver, luego de un paréntesis mexicano. Sus amigos que había dejado adolescentes eran ahora hombres enfrascados en trabajos y responsabilidades, y unidos de nuevo en una tarea común. Iba entrando en la realidad que había dejado hacía muchos años. Desde las columnas de “Revolución” volvió a su cine. Los lectores del periódico tuvieron en él un crítico de tajante y apasionada sinceridad. Pocos sabían de su trabajo anterior, de su devoción de muchos años por ese cine que conocía y calibraba como quizá nadie en Cuba. Cuando, hace unas semanas, lo vi por última vez, había logrado ordenar su vida. Con una importante tarea en el Teatro Nacional, con su columna de “Revolución”, parecía que era ya también un hombre lleno de responsabilidad y trabajo. Es entonces que ha muerto, ahora que iba a abandonar su primera juventud, a la cual se aferraba tercamente. No sé si las hambres viejas habían acabado por desbaratar aquel cuerpo magro y nervioso. Pensaban los griegos que la adolescencia terminaba a los treinta años. Hasta esa edad arrastró Ricardo su adolescencia, y no quiso o no pudo traspasarla. Queda para nosotros como una especie de Término, advirtiendo el cumplimiento de una época, pues fue hasta el final el muchachón que fuimos, sólo que en su caso lleno de ternura y bondad. Es el suyo un recuerdo magnífico de lealtad a la vocación y de pureza personal, que este París que recorrí tanto con él me trae de nuevo, como a otros se lo traerán los vericuetos de la Habana Vieja, el Malecón, las calles más pobres de La Víbora.

París, abril de 1960. (“Papelería”, Universidad Central de Las Villas, 1962). Publicado en: Roberto Fernández Retamar. “Recuerdo a”. Ediciones UNIÓN, La Habana, 2006, pp 16-18.

POSTDATA:

He querido incorporar, a modo de postdata, esta evocación que hace Lezama Lima de Ricardo Vigón, en el mismo libro de Fernández Retamar. Creo que es un texto hermoso donde Lezama deja en evidencia lo que para él resulta ese culto a la amistad que era la base misma de “Orígenes”.

RICARDO VIGÓN EN LA MEMORIA DE LEZAMA LIMA

“La Habana, Agosto 1960

Queridos Roberto y Adelaida:

(En París)

(…)

Sí, querido amigo, la muerte de nuestro llorado amigo me produjo una desazón atroz. En los últimos meses que precedieron a su muerte, nos reuníamos con mucha frecuencia. Su deliciosa y profunda personalidad provocaba en mí una alegría suscitante. Su voz se agrandaba, ahora se agranda más, mientras casi parecía desaparecer su pequeño cuerpo. Yo estaba en un momento de mucha soledad, el en una expansión, esa expansión misteriosa y peculiarísima, como es, casi siempre, la que precede a la muerte. Vigón era tan juvenil como milenario. Había, como todos sabemos, recorrido muchos espacios, conocido muchos hombres. De todo eso había derivado una sabiduría amistosa, una como jerarquía de la amistad. Al final, había rechazado mucho, se había quedado con poco. Ese poco es ahora el oro de su recuerdo. Parece siempre que va a llegar. Es el visitante que deseamos que nos regale su presencia. Su ausencia se vuelve ahora tan poderosa como su presencia. Vale la pena la resurrección, donde oiremos de nuevo su voz más grande que su cuerpo. Yo diría que en nuestro recuerdo será siempre la voz de la resurrección.

(…)

Abrazamientos cordiales de

J. Lezama Lima”

Publicado en: Roberto Fernández Retamar. “Recuerdo a” (“Un cuarto de siglo con Lezama”). Ediciones UNIÓN, La Habana, 2006, p 36.

MUROS Y EGOS

Siempre que alguien me exige que sea “realista”, acabo sintiéndome igual que un gato encerrado entre cuatro paredes. “Sal de esa cueva”, me dicen con un paternalismo en la voz que recuerda a Freud, pasado de copas y drogas. Pero la realidad es una cárcel amurallada a la que es preciso horadar, si de veras se quiere ser libre.

Pongamos bajo lupa ese “realismo” del que nos hablan estos carceleros disfrazados de Mesías, y veremos que en el fondo no es otra cosa que un pacto entre caballeros que nunca hemos conocido (dejo a un lado, por el momento, la fiscalización del abolengo de esos gentilhombres), y cuyas condiciones iniciales jamás sometieron a nuestra consideración. En otras palabras: seguimos confundiendo “la realidad” con los rumores que suscribe el viento. Seguimos emulando con esos niños aterrorizados con la falsa autoridad de los fantasmas.

El fomento de una blogosfera crítica sería una buena manera de poner de moda otra vez el orgullo de pensar por cabeza propia, y así liquidar, de una vez y por todas, las alfombras rojas del pensamiento. Cada uno de nosotros tiene una pequeña verdad que defender, pues la verdadera realidad siempre va a tener el tamaño de nuestro ego.

Me parece repudiable cualquier tipo de culto a la personalidad, pero igual de censurable se me antoja el culto a la impersonalidad. Un ego impersonal percibirá el mundo como un teatro donde ya todos los papeles están asignados, y solo los grandes actores (los elegidos) tienen derecho a los bocadillos de importancia. Y a esa fantasía donde sobran los mirones le llaman “realidad”. En cambio, un ego con los pies en la tierra sabe que ningún hombre, por excepcional que parezca, puede solucionarnos esos problemas que solo a nosotros nos toca resolver en el día, si tenemos la suerte de amanecer vivos.

Naturalmente, hay que saber distinguir entre el ego orgulloso y el ego vanidoso. Esto no es tan difícil, toda vez que la vanidad siempre va por fuera, y el orgullo insiste en proyectarse desde dentro.

El ego vanidoso sobrevive gracias al aplauso de los otros. Por eso no puede prescindir de la publicidad, y exige histérico figurar en los grandes titulares. Un ego orgulloso siempre mira con recelo esos aplausos que van y vienen según el humor ajeno. El ego orgulloso sabe que la autoestima se edifica con recursos propios, y no con la frágil admiración de aquellos que, desde lejos, nos premian o vitorean.

Porque mañana, si de pronto ese humor cambiara, y mermaran los panegíricos, ¿de qué modo se podría disimular el vacío que otros rellenaban con esos aplausos a crédito?

Juan Antonio García Borrero

TODO SOBRE HUMBERTO SOLÁS

Nuestra última conversación, más o menos extensa, fue en la Terminal de Ómnibus de Camagüey, poco antes de despedirlo a mediados de marzo. Solás había decidido viajar solo a la ciudad, con el fin de coordinar lo que pasaría con la extensión del festival en esta provincia.

En la casa de Padre Valencia donde se alojó, tuvimos tiempo de hablar de mil cosas. Pude mostrarle el único ejemplar que tengo en mi poder de “Cine cubano de los sesenta: mito y realidad” (Editorial Ocho y medio/ Festival de Huelva), cuyo manuscrito le había enseñado meses antes en Benalmádena. Recuerdo que en aquel momento me dijo que lo leería, pero que sabía iba a causarle algo de tristeza.

Apenas un mes después regresó a Camagüey como parte del festival, pero allí ya fue difícil cruzar más de tres o cuatro palabras. Demasiados invitados. Demasiadas exigencias protocolares. Demasiadas autoridades por medio. Aún así, en “La Isabella”, un restaurante camagüeyano de comida italiana ambientado como un set, con fotos bellísimas de Isabel Santos (una de sus actrices fetiches), alcancé a decirle que Desiderio Navarro me había invitado a leer algo sobre el cine cubano y el quinquenio gris en el Centro “Criterios”.

Fue al único cineasta al que le confesé que me gustaría estuviera presente en la conferencia, sobre todo porque iba a hablar, desde mi punto de vista bien personal, de dos de sus películas (“Un día de noviembre” y “Cecilia”), y su impacto sobre la política cultural del momento. Me prometió que iría, y yo sé que si no hubiese estado por medio este asunto terrible de la salud, habría ido, probablemente para rebatir buena parte de todo lo que yo dijera.

Puedo asegurarlo porque Humberto Solás fue un hombre que nunca evadió la polémica intelectual. Al contrario, en demasiadas ocasiones fue el centro de la misma, pues, para Solás, “el artista no debe perder la oportunidad de influir positivamente en una trayectoria colectiva, ni hacer compromisos con el conservadurismo, con la pasividad, ni con la mentira, y si hace esto es que ha firmado un pacto con el diablo (…) Yo propongo la disolución de la doble moral, la plasmación sincera de nuestros criterios, y no veo en eso el menor riesgo de claudicación, sino, por el contrario la terapia, el saneamiento de la sociedad”.

Tuvo la suerte de que su obra fuera estudiada de una manera bastante exhaustiva aún en vida. Será difícil reunir en un solo volumen todo lo que se ha escrito, pues pareciera que para hablar de cine cubano fuese necesario aunque sea mencionarlo. En lo personal, recomiendo tres volúmenes: “Tras la huella de Solás”, de Luis Ernesto Flores González, “A solas con Solás”, de Rufo Caballero, y “A contraluz”, de Luciano Castillo, este último con testimonios valiosísimos de dos de sus colaboradores más habituales: Nelson Rodríguez y Livio Delgado. También hay un ensayo de Antonio Mazón Robau que me gusta mucho, donde el investigador aplica las consideraciones de Nietzsche en torno a lo apolíneo y lo dionisiaco, apoyándose en las figuras de Gutiérrez Alea y Solás.

Igualmente están varios artículos de Joel del Río, uno de sus exégetas más persistentes.

De cualquier forma, mientras preparaba la “Guía crítica del cine cubano de ficción”, cuyo prólogo escribió Humberto, pude advertir que aún permanecen esparcidas un gran número de entrevistas que, de reunirse en un libro (al estilo del que ha preparado Ambrosio Fornet con Titón), darían lugar a un texto de referencia insoslayable.

En varias de sus entrevistas, Solás se desmarcó de la simple pose de ocasión, para sumergirse en reflexiones que trascienden el marco de lo cinematográfico, y entran de lleno en el debate filosófico, o mejor aún, en la discusión crítica de su época. De esas entrevistas, siempre tendré a mano la que ofreció a Lucía López Coll, aparecida en “La Gaceta de Cuba”, y que creo que ha sido la única vez que un medio oficial ha publicado una opinión como esta que Solás emite:

“La izquierda cubana es muy poderosa y engloba la mayoría de la nación, pero hay que reconocer que no es homogénea y creo que los medios masivos de comunicación deben darle espacio a su diversidad y servir de instrumento para un debate y una polémica que partiendo de presupuestos más profundos, filosóficamente válidos, haga posible la legitimación de las aspiraciones de los diferentes grupos de la izquierda cubana antiimperialista, unida en lo fundamental, pero que tiene diferentes concepciones de cómo conducir la vida nacional. Yo creo que la Revolución es extraordinaria y que Cuba tiene la oportunidad de hacer la hazaña de devolverle al marxismo y a la voluntad socialista de estructuración de la sociedad el aliento y la dinámica que se perdió en los últimos decenios de vida del socialismo en Europa”.

Ese gran debate colectivo al que aspiraba Solás todavía está por realizarse, pero al menos sus películas (sobre todas las últimas), ayudaron a reconocer esa Cuba profunda, diversa, contradictoria, y humana, que suele estar ausente en los medios oficiales, pero a la que será preciso algún día aproximarse con la máxima sinceridad.

La obra de Solás seguirá generando interpretaciones diversas. Las nuevas generaciones seguramente encontrarán ángulos que hoy pasamos por alto. Y estoy seguro que ya la Cinemateca estará pensando en algún tipo de recopilación bibliográfica. Como un modesto aporte pongo a la disposición de los interesados algunas de aquellas referencias que ahora mismo tengo fichadas.

Desde luego que eso debe ser el cinco por ciento de lo que se ha escrito sobre Solás, pero la simple conciencia de que es un mundo lo que falta por investigar, puede ser un buen incentivo para subsanar las carencias. En realidad, más que un mapa total, lo que me interesa poner en evidencia es que Solás fue capaz de crear un universo descomunal donde solamente hay “seis grados de separación” entre la gente que lo habita.

Ese universo (como el real) se conecta entre sí de una manera misteriosa e invisible. Cada uno de los implicados va disertando por su cuenta, según sus propios intereses (sea Nelson Rodríguez hablando de edición, Livio Delgado de fotografía, Pichi de Gibara, Isabel Santos de actuación, José María Vitier de música, o Magaly Pompa de maquillaje), pero el denominador común es Solás. Siempre Solás.

Por otro lado, estas fichas bibliográficas no tienen las pretensiones científicas que fue capaz de imprimirle a su trabajo Luis Ernesto Flores González en su libro. En verdad me anima algo menos académico. El otro día leí en el blog “Ojo al texto” un comentario a uno de los post que colgué aquí. Alguien utilizó una imagen que me gustó mucho para referirse a los “post”. Los llamó “graffitis” en la blogosfera. Pues bien, más que fichas, estas referencias son “graffitis” en la blogosfera en honor a Humberto Solás.

Juan Antonio García Borrero

FILMOGRAFÍA:

LA HUIDA
(1959)/ 2’/ 16 mm/ Documental/ D: Humberto Solás.

CASABLANCA
(1961)/ 3’/ 35 mm/ Documental/ D: Humberto Solás, Octavio Cortázar/ Fotografía: José López/ Edición: Enrique Bravo Pollini.

Una visita al poético pueblo de Casablanca. Estudio sobre su viaje arquitectura. Material de la Enciclopedia Popular Nro. 4.

VARIACIONES
(1962)/ 14’/ D: Humberto Solás y Héctor Veitía/ Argumento: Joris Ivens, Humberto Solás, Héctor Veitía/ Narración: Nicolás Guillén Landrián/ P: Félix Puentes/ G: Humberto Solás y Héctor Veitía/ F: Jorge Haydú/ E: Caíta Villalón/ S: Departamento de Sonido del ICAIC.

Documental que describe la construcción de las Escuelas Nacionales de Arte en Cubanacán, La Habana.

“Se llevó a cabo un pequeño concurso de proyectos para hacer un documental, en el que el trabajo de Héctor Veitía y mío fueron seleccionados. Fue el documental Variaciones, sobre las escuelas nacionales de arte. Aquel documental había despertado un relativo interés. Era un momento fantástico, porque había recursos y todo estaba por hacer” (Humberto Solás).

RETRATO, EL
(1963)/ 15’/ Humberto Solás, Oscar Valdés/ Fotografía: Tucho Rodríguez/ Música: Leo Brouwer/ Edición: Nelson Rodríguez/ Actúan: Pedro Rentería, María Cristina Álvarez.

Un pintor en busca de inspiración persigue a una mujer imaginaria cuya imagen encuentra en un retrato, en una casa abandonada. Basado en un cuento de Arístides Fernández.

“El retrato fue mi tercer filme de corta duración durante el período de los sesenta. Significó un ejercicio de estilo que tuvo como premisa literaria un débil cuento, titulado igualmente, de uno de los más grandes pintores de este siglo, o sea, de Arístides Fernández. Hay en “El retrato” anuncios de mis obras posteriores, sobre todo en cuanto a cierta pasión por la elocuencia de las locaciones y también una desmesura propia del romanticismo tardío. Mi colaboración con Oscar Valdés fue en extremo simpática y contradictoria a la vez. A Oscar le interesaba de este filme, en todo caso, el espíritu de thriller que él podía elaborar con el cine que a él le apasionaba, o sea, el cine norteamericano de las décadas de los treinta y los cuarenta, y al cual rindió homenaje en sus grandes documentales realizados a posteriori. Por mi parte, yo estaba ya marcado por la experiencia europea y sobre todo la italiana, de manera que pienso de que, a pesar de que ello podría considerarse como una desventaja, supongo que “El retrato” me pertenece más a mí que a Oscar.” (Humberto Solás).

MINERVA TRADUCE AL MAR(1962)/ 15’/ D: Oscar Valdés, Humberto Solás/ P: Raúl Canosa, Alfredo del Cueto/ G: Oscar Valdés, Humberto Solás, Héctor Veitía/ F: Jorge Haydú, Gunther Haubold/ E: Nelson Rodríguez/ S: Marcos Madrigal, Virgilio Calvo, Raúl García, Germinal Hernández, Ricardo Istueta/ M: Roberto Valera/ Iluminación: Humberto Valera/ A: Irma Obermayer, Lorenzo Monreal.

Dos bailarines danzan a la orilla del mar, en este corto donde, según Solás, “contamos con un poema que escribió Lezama Lima para el documental, evidentemente porque no lo había visto”.

“Vinieron a verme unos jóvenes del ICAIC –Oscar Valdés, Humberto Solás y un joven de apellido Canosa- para pedirme que escribiera un texto para ese trabajo. El film estaba hecho ya. Asistí a una proyección y me pareció interesante como película experimental. Naturalmente, creo que si yo hubiera trabajado en contacto con Valdés y Solás desde antes, durante algunas fases de la realización, hubiera podido lograr una mejor adecuación temporal del poema y no me hubiera visto obligado a reducirlo después en función de la estructura de la película. Más tarde tuve ocasión de verla en el cine Rex y pude comprobar que el público asimiló muy bien tanto las imágenes como el poema. En fin, que el público tiene un poder de captación muy grande, pues esta es una película nada convencional. (…) Yo creo que el arte de experimentación, entendido en una dimensión profunda, es siempre contemporáneo del momento en que se produce y necesariamente consecuente con el pensamiento revolucionario. El cine surrealista es un ejemplo de cómo los artistas de cierta época lucharon con la imagen y lograron plasmar muchos contenidos de esa época. (…) En un país donde se producen profundas transformaciones, yo creo que el cine experimental puede contribuir a captar mucho de lo nuevo que surge en la sociedad. (…) Para mí, como para cualquier escritor, el cine constituye la posibilidad de ampliar el horizonte de la obra creadora. No sólo desde el punto de vista estrictamente literario, pues en toda fuente literaria existen elementos extraliterarios –elementos de época, históricos, por ejemplo- que pueden contribuir a la creación de verdaderos aciertos cinematográficos. En este momento yo estoy componiendo una antología poética y me sirvo de elementos extraliterarios que enriquecen el interés de ese trabajo. El nacimiento del cine marcó una nueva posibilidad a la expresión del hombre. Es en sí mismo un camino y recibe todos los aluviones que puedan enriquecerle sin quedar supeditado a ninguno. El cine ejemplifica la búsqueda eterna de la unidad por parte del hombre. Y todo lo que contribuye a la unidad del hombre son fuerzas nobles, que nacen ya destinadas a lograr esa unidad. Y todas las fuerzas que tienden a la dispersión y a la fugacidad son fuerzas dañinas. Y así desde Pitágoras hasta nuestros días” (José Lezama Lima).

EL ACOSO
(1965)/ 27’/ D: Humberto Solás/ P: Raúl Canosa/ G: Humberto Solás/ F: Luis García Mesa/ E: Caíta Villalón/ M: Roberto Valera/ S: Germinal Hernández/ Diseño de escenografía: Roberto Larrabure/ Asistente de dirección: Raúl Rodríguez, Inés Martiatu/ Actúan: Omar Valdés, Glenda Álvarez.

Tras la frustrada invasión por Playa Girón, uno de los invasores consigue escapar y es acogido por una campesina que ignora su identidad.

“El acoso significa un tímido acercamiento a la contemporaneidad intentando evitar los clichés que genera la ortodoxia. El personaje del infiltrado o del invasor está problematizado al igual que el de su amante y en ello encontramos ecos del cine del “deshielo” que se hacía en la antigua URSS por aquellos años y que me había impresionado favorablemente. “El acoso” también significa una línea estilística que continúa en “Un día de noviembre”, realizada varios años después y donde también insisto en una visión no festiva o adulterada de aquellas circunstancias. Son dos filmes de compromiso ético, y ambos, por diferentes razones, no los considero logrados.” (Humberto Solás).

MANUELA
(1966)/ 41’/ D: Humberto Solás/ P: Miguel Mendoza/ G: Humberto Solás/ F: Jorge Herrera/ E: Nelson Rodríguez/ S: Eugenio Vesa, Ricardo Istueta, Marcos Madrigal, Carlos Fernández/ Actúan: Adela Legrá, Adolfo Llauradó, Olga González, Luis Alberto García, Ruddy Mora, Flavio Calderín.

Un episodio en la lucha en la Sierra Maestra: la historia de una joven campesina, quien impulsada por su deseo de venganza personal, se une a los guerrilleros.

“De “Manuela” he hablado mucho ya y sólo me queda reiterar que mi contribución mayor fue la de desempolvar de cierto academicismo al cine cubano que se venía haciendo hasta aquel momento. Mi objetivo fue darle más autenticidad y frescura a las actuaciones y hacer la puesta en escena menos preconcebida o pesante. Claro que conté con un director de fotografía como Jorge Herrera, sin el cual esto hubiera sido muy difícil de lograr, ya que coincidía en estas inquietudes conmigo. (…) Está inspirado de cierta manera en un hecho real. Cuando estaba haciendo el trabajo de guión fui a la Sierra para documentarme. Mientras estaba en la Sierra Cristal hablaba a menudo con los campesinos, pues yo quería que la historia no partiese de bases utópicas. Un día me llevaron a una tumba donde había estado enterrada una combatiente que se llamaba La China. La historia de mi película está inspirada en la vida de esta muchacha. (…) Hice la película valiéndome de la improvisación. Nunca ensayamos nada. Sabía que Adela era una mujer vital y además había observado que tiene mucha voluntad. Se entregó a su trabajo. Fue muy interesante porque tenía que trabajar también con Adolfo Llauradó ya que permanecían casi siempre juntos en escena. Esto me obligaba a hacer un desdoblamiento de mi personalidad, puesto que tenía que trabajar por separado. Llauradó es un excelente profesional que ha trabajado con una serie de directores de gran experiencia, y por lo tanto mi trabajo con él tenía un carácter más racional. Sin embargo, el trabajo con Adela era muy diferente, se basaba diría yo en la pasión. Ella prácticamente nunca supo qué era lo que estaba haciendo durante la filmación. Yo le construía en cada caso una anécdota individual. Un ejemplo: la secuencia de ella y el chivato. Yo no quería que supiera que se trataba de un chivato, quizás temiendo que ella sacase toda una fraseología a propósito. Porque debo decir que no le daba texto a ella. Le dije que era un asesino. El trabajo lo hice siempre a partir de que ella reconstruyera o viviera efectivamente ciertas emociones. (…) La fotografía forma parte de un todo. No diría que es improvisada, precisamente. Es decir, se sabía de la necesidad de ciertos tonos, se sabía también que en la fotografía no iba a haber un solo encuadre evidente, que habría un encuadre sencillo, fresco. No quería, cuando Adela estuviera en primer plano, que fuera una foto bella, no quería una imagen bella; a veces, como ella es bella, me desvirtúa quizás un poco lo que aspiraba lograr, aunque, desde luego, no me quejo. Jorge Herrera tuvo mucho rigor en ese sentido, hizo un trabajo casi documental, inclusive en la batalla yo quería la imagen de un noticiero, como si la cámara fuera llevada por un fotógrafo de guerra. Se filmó la película en la Sierra Cristal, entre Baracoa y Baitiquirí, en toda esa parte que está cerca de Guantánamo. Herrera fue un colaborador admirable. Cuando vi los primeros “rushes” me di cuenta de que no tenía que ocuparme de la cámara prácticamente, que él comprendía todo lo que tenía que hacer. Su trabajo fue muy libre, gozó de una libertad absoluta. Tengo sin embargo, mis reservas en cuanto al trabajo de laboratorio. Me parece que la fotografía está un poco sobreexpuesta en la copia. Herrera buscó dar la luz cubana y en realidad nuestra luz es un poco cegadora.” (Humberto Solás).

PEQUEÑA CRÓNICA
(1966)/ 11’/ D: Humberto Solás/ P: Humberto Solás/ G: Humberto Solás/ F: Luis García, Rodolfo López/ E: Gloria Argüelles/ S: Eugenio Vesa, Raúl García.

Una mirada documental a la vida de una mujer que al perder a su única hija, se entrega al trabajo revolucionario.

LUCÍA (1968)/ 160’/ D: Humberto Solás/ P: Raúl Canosa/ G: Humberto Solás, Julio García Espinosa y Nelson Rodríguez/ F: Jorge Herrera/ E: Gloria Argüelles/ M: Leo Brouwer/ S: Ricardo Istueta, Raúl García, Leonardo Sorrell/ Actúan: Raquel Revuelta, Eduardo Moure, Eslinda Núñez, Ramón Brito, Adela Legrá, Adolfo Llauradó, Idalia Anreus, Herminia Sánchez, Silvia Planas, Flora Lauten, María Elena Molinet, Rogelio Blaín, Teté Vergara, Flavio Calderín, Aramís Delgado.

A través de la historia de tres mujeres, se describen tres épocas claves en el desarrollo de la nacionalidad cubana y de sus luchas de liberación. La Guerra de Independencia (1895), las luchas contra el dictador Machado (1932), y los primeros tiempos de la Revolución (años sesenta).

“Mi filme “Lucía” es siempre un diálogo sobre el presente, ya que el pasado sólo actúa en la medida en que expresa los condicionamientos culturales, sociales y sicológicos que han definido nuestro particular estilo de vida nacional. Podría citar un ejemplo: uno de los propósitos fundamentales del filme es cuestionar una moral que sobrevive en amplios estratos de la población y que la realidad revolucionaria impugna. Esta idea se desarrolla a lo largo del filme, aunque éste se ocupe, en términos narrativos, de hechos que ocurran en cierta medida durante el pasado. El tema está expresado en función del presente y los datos que se proporcionan, ya nos lleguen de las postrimerías del siglo pasado o de la década de los treinta, están condicionados a la efectividad con que actúen dentro de un solo propósito: demostrar la incompatibilidad, la contradicción, el carácter frustrante de la moral tradicional, arcaica, dentro de la gesta revolucionaria. (…) El aislamiento y no la interacción, ha sido una de las características inherentes de las diferentes culturas nacionales del mundo latinoamericano. El más importante de los incentivos que me planteó el filme fue, sin lugar a dudas, buscar un modo de expresión nacional, que de genuino, trascendiera el ambiente isleño y se insertara como aspecto de un modo de expresión latinoamericano.” (Humberto Solás)

“´(…) a mí no se me debe preguntar sobre lo que yo pienso de mis películas, porque soy el mayor detractor de ellas. Pero creo que “Lucía” es una película muy irregular… dicen que es un clásico, bienvenida sea la aseveración; la conciencia la tengo porque me lo dicen. De todas maneras es una película en la que, si yo la analizo con severidad y con una cierta intensidad, descubro demasiados errores y hay cosas que me gustaría hacer de nuevo. Es un momento de cristalización… Pero esa insatisfacción no provoca axiomáticamente que tú hagas una película mejor ni peor, porque la vida no es así. Ojalá fuera así, porque sería una buena fórmula: ¿estoy insatisfecho?, quiere decir que la que viene ahora es mejor… y no ha sido exactamente así. De todas maneras “Lucía” tiene momentos de los cuales estoy orgulloso, momentos, secuencias, que realmente me sorprende que los haya realizado. Se combinaron muchos factores que favorecieron que la pudiera hacer y gracias a ello surgió la película. También era el momento histórico, un momento muy bonito, un momento en que surge también “Memorias del subdesarrollo” (Humberto Solás).

