Archivo de la categoría: RESEÑAS CRÍTICAS

SOBRE LA NOVELA “HEREJES”, de Leonardo Padura

Como recordarán los amigos del blog, en el mes de mayo el escritor Leonardo Padura fue invitado a Camagüey por la Cátedra de Pensamiento Tomás Gutiérrez Alea. Lamentablemente, razones climatológicas impidieron que pudiera asistir. Como parte del programa de actividades que habíamos concebido estaba la presentación de la novela Herejes, a cargo del estudioso Luis Álvarez Álvarez. Ahora Luis nos concede a los lectores del blog la primicia de este excelente ensayo.

Herejes Padura
HEREJES, NOVELA NEOBARROCA.
Por Luis Álvarez Álvarez

La nueva novela de Leonardo Padura (Premio Princesa de Asturias 2015) Herejes[1] constituye una presencia de gran interés en la narrativa contemporánea en Cuba. Herejes marca la madurez del narrador, con mucha más nitidez que El hombre que amaba los perros. Señala, asimismo, una más concienzuda apelación a los modos expresivos del neobarroco, la cual convierte esta obra en un espacio de escritura donde se entrecruzan los más diversos modos literarios que Lezama, Carpentier y Sarduy examinaron minuciosamente como típicos de una peculiar expresión americana y, por supuesto, cubana.

Diseñada en principio como otro peldaño en la trayectoria de Mario Conde, el peculiar protagonista de varias novelas de Leonardo Padura, se trata de una narración con notables perfiles novelísticos. Mientras la leía, me vino a la mente una entrevista en que el cineasta Alfred Hitchcock, al comentar su filme Notorious (Encadenados, 1946), señalaba que sus filmes de suspenso eran modos de valorar la sociedad en que vivía y que, de hecho, en sus películas no había misterio alguno. Creo que Herejes y el eje habitual de la trama, Mario Conde, también a su manera especial aspiran a trazar un panorama de ancho aliento, que rebasa, incluso, los marcos específicos del contexto cubano para proyectarse en un balance de nuestra época.

Herejes ha sido construida con definido carácter neobarroco. En verdad, hacía ya mucho tiempo que no se publicaba en Cuba una novela con esa entonación estilística, a pesar de que muchos de los grandes nombres de la novelística nacional han sido esencialmente escritores del neobarroco: José Lezama Lima, Alejo Carpentier, Severo Sarduy, José Soler Puig. Herejes, como las obras de esos predecesores, se inscribe en la poética neobarroca, y lo hace con una intensidad deslumbrante, con toda la energía centrífuga de la difícil cultura del s. XXI. Conviene examinar algunos de los rasgos más destacados de Herejes como texto neobarroco. Lee el resto de esta entrada

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EL DOLOR DE QUERER SER UNO MISMO

¿Y esa necesidad de mostrarme “tal cual soy”, de ser sincero plenamente, de desnudarme no es una necesidad de encontrar una ayuda y una comprensión a mi soledad”? (1)

Ésta es la pregunta angustiosa que se hacía Tomás Gutiérrez Alea aquel 12 de noviembre de 1963, en uno de sus cuadernos de apuntes privados. Otra vez sentía sobre él la angustia del individuo. Angustia no por la existencia, sino por la co-existencia. Angustia por su propia singularidad y finitud dentro de lo indiferente y eterno. Angustia de saberse solo en medio de una inmensa multitud, embriagada de utopías, consignas, e ilusiones colectivas. Angustia de querer ser uno mismo, y no lo que los demás esperan que uno sea.

Por esos días en La Habana había ganado intensidad esa polémica “en la que están mostrando su verdadera cara algunos dogmáticos”. (2) Titón no teme en exponer en público sus argumentos. Polemiza. Apela a la ironía y en ocasiones al sarcasmo. Pero sabe que nada de ello curará el otro dolor: el interior. Sabe, con Unamuno, “que las razones no son nada más que razones, es decir, ni siquiera son verdades”.

Y las verdades interiores son las que nos acompañan y calcinarán por siempre, sobre todo cuando se han apagado las luces del escenario público, y quedamos a solas con nuestras contradicciones más íntimas, con nuestra profusa soledad.

Ya en aquella fecha comenzaba a notarse en la prensa nacional la desaparición del hombre común, el hombre de carne y hueso, reemplazado por un sujeto abstracto (el sujeto revolucionario), en teoría curado de conflictos interiores, e incapaz de vacilar ante el deber colectivo. Detrás de la reconstrucción supuestamente objetiva de aquella realidad idealizada, seguía existiendo la vida real, con los seres humanos experimentando sus bajas y altas pasiones. Que la prensa, o los políticos, no quisieran enterarse de ello, no quitaba que fuera menos intensa y vital.

La soledad a la que Titón se refiere en su pregunta íntima es la misma a la que Pascal aludía en su momento cuando hablaba del hombre como “algo comprendido entre el todo o la nada”. En las revoluciones ese sentimiento de soledad suele quedar enmascarado con el formidable empuje de las masas aspirando a destruir todo aquello que se asocia a un pasado opresor. Pero ni siquiera ese brío mortífero consigue anular el dolor de querer ser uno mismo en medio de una identidad extraña. Y es ese el momento en que la exhortación poética de Gastón Baquero se hace más entendible: “Hay que morir, amigo, para unir los extremos/ de este cotidiano alambre/ tendido sobre el abismo de estar vivo”.

