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OCTAVIO CORTÁZAR SOBRE SUS INICIOS EN EL CINE

Una de las cuestiones que más me interesaría fomentar en los estudios del cine cubano es la perspectiva de conjunto a la hora de hablar de nuestras películas, su público, y su crítica. Esta es una idea que he reiterado tanto que temo parecer, al final, monotemático. Pero como se me antoja un asunto de gran importancia académica, pues insisto en la misma.

Lamentablemente, la perspectiva icaicentrista (esa que narra la historia del cine cubano como si se tratara de la historia del ICAIC), sigue dominando en nuestros enfoques y estudios. Es cierto que ya es un poco más natural encontrar indagaciones que buscan examinar lo alternativo, o lo que (puede ser que hasta de modo involuntario) ha quedado sumergido bajo el peso de “la Historia Oficial”. Pero no basta.

En lo personal me interesa dejar a un lado esa mirada demasiado frecuente que tiene a exaltar fechas únicas de fundación, para buscar en lo que me gusta llamar “la historia fangosa”. Es allí, donde todavía las sofisticadas catedrales que hoy admiramos ni siquiera se han comenzado a perfilar, donde uno puede encontrar parte de las motivaciones e intereses humanos que empujaron a un grupo de personas a hacer esto o aquello.

Llevándolo al caso concreto de los cineastas cubanos que fundaron el ICAIC, siempre me ha interesado indagar en su formación primigenia. ¿Dónde adquirieron el gusto por el cine?, ¿cuáles eran las ideas que discutían y en qué espacio ponían de manifiesto sus consensos y disensos? Más que los nombres propios, me interesa retomar el espíritu de la época. Una época que hoy es inevitable interpretar desde lo político, pero que es preciso rescatar en todas sus dimensiones, si de veras queremos obtener una imagen que deje a un lado lo maniqueo, o lo francamente caricaturesco. Dicho de otro modo, que recupere a los seres humanos que hacían posible la vida cultural de entonces, con sus luces y sus sombras. Con sus virtudes y sus limitaciones (las mismas que nos evaluarán a nosotros dentro de cinco décadas).

Este fragmento de la conversación que en su momento sostuvo el cineasta cubano Octavio Cortázar (Por primera vez; El brigadista) con Orlando Castellanos, puede ser revelador de la importancia que para no pocos (léase Tomás Gutiérrez Alea, Guillermo Cabrera Infante, Néstor Almendros, entre otros) tuvieron aquellos espíritus aglutinantes de Germán Puig y Ricardo Vigón, cuando crearon en la década del cincuenta la Cinemateca de Cuba.

Juan Antonio García Borrero  

 

OCTAVIO CORTÁZAR SOBRE SUS INICIOS EN EL CINE

Orlando Castellanos: Vamos a hablar ahora acerca de tu inclusión en este mundo de la cinematografía.

Octavio Cortázar: Bien. Como te estaba diciendo, año 50, aquella película… Te pudiera decir que ya el próximo paso fue, en el año 1952, 53, vincularme a la Cinemateca de Cuba, que comenzaba a funcionar de una manera embrionaria. Entonces los directores de la Cinemateca –Germán Puig y Ricardo Vigón-, consiguieron unas películas del Museo de Arte de Nueva York y comenzaron a dar un ciclo de películas del cine silente, en el recién creado Palacio de Bellas Artes. Allí se vio Intolerancia, El nacimiento de una nación, un grupo de películas importantes. Vi otra película que a mí me marcó: La madre, de Vsièvolod Pudovkin, que me impresionó extraordinariamente, una película muda del año 26, que es una obra maestra, ¿no? En aquel momento yo no tenía conciencia de que el cine mudo era un cine de arte, y las películas que vi en aquel ciclo, en el Palacio de Bellas Artes, me impresionaron mucho. Y en particular siempre recuerdo La madre, por el poder expresivo, y Dura Lex, de Kulechov. Las posibilidades expresivas que tenía el cine, la fuerza expresiva que tenía el cine, y para mi sorpresa, la fuerza expresiva que tenía el cine silente, lo descubrí allí. Lee el resto de esta entrada

LEZAMA SOBRE RICARDO VIGÓN, FUNDADOR (JUNTO A GERMÁN PUIG) DE LA PRIMERA CINEMATECA DE CUBA

Desde hace bastantes años, he tenido una relación de amistad con Julio Cortázar. Voy a aprovechar esta oportunidad para recordar a aquel cubano que realmente hizo conocer a Cortázar y que lo puso en relación con Cuba. Fue un espíritu muy verídico y es un nombre que ustedes no deberían olvidar: Ricardo Vigón, desgraciadamente rendido ya a las sombras.

Vigón vivía en la Rue du Dragon, cerca de Julio Cortázar, y recibía las revistas que nosotros le enviábamos. De ese modo, Cortázar se ponía en contacto con todo ese material. En realidad, yo creo que Vigón despertó en Cortázar muchas simpatías por las cosas de Cuba. Vivían en el mismo barrio y se reunían con frecuencia, y cuando yo leo los diálogos que se verifican en casa de Oliveira, por ejemplo, siempre pienso que allí tenía que estar Vigón.

He querido que mis primeras palabras sean un recuerdo para Ricardo Vigón, que creó un tipo de perspectiva, un modo de estar en Europa muy a lo cubano de sus años. Vigón es un cubano que en un convento, en una ocasión, le hace la cama a Heiddeger, y Vigón es un cubano que está acostumbrado a colocarse frente a las grandes ciudades, como Florencia, sin un céntimo en el bolsillo, y a vencerlas.

José Lezama Lima en “Julio Cortázar y su Rayuela”. En “Lezama disperso”. Ediciones UNIÓN, La Habana, 2009, pp 46-47. (Compilación al cuidado de Ciro Bianchi Ross).

Nota de La Pupila:

Estas palabras forman parte del conversatorio desarrollado en la Casa de las Américas el 2 de julio de 1965, a propósito de Rayuela, y con la participación de Ana María Simo, José Lezama Lima, y Roberto Fernández Retamar. Sobre Vigón, anota el compilador Ciro Bianchi: “Crítico cubano de cine, colaborador del periódico Revolución, de La Habana. A fines de la década del cuarenta fundó la primera cinemateca que existió en el país. Falleció a los treinta años de edad, en 1960. Guillermo Cabrera Infante le dedicó su libro Un oficio del siglo XX de esta manera: “A Ricardo Vigón, que tanto amó el cine”. Lezama lo recordó siempre con mucho cariño”.

MEMORIAS DE UN TALLER (1)

Todavía es dominante en muchos la idea de que los eventos pueden resolver los problemas de la cultura. O lo que es lo mismo: los problemas que nos afectan en nuestras vidas particulares.

Desde mi punto de vista, esta aspiración es bastante ingenua. Por lo general, quienes participan en un evento que tenga a la cultura en su foco de atención, no son los que determinan las “políticas culturales”. Entonces, lo más que se puede hacer es someter a debate los problemas que generan la aplicación de esas políticas, que casi siempre (al menos, eso es lo que muestra la Historia) se ven superadas por las contradicciones que va generando la propia existencia (que es dinámica, antidogmática), ya sea por razones subjetivas o tecnológicas.

El Taller Nacional de la Crítica Cinematográfica, que desde hace 17 años se celebra en Camagüey en el mes de marzo, nació con el claro propósito de detectar algunos de los problemas que más afectan al audiovisual cubano, a su crítica e historiografía, y también a su público. Y aunque venga de muy cerca la observación, pienso que su mayor mérito está en haber conseguido un sitio donde lo que llamamos “cultura de la polémica” es posible. En los Talleres se ha discutido con pasión, se han expresado opiniones injustas que otros han sabido matizar, y en sentido general, se ha aprendido.

Desde luego, hablo desde mi perspectiva muy personal. Para mí el Taller de la Crítica siempre comienza después que todo ha acabado. Es decir, comienza justo en ese momento en que, a solas en la cueva, reviso las notas que fui tomando en cada una de las sesiones, y empiezo a garabatear las ideas que me hubiese gustado compartir u oponer en cada caso. Y vuelvo a descubrir que “escuchar a los otros” siempre será la mejor vía para llegar a un conocimiento, si no último, menos mutilado que ese que nos zarandea a diario.

Este año, cuando anunciamos que la primera sesión del Taller de la Crítica estaría dedicada a hablar de la Cinemateca de Cuba en su cincuenta aniversario, alguien me comentaba que el evento estaría sacrificando un día que podía dedicarse al debate del presente. Espero que la propia sesión y las discusiones que allí se desarrollaron lo hayan hecho repensar su creencia. En realidad, una vez más quedó demostrado que someter a debate los modos en que hasta ahora se ha escrito la Historia (en este caso la del cine cubano), es un gesto que en verdad está mirando al presente, y hasta el futuro.

Lo cierto es que los historiadores del cine cubano ahora mismo tenemos un serio problema con este asunto que, en su momento, puso sobre la mesa el investigador francés Enmanuel Vincenot. Y agradezco a Manuel Herrera, actual director de la Cinemateca de Cuba (esa a la cual se le entregó un reconocimiento público por sus cincuenta años de sostenida gestión cultural) que en ningún momento se sintiera ofendido por lo que allí se discutió. Manuel Herrera es de los que ha entendido que la propuesta de hablar de “la otra Cinemateca” no significa negar esta. Al menos a mí no se me ocurriría suprimirla, pues como espectador de provincia, reconozco que buena parte de mi actual formación se la debo al culto de esos ciclos en los cuales me inició Luciano Castillo, apoyado a su vez desde La Habana por Héctor García Mesa. Sin la asistencia sistemática a esas proyecciones jamás habría pasado de ser ese espectador más bien común, que confunde la historia del cine con la historia del Hollywood más frívolo.

Lo que pasó en Camagüey ese día debería quedar como ejemplo de las posibilidades comunicativas que brinda un debate civilizado. Es decir, un debate donde la cortesía cívica no es excluida. Y lo que me entusiasma mucho más es el hecho de que ese debate haya sido propiciado por Carlos Velazco Fernández, un muy joven investigador que junto a Elizabeth Mirabal Llorens, están consiguiendo un conjunto de investigaciones donde lo que es fundamental es el aporte testimonial y documental.

Hasta ahora, este asunto de las Cinematecas se había quedado en la pura retórica. En sentido general, casi todo el mundo reconoce la existencia de ese grupo de jóvenes (Germán Puig, Ricardo Vigón, Tomás Gutiérrez Alea, Guillermo Cabrera Infante, Néstor Almendros, Rine Leal, entre otros), que en su momento se propusieron algo absolutamente inédito en la cultura nacional. La propia Cinemateca de Cuba mostró, en la exposición que organizamos en el Centro de Arte de la ciudad, un ejemplar del programa de mano que dicho grupo imprimió con el fin de promover las distintas proyecciones, respaldadas incluso por el MOMA.

Donde no existe consenso es a la hora de concederle legitimidad nominal a esas actividades. Y justo en ese debate (insisto: el primero donde se confrontan los argumentos encontrados, con el fin de obtener un punto de vista superior), salieron a relucir las debilidades de aquellos razonamientos que hablan de una Cinemateca atendiendo solo, por ejemplo, a la fecha de ingreso a la FIAF. Pues si este fuera un argumento válido, entonces la Cinemateca de Cuba no estaría cumpliendo cincuenta años, sino cuarenta y ocho, en tanto ingresó a la Federación en 1963, y uno tendría que preguntarse qué era en ese período (¿acaso un cineclub de la institución ICAIC?). Por otro lado, el colombiano Sergio Becerra, presente en la mesa en su condición de Director de la Cinemateca Distrital de Bogotá, con una proyección de trabajo reconocida más allá del espacio donde tiene su sede, confesaría que su Cinemateca no formaba parte de la FIAF.

Ante este gran dilema al que se enfrentan los estudiosos (seres de carne y hueso, que tienen sus filias y sus fobias, como cualquier mortal), pienso que la sugerencia que nos hace Desiderio Navarro adquiere un gran valor metodológico, pues nos permitiría hablar no de “la Historia de la Cinemateca” (un enfoque a todas luces excluyente, en su afán fundacional), sino de “las Historias de las Cinematecas”. Dando por sentado que en ambos casos ha existido un proyecto de trabajo dirigido a influir en la comunidad (al margen del apoyo recibido por instituciones con poder legitimante), el estudioso podría reconstruir el horizonte de expectativas que movilizaba a ambos grupos de jóvenes, establecer conexidades que explicarían no los diferendos, sino las continuidades en cuanto a aspiraciones de influencia cultural. Se trata, a mi juicio, de enriquecer la memoria histórica de la nación, no de empobrecerla.

Al final de la sesión teórica fueron presentados varias publicