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…y otra vez el cine joven

En la tercera sesión teórica del recientemente celebrado 25 Taller Nacional de Crítica Cinematográfica, tuvo lugar un panel titulado “Mirada joven al audiovisual cubano”. En lo que va de año, esta es la tercera ocasión que participo en un debate vinculado a ese tema: primero fue en la Muestra de Nuevos Realizadores, luego en el IV Encuentro sobre Cultura Audiovisual y Tecnologías Digitales, y ahora en el Taller Nacional de Crítica Cinematográfica. ¿Cómo explicar entonces que, pese a la existencia de una suerte de denominador común (el audiovisual cubano realizado por jóvenes), lo discutido en cada uno de estos foros parezcan existir en mundos permanentemente paralelos?

La mesa fue conducida por Astrid Santana Fernández de Castro, autora de ese libro fundamental que es “Literatura y cine. Lecturas cruzadas sobre las Memorias del subdesarrollo”, y tuvimos oportunidad de escuchar las intervenciones de tres estudiantes de la FAMCA y tres estudiantes de la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de la Habana (una sugerencia a los organizadores: para la próxima, debe anotarse en el Programa los nombres de todos los que participan, así sean jóvenes que por primera vez exponen en público, pues eso forma parte de la memoria histórica del evento).

Como era de sospechar, el tema generó un amplio debate, porque otra vez salieron a relucir asuntos que vinculan a este grupo de nuevos creadores con lo polémico. Sin embargo, y retomando la inquietud del primer párrafo, me pareció que en términos académicos (y el Taller es un espacio académico) faltó precisar un poco mejor qué es lo que epistemológicamente perseguimos.

Por suerte, el hecho de haber tenido a Astrid en el rol de moderadora, impidió que el debate se convirtiera en otro de esos intercambios impresionistas que se puede tener a la salida de un cine o en la sala de nuestra casa.

Como la gran académica que es, Astrid exigió un uso preciso del lenguaje que, lejos de multiplicar equívocos, nos ayude a construir consensos que dejen a un lado los prejuicios. Necesitamos aproximarnos a esas verdades que permanecen ocultas detrás de discursos que, en su afán de anularse mutuamente, apenas pueden apreciar los incontables matices que acompañan al fenómeno del audiovisual realizado por los más jóvenes.

Para mí el gran problema que tiene este nuevo audiovisual es que, a pesar de todos los debates que se le dedica, se ve muy poco. La mayoría de los detractores que tendría este cuerpo de películas no ha visto el grueso de los materiales que hasta el momento se han rodado, por lo que se suele arribar a las conclusiones a partir de generalizaciones que casi siempre toman en cuenta hechos puntuales, y no el estudio del conjunto.

Para empezar, a mí me parece que hasta el momento no existe un texto más maduro que aquellas Palabras del Cardumen que en su momento circularan en forma de declaración pública los jóvenes cineastas.

Vapuleado en aquel instante en los medios y redes sociales, pareciera que ya ha transcurrido el tiempo prudencial para insertarlo con naturalidad en nuestros debates más serios. Y con ello, seguir pensando con voluntad académica este cine que a pesar de todos los obstáculos e incomprensiones, crece todos los días.

Juan Antonio García Borrero

 

Otra vez Titón

En la segunda sesión teórica del Taller Nacional de Crítica Cinematográfica, estuvimos hablando del cine de autor en el ICAIC (o de autores en el cine del ICAIC). Por supuesto que no faltaron los nombres de Tomás Gutiérrez-Alea, Julio García-Espinosa, Manuel Octavio Gómez, Humberto Solás, y Fernando Pérez, conectados por las estimulantes contribuciones de Mirtha Ibarra, Astrid Santana, Mario Naito, Jorge Calderón, y Jorge Luis Urra.

A mí me tocó hablar una vez más de Titón, y en esta oportunidad quise resaltar lo que ahora mismo más me fascina de su personalidad: su perfil de intelectual crítico.

Por supuesto que me sigue seduciendo esa obra cinematográfica que quiso acompañar desde la pantalla los cambios radicales que se vivían en la sociedad. Titón, junto a los otros fundadores del ICAIC, quisieron dinamitar los modelos de representación heredados, y fue en esa búsqueda permanente de caminos no transitados con anterioridad, que lograron conformar eso que hoy llamamos “nuestros clásicos”.

Pero Titón en especial representa a ese tipo de cineasta comprometido con su tiempo, para el cual las películas eran importantes siempre que fuesen capaces de provocar alguna conmoción en el público. Y para ello era importante no solo realizar las películas, sino acompañarlas con los debates en la esfera pública, y con acciones prácticas que pusieran a prueba esas ideas.

