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Rosita Fornés en la memoria de Carlos Barba

Rosita Fornés en “Se permuta” (1983), de Juan Carlos Tabío

Carlos Barba ha tenido la gentileza de regalar a la Enciclopedia Digital del Audiovisual Cubano este hermoso tributo a Rosita Fornés.

La ENDAC solo podrá crecer con este tipo de gesto colaborativo, siempre en función de defender la memoria del audiovisual hecho por cubanos en cualquier parte del planeta. Agradezco su complicidad, y nada mejor que iniciar la colaboración con este homenaje a nuestra Rosita Fornet, la vedette irrepetible, pero también la gran actriz de Se permuta y Papeles secundarios.

Los interesados podrán apreciar también el documental Papeles principales (2007), de Carlos Barba, donde precisamente Rosita está entre las personas que brindan el testimonio de su experiencia en ese gran filme, uno de los mejores del cine cubano de todos los tiempos. La calidad de imagen no es la mejor, pero vale la pena apreciarlo. Otra vez, gracias, Carlos.

Rosita Fornés en la memoria de Carlos Barba

En los años ochenta yo tenía como diez años, caminaba con mi abuela Hilda, temprano en la mañana y vimos a Rosa Fornés, que estaba de gira por Cuba, y comenzaba por Guantánamo; ella se hospedaba muy cerca de la casa de mi abuela y ya a esa hora había una multitud de personas alrededor de la artista, que saludaba a todos desde un Chevrolet convertible.

Parecía una película, una bella película. Una década y algo después, en el año 2006, filmé un documental titulado Papeles principales, que acompañaría a Papeles secundarios, de Orlando Rojas, como parte del bonus track del DVD que promovieron Impulso Récords, Fnac y el ICAIC.

Con un pequeño staff, compuesto por Eduardo Corría, Luis Enrique Prieto y yo, llegamos al reparto Siboney, a la casa de Rosita, protagonista de la cinta de 1989, de Orlando Rojas. Mi primer recuerdo desde la ventanilla del carro fue un gran camión de la basura frente a su casa y a Rosita en el portal, conversando con los muchachos que hacían el trabajo; ellos, colgados de la parte trasera del vehículo, escuchando embelesados a la gran vedette, quien cuando nos ve acercar los despide entre risas y un “nos vemos mañana”.

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Elda Cento y la Historia contra Tebas

Foto tomada del Periódico Adelante

Todavía ando impactado con la mala noticia. Me resisto a creer que ya no podré coincidir nunca más con ella en alguna mesa organizada por el Centro del Libro o la UNEAC.

Como casi siempre sucede en estos casos, uno empieza a evocar lo vivido, y a construir relatos que ayuden a entender el fatídico desenlace. Pero mi visión trágica de la vida ha terminado por desterrar de mi cabeza cualquier intento de racionalización de ese misterio mayor que llamamos “Muerte”: la muerte sencillamente está allí, acompañándonos todo el tiempo, aunque no la veamos.

La única manera que tenemos de burlarnos un poco de ella, es haciendo cosas que nos van a trascender. No tienen que ser necesariamente cosas materiales o espectaculares. Hay muchas personas anónimas que siguen viviendo en el recuerdo de los vivos por la bondad que siempre mostraron en vida, por ejemplo. Y otras sencillamente nos marcan porque no buscan marcar a nadie. Cuando te tropiezas con una de ellas, adviertes lo que explicaba en su momento Charles Bukowski: “Hay personas inolvidables. Y no hay cura”.

A Elda Cento estaré regresando muchas veces. Y le hablaré de mi manera de entender la Historia, y ella replicará con esa pasión que le era tan característica. Ahora mismo estoy regresando a aquel texto que en su momento escribí inspirado en uno de su autoría. La confirmación de que no se ha ido. De que sigue aquí, delante de mí.

Juan Antonio García Borrero  

La Historia contra Tebas

Acabo de releer con verdadero placer un breve y provocador texto de la historiadora camagüeyana Elda E. Cento, que utiliza como encabezamiento una pregunta de Brecht: “¿Quién construyó Tebas, la de las siete puertas? En los libros se mencionan los nombres de los reyes. ¿Acaso los reyes acarrearon las piedras?”.

El hermoso artículo de Elda Cento tiene la virtud de plantear problemas que rebasan los límites que marcarían su campo de estudio más puntual, para dejar en evidencia que todos aquellos que estamos interesados en explorar la memoria histórica de la nación con una perspectiva crítica de conjunto, tenemos escollos comunes a superar.

Pienso en la historia que hasta ahora hemos contado del cine cubano. ¿Estaremos realmente conscientes quienes escribimos ese relato de hasta qué punto las omisiones voluntarias o involuntarias que ahora mismo siguen presentes pueden alterar “la verdad histórica”? Para Elda, “de lo que se trata es de no retroceder y de incluir no sólo a quienes “acarrearon las piedras”, sino a los de actuar controversial, incluso a los enemigos, que sin ellos tampoco podemos reconstruir los acontecimientos históricos en toda su riqueza” (1). Lee el resto de esta entrada

En memoria de Roberto Fernández Retamar

Cuando me inicié en este giro de la crítica cinematográfica nunca pensé en cultivar el ensayo. Como cinéfilo incurable que era entonces, consumía casi todas las notas que salían en las publicaciones de entonces, y soñaba con igualar las excelencias literarias de Mario Rodríguez Alemán, Rolando Pérez Betancourt, o Luciano Castillo, por mencionar algunas de mis referencias insoslayables de entonces. Todavía conservo un buen número de esas críticas que ellos publicaban y yo recortaba de un modo compulsivo: el que se asome a esas primeras crónicas que firmé, verá que hay más de imitación de estos maestros que búsqueda de un camino personal.

Creo que todo cambió para mí el día que descubrí “Calibán”. Hoy no se entendería muy bien la razón de ese deslumbramiento, porque de los noventa hacia acá se ha conseguido consolidar una amplia ensayística cubana vinculada al cine, que ha logrado insertar a su objeto de estudio en círculos de debates que rebasan los límites cinéfilos a los que muchas veces la condenaba nuestra crítica más tradicional.

Pero en el momento que leo “Calibán” por primera vez no abundaban los ensayos que se encargaran de pensar el cine como problema donde interviene no solo el texto que se examina, sino también los contextos y tecnologías que les permiten surgir y desarrollarse, y los públicos diversos que lo consumen. De hecho, todavía los ensayos “Por un cine imperfecto”, de Julio García-Espinosa, y “Dialéctica del espectador”, de Tomás Gutiérrez Alea, siguen siendo las dos grandes reflexiones concebidas en esa etapa anterior a los noventa, y las dos, curiosamente, firmadas por cineastas, no por críticos. Lee el resto de esta entrada