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MUSEO DE LA IMAGEN EN MOVIMIENTO DE NUEVA YORK

mmi_main_entrance_peter_aaron_EstoAyer fue un día extraordinario. Gracias al amigo José Francisco González, otro camagüeyano que se mueve como pez en las dinámicas aguas de Nueva York, pude ver cumplida una de mis grandes fantasías: visitar el Museo de la Imagen en Movimiento (Museum of the Moving Image), ubicado al lado del legendario Kaufman Astoria Studios.

La visita confirmó mis sospechas: un museo vinculado al audiovisual no tiene nada que ver con el depósito pasivo de “objetos históricos”, en este caso, cámaras, fotos, o vestuarios. Al contrario, tomando en cuenta la actual omnipresencia de la imagen en movimiento en nuestras vidas, la experiencia de conectar ese pasado con el presente que estamos viviendo, puede ser algo realmente divertido (yo al menos, para poner un ejemplo, me entretuve muchísimo reconstruyendo por mi cuenta la banda sonora de Terminator).

Antes de conocer el museo yo tenía más o menos una idea de lo que podía encontrar allí. De hecho, otras veces he comentado que el Paseo Temático del Cine que tenemos en Camagüey podría explotar ese espíritu aglutinante donde lo importante sería la imagen en movimiento, o lo que es lo mismo, la aventura del ojo humano entregada a la fascinación que produce un conjunto de imágenes proyectadas sobre una superficie, ya sea a través de una ficción, un video arte o un video juego.

mmi_lobby_stair_peter_aaron_EstoSé que se necesita dinero para lograr mantener un proyecto así, pero yo creo que lo más importante siempre será la creatividad de quienes se involucren. Muchas de las actividades que estaban teniendo lugar en el Museo ayer se apoyan en lo interactivo y el uso de aplicaciones donde no necesariamente hay que tener Internet, como suele pensarse en Cuba. Lee el resto de esta entrada

HOUSTON

A Houston llegué justo un día después que falleciera, con apenas 48 años, la celebérrima cantante Whitney Houston. Más allá de la coincidencia del apellido de la megaestrella y el nombre de la ciudad, que yo sepa no existió vínculo alguno entre la intérprete y la localidad. Sin embargo, desde que la escuché por primera vez la asocié a ese lugar. Pensaba que era de allí, y ahora el eco interminable de la trágica noticia no ayudaba a desmentir el antiguo equívoco. Parecía que Whitney había muerto, en verdad, en aquel lujoso hotel donde me habían alojado.

A Houston llegué invitado por el profesor y ensayista Luis Duno-Gottberg, quien me propuso compartiera una de las clases sobre cine cubano que imparte en Rice University. La idea me encantó, porque esto de co-producir conocimiento a dos voces, siempre tendrá el encanto de lo diverso, algo imprescindible si de veras uno quiere aprender.

Como vivo en el Tercer Mundo (porque no han inventado el Cuarto, diría Arenas) se me olvidan las facilidades que hoy en día reportan las nuevas tecnologías para ilustrar las ideas que se exponen. Bastó que le mencionara a Luis algunas de las películas que podrían ayudar a esclarecer un poco más mi propuesta, y allí estaba él buscando en Youtube fragmentos de El parque de Palatino, La serpiente roja, La muerte de un burócrata, Por primera vez, Now, Memorias del subdesarrollo; Azúcar amargo o Memorias del desarrollo.

La clase duró dos horas, aunque lamentablemente no pudimos agotar todo lo que habíamos planificado. Pero al menos nuestros jóvenes oyentes mostraron interés en no quedarse en esa Cuba epidérmica que suele aparecer en los medios, lo mismo allá que acá.

Y algo que me parece curioso: no puede decirse que hoy el audiovisual cubano se encuentre en una fase de esplendor (al menos como movimiento colectivo), y sin embargo, sí hay un creciente interés académico en revisar ya no solamente el corpus fílmico, sino las bases mismas de lo que ha sido el relato que describe esa gestión. Esa es la impresión con que me quedo luego de esta breve, pero intensa incursión, por los campus de Tulane (New Orleans), Case Western Reserve (Cleveland) y Rice University (Houston).

Juan Antonio García Borrero

NUEVA ORLEANS (2)

Ayer me dió por levantarme temprano y caminar buena parte de French Quarter. De mi visita anterior a Tulane recordaba con mucha intensidad Jackson Square, con la Catedral St. Louis al fondo, a mi espalda el Café Du Monde, y más allá, el río Mississippi.

Era temprano, pero ya la musica callejera comenzaba a envolver el sitio. Aun así, aproveché para sentarme en el parque, y poner en orden algunas de las ideas que habría de exponer en la tarde, en torno a las posibilidades investigativas que brindan al historiador del cine cubano las nuevas tecnologías (cuelgo ahora una especie de resumen de lo que fueron mis argumentaciones principales).

Manana estaré saliendo para Cleveland, donde me espera la profesora e investigadora Damaris Puñales Alpízar. Pero los amigos de New Orleans no han querido que me vaya de aquí sin ver cumplida una de mis más caras fantasías: asistir a alguno de los juegos de la NBA. Por eso a las siete debo estar viendo jugar a los Hornets (equipo local) nada menos que contra los Chicago Bulls liderados por el increíble base Derrick Rose.

Juan Antonio García Borrero

PARA UNA NUEVA HISTORIA DEL CINE CUBANO

El futuro historiador del cine cubano tiene hoy a su favor una coyuntura donde, lejos de desechar de un plumazo lo que hasta el momento se ha escrito, puede apelar a un cotejo crítico que le permitiría conectar aquellos filmes, textos, y testimonios de antaño, con lo que los nuevos enfoques (menos unilaterales y estereotipados que los meramente nacionalistas), someterían a su fiscalización.

Se trata de reparar en el cine cubano, por fin, como un vehículo cultural dinámico que, más allá de las ideologías cristalizadas, ha permitido poner en pantalla los más diversos intereses. El hecho de que imponer “un tipo de cine” sigue siendo indiscutiblemente privilegio de los grupos pudientes, no hace menos necesario rastrear aquellas prácticas fílmicas que opusieron diversos modos de resistencia al modelo hegemónico, o los discursos críticos que prepararon su renovación, cuando no destrucción.

De allí que en esta nueva Historia adquiera vital importancia estudiar la producción silente, como referente de un primer período en el que la intervención norteamericana en los asuntos de la joven República, condicionaba el espacio público. Cierto que de esta etapa muda apenas sí han logrado sobrevivir cortos como El parque de Palatino o el largometraje La Virgen de la Caridad (1930), de Ramón Peón, pero estudios como los de Enmanuel Vincenot, o, de modo más general, Louis A. Pérez Jr., nos han mostrado algunas de las posibles estrategias a trazarse con el fin de fomentar textos que versen sobre la historia cultural del período, de la cual ese cine ahora inexistente en lo físico, llegó a formar parte.

Afortunadamente, ya el período sonoro pre-revolucionario está conociendo de una vigorosa relectura, gracias, entre otros, a la labor de María Eulalia Douglas, Arturo Agramonte, y Luciano Castillo. Mucho más complejo de lograr, por el momento, será la reescritura de la historia del cine (o audiovisual) producido en el periodo post-59. No solo influye el hecho de que sigan en el poder los mismos gobernantes de hace medio siglo, sino que, las referencias metodológicas apenas se han renovado, por lo que persiste la invisibilidad de sujetos que en esas cinco décadas han participado de la historia en los más disímiles roles.

La actualización teórica permitirá tomar conciencia de lo fluido y diverso que ha sido ese pasado reciente sobre el cual se ha construido la historia del cine cubano, pasado que por lo general se ha descrito en términos binarios, y casi siempre de cara al gran conflicto político generado por la revolución de 1959. Y entrarán en escena cineastas como Gloria Rolando, que desde su condición de mujer y negra se aproxima a la Guerra de 1912, un episodio de índole racial que apenas ha tenido eco en la filmografía nacional; o jóvenes realizadores como Miguel Coyula, que con una cinta como Memorias del desarrollo (2010), filmada en los Estados Unidos, Cuba, París, y Japón, rompe con el estrecho concepto nacionalista que apelaba a la geografía y la homogeneidad, para hacernos notar lo que desde hace mucho ya es evidente: la hibridez cultural de la nación cubana; o realizadoras como Marilyn Solaya, que En el cuerpo equivocado ensaya una de las más provocadoras aproximaciones a las inquietudes de género practicadas en el audiovisual cubano; o Jorge Molina, uno de los pocos cineastas que ha decidido dejar a un lado lo “políticamente correcto” a la hora de contar sus obsesivas historias relacionadas con el sexo y el terror, algo que el llamado “nuevo cine latinoamericano” excluyó tradicionalmente de su agenda.

Asumiendo esta nueva perspectiva coral, y dejando a un lado ese enfoque teleológico donde apenas caben aquellos que contribuyeron a construir el actual canon del cine cubano, ganaríamos en transparencia. Nos explicaríamos mucho mejor lo sucedido con el cine realizado por habitantes de la isla, dentro o fuera de ella, pero no como si se hubiese tratado de un campo absolutamente autónomo, sino que intuiríamos las infinitas conexiones que una práctica como la cinematográfica supuso desde el primer momento en que apareció.

   

BUENOS AIRES (3)

Mañana estaré regresando a la cueva camagüeyana, y como es habitual siempre que estoy a punto de viajar, las tensiones me comen. Tengo verdaderas historias de terror en varios aeropuertos internacionales: en Madrid una vez descubrí, mientras hacía escala en el viaje a La Habana, que había dejado en la Aduana de Málaga el portátil.

Y al año siguiente, en Granada, casi pierdo ese mismo ordenador porque alguien tomó equivocado el maletín en el momento en que me disponía a abordar un taxi para ir a la terminal aérea con el fin de regresar a la isla. También recuerdo que en Miami el año pasado por poco se me va el vuelo. Lo sé, soy un desastre en esas situaciones para mí límites.

Para aliviar el estrés mi amigo Miguel Lafuente me ha llevado a “Los bosques de Palermo”. Y el efecto se nota. Ando más relajado luego de caminar con calma por tanta área verde, descubriendo hermosas esculturas (auténticas obras de arte) que van desde Shakeaspere, Borges, hasta José Martí. O admirando el llamado “Rosedal”, así como “El patio andaluz”.

Ha sido una semana espléndida, tanto desde el punto de vista académico, como en el plano de la fraternidad. Y de vuelta me llevo una extraordinaria cantidad de libros y películas relacionadas con el cine argentino. No tengo cómo agradecer a mis anfitriones tantas atenciones. Dejaré entonces que sea el silencio temporal el que mejor hable de la gratitud.

Juan Antonio García Borrero

BUENOS AIRES (2)

Anoche terminó el Simposio Iberoamericano de estudios comparados sobre cine organizado por el Centro de Investigación y Nuevos Estudios sobre Cine (CIyNE). En mi caso ha sido una formidable oportunidad para adquirir conocimientos, y llenarme de nuevas inquietudes.

Aunque en este caso se estudiaron y debatieron las representaciones de los procesos revolucionarios en el cine argentino, brasileño y mexicano, es evidente que muchas de esas reflexiones nos sirven también a los estudiosos del cine cubano.  Ya estaré poniendo por escrito en este mismo blog mis impresiones. Pero eso será al regreso, pues resulta imperdonable estar aquí, y no andar Buenos Aires.

Hoy mi viejo amigo Miguel Ángel Lafuente se encargó de llevarme a esa maravilla de barrio que se llama San Telmo. Y entramos al Bar Plaza Dorrego, donde en una de las paredes puede verse la foto en la que aún conversan Borges y Sábato, allá por los años setenta del siglo pasado.

Por si fuera poco, Ana Laura Lusnich acaba de regalarme un ejemplar de Borges va al cine, de Gonzalo Aguilar y Emiliano Jelicié. Todavía no sé cómo agradecer tantas atenciones. Guardé el libro, pero la tentación fue mayor. Y aquí me tienen, atrapado por esas páginas que nos revelan al mismo Borges genial de siempre, pero también al “malicioso”, como apunta Edgardo Cozarinsky en la presentación de contracubierta.

Leo, por encima, la reacción de Borges a propósito de la polémica que originó en su momento La intrusa, el filme de Carlos Hugo Christensen basado en el cuento homónimo del escritor. Conocía las demandas de la censura exigiendo cortes. También las réplicas defensivas de Christensen. Pero no la posición final de Borges:

“Por lo general no soy partidiario de la censura, ya que es una interrupción de los derechos individuales por el Estado, cosa que nunca he aceptado ni aceptaré. Sin embargo, en este caso me siento paradójicamente muy agradecido ya que en la película de Christensen se han hecho sugerencias de homosexualidad, y yo no tengo nada que ver con este tipo de asuntos (…) El él hay obscenidades, hay desnudos y además (esto es lo más grave) se sugiere la pornografía y el sexo. (…) De modo que le agradezco a la censura su intervención. Y creo que Christensen también, porque si no va a quedar un poco en ridículo. Si Christensen está enojado, debe ser por un problema comercial. (…) frente a la pornografía considero aceptable la labor del censor. (…) yo trato de no ser obsceno, de escribir y pensar en forma decorosa”.

BUENOS AIRES (1)

Llegué a Buenos Aires en la noche del viernes, y todavía me parece permanecer, precisamente,… en los aires. Sabía que sería un viaje largo y agotador. En Ezeiza me esperó mi viejo amigo Miguel Lafuente. Y en el apartamento de Recoleta donde permaneceré hasta el próximo sábado, mi anfitriona Ana Laura Lusnich.

El evento comienza mañana, así que he aprovechado el fin de semana para caminar sin rumbo por estas calles impresionantes, admirando edificios antiguos que desafían en silencio nuestra supuesta vitalidad.

Ya son varios los que se han encargado que me pregunte una y otra vez: ¿cómo es posible que siendo esta la primera vez que estoy aquí, me embarga una recurrente sensación de regreso?.

Juan Antonio García Borrero

MIAMI

1.
No he podido retener demasiados recuerdos de la primera vez que estuve en Miami. Apenas un par de fotos con una colombiana a la que vi entonces por primera y única vez. Su hermana la había llamado desde Los Ángeles para que me sirviera de cicerone en una ciudad donde yo tenía centenares de conocidos…, pero ningún teléfono a mano. Y solo seis o siete horas para recorrer algunas de sus calles.

Sucedió que aquel año (noviembre del 2002) estuve en Miami por puro azar. La investigadora Laura Podalski me había invitado a hablar sobre cine cubano en la Universidad de Columbus (Ohio), y de paso, participar en un encuentro académico en Denver. El itinerario era bastante extravagante, porque tenía que hacer escala como en siete aeropuertos distintos. Catorce aviones (siete para allá, siete para acá), en menos de una semana, no sé si será un récord, pero como promedio es de vértigo. El colmo es que en la escala Miami-La Habana debía esperar hasta el día siguiente, pues esa noche no volaba nada a Cuba. Me hospedaron en un hotelito modesto, pero con vista al mar. No me quedé con esas tarjetas donde figuran el nombre y los teléfonos del hotel, y ahora es solo el resbaladizo recuerdo de una cama donde quedé rendido mientras miraba una televisión empeñada en aburrirme veinticuatro veces por segundo.

He revisado las fotos de aquella ocasión. Allí estoy yo, con el famoso “parque del Dominó” a mis espaldas, y el bullicio de la gente que pone de modo aparatoso una ficha en la mesa, y aprovecha para gritar con eufórica rabia algo sobre Cuba, sobre lo que dejó atrás, sobre lo que le quitaron, sobre los que todavía mandan. O me veo tomando café en algún timbirichi de la Calle 8, al lado del Tower Theater. ¿Qué iba a pensar yo que tan sólo un año después estaría justo en ese local, participando en un encuentro organizado por el Miami Dade College, para hablar de “cine alternativo en Cuba”?

La idea del evento fue del crítico Alejandro Ríos, a quien tengo entendido le interesó el término que en algún momento esgrimí (“cine cubano sumergido”) para hablar de esa producción audiovisual que no pertenece al ICAIC y apenas se ve, y que sin embargo, existe. Ríos tuvo la gentileza de cursarme una invitación con el fin de que participara en las sesiones teóricas y exhibición de materiales, y de paso presentar algunas de las investigaciones que me habían publicado. Este último gesto lo recuerdo con mucha gratitud, porque ha sido la única vez que la “Guía crítica del cine cubano de ficción” ha tenido una presentación pública en alguna parte, pese a que en su momento le concedieran en Cuba un Premio de la Crítica Literaria.

Aquellos fueron días asombrosamente bucólicos, si se toma en cuenta de los debates entre cubanos no suelen ser casi nunca serenos (mucho menos en Miami). ¿Un armisticio intelectual? Puede ser, pero como investigador agradecí el coloquio en tanto me permitió aproximarme a esa producción audiovisual que han hecho los cubanos más allá de la isla y la industria, y gracias a esos intercambios pude iniciar un proyecto que tres años después terminaría en un libro. Curiosamente tampoco recuerdo el nombre del hotel donde fui hospedado, aunque sí la cercanía de la playa, el murmureo imborrable de las olas en medio del silencio de la madrugada.

Hasta aquel hotel me fue a ver un amigo de la primera juventud que había llegado diez años atrás a Miami como balsero. Me alegró verlo, aún cuando no estuviese en el mejor momento de su vida: acababa de perder a su novia, quien se había suicidado con una pistola que nunca supo de dónde ella sacó.

En la versión que mi amigo tenía de Miami no se adivinaba resentimiento alguno hacia la ciudad, pero tampoco se advertía un entusiasmo demasiado grande a la hora de describirla. Sencillamente se había acostumbrado a sobrevivir en ella, y no había tenido tiempo de “aprovecharla”. Tampoco se quejaba de ser una suerte de hombre invisible en este drama donde aparentemente solo existen los cubanos que más alto griten que están a favor o en contra del régimen de la isla. Seguía en la misma rutina que tenía en el lugar que lo vio nacer: “luchar” para poder respirar, al precio que fuese necesario (a veces, admitió, no de las maneras más amables).

Recuerdo que aquella noche mi amigo llevaba un libro de Dostoiesvki en sus manos. Lo vi alejarse del hotel en la madrugada. El imparable parloteo de las olas me hizo sospechar que volvía a esa balsa de la que quizás, por lo menos mentalmente, todavía no había descendido.

2.
Sería interesante estudiar en algún momento de qué modo ha representado el cine esta relación de los cubanos que salen de la isla en busca de libertad con Miami. La gran industria nos ha brindado películas como “Scarface”, “Los reyes del mambo”, o “The Family Pérez”, pero intuyo que allí hay más brocha gorda que matices (sobre todo de orden psicológico). Mi pregunta es, ¿más allá del enfoque político ha existido en ese cine (hecho por cubanos o sobre cubanos) una mirada como la de Guillermo Rosales en la literatura?, ¿o como la de Reinaldo Arenas, hipercrítica con el gobierno cubano, pero igual de mordaz con las zonas oscuras de ese exilio al que fue expulsado?

La relación de cintas con tramas que involucran a cubanos en la llamada “Ciudad del Sol” es bastante amplia. Como no las he visto todas, me cuido de emitir algún juicio generalizador. Tan solo me referiré a algunas que han llamado mi atención por el modo en que reflejan el impacto que ha tenido en la comunidad cubana que reside en esa ciudad, el diferendo político que desde 1959 viven entre sí cubanos de diversas ideologías, pero también los gobiernos de Cuba y Estados Unidos.

La película que inaugura el ciclo es la norteamericana “We Shall Retun” (1962), de Philip Goodman, con César Romero en el protagónico. Se trata de una cinta fallida en términos estéticos, trasnochada en el planteamiento que hace de una trama llena de lugares comunes (tómese en cuenta que para entonces estaba en pleno apogeo la modernización del lenguaje cinematográfico), pero que como antropología visual sí ofrece puntos de interés.

En primer lugar, porque ayuda a matizar un mito generalizador a través del cual se piensa que todos aquellos que buscaron refugio político por esas fechas en el sur de La Florida, encontraron un paraíso. Es real que a ese lugar huyeron personajes acaudalados que apoyaron antes de 1959 al régimen batistiano y ahora fomentaban la contrarrevolución rotunda, la cual incluía todo tipo de acto violento: a la violencia revolucionaria se le opuso con un celo milimétrico la violencia contrarrevolucionaria. Pero una cosa es lo que en términos generales de “Política” pueda afirmarse, y otra es escrutar en ese infierno tremendo que es la vida cotidiana de cada individuo que ha padecido esas “Políticas”: “We Shall Return” es bastante elocuente en ese sentido, pues con independencia de esos personajes estereotipados que tienen como fin justificar por todos los medios “un mensaje patriótico”, hay escenas que nos van rescatando a un Miami que entonces no era la ciudad turística que es hoy, sino una suerte de pueblucho de veraneo sin otros atractivos que las playas y el clima.

Una secuencia reveladora es aquella donde el personaje de César Romero (pequeño propietario que ha huido de Cuba tras un altercado con la policía política) entra a un bar después de una larga e infructuosa caminata buscando trabajo. No tiene dinero, por lo que pide tan solo un vaso de agua. Pero el barman (un estadunidense) pregunta si va a consumir algo, y cuando descubre la insolvencia del hombre, lo expulsa sin miramientos del sitio. Luego comenta con alguien que queda a su lado que “esos cubanos están llegando como plagas”, lo cual confirma lo que ciertos rumores nos habían notificado; que en aquellos primeros años podían leerse en Miami letreros con la siguiente leyenda prohibitiva: “No perros, no cubanos”.

3.
¿Cuándo fue que lo que al principio era percibido como “una invasión de intrusos” (y hacia los cuales se lanzaban las mismas miradas de recelos o rechazo que a los chicanos u otras minorías étnicas), pasaría a convertirse en un poderoso enclave de operaciones políticas y económicas?

En la versión nacionalista del exilio miamense (que, apartando las ideologías, se distingue poco de la insular a la hora de mostrar un feroz orgullo por lo “nacional” o lo autóctono) el “cubano” parece ser, dentro del género humano, algo especial: un grupo étnico que merece mejor suerte y más comodidades que los nicaragüenses, los mexicanos, los salvadoreños, o los haitianos. Para ello se invoca todo un pasado lleno de próceres y tradiciones humanistas, y se suele tomar el “milagro” ocurrido en Miami (de ciudad pantanosa a emporio turístico) como una prueba irrefutable del talento que llevan en vena nuestros compatriotas.

Lo del talento emprendedor de muchos, no lo cuestiono, pues ya a nadie se le ocurriría negar que hacia 1959 La Habana era, en términos arquitectónicos, una de las ciudades más atractivas de Latinoamérica. Pero también parece demasiado cierto que, a diferencia de otros emigrantes, los recién llegados recibieron un tratamiento especial por parte de las administraciones estadounidenses no porque los cubanos les parecieran a éstas superiores en el orden moral o físico, sino porque se trataba de un conflicto (la consolidación del comunismo en sus narices, y su posible propagación por la región) que necesitaba ser atajado a tiempo, en tanto afectaba intereses nacionales, es decir, la esencia misma del sistema económico que lo acogía.

Las primeras películas filmadas por cubanos (y/o sobre cubanos) en Miami, como era de esperar se apoyaban en una suerte de anticastrismo extático (por lo del éxtasis ideológico renuente a apreciar los matices) que corría el riesgo de convertirse en el opio del anticomunismo más monótono. No es que las cintas que se filman ahora en Miami no tengan un enfoque anticastrista (de hecho, en ocasiones resultan aún más acerbas que antes, porque con el medio siglo transcurrido, el resentimiento y las frustraciones también han crecido), pero a la confrontación ideológica con el régimen se ha sumado la autorreflexión de grupo.

El punto de giro tal vez esté en “El Super” (1979), de León Ichaso y Orlando Jiménez Leal, el cual se apoya en la exitosa obra teatral de Iván Acosta. Si antes el discurso audiovisual de ese grupo de cubanos exiliados estaba encaminado tan solo a exaltar el pasado republicano (“La Cuba de ayer”, 1963, de Manolo Alonso) o denunciar la creciente “sovietización” del sistema (“Cuba, satélite 13”, 1963, de Manuel de la Pedrosa), con “El Super” comienzan a introducirse matices, y sobre todo, a caracterizar a una comunidad que no es tan monolítica como la pintan los medios oficiales de ambas orillas.

En este sentido, aquel encuentro de cineastas y críticos celebrado en Miami para mí fue bien revelador de las múltiples aristas que pueden encontrarse en ese grupo. Junto al discurso monocromático del exilio primigenio, pude encontrar las miradas de cineastas jóvenes, como Joe Cardona (“Bro”, “Water, Mud and Factories”), Bill Teck (“El Florida”), o Lisandro Pérez (“Más allá del mar”), por nombrar apenas algunos, mostrándonos una realidad mucho más compleja que eso que nos describen los periódicos.

No he podido ver aún “Paraíso”, de León Ichaso, otra cinta que me han comentado intenta dejar a un lado los estereotipos de siempre, para narrarnos una historia donde los protagonistas no encuentran en Miami precisamente un mundo mejor, sino tan solo diferente. Creo que algo de esto está en la mira de “Cercanías”, el filme de Rolando Díaz que saca a la luz un sujeto omitido con frecuencia en estos relatos: el compatriota de la tercera edad que pretende alcanzar el sosiego en una sociedad altamente competitiva.

Digamos que, en términos generales, Miami todavía funciona de acuerdo a la rígida dicotomía legada por la Guerra Fría (derecha vs. Izquierda; comunistas vs. anticomunistas). Pero en un plano más realista, esas bipolaridades (como en la vida misma), se extravían para dar paso a la interacción persistente. Lo que la política ha intentado establecer con pretensiones de inmutabilidad es replicado a diario por la fluencia de lo existente, que desborda con creces los intereses de los grupos dominantes.

Puede que en la misma medida que el cine realizado por cubanos en Miami tome conciencia de ello, el número de filmes con proyección universal (hablamos de una ciudad con vocación cada vez más aglutinante) comience a cobrar vigor. Porque se trataría entonces de un cine hecho por cubanos, pero no sólo para cubanos: un cine, a todas luces, post-nacional.

Juan Antonio García Borrero

HARVARD

Son muchos los motivos que tengo para no olvidar jamás esa insólita experiencia que significó participar como invitado en un encuentro académico sobre cine iberoamericano, organizado por la Universidad de Harvard entre el 6 y el 9 de marzo. No me refiero solo a la posibilidad de conocer una de esas universidades de las que uno ha oído hablar toda una vida a través de las películas, los libros, las referencias de terceros, sino de cuestiones más tangibles y por ello mismo, más humanas. En mi caso, por ejemplo, esa visita ha resultado aún más significativa porque es la primera vez que coincido en el extranjero con mi maestro y amigo Luciano Castillo.

Llegar a Harvard no fue cómodo. Existen tantas trabas burocráticas para viajar desde Cuba a los Estados Unidos, que a veces termina pesando más el agobio que la voluntad. Sin embargo, Lezama mediante, uno sabe que sólo es estimulante lo difícil. En lo personal les debo la invitación, pero sobre todo el viaje (porque una cosa es la invitación, y otro los trámites a superar), a Brad Epps, Humberto Delgado y Lorena Barberia, quienes (sin conocerme de antes) demostraron una vehemencia francamente feroz en el empeño de que tanto Luciano Castillo como yo estuviésemos junto a ellos.

El tema central del simposio (“El cine como Historia, la Historia como cine”), más atractivo no podía ser para mí: ¿acaso no ha sido ese uno de los asuntos que hemos discutido con más fuerza en este blog, con abundantes reflexiones o polémicas en torno a las maneras en que se escriben los relatos que hablan de la memoria colectiva? Por otro lado, saber que en la cita me podría reencontrar con estudiosos como Paulo Antonio Paranaguá o Jorge Ruffinelli (para muchos, los investigadores con más dominio de todo lo que tenga que ver con el cine latinoamericano y su historia), o conocer en persona a otros que han resultado para mí lecturas insoslayables (Román Gubern o Néstor García Canclini, por mencionar apenas dos), no podía menos que estimular la ansiedad porque se hiciera realidad el sueño.

Voy a dejar a un lado el relato de las vicisitudes burocráticas, porque lo que me interesa evocar es la parte más edificante de la experiencia, ya sea en el plano académico como humano. A la ciudad de Boston llegamos de noche, y tal como me habían advertido, había un frío que para nosotros los cubanos provenientes de la isla iba más allá de lo tolerable. Por suerte, en Miami Fausto Canel me había prestado una chaqueta de cuero, un suéter, y una bufanda.

En el aeropuerto de Boston nos esperaba nuestro coterráneo (en todos los sentidos, pues es camagüeyano) César Pérez, quien termina su doctorado justo en Harvard. Llegamos como a las diez y media de la noche, a tiempo para cenar algo en un restaurante muy cercano al hotel donde nos íbamos a hospedar. En mis viajes me gusta que los amigos sugieran platos novedosos que me ayuden a ampliar el universo sensitivo, y con ello descubrir el placer de lo inédito, algo que para un cubano de mi generación, al menos en cuanto a comidas, no es nada complejo de conseguir. El salmón recomendado por César hacía mucha justicia al entusiasmo de su propuesta. Esa noche descubrí además la cerveza Samuel Adams, maravilla en su especie. Después nos fuimos al acogedor hotel “Inn at Harvard”. Desde mi habitación podía ver el célebre “Atrium Dining Room”, que Luciano y yo (por razones involuntarias) vamos a asociar siempre al corto de Gerardo Chijona “El desayuno más caro del mundo”.

Las sesiones teóricas se iniciaron al día siguiente en el Harvard Film Archive, el cual se encuentra ubicado en el “Carpenter Center of the Visual Arts”. Escuchamos las palabras de bienvenida de Brad Epps, Haden Guest y Humberto Delgado, y casi de inmediato comenzaron los paneles, el primero de ellos conformado por Néstor García Canclini (Universidad Autónoma Metropolitana de México), Juana Suárez (University of Kentucky), y Gonzalo Aguilar (Universidad de Buenos Aires).

Fui tomando nota de cada una de las intervenciones. No hubo una en la cual no apuntara algo. Todas me aportaron ideas, incluso alguna que otra objeción que al final tal vez sirva para construir una argumentación que quizás otros mañana sabrán refutar con enérgica disparidad. Según se circuló en algún momento, las ponencias presentadas formarán parte de una suerte de memorias del evento. En lo personal preferiría dialogar críticamente con esas ideas plasmadas en un libro, porque no es lo mismo escuchar que leer. Al menos en mi caso.

Aún así, escribí notas que, no obstante la pluralidad de nacionalidades y temáticas, me ayudan a percibir un interés común a la hora de aproximarnos a esa Historia, también común, de la que participan las cinematografías de Iberoamérica. Paranaguá aportó una de las ideas que más me puso a pensar: “El cine es un asunto demasiado serio como para dejarlo sólo en las manos de los cinéfilos”. Y tiene toda la razón del mundo. Por eso se agradece tanto que estudiosos como García Canclini nos propongan lecturas que van más allá de lo estrictamente cinematográfico para desafiarnos con interrogantes como ésta: “¿Cuándo hay cine iberoamericano?: cinéfilos, videófilos e internautas”.

Después de escuchar a Laura Baigorri (Universitat de Barcelona), Ricardo Bedoya (Universidad de Lima), Leonardo García Tsao (Cineteca Nacional de México), Ignacio Oliva Mompeán (Universidad de Castilla-La Mancha, Cuenca), Ángel Quintana (Universitat de Girona), Francisco A. Zurian (Universidad Carlos III), Ana Amado (Universidad de Buenos Aires), Denilson Lopes (Universidade Federal de Rio de Janeiro), Josetxo Cerdán (Universitat Rovira i Virgili), y Eva Woods Peiró (Vassar College), es imposible no comenzar a repensar todos esos criterios que tenemos sobre las utopías fílmicas, los modos en que tales discursos han contribuido a crear determinadas identidades, o las maneras en que esas representaciones han concluido por afirmar o estropear nuestras formas de comunicarnos, de percibirnos. Por otro lado, la intervención de la creadora Cecilia Barriga resultó una de las más amenas e instructivas de las que pudimos escuchar.

En el caso de Luciano Castillo y quien esto suscribe, intentamos proponer un concepto de cine cubano que fuera más allá de la estereotipada identificación con lo producido exclusivamente por el ICAIC. Luciano habló de la productora Cuba Sono Films, uno de los episodios de nuestra historia fílmica pre-59 en la que apenas se ha reparado, no obstante los vínculos que sostuvieran con ésta personalidades como Juan Marinello, Nicolás Guillén, Mirta Aguirre, José Antonio Portuondo, Ángel Augier, Luis Felipe Rodríguez, o Alejo Carpentier, entre otros.

Por mi parte, quise someter a debate una idea ya bastante familiar a los lectores del blog: la necesidad de superar un enfoque “icaicentrista” de la historia del cine cubano, que en su afán de legitimar lo producido en nuestro principal centro productor de audiovisuales, deja a un lado todo lo que no haya surgido allí, con la consiguiente subestimación ya no del período fílmico pre-revolucionario, sino también de aquello que después de 1959 ha sido realizado en espacios como los Estudios Fílmicos de la FAR, de la Televisión Cubana, de los Cine Clubes de creación, o por cubanos que residen más allá de la isla.

También quise aprovechar algunas ideas extraídas justamente del blog, como fue esa espléndida secuencia de “Memorias del subdesarrollo” cuyo nacimiento Jorge Pucheux nos describió en su momento con lujo de detalles, y que sin embargo, por esos persistentes “sesgos icaicentristas” tan cercanos a la célebre teoría de Autor, en nuestro imaginario solía concederle el máximo de responsabilidad a Gutiérrez Alea. Asimismo utilicé una anécdota aportada por Francisco Puñal en esta bitácora, aquella donde nos cuenta de “Now”, y el desasosiego de Santiago Álvarez cuando cree que le han estropeado unas fotos que le habían prestado para la ocasión, y descubre que lo que ha visto en pantalla se debe al talento desplegado por Pepín Rodríguez en el área de Trucaje. Quise argumentar que el “icaicentrismo” no sólo mutila la visión que podamos tener del devenir cinematográfico de la nación, sino que incluso empobrece la idea de lo que ha sido la creatividad más fecunda (y profunda) en la propia producción del ICAIC.

Ocurrió también algo curioso: en mi charla exhibí “Now” a modo de ejemplo, pero sin tener en mente que la proyección de ese documental en un contexto de recepción absolutamente distinto al que le dio origen, podía adquirir significados absolutamente insospechados. “Now” se realizó en un período en que los negros norteamericanos luchaban por hacer valer esos derechos civiles que se les negaban de las maneras más violentas. Pero verlo en los Estados Unidos de ahora mismo, donde ocupa la presidencia máxima precisamente un ciudadano negro, puede suscitarnos no pocas preguntas incómodas. La primera de ellas: ¿sigue siendo “Now” un documental precursor en lo artístico, o respondió sólo a una circunstancia puntualmente política, y es ahora mismo algo apenas museable? (Nota al pie: para mí el racismo sigue existiendo en todas partes, si bien a través de formas más sutiles: “menos “bárbaras”). Casualmente por esos días moría la cantante Lena Horne, cuya magistral interpretación vocal es la que sostiene la dramaturgia del filme.

Al margen de lo académico, a César Pérez le debemos Luciano y yo tener alguna idea de Boston y Cambridge (y sobre todo fotos). En los días del evento fue imposible pasear, porque además de las sesiones teóricas estaban las proyecciones de las películas de Víctor Gaviria, al cual ya conocía personalmente (de Santa Cruz de la Sierra, Bolivia) por otro gran amigo, ya fallecido: Pepe Escriche.

Supongo que César anda todavía un poco desconcertado conmigo. Con mis preguntas mundanas. Ese domingo que decidió enseñarnos la hermosa ciudad (pese a que era nada más y nada menos que domingo, y encima “Día de las Madres”) el frío fue tremendo. Y por el camino a mí me dio por preguntarle por cosas que de académicas no tienen nada. Por ejemplo: ¿qué se hizo de aquella banda nombrada Boston que entre los setenta y los ochenta cantaban “Amanda”, “More Than a Feeling” y “Higher Power”? ¿Qué se sabe de Larry Bird, que sigue siendo uno de mis cinco jugadores de baloncesto más admirados? (de paso le comenté que Boston había acabado de ganarle al Miami Heat, mi equipo favorito, si bien cuando afirmo eso lo que de manera incosciente proyecto es mi admiración por “Flash” Wade). ¿Le ganarían esta vez los Celtics al Cleveland de LeBron?, pregunté, y él se sintió sorprendido de que yo estuviese al tanto de cómo marchaba la Liga (de hecho los Celtics ganaron, y ahora discuten de tú a tú el campeonato con los Lakers).

El encuentro de Harvard me aportó muchísimas ideas. Sobre las nuevas maneras de sociabilizar. Sobre el vínculo entre la imagen y la acción. Sobre las responsabilidades del videoarte en esta época donde se ha fetichizado el zapping. Sobre los modos en que se construye generalmente eso tan complejo que llamamos “memoria histórica”. Lo anterior, para un investigador del cine cubano, es una invitación a no dejar de pensar nuestro propio fenómeno fílmico desde nuevos ángulos críticos.

Juan Antonio García Borrero

NUEVA YORK

A Nueva York llegué apenas un mes después del atentado a las Torres Gemelas. En el aire todavía podía percibirse el olor a humo y destrucción. Mi anfitrión fue el profesor Wayne Finke, quien quería que hablara a sus alumnos sobre cine cubano en el Baruch College.

La memoria es una trampa letal. Ahora todos los recuerdos vienen sobre mí sin orden alguno. Se apilan. Me dejan sin palabras y sin orientación: es la anarquía total. Por suerte quedan las fotos. Miro una de ellas: ¿qué habrá sido de esa persona que me llevó a lo más alto del Empire State Building, y junto al que sonrío a la cámara, con esa pantagruélica jungla de rascacielos al fondo?

Cuando ocurrió lo del 11 de septiembre, creo que ya tenía aprobado los papeles para mi primer viaje a Estados Unidos. No estoy seguro. Pero sí recuerdo que aquella mañana del desastre, alguien (tal vez la pintora Ileana Sánchez, que conocía de la invitación) me llamó horrorizado para ponerme al tanto de lo que estaba sucediendo.

Ver en la televisión cubana una y otra vez imágenes tan dantescas (casi en vivo) resultó un choque tremendo: es decir, para todos aquellos que tienen conciencia de cuántas vidas inocentes se perdieron allí por un fanatismo claramente terrorista (yo añadiría diabólico), lo que había sucedido era injustificable. Pero el sentir de alguien que estaba casi montado en el avión con el fin de llegar a ese lugar mítico que ahora parecía hundirse en la nada, podía bifurcarse entre el instinto de refugiarse en la cueva de siempre, o lamentar toda una vida la decisión de no resolver por cabeza propia esa disyuntiva (no ha sido la única vez que he tenido que lidiar con ese dilema). Recuerdo que uno de los amigos más entrañables que tuve en esa época me advirtió con auténtica sinceridad que podía ser peligroso viajar a Nueva York. en esas fechas. Lo pensé bastante, pero al final tomé esa decisión de la que no me arrepiento: y Nueva York resultó ser esa gran universidad existencial que prometía devenir en lontananza.

La cosa fue todo un “thriller” desde que puse el primer pie en el aeropuerto “JFK”. Mi anfitrión me había advertido que sólo debía alquilar taxis amarillos. Pero los nervios me traicionaron. Y no hice más que recoger la maleta en la cinta movediza cuando “alguien” ya tenía en sus manos mi equipaje, y me obligaba a correr tras él hasta su auto. Aquel era mi tercer viaje al extranjero, pero el primero “solo” (en los dos anteriores siempre viajaron otros cubanos con más experiencias). Resultado: que el hombre (un dominicano metido a taxista particular) me madrugó como quiso. Utilizó unos quince minutos del trayecto en madurarme emocionalmente (por supuesto, durante el camino el tema obligado fue “el terrorismo”), y ya a mitad del trayecto, como quien no quiere las cosas, me soltó aquello de que la transportación iba a costarme 160 dólares (lo normal en un Yellow Cab, al menos en aquel momento, sería unos 40). Sospecho que fue mi grito de asombro el que le hizo frenar con brusquedad. Le dije que mejor me dejaba allí mismo, con maletas y todo, porque no tenía ese dinero. Supongo que soné convincente en tanto era verdad. Entonces el dominicano cambió de táctica y preguntó hasta cuánto podía llegar. Todavía me parece mentira que haya accedido a continuar el viaje por sesenta dólares.

Hoy me pregunto, entre risas y cierto nerviosismo, qué hubiese pasado conmigo de haber reaccionado aquel hombre de otro modo, dejándome en medio de la autopista, con mi pésimo inglés pesando más que mi equipaje, en medio de un contexto ajeno y totalmente desconocido. Pero no es de las cosas desagradables que quiero escribir en estas remembranzas destinadas a los míos. Más bien me interesa tender un puente memorioso a través del cual los nietos de mis biznietos, por ejemplo, reconozcan (aunque sea por lecturas) esos sitios en los cuales tuve la suerte desmedida de caminar como un anónimo más. También es un modo de regresar junto a esos amigos que aún son (o que han sido, que a los efectos de la invocación, es lo mismo).

Dije hace un rato que mi breve estancia en Nueva York fue una universidad existencial, y no es un cumplido gratuito. Fue allí donde entendí por fin aquello de sentirse un simple número entre el cero y el infinito. Y pude comprobar en carne propia las consecuencias imprevistas que nos puede reportar el canje invisible de millones de circunstancias a través de eso que Nietzsche nombró “la inocencia del devenir”.

Pongo un ejemplo: estaba yo en Union Square mirando algunos de los retratos de las víctimas del atentado a las Torres (aquel era uno de los numerosos lugares donde se les rendía tributo) cuando veo que alguien estaba a punto de cruzarse en mi camino. Ambos nos miramos y quedamos paralizados, como si aquel bocadillo de “Casablanca” donde Rick se asombra de la casualidad que llevó a Ilsa a su bar (existiendo tantos y tantos en el mundo), no fuese un bocadillo de película B, sino algo que es, a la larga, “verosímil”. Aquella persona era Miguel Coyula, quien por esa fecha disfrutaba en Nueva York de una beca o algo así. Quedamos en vernos, desde luego, y tres o cuatro días después estuve en la pequeña habitación donde vivía. Me mostró las imágenes que había captado del atentado a las Torres desde ese lugar. Me habló de sus planes futuros. Hicimos, en fin, lo que hacen dos cubanos cuando tropiezan fuera de Cuba por aquello de que Dios nos cría, y la nostalgia nos hunde.

Wayne Finke resultó ser un excelente anfitrión, y sus estudiantes personas sumamente generosas. Uno de ellos me regaló una laptop de uso, la primera que tuve en mi poder. El doctor Guillermo Pérez Mesa me invitó primero al Museo Metropolitano de Arte, luego al Guggenheim, y por último, al MOMA. Margarita Fazzolari me llevó a tomar café a un lugar que ahora no consigo precisar. John Gutiérrez me organizó una charla sobre cine cubano en CUNY. Y Jerry Carson me convidó a un concierto de músicos dominicanos donde estaba invitado (por primera vez en Nueva York) Amaury Pérez. La única ocasión que he hablado con Amaury le mencioné que fui testigo de cómo el público lo obligó a cantar seis canciones, tres por encima de las que el resto de los artistas que integraban el espectáculo tenían acordado.

Ya sé que una vez que se conoce Nueva York, todo lo que se pueda escribir de ella no cabe en un post. Quizás algún día escriba algo más extenso sobre los recuerdos que esa ciudad todavía provoca en mí. Es decir, me gustaría escribir algo no sobre esa gran metrópoli, a la cual ya la han retratado de modo genial lo mismo en la literatura que en el cine (por algo Scorsese y Woody Allen son dos de mis cineastas favoritos), sino sobre lo que ella significó para mí. Sobre la repercusión que tuvo en mi persona estar en medio de Times Square, visitar “The Film Society of Lincoln Center”, pasear Lexington Avenue o Fifth Avenue.

A Nueva York no he regresado “físicamente”, pero por lo pronto conseguí que Joel Jover dejara en la sala de mi cueva uno de esos cuadros inmensos que pintó a propósito de esa ciudad, donde expuso alguna vez junto a Ileana Sánchez. Así que entre o salga de casa, lo primero o último que veo es un Manhattan que a estas alturas (la de mi particular rascacielos camagüeyano) es demasiado, pero demasiado familiar.

Juan Antonio García Borrero

CASABLANCA

En mi primer Casablanca, el personaje de Humphrey Bogart no le pide a Sam que toque otra vez “As Time Goes By” (en realidad, sabemos que esa petición no existe: que todo fue un memorable despiste de Woody Allen). Tampoco aparece Ingrid Bergman, con ese magistral derroche de cursilería que bien le pudo costar un Oscar a la secuencia más ridícula, cuando pregunta si aquello que se escucha en lontananza son los cañonazos de los alemanes o el eco de su propio corazón. Ese, el filme, fue mi segundo Casablanca.: Pero antes, en mi caso, hubo otro Casablanca que me llevó a fetichizar la película: el cine Casablanca.

Para cualquiera que haya vivido en Camagüey, Casablanca siempre fue un poco como el bar de Rick: el sitio donde todo el mundo tenía que ir aunque fuera una vez al año. Llegó a tener gente que, lunes por lunes (ese era el día que entonces se estrenaban los filmes) se fugaban puntuales de sus trabajos. Hicieron del contrabando de rumores que más tarde determinarían la suerte del estreno, casi una profesión.

Casablanca no fue el cine más grande de la ciudad, ni el más vistoso (ese adjetivo le corresponde al Alkázar), pero sí el más popular. Tenía 1200 capacidades, lo cual hoy puede parecernos monstruoso, mas no pocas fueron las oportunidades en que la fila de “moviegoers” (para seguir con terminología hollywoodense) llegaba hasta la calle Lope Recio, colapsando la paciencia de los choferes que transitaban por Estrada Palma.

No tengo la certeza de cuál pudo ser la película más taquillera que pasó por allí. Hay quien habla de las aglomeraciones provocadas por “La vida sigue igual”, con Julio Iglesias. Otros, de una cinta mexicana titulada “La niña de los hoyitos”, que de tanto exhibirse, al final ni los hoyitos se veían. Entre las que yo evoco, con cristales rotos, policías controlando el acceso al pequeño parque aledaño al cine, y todo un ritual carnavalizante de la ansiedad colectiva, está la cubana “La Bella del Alhambra”, de Enrique Pineda Barnet.

Guillermo Cabrera Infante decía que “lo malo de ser cubano es que, en cuanto uno habla en serio, suena a la letra de un bolero conocido”. Sé que corro el riesgo de que, sobre todo los más jóvenes, perciban en estas líneas una incurable proximidad a lo sensiblero. Es lógico: estoy hablando de algo que ya no existe. Que tal vez nunca existió, pues seguro hay tantos cines Casablanca, como personas han pasado por allí.

Cada espectador lo recordará a su modo. Para unos, ese lugar será asociado a la inocencia de la infancia. Otros lo evocarán como una oscura Catedral donde era posible elevarle al Deseo reprimido las más fervientes plegarias. No quiero idealizar ese sitio: solo digo que, en mi caso, Casablanca fue el principio de una larga amistad con el cine.

Juan Antonio García Borrero