Ahora mismo no abundan cineastas con esas características. Tenemos muchas facilidades para adquirir competencias técnicas en las diversas escuelas de cine, ganar en autonomía creativa, expresarnos por canales que las instituciones no pueden controlar del todo, pero falta esa mirada autoral que piensa en la película como el medio para mejorar nuestros entornos, y no como el fin.

Dejo para la memoria histórica del evento algunas de las imágenes tomadas en esa jornada.

JAGB

Luciano Castillo, Astrid Santana, Jorge Calderón y Jorge Luis Urra

Raúl Rodríguez, director de fotografía y Premio Nacional de Cine

Rebeca Burón (ISA de Camagüey) y Mirtha Ibarra, en la presentación del libro “Volver sobre mis pasos”

XXV Taller Nacional de Crítica Cinematográfica (Camagüey, 2019)

Armando Pérez Padrón, Luciano Castillo, Jorge Santos Caballero. Foto: Miguel Febles Hernández

Hoy en la mañana evocamos aquellos días en que surgió la idea de crear en Camagüey un Taller de Crítica Cinematográfica.

A ratos me sentí un intruso, como si el que ahora recordara esas jornadas del pasado reciente, fuese un extraño. Y es que 25 años no pasan en balde, permitiéndole a uno tomar distancia crítica, y evaluar con un poco más de imparcialidad lo que se ha logrado.

Hace 25 años ya se vivía en este país lo que nuestra Historia conoce como el “período especial”. Entonces la gente tenía bastante poco que comer. Los apagones nos golpeaban a toda hora. El “socialismo real” se había derrumbado de la manera más estrepitosa que podamos imaginar. Y a pesar de eso, el consumo cinematográfico seguía siendo altísimo.

Por eso es que 25 años atrás la idea de un encuentro que reuniera a algunas de las personas que se dedicaban a escribir sobre cine en Cuba, después de todo no fuera tan irracional. O sea, a alguna gente que decidía en el territorio le pareció la locura misma, pero la prueba de que no sonaba tan quijotesco es que se hizo el primer Taller, y fue un éxito.

Si lo pensáramos mejor, hacerlo en estos tiempos de poscine sí que parece la más utópica de las utopías. Estas son fechas donde los públicos se apropian de los contenidos audiovisuales de las maneras que uno menos puede sospechar: ¿qué sentido tendría la crítica cinematográfica, que aspira a la construcción de un paradigma valorativo?

Pues haciendo nuestra la prédica lezamiana de que solo lo difícil es estimulante, diría que tomando en cuenta el todo vale hegemónico, nada habría más vivificante en la actualidad que dedicarnos a pensar críticamente la cultura audiovisual. Estimulante no para los públicos, sino para los críticos mismos, que tendríamos el reto de reinventarnos de manera radical para parecernos un poco más a los tiempos que estamos viviendo.

Creo que, en Cuba, en sentido general el ejercicio de nuestra crítica cinematográfica sigue influido por el espíritu decimonónico de lo literario. Eso estaba bien en una época donde los críticos dependían de las notas tomadas en la oscuridad de la sala, y que después debían comunicar en forma de una reseña escrita que evocaba lo apreciado.

Pero hoy que las tecnologías emergentes nos permiten retener la imagen misma e intervenirla a nuestro gusto, convirtiéndonos en co-creadores de lo que apreciamos, ¿por qué insistir en el viejo modelo interpretativo?, ¿por qué seguir leyendo en los eventos ponencias agudísimas que pueden funcionar muy bien desde lo literario, cuando tendríamos la posibilidad de presentar ponencias audiovisuales que hagan suyo el lenguaje moderno del cine, y propongan aproximaciones diferentes?

Por lo demás, 25 años después de aquel primer Taller de Crítica Cinematográfica, ya no me obsesiona averiguar cómo es que se escribe una crítica de cine. Con el tiempo he aprendido que la crítica seguirá existiendo en la misma medida en que interrogamos a la vida, y que no hay que creer demasiado en esas ficciones construidas por los grupos que intentan imponer un canon valorativo, pues como apuntaba con gran lucidez Cintio Vitier:

No creo en la dicotomía de crítica impresionista y crítica científica. Creo en la crítica cognoscitiva: si me da un conocimiento por vías emotivas o estéticas, lo aprecio tanto como al llamado “científico”. Cuando uno lee las páginas de Martí sobre Whitman sale con dos ganancias: entiende mejor a Whitman y ha adquirido otra obra de arte en forma de crítica. Porque esta crítica que hacen los creadores generalmente es ella misma una creación”.

Se trata entonces de perseguir la creatividad también a la hora de valorar la creación ajena. Y de pensar el ejercicio crítico como un momento más de ese sueño creador en el que, cineastas y espectadores, nos abandonamos a la incesante construcción y reconstrucción de este mundo donde, con nuestras enriquecedoras diferencias, vivimos todos.

Juan Antonio García Borrero