CREAR DOS, TRES
(1970)/ 8’/ Dirección y guión: Humberto Solás/ Producción: Ángel Cuzán/ Fotografía: José Tabío/ Edición: Nelson Rodríguez/ Sonido: Ricardo Istueta/ Iluminación: Carmelo Ruiz.

Representación escenificada de la participación de la juventud mundial en las luchas de liberación.

UN DIA DE NOVIEMBRE
(1972)/ 95’/ Dirección: Humberto Solás/ Argumento y guión: Humberto Solás, Nelson Rodríguez/ Producción: Humberto Hernández/ Fotografía: Pablo Martínez/ Edición: Nelson Rodríguez/ Sonido: Jerónimo Labrada/ Música: Leo Brouwer/ Maquillaje: Magaly Pompa/ Actúan: Gildo Torres, Eslinda Núñez, Raquel Revuelta, Silvia Planas, Alicia Bustamante, Miguel Benavides, Omar Valdés, Miriam Learra, Luis Otaño, Rogelio Blaín, Jorge Fraga, Delia Aragón.

Una dolencia aparentemente fatal, conduce a Esteban, un hombre aún joven, a revisar su vida como revolucionario y sus relaciones humanas. El reencuentro con amigos y compañeros del clandestinaje no lo satisface, como tampoco la relación amorosa que inicia. Un diálogo con un combatiente herido le devuelve la confianza y lucidez.

“Un día de noviembre constituyó un impasse. Yo había querido realizar un filme denso y contenido, ajeno a paroxismos y próximo a una literatura reposada. Quise una obra de reflexión en un tiempo sutil y hasta anodino. Pero mis filmes habían tenido una estructura musical, casi visceral en sus oberturas, adagios y fortes. Realmente no estaba preparado para renunciar a esto. (…) Me cuesta trabajo siquiera imaginar hacer el remake de “Un día de noviembre”, pero si así ocurriese: 1) Haría un nuevo casting o un muy diferente reparto actoral, 2) eliminaría los elementos de autocensura en el guión, 3) la filmaría en color como yo quería, o sea, en tonos azulosos, grises y cobaltos… como era la ropa de trabajo de aquellos tiempos, 4) transformaría un tanto el concepto visual. Yo quise en aquel momento, hacer la crónica de la clase media urbana comprometida con la Revolución, a finales de la década del sesenta e inicios de los setenta, o sea, antes y después de la zafra de los Diez Millones y el Primer Congreso de Cultura. Si el filme estuvo censurado varios años es lógico de comprender: era el momento de la racionalización, por motivos “morales” e “ideológicos”, en el campo artístico y se anunciaba la implantación del modelo del “realismo socialista” por todas partes y hasta en el ICAIC, que a pesar de una reticencia casi generalizada tuvo sus adeptos… Fueron, como después en los noventa, los años más duros”. (Humberto Solás).

SIMPARELÉ
(1974)/ 30’/ Dirección: Humberto Solás/ Producción: Orlando de la Huerta/ Fotografía: Livio Delgado/ Edición: Nelson Rodríguez/ Sonido: Ricardo Istueta/ Efectos especiales: Roberto Miqueli.

La música, el canto, la poesía, el teatro y la danza se mezclan para narrar las luchas del pueblo haitiano desde finales del siglo XVIII hasta el presente.

CANTATA DE CHILE
(1975)/ 119’/ Dirección: Humberto Solás/ Guión: Humberto Solás. Con la colaboración de Patricio Manns, Alberto Santana, Manuel Payán, Orlando Rojas, Jorge Herrera/ Producción: Orlando de la Huerta, Camilo Vives/ Fotografía: Jorge Herrera/ Edición: Nelson Rodríguez/ Sonido: Ricardo Istueta/ Música: Leo Brouwer/ Asistencia de dirección: Orlando Rojas, Lázaro Buría/ Actúan: Nelson Villagra, Shenda Roman, Eric Heresmann.

Los obreros calicheros del norte de Chile que organizaron una huelga en 1907 para pedir mejores condiciones de vida, fueron masacrados por la oligarquía gobernante. A partir de esos sucesos se muestra el proceso de lucha del pueblo chileno, desde la heroica resistencia araucana al colonizador español, hasta el actual enfrentamiento del pueblo chileno a la junta fascista.

“Cantata de Chile, representó el desafío de aunar al alto compromiso ideológico formas de expresión que tradujesen la novedad de unas ideas políticas que yo me sentía incapaz de expresar dentro del marco de la tradición. Lo considero mi filme más corrosivo y provocador. Una aventura lingüística exenta de temores. No sabía que podía pasar con aquello que creaba día a día, era incapaz de etiquetar esta experiencia y no me desazonaba la duda ante el resultado final. Es de mis filmes el más polémico” (Humberto Solás).

NACER EN LENINGRADO
(1977)/ 10’/ Dirección: Humberto Solás/ Fotografía: Julio Valdés/ Edición: Nelson Rodríguez/ Sonido: Carlos Fernández/ Voces: Daisy Granados/ Trucaje: Jorge Pucheaux.

Ceremonias de inscripciones de nacimientos en Leningrado, en los que representantes del Soviet Supremo de la ciudad hacen entrega de medallas y documentos alegóricos.

WILFREDO LAM
(1979)/ 45’/ Dirección y guión: Humberto Solás/ Producción: Guillermo García/ Asistente de dirección: Dolores Calviño/ Fotografía: Jorge Herrera/ Edición: Nelson Rodríguez/ Sonido: Ricardo Istueta/ Música: Leo Brouwer/ Elenco: Eslinda Núñez, bailarines Conjunto de Danza Moderna.

Aspectos destacados de la vida y obra del pintor cubano, una de las figuras cimeras de la plástica universal contemporánea. Testimonio y reflexión del artista. Mediante reconstrucciones alegóricas la utilización de la danza, el filme expresa un mundo plástico de infinitas sugerencias.

CECILIA
(1981)/ Cuba-España/ 168’/ Dirección: Humberto Solás/ Guión: Humberto Solás, Nelson Rodríguez, Jorge Ramos, Norma Torrado/ Producción: Humberto Hernández/ Fotografía: Livio Delgado/ Edición: Nelson Rodríguez/ Sonido: Ricardo Istueta, Leonardo Sorrel, José Borrás, Héctor Cabrera/ Música: Leo Brouwer/ Actúan: Daisy Granados, Imanol Arias, Raquel Revuelta, Miguel Benavides, Linda Mirabal, Gerardo Riverón, Eslinda Núñez, Nelson Villagra, Antonia Valdés, Alicia Bustamante, César Evora, José Antonio Rodríguez, Omara Portuondo, Alfredo Mayo, Alejandro Lugo, Enrique Almirante, Mayda Limonta, Angel Toraño, Hilda Oates.

Grandielocuente fresco de La Habana, en la primera mitad del siglo XIX, inspirado en el clásico de Cirilo Villaverde, sobre los amores de una bella mestiza que ambiciona llegar al mundo de los aristócratas blancos y un joven criollo, nihilista y contradictorio. La tortuosa pasión traducirá el esplendor, la penuria y el caos de una sociedad esclavista condenada a desaparecer ante el vórtice de sincretismos culturales y raciales que van conformando el surgimiento de una nación a través de su lucha por la independencia.

“Cecilia me parece que es mi mejor película. Es la más estudiada y la que fue hecha con más rigor. Claro, uno siempre defiende al hijo que ha sufrido más, y quizás puede ser esto. Sin embargo, es una película que significó un esfuerzo muy grande. (…) Yo me identifico más con el serial de seis horas. Se han hecho varias versiones, una de dos horas para consumo internacional, otra de cuatro para Cuba, y otra reedición de la versión internacional. Pero el serial es la versión más completa. El desenlace, que en la película dura diez minutos, en el serial dura cuarenta y cinco. Es mi película preferida, sobre todo por el hecho de que significó replantear la libertad del creador. Fue un ejercicio de libertad del creador. Fue un ejercicio de libertad para mí. “Cecilia Valdés” es un clásico, sí, pero es un clásico con el cual yo no me identifico a estas alturas del siglo, y lo remodelé a mi gusto. Fue un ejercicio de libertad muy fuerte que me costó muy caro, pero como posibilidad con antecedentes en el mundo entero, significó ejercer el derecho a la libertad creativa.” (Humberto Solás).

AMADA
(1983)/ 105’/ Dirección: Humberto Solás, con la colaboración de Nelson Rodríguez/ Fotografía: Livio Delgado/ Edición: Nelson Rodríguez/ Sonido: Carlos Fernández/ Eslinda Núñez, César Evora, Silvia Planas, Andrés Hernández, Oneida Hernández, Gerardo Riverón, Mónica Guffanti, Georgina Almanza, Elio Mesa, Fela Jarr.

Basada en la novela “ La esfinge” del Miguel del Carrión, adaptada por Nelson Rodríguez, cuenta la historia de Amada, burguesa conservadora, aferrada a obsoletos valores y Marcial, joven inconforme que tratará de arrancarla inútilmente, de un mundo que carece ya de significado. Es la Habana de 1914, y la Primera Guerra Mundial ya ha estallado y se viven en Cuba días de zozobra y frustración. Música de Leo Brouwer, fotografía de Livio Delgado.

“Amada es una historia de amor, fundamentalmente. A través de ella intentamos dar la temperatura de una época de frustración, un momento en que las fuerzas populares no se han recuperado con la envergadura de los años veinte, luego de una guerra de independencia que la intervención norteamericana mediatiza. (…) Esta experiencia ha sido muy reveladora: nunca antes había hecho una película tan sencilla, con tal posibilidad de sosiego en pleno trabajo creador” (Humberto Solás).

UN HOMBRE DE EXITO
(1986)/ 116’/ Dirección: Humberto Solás/ Guión y diálogos: Juan Iglesias y Humberto Solás/ Producción: Humberto Hernández/ Fotografía: Livio Delgado/ Edición: Nelson Rodríguez/ Sonido: Carlos Fernández/ Música: Luigi Nono, Enrique Jarrín, Ernesto Lecuona/ Asistencia de dirección: Rubén Medina, Antonio Somoza/ Actúan: César Évora, Raquel Revuelta, Daisy Granados, Jorge Trinchet, Mabel Roch, Rubens de Falco, Carlos Cruz, Miguel Navarro, Angel Toraño, Angel Espasande, Isabel Moreno.

Enmarcada en el período que va desde los años treinta al cincuenta, el filme narra la historia de un joven ambicioso, que valiéndose de su capacidad de seducción y su falta de escrúpulos, logra una brillante carrera social y política. Al mismo tiempo se desmoronan gradualmente sus vínculos familiares y afectivos, sacrificados en aras del oportunismo y la traición.

“Con “Un hombre de éxito” me he planteado hacer un filme histórico no sólo por la incidencia en el pasado, sino porque este puede estar vigente como polémica viva dentro de nuestra sociedad. “Un hombre de éxito” es también una obra de ruptura a nivel dramatúrgico en base a que yo me ocupo en este filme del personaje masculino y no del femenino. Esto ya había ocurrido con “Un día de noviembre”, que fue mi crónica de los años finales de la década del 60. Este filme se confirma para mí como un primer paso o transición a una nueva etapa en mi carrera. Etapa que definiría como menos complaciente y menos lírica. Menos complaciente porque no me siento convocado a la celebración y sí al cuestionamiento y a la polémica. Menos lírica, por tanto, o en todo caso de una lírica subyacente o inevitablemente explícita. Creo que por el momento abandono la música como la concebí antes, es decir, como resorte subrayante de emociones. Ahora la concibo como un componente conceptual, ligado a la historia que cuento, pero a la vez autónoma y participante con vida propia, con cerebro definido. Pienso que mi cine va a devenir más reflexivo y filosófico. No creo que podré renunciar al espectáculo, porque estoy demasiado enraizado en esta visión. Sí, un cine de espectáculo, pero sin las limitaciones de enfoque que supone la épica. O en todo caso, permitiéndole a la épica popular plasmar conceptos filosóficos que no se cercenen en virtud del ritmo o del interés convencional del público. El filme que yo quisiera hacer es un filme espectacular y filosófico a la vez. Una obra que ofrezca al espectador una esperanza a su insatisfacción y en la interminable búsqueda de alternativas. Es así como yo entiendo el concepto de progreso. (…) Yo quería para el protagonista al actor argentino Miguel Angel Solá, pero no pudo. Hubo momentos de crisis en que sentí que no tenía alternativa. César Évora en un principio iba a interpretar el personaje de David, el revolucionario, y pasó a hacer el otro. Está bien, es una sorpresa porque el público lo había encasillado. La imagen acostumbrada de César era la del hombre romántico, meloso, dulce, y entonces aquí tuvo que realizar un esfuerzo enorme de concentración, y creo que de verdad lo logró, a partir de que él no tiene nada que ver con ese personaje, ni aún como introspección, como psicología. Está muy ajeno a él. Es un trabajo actoral fuerte. En cuanto a Mabel Roch es su primera aparición. Es una mujer con unas perspectivas enormes en el cine porque tiene una cualidad física – además de sensibilidad y talento- que puede ser bella, anodina, es una mujer muy moldeable, un rostro muy moldeable. (…) Con relación al costo, la película da una impresión muy falsa. En realidad, tiene el presupuesto de una producción media cubana. Ahora, ¿ a qué se debe su apariencia?. Yo no tenía recursos para escenografía y vestuario, pero en el ICAIC, durante treinta años, y aunque en malas condiciones, se ha conservado un “stock” de vestuario y un “staff” de directores artísticos, escenógrafos y vestuaristas de mucho nivel. Hay personas que son puntuales, trabajadores que pueden estar en la industria más calificada. “Un hombre de éxito” se realizó con nada. Con la escenografía se hizo un trabajo de remodelación o decoración en las locaciones. Esto nos obligó a filmar en sesenta locaciones que suponían un cambio diario de rodaje con un aparataje de luminación enorme, porque el fotógrafo (Livio Delgado), que es un excelente técnico, tenía que trabajar con material Orwo, muy deficiente a nivel competitivo en el mercado. Para lograr una imagen con la definición visual, gradación de luz y sombra y la pigmentación que tiene la película, tuvimos que trabajar con toda esa parafernalia inmensa de iluminación, para iluminar mucho, y que él pudiera controlar el negativo y hacer como si estuviera trabajando con película superrápida. Por otra parte, hicimos la película en tres días menos de lo contemplado en el plan definitivo de producción, e incluso, ahorramos dinero. Es decir, fue una hazaña económica. Yo, desde luego, sé que detrás de eso está la experiencia de “Cecilia”, y toda la virulencia crítica alrededor del fenómeno “Cecilia” que, realmente, tampoco fue una película muy costosa. Costó alrededor de tres millones de pesos. Aquí se ha hecho cosas en la televisión mucho más costosas.” (Humberto Solás).

OBATALEO
(1988)/ 11’/ Dirección y guión: Humberto Solás/ Producción: Magali González/ Asistente de dirección: Antonio Somoza, Adalberto Rodríguez/ Fotografía: Julio Valdés, Carlos Félix Martínez/ Edición: Nelson Rodríguez/ Sonido: Carlos Fernández/ Elenco: Lázaro Ross, bailarines Grupo de Danza Manayabo, Comparsa de la Federación Estudiantil Universitaria, Danza Folclórica.

La música yoruba es parte fundamental del patrimonio cultural cubano. El grupo musical “Síntesis” ha recreado estas ancestrales canciones religiosas al fusionarlas dentro de la sonoridad del rock norteño. El resultado es una nueva eclosión rítmica de contagioso carácter danzario.

BUENDÍA
(1989)/ 14’/ Dirección y guión: Humberto Solás/ Fotografía: Livio Delgado/ Edición: Marucha Hernández/ Sonido: José León/ Dirección teatral y narración: Flora Lauten.

La Habana, década del 80. Surge “Buendía”, grupo teatral que propone innovaciones y descubrimientos a veces polémicos.

EL SIGLO DE LAS LUCES
(1992)/ Dirección: Humberto Solás/ Guión: Alba de Céspedes, Jean Caséis, Humberto Solás/ Producción: Miguel Mendoza, Dense Cassoti, Leonid Gomorin/ Fotografía: Livio Delgado/ Edición: Nicole Dedieu, Jean Pierre Rogues, asesoramiento para la versión cinematográfica, Nelson Rodríguez/ Sonido: Germinal Hernández/ Música: José María Vitier/ Actúan: Jacqueline Arenal, Rustam Urazaev, Francois Dunoyer, Fréderic Pierrot, Aléxis Valdés, Miguel Gutiérrez, Omár Valdés, Philippe Caroit, Jean Franval, Elvira Valdés, Eric Deshors, André Julien, Francoise Audolient, Patrick Massian, Tito Junco, Mireya Chapman, Dagoberto Gaínza, Carlos Padrón, Vicente Revuelta, Bernardo Menéndez, Nicolas Silberg, Omar Alí, María Magdalena, Jean Yves Martínez.

En La Habana colonial del siglo XVIII, tres jóvenes aristócratas llamados Sofía, Carlos y Esteban, descubren la vida en una época plena de singulares acontecimientos. En ello es determinante la presencia de Víctor Hughes, comerciante marsellés radicado en Port-au-Prince, quien incorporará a los jóvenes las ideas del Iluminismo francés y la Revolución. Y es debido a este encuentro que se producirán múltiples peripecias, que nos conducen del París Jacobino a un Caribe que se trastornará con los ecos del derrumbe del antiguo régimen. Adaptación de la conocida novela de Alejo Carpentier.

“La película es extremadamente difícil desde el punto de vista de la producción. Cuando se pretende llevar al cine todo el esplendor de las imágenes novelescas, las innumerables aventuras de sus personajes, las cuentas resultan muy frías. El problema radica en no atemorizarse con el libro, en no preocuparse por las comparaciones entre novela y filme que se puedan generar, o de lo contrario me paralizaría por completo. Sin dejar de ser fiel a la novela, creo que aportaré mi “traducción” personal, pues cada lector a la hora de concebir un ambiente o un personaje, ofrece interpretaciones no coincidentes con las que tenemos. Eso mismo va a pasar con la película y- es lamentable- algunos pasajes descritos por el autor, extraordinariamente rico en emociones y contenidos filosóficos, no los podré trasladar a la pantalla. En cuanto a los aspectos formales, la película mantendrá un movimiento ondulante, liberador, que rompa toda rigidez mediante desplazamientos constantes de la cámara; “un lujo” que reclama la novela con su perenne aire de paneo, de traslación, de circularidad en un tiempo que no crece y se devora a sí mismo. Pero esto no lo podría intentar si estuviera filmando todas las escenas en Francia, donde, a diferencia de Cuba, no pude utilizar a tiempo completo la grúa y los recursos técnicos apropiados. Por ejemplo, en territorio francés sólo empleé la grúa por cuatro horas, pues el precio de arrendamiento era tan alto que me habría visto forzado a retirar unos veinte extras a cambio de otras cuatro horas. Ahora más que nunca tengo clara conciencia de cómo el equipamiento técnico determina la estética de un filme y la conformación de un lenguaje ajustado a necesidades específicas. Cuando veo cine norteamericano, en muchas ocasiones me doy cuenta de que el supuesto “lenguaje moderno” (planos con telefoto sin movimiento de cámara) está determinado por los recursos económicos. (…) La experiencia social del siglo XVIII tiene una contemporaneidad extraordinaria. “El siglo de las luces” se ocupa de un momento en que la humanidad decide transformarlo todo y, por lo tanto, moviliza las fuerzas vivas no sólo en Francia, sino en el resto de Europa, y los ecos llegan a América Latina, al Caribe. Estamos ante acontecimientos históricos que posibilitan reflexionar seriamente sobre el vínculo, armónico o contradictorio, entre liberación social y comportamiento individual. (…) Víctor Hugues, Esteban, Sofía, Carlos, son personajes paradigmáticos de determinadas cualidades humanas que se ponen en juego -al rojo vivo- a raíz de las convulsiones sociales; en este caso, dentro de la apoteósica invasión de ideas que significaron el Iluminismo y la Revolución Francesa. Por eso, las opciones de búsqueda personal y las definiciones de cada uno de ellos adquieren un gran valor para mi contemporaneidad, como persona y como creador. Son existencias vinculadas, sincronizadas y desincronizadas a la vez, con la realidad social, lo que incita al análisis de la conducta individual tomando en cuenta los criterios, la filosofía y las necesidades de cada uno como ser humano. (…) Esta película establece con mi obra precedente una continuidad desde cualquier ángulo de apreciación, porque en definitiva propone un tema que me obsesiona desde siempre: la relación sociedad-individuo, hasta qué punto la evolución social frena, frustra o enriquece la vida de una persona. Me cuesta mucho trabajo hacer abstracciones del contexto y respeto a los autores que lo pueden hacer desde otras posturas: mi formación me obliga a concatenar estrechamente individualidad y circunstancias contextuales, Hombre e Historia, y El siglo de las luces es un material que me brinda esa posibilidad de manera insuperable.(…) Siempre he admirado a Carpentier, Fuentes, García Márquez, Vargas Llosa, Cortázar, pero el momento de ruptura que anunciaron los años sesenta a nivel mundial tiene una particular presencia en el cine, que no fue a la zaga del proceso de liberación de formas, de acercamiento a nuevos contenidos, ejercitado por los escritores. En los sesenta, directores como Pier Paolo Pasolini, Miklos Jancsó, Godard, Glauber Rocha o Nelson Pereira Dos Santos estaban haciendo obras que, sin los fuertes ecos publicitarios del boom, provocaban la reflexión en los cineastas de mi generación sin tener que acudir necesariamente a la literatura. Claro, ambos procesos estaban sincronizados, pero para mí fue más relevante encontrarme con las nuevas tendencias cinematográficas. (…) Creo que la postmodernidad, como concepto, es un tanto ilusoria. En la historia del arte, siempre que las formas se estrechan, se hacen ortodoxas y las escuelas se encasillan en definiciones terminantes, sobrevienen las rupturas, que bien les llamemos cubismo, dadaísmo o surrealismo, son expresiones del barroco, que nunca podrá verse como un estilo cerrado, sino como la necesidad de liberación permanente. El movimiento propio del barroco que es la curva, un cierto temor a la línea recta, ya está señalando un anhelo de romper el escolasticismo de las formas. En arquitectura se ve claramente: el siglo XX, mediante las experiencias de Le Corbusier y Van del Rohe, halló la solución del racionalismo arquitectónico. Los primeros resultados eran cautivadores, pero al convertirse esto en una industria de la mimesis y la repetición, tenemos monstruosas consecuencias en las ciudades contemporáneas, que han perdido personalidad al implantarse universalmente determinadas normas de construcción. Deviene así la asfixia, el lugar común, el pleonasmo al infinito, y entonces reaparece el barroco con su aire de desenfado y locura, su necesaria irregularidad, su afán de destruir las formas secas y reiterativas, en un ciclo sin fin. Si la postmodernidad se entiende como una visión crítica e irónica del pasado o el presente, de hecho debemos reconocer que existía ya un Godard, con Glauber Rocha. Siempre ha existido. Desde esa interpretación, Orson Welles fue un postmoderno, porque hizo trizas, con soluciones estéticas liberadoras, los esquemas tradicionales del cine norteamericano de los años cuarenta. Es decir, que resulta muy axiomática la definición de postmoderno, corriéndose el riesgo de caer en escolasticismos de nuevo tipo. (…) Lo barroco es la irrupción de lo nuevo cuando lo existente se convierte en caduco y decadente; pero hago la salvedad de que el concepto de decadencia es altamente cuestionable. El momento de la decadencia puede llegar a ser el esplendor de un estilo, la cristalización de las formas a un extremo paraxístico, cuando ya es imposible ir más lejos por los mismos caminos, con las mismas formas y estructuras de pensamiento.(…) El siglo de las luces, es la posibilidad única de hacer un filme que a la vez sirva de documento histórico y de sutil análisis de sicologías. Pocas veces en la literatura se ha dado un texto donde el ser humano aparezca tan complejamente imbricado en las redes de los acontecimientos. Es una Misa Mayor sobre la condición humana, sobre el destino de las ideologías y de las pasiones, sobre el ascenso, la decadencia y el reconocimiento de la voluntad de los pueblos” (Humberto Solás).

RETRATO DE LA HABANA
(1999)/ 4’/ Video digital/ Dirección y guión: Humberto Solás/ Producción: Gustavo Fernández/ Fotografía: Rafael Solís/ Dirección de arte: Erick Grass/ Edición: Pedro Suárez/ Sonido: Marcos Madrigal/ Música: Grupo “Síntesis”/ Asistencia de producción: Aldo Benvenuto/ Asistencia de dirección: Sergio Benvenuto.

GRAN CARIBE
(2000)/ 25’/ Dirección y guión: Humberto Solás/ Producción: Luis Lago/ Fotografía: Ernesto Granados/ Dirección de arte: Erick Grass/ Edición: Pedro Suárez/ Sonido: Marcos Madrigal/ Música: Grupo “Síntesis”.

Conjugando centros de interés históricos y recreativos con las instituciones culturales de mayor prestigio del país, ofrece la imagen corporativa de alta calidad y sello de distinción del grupo Hotelero cubano Gran Caribe.

MIEL PARA OSHÚN
(2000)/ Dirección: Humberto Solás/ Guión: Elia Solás, con la colaboración de Humberto Solás y Sergio Benvenuto/ Producción: Luis Lago/ Fotografía: Porfirio Enríquez, Tote Trenas/ Escenografía: Erick Grass/ Edición: Nelson Rodríguez/ Maquillaje: Magali Pompa/Música: Grupo “Síntesis”/ Sonido: Marcos Madrigal/ Actúan: Jorge Perugorría, Isabel Santos, Mario Limonta, Adela Legrá, Elvira Cervera, José Antonio Espinosa, Paula Alí, Mercedes Anaís, María Esther Monteluz, Gean Michael Fernández, Rita Limonta, Claudia Rojas, Susana Alonso, Saturnino García, Gabino Diego.

Roberto, joven cubano americano quien fuera llevado de Cuba ilegalmente por su padre cuando tenía siete años, regresa por primera vez a su país de origen. Su propósito fundamental es el reencuentro y confrontación con su madre, quien él cree que lo abandonó a su destino. Este viaje se convertirá también en un decisivo encuentro con su país y su verdadera identidad.

“Yo creo mucho en las circunstancias del momento del rodaje y de la realidad inmediata siempre que defiendas un objetivo temático y conceptual que no puede ser traicionado, pero que sí puede ser alimentado y enriquecido. Tampoco se trata de hacer un culto a la espontaneidad y a la improvisación, pues yo hago un trabajo de dirección artística muy profundo y detallado. (…) Quiero hacer un cine que no me permita prever las características ulteriores de su confrontación con el público. Un cine de liberación personal indiscutible, que ponga a prueba si realmente puedo sentirme como un individuo con verdadera identidad. (…) Se habla de crisis artística en el cine, y no voy a negarla. Pero sé que se trata de una crisis transicional, cuya evidencia nos propondrá su superación. Hoy día es bueno comenzar de nuevo, seguros de que la modestia el aprendiz asegurará la inminente facultad del maestro” (Humberto Solás)

BARRIO CUBA
(2005)/ Cuba- España/ Dirección: Humberto Solás/ Producción: Camilo Vives, Jorge Gómez y Santi Camuñas/ Guión: Humberto Solás; con la colaboración de Elia Solás y Sergio Benvenuto/ Fotografía: Carlos Rafael Solís/ Música: Esteban Puebla/ Edición: Nino Martínez Sosa/ Vestuario: Norma San Juan/ Interpretación: Luisa María Jiménez, Jorge Perugorría, Isabel Santos, Mario Limonta, Adela Legrá, Rafael Lahera, Ana Domínguez, Yeandro Tamayo, Ángel Toraño, Enrique Molina, Rubén Araujo.
Magalis (Luisa María Jiménez), Ignacio (Mario Limonta), Vivian (Isabel Santos), Miguelito (Rubén Araujo) y Santo (Rafael Lahera) son algunos de los personajes que pueblan “Barrio Cuba”. Seres que buscan su pedazo de felicidad en La Habana. Seres que apuran la vida, que se rebelan contra un destino incierto y se empeñan una y otra vez en encontrar una salida. La realidad les golpea, pero ellos nunca pierden la esperanza de un futuro mejor, de recuperar un amor, de superarse…

BIBLIOGRAFÍA (MUY) INCOMPLETA:

Alonso, Alejandro. Cecilia va en versión libre y clave simbólica. Juventud Rebelde 2 Nov ’80, p 10 (Comentario sobre el rodaje)

Alonso, Alejandro G. Cecilia: una película que a nadie deja indiferente. JUVENTUD REBELDE Jul’82, p 4 (Crítica)

Alonso, Alejandro. Cecilia. JUVENTUD REBELDE 2 Jul’82, p 4 (Declaraciones de Humberto Solás) //

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Pollo, Roxana. Esta es una película sin trucos. Granma 5 Dic’92, p 8 (Declaraciones del director)

Pollo, Roxana. Antes que termine el siglo. Granma 19 Mar’91, p 4 (Declaraciones del director)

Pollo, Roxana. El viacrucis del nuevo Esteban. Granma 9 May’91, p 4

Ortega, Gregorio. Conferencia de prensa en Moscú del director del ICAIC sobre cinematografía cubana. GRANMA 5 (171): 5; Sábado 19 jul. ’69 (Alfredo Guevara se refiere a la significación de las películas cubanas presentadas en el evento)

Rivero, Angel. Amada y Laura: mujeres de dos épocas. Revolución y Cultura (2): 50-53; feb ’84, ilus (Paralelo crítico entre los filmes Habanera y Amada)

Rivery, Joaquín. Gana la película Lucía primer premio en Festival de Cine de Moscú… GRANMA 5 (174): 4; Miércoles 23 de jul. ’69, fotos (Opinión del director y las actrices Raquel Revueltas y Eslinda Núñez)

Roberto, José. Un filme de archivo. Sobre la producción Un día de noviembre. El Caimán Barbudo Feb’79, p 22, 23 (Crítica).

Rodríguez Alemán, Mario. Manuela. Granma 15 Dic’66

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Ruíz, Josefina. Manuela. Verde Olivo 14 Agost’66, p 19 (Crítica)

Ruíz, Josefina. Lucía. Verde Olivo 20 Oct’68, p 54 (Crítica).

Salado, Minerva. Habla Manuela. JUVENTUD REBELDE 5 Oct’66, p 5 (Declaraciones de la actriz Adela Legrá).

Sánchez, Jorge Luis. “Magaly Pompa: pintar sobre los rostros”. Cine Cubano Nro. 163, pp 62-70 (Entrevista con la responsable del maquillaje en varios filmes de Solás).

Santos Moray, Mercedes. Tiene la palabra Oscar Valdés. Revista Cine Cubano Nro. 123, pp 11-16.

Solás, Humberto. ¿Qué es Lucía?. Apuntes acerca del cine. Cine Cubano (52-53): 19-21; ene-feb ’69 ilus.

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Solás, Humberto. “Cine Pobre: antecedentes históricos y contemporaneidad”. Cine Cubano Nro. 164, Abril-Junio 2007, pp 14-20.

Solás, Humberto. “El nuevo cine durante los años sesenta. ¿Paradigma para el cine pobre?. Cine Cubano 168, pp 12-17.

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Un hombre de éxito. Cine Cubano (116): 69-74; ’80.

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Valdés Pérez, Enrique. Cantata de Chile. Bohemia (14): 26; 2 abr ’76 (crítica)

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Valper, E. De nuevo Cecilia. Bohemia (30): 24-25 jul. ’82.

Vázquez, Omar. Lucía al VI Festival Internacional de Cine de Moscú. GRANMA 5 (141): 4; Sábado 14 de jun. ’69, fotos (Entrevista con Humberto Solás)

Vázquez, Omar. Tres premios para el cine cubano en Viña del Mar. GRANMA. 3 (65): 5; 9 de mar. ’67 (Sobre los premios de Manuela y la filmación de Lucía)

Vázquez, Omar. El ICAIC y los cien años de lucha. GRANMA. 4 (241): 2; Sábado 5 de oct ’68, foto (Información sobre la filmación).

Vega, Pastor. Conversando con Humberto Solás. Cine Cubano 140, p 54 (Entrevista). `

MAYUYA

El pasado 12 de septiembre el ensayista Ambrosio Fornet presentó el libro “Catálogo del Cine Cubano 1897- 1960”, de la investigadora María Eulalia Douglas. Aún no lo he visto, pero me hubiese gustado participar en ese acto, pues habría sido un modo de poner en evidencia la gratitud que siento ante la obra de Mayuya, como todos la conocen.

No sé qué tiempo lleva María Eulalia Douglas metida en estos asuntos, pero a juzgar por el grosor de su producción investigativa, debe ser toda una vida. Esa obra, increíblemente, ha tardado décadas en llegar al público. Esto es una impresión personal, pero a veces pienso que ello se relaciona con la aversión que la autora ha demostrado a la búsqueda de protagonismos. Cualquier editorial hubiese calificado de privilegio contar en sus catálogos con algunas de esas investigaciones, tomando en cuenta, además, el arraigo que tiene entre los cubanos el cine nacional. Sin embargo, Mayuya ha debido vivir la paradoja de verse citada una y mil veces en textos que se olvidan al instante, mientras que sus inéditos permanecían en las sombras.

De sus libros, el que más me atrae es “La tienda negra”. Con este volumen, puede asegurarse que ya Mayuya aportó a la historiografía del séptimo arte en la isla, uno de sus momentos más amenos y lúcidos. Es una cronología que se lee como una novela. De hecho, “La tienda negra” (junto a la “Cronología del cine cubano”, el clásico de Arturo Agramonte que en la actualidad enriquece Luciano Castillo), promete convertirse en el punto de partida ineludible para todos aquellos que ensayen investigar con seriedad el tema.

Lo contradictorio está en que “La tienda negra” es, de todos los volúmenes que han hablado del cine cubano, el peor difundido, en tanto la modesta edición realizada en su momento por la Cinemateca de Cuba, apenas permite ofrecer una mínima idea del formidable trabajo realizado por su autora. Y es que se sabe que no basta con la calidad del volumen, sino que son imprescindibles ciertas estrategias publicitarias que permitan insertar el mismo, ya no en el mercado, sino en los circuitos académicos.

Algunos me dirán que “La tienda negra” es lo opuesto de esa “Historia” totalizadora que nos ha acostumbrado a la Historia-relato, con su clásica distribución de personajes, acontecimientos, y felices (o infelices) desenlaces. Pero precisamente lo que me conquista de “La tienda negra” es la sobriedad de su enunciado, la capacidad para persuadirnos de que cualquier intento de contar una “Historia total” está condenado al fracaso, y que lo que más debiera importarnos es el ejercicio de una “Historia profunda”.

“La tienda negra” es un texto raro dentro del conjunto de prácticas investigativas relacionadas con el cine cubano, y su rareza lo hace hermoso, imprescindible a la hora de entender aún más la riqueza de este hecho que en todos estos tiempos hemos estado llamando cine cubano. Lo he releído varias veces, como quien regresa a las páginas de una novela, y me ha sido harto placentero percibir a través de la información que ofrece, la aventura que indiscutiblemente significó la llegada del cinematógrafo a nuestras tierras, pero también su entronización en nuestro imaginario colectivo.

Juan Antonio García Borrero

EL DULCE VICIO DE LO MISMO CON LO MISMO

Si la libertad para pensar y repensar críticamente nuestra condición está en la esencia del ser humano, entonces, ¿por qué los seres humanos nos resistimos tanto a llevar la herejía de la imaginación más allá de los límites conocidos?, ¿miedo a soñar otras maneras de ser?

Hay quien delega la responsabilidad de ese estado de cosas en las circunstancias que les rodean. Culpan a los grupos dominantes que reprimen aquellas versiones de la realidad que no coincidan con las de ellos, pero es que más allá de la esfera pública, esta adicción a “lo mismo con lo mismo” se nota incluso (o sobre todo) en los contextos menos relevantes.

El otro día visité el zoológico de la ciudad. A veces voy allí porque me gusta observar cómo nos comportamos nosotros (los animales llamados humanos), frente a otros animales más feroces, aunque en no pocos casos, más nobles. Viendo ese comportamiento gregario, y del que también soy contribuyente, imaginé otra de las posibles versiones del Sergio de “Memorias del subdesarrollo”. ¿Se imaginan a ese personaje reencarnando de aquí a un tiempo en ese mono que me mira compasivo, y tal vez repita muy quejoso para sí: “siempre los mismos gestos, las mismas palabras”?

Nadie escapa de esos mecanismos homeostáticos que garantizan la constancia interior de nuestro organismo, aún cuando “allá afuera” el mundo se esté acabando. Lo he vivido lo mismo en Cuba que en España. Nos gusta la estética (mejor dicho: la estática) del “aquí no pasa nada”. Nos excita ser, al mismo tiempo, la víctima y su asesino, y siempre con la coartada del psicoanálisis por delante: así podemos culpar a nuestros padres de una abulia que percibimos impropia, y nunca al individuo que, en esa gran enramada que somos en sociedad, elige ser lo que es. O peor aún, lo que no es.

Juan Antonio García Borrero

CONVIDADOS POR EL TIEMPO

Lo que más me atrae de este blog es que me exime de la responsabilidad de parecer “trascendente” o “serio”. Y a la vez, me hace sentir vitalmente póstumo.

Al fin he conseguido entender qué quieren decir con eso de crear “un mundo propio”. Me gusta el aire fresco de esta cueva donde ya no hay lugar para mis muertos o mis contemporáneos, sino que solo tienen cabida mis “vivos”. Gracias a ello, mis abuelos conviven con mis tataranietos que aún no han nacido, y entre todos soplamos esa fogata que se llama curiosidad, que es lo único que todavía nos hace sentir vivaces. Es dramático percibir cómo, no obstante el paso de los siglos, las preguntas más dolorosas siguen siendo las mismas. Y todavía nadie las responde.

Lo anterior provoca que, en estos instantes, sienta menos interés por el cine, invento que ahora más que nunca se me antoja un pretexto para vanidades que se deslizan sigilosas sobre alfombras rojas (no así muchas de las películas que he visto). En cambio, estoy arrebatado con la vida de algunos hombres que han hecho cine. Acabo de releerme la autobiografía de Charles Chaplin que el ICAIC publicara en 1967, y hace poco devoré otra vez “Mi último suspiro”, de Luis Buñuel.

Chaplin y Buñuel han sido de esos pocos cineastas que han conseguido hablar de las adversidades humanas, sin ese halo quejumbroso que termina corrompiendo tanto discurso supuestamente humanista. Hablan de los hombres como somos: seres preñados de contradicciones, de vanidades narcotizantes, de voluntades incumplidas, y de egos pendencieros.

En estos días necesitaba leer algo así de estimulante. Debería invitar con más frecuencia a la cueva a este tipo de personas, capaces de desmantelar el mito de que la vida solo puede ser desafiada por los llamados “grandes hombres”. O como otros les dicen: “los elegidos”.

Juan Antonio García Borrero

EL PESO DE LAS LETRAS

Llevo tantos días sin escribir, que ahora las palabras me pesan como si fueran sacos de concreto. O tal vez sea que el cansancio de la semana pasada, comienza a pasarme factura.

Muchos piensan que escribir es lo mismo que colocar una palabra encima de otra. Como hacer un edificio: un ladrillo primero, otro después. A veces yo también soy rehén de ese espejismo, y olvido que escritores de verdad (a lo Borges) es precisamente lo que menos abunda en este mundo. El propio Borges consiguió explicar el por qué de la carencia: “Si la literatura no fuera más que un álgebra verbal cualquiera podría producir cualquier libro, a fuerza de ensayar variaciones”.

A los que no nacimos con esa gracia para la sutileza literaria, pero nos empecinamos en perpetrar simulacros de “literatura”, Dios nos ha dejado como consuelo la destreza para suturar sustantivos y verbos. Unas veces somos tolerables cirujanos de las letras. Y otras, sus más calificados forenses.

En ambos casos, lo que predomina es la objetividad del entendido por encima de la loca inspiración, la jactancia de quien tiene en mente lo que va a poner en la página en blanco (porque ya en el mercado hay manuales que dictan lo que hay que escribir), antes que la angustia de quien va pariendo lo imprevisto.

Al final: mucha pulpa para el olvido apremiante, debido a la carencia de una voz propia. Pero el equívoco goza de tanta popularidad, que uno puede darse el lujo de seguir exigiendo que lo llamen “escritor”, sin que ello implique un abuso de confianza hacia nuestros amigos.

Juan Antonio García Borrero

HUMBERTO SOLÁS

Ahora siento un ligero escalofrío, al recordar que hace apenas unos días utilicé las imágenes iniciales de “Un día de noviembre” (1973) para hablar de cine cubano. En ese filme, Esteban, el joven protagonista, acude al médico, y este le alerta sobre una enfermedad que padece, y que puede ser mortal. En otra parte del filme, Esteban le confiesa al personaje femenino que “espera la muerte”. Pero esa muerte ni siquiera ha llegado ahora que Humberto Solás, el director de la cinta, ha dejado de estar vivo.

No puedo recordar cuándo fue la primera vez que hablé con Solás. Su fama de hombre más bien melancólico, combinado con la reputación de ser uno de los cineastas cubanos más destacados, siempre provocó en mí una rara sensación de temor. O tal vez un respeto desmedido que, al final, nunca pude vencer.

Estábamos al principio de los años noventa, con el país desvastado por el llamado “período especial”, y a mí se me ocurrió hacerle llegar un cuestionario: quería incluir sus respuestas en la aún inédita “Guía crítica del cine cubano de ficción”. Todavía me pregunto qué pudo ver Humberto Solás, un cineasta ya consagrado, en alguien anónimo que, desde una lejana provincia, se interesaba por sus películas. Después de todo, estudiosos reconocidos (dentro y fuera del país) es lo que le ha sobrado a su obra.

Hablar con él en su casa, conversar sobre sus películas, sus momentos exitosos, y también sus instantes adversos, me permitió admirarlo como algo más que un simple cineasta: Humberto Solás era un humanista en todo el sentido de la palabra (entiendo por humanista a alguien que no teme enfrentarse a la complejidad de la condición humana). En mi caso, voy a recordarlo siempre como uno de los primeros cineastas cubanos que me enseñó a pensar el cine cubano desde las contradicciones, que es tal vez la mejor manera de reconocer su vitalidad.

Humberto Solás no solo respondió mi cuestionario, sino que accedió a escribir el prólogo de la “Guía crítica del cine cubano de ficción”. Un prólogo que hoy no recuerdo como la introducción amable a un libro, sino en todo caso como la introducción a una relación intelectual no exenta de debates y diferencias, pero siempre celosa del respeto mutuo.

Probablemente lo que con más gratitud recuerde sean nuestras conversaciones. Hablar con Humberto Solás ha sido un verdadero privilegio para todo aquel que guste del diálogo culto, pero tengo la sospecha de que si esas conversaciones ocurrían más allá de los focos, entonces salía a flor de piel el ser humano. Y ya no importaba la fama, ni las jerarquías: todo fluía del modo más natural.

Tuve el privilegio de acompañarlo en algunos de sus paseos por Camagüey. Los dos recorriendo estas viejas plazas de las cuáles él estaba enamorado. Entre el primero de esos paseos, ocurrido en aquel Taller de la Critica Cinematográfica al que se le invitó, y el último, que sucediera este mismo año, como parte de la organización del festival de Cine Pobre de Gibara en Camagüey, transcurriría más de una década. Muchas cosas pasaron por medio, pero el respeto siguió siendo el mismo.

El año anterior coincidimos en Benalmádena, festival español que quiso rendirle un homenaje. Hablamos de proyectos mutuos. Le comenté que quería terminar un libro que hace rato trabajo, pero que no hay manera que me deje satisfecho. Lo he titulado provisionalmente “Diez películas que estremecieron a Cuba”, y es un intento de aproximación crítica a la política cultural revolucionaria, pero desde la perspectiva del cine. En ese libro, Humberto tendría una presencia fundamental, pues si “Lucía” (1968) lo convirtió en nuestro más joven autor de un clásico, “Un día de noviembre” (1973) y “Cecilia” (1981) le propiciaron no pocos momentos amargos. Ambas películas perduran como referencias de dos períodos bastante controvertidos dentro de la cultura nacional, pero también simbolizan la lealtad de su creador a ese proyecto cultural nombrado ICAIC.

Estoy tratando de dejar a un lado esos lugares comunes en los que uno incurre después de conocer del deceso de alguien que hemos admirado. Pero en el caso de Humberto Solás es difícil salvar esos escollos. Evitaré la apología escandalosa. Tan solo diré que me sigue pareciendo sorprendente esa actitud ante la vida que, en el último segmento de su existencia, lo llevó a ser el pionero de lo digital en el audiovisual cubano (“Miel para Oshún”, “Barrio Cuba”). A mi juicio, era esto una prueba de un espíritu eternamente inconforme; un espíritu ávido de ponerse a la altura de los nuevos tiempos.

Él, que en una primera etapa amó la textura del celuloide, y los modales viscontianos, no dudó en cultivar a última hora un audiovisual donde pesaba más la ética que la estética. Y ese gesto ha de garantizar que su obra, (a lo que habría que sumar su gestión cultural al frente del festival de Gibara), siga dialogando con nosotros, aún cuando Humberto Solás ya no esté físicamente aquí.

Juan Antonio García Borrero.