Juan Antonio García Borrero

NOTAS:

1)     Tomás Gutiérrez Alea. Volver sobre mis pasos, p 397.

2)     Tomás Gutiérrez Alea. Volver sobre mis pasos, p 128.

LAVANDO CALZONCILLOS (2012), de Víctor Alfonso Cedeño

Lavando calzoncillos: Señora Dalloway a lo cubano

Por: Antonio Enrique González Rojas

Cual suerte de antípoda de los emancipatorios alegatos femeninos que respectivamente resultaron para la Cuba de 1968 y 1979 las cintas Lucía (sobre todo su tercera historia), de Humberto Solás y Retrato de Teresa, obra cumbre de Pastor Vega, arriba al contexto audiovisual criollo contemporáneo el animado Lavando calzoncillos, la más reciente
producción del animador e historietista cienfueguero Víctor (Vito) Alfonso Cedeño.

Establecido dentro del panorama animado cubano con los tres primeros capítulos  (de diez proyectados) de la serie juvenil Dany y el Club de los Berracos y otros cortometrajes de corte satírico-humorístico, Vito se aleja esta vez de las cuitas y avatares púberes para dirigir sus miras creativas hacia la brega de una mujer común, en plena “crisis de la mediana edad”, sumida en las rutinarias labores domésticas durante la ausencia laboral del esposo y escolar del hijo, desde un ángulo tan intimista que la narración descansa en un monólogo interior orgánicamente interpretado por la joven actriz Olivia Manrufo, para concomitar allende distancias temporales y espaciales, con la inglesa señora Dalloway que protagoniza la novela homónima escrita por Virginia Woolf, con el ama de casa de la tragicómica pieza teatral italiana Una mujer sola, del Premio Nobel de Literatura de 1997, Darío Fo e incluso con la nostálgica anciana del corto cubano 20 Años (Bárbaro Joel Ortíz, 2009). Amén las circunstancias sociales, políticas y epocales en que viven, todas resultan mujeres relegadas al hogar, (auto)sometidas por los convencionalismos sociales sexistas a un monótono ritual de lenta aniquilación de sus albedríos y potenciales talentos, contra el cual no atinan a rebelarse, excepto en sus mentes, pletóricas de espacio para explayar catárticas cavilaciones, ensueños, especulaciones y todo tipo de fugas secretas. Lee el resto de esta entrada

LOS DESASTRES DE LA GUERRA (2012), de Tomás Piard

Los desastres de la guerra: El Apocalipsis según Tomás

Por: Antonio Enrique González Rojas

Discretos méritos para la cinematografía cubana actual son las cada vez más frecuentes incursiones en vertientes, géneros y subgéneros muy prolíficos del audiovisual internacional, ajenos hasta ahora al espectro temático estético en el cual bregan los realizadores locales, desentendidos por mil y un motivos culturales, prejuicios o
pretensiones autorales, como es el policiaco, el cine negro, el horror, el musical y hasta el cine para y protagonizado por niños, en los cuales han incurrido respectivamente directores como Daniel Díaz, Arturo Sotto, Pável Giroud, Jorge Molina, Alejandro Brugués, Jorge Luis Sánchez, Juan Carlos Cremata, Ian Padrón y Rudy Mora.

Con la recién estrenada Los desastres de la guerra (Tomás Piard, 2012) le toca el turno a la distopía de corte post-apocalíptico, apelativa específicamente al proceso decivilizatorio y neotribal de la humanidad, sobrevenido bien tras una catástrofe global suscitada por causas ecológicas (Waterworld, de Kevin Reynolds, 1995), infecciosa
(12 Monkeys, de Terry Gilliam, 1995, la franquicia Resident Evil, 28 days later, de Danny Boyle, 2002, 28 weeks later, de Juan Carlos Fresnadillo, 2007, I´m a Legend, de Francis Lawrence, 2007 y The Happening, de M. Night Shyamalan, 2008), extraterrestre (Invasion of the Body Snatchers, de Philip Kaufman, 1978, Final Fantasy: The Spirit Within, de Hironobu Sakaguchi, 2001 y Battlefield: Earth, de Roger Christian, 2000), biológica (la saga The Planet of the Apes y Reign of Fire, de Rob Bowman, 2002), tecnológica (las sagas Terminator y The Matrix), zombie (Dawn of the dead, de George a. Romero, 1978 y su remake por Zack Snyder, 2004, Zombieland, de Ruben Fleisher, 2009 y la serie televisiva The Walking Dead, creada por Frank Darabont en 2012), bélica (Nausicaä del Valle del Viento, de Hayao Miyazaki, 1984, 9, de Shane Acker, 2009 y The book of Eli, de los Hughes Brothers, 2012), sociopolítica (Zardoz, de John Boorman, 1974 y las dos versiones de 1984, de Michael Anderson, 1956 y de Michael Radford, 1984); o bien indefinida por completo o apenas insinuada, donde lo importante para el realizador no es el suceso que provocó la catástrofe, que si acaso permanece en un segundo plano, sino el agónico crepúsculo de los entes supervivientes, los nuevos sistemas de relaciones suscitados en un mundo sin ley ni gobiernos, obligados los humanos a retornar a las más básicas formas de comunidad para protegerse contra la hostilidad del ambiente y de sus semejantes, convertidos en depredadores desesperados, sin la más mínima conciencia social. Los instintos prevalecen sobre cualquier protocolo social y el hombre deviene lobo del hombre. Lee el resto de esta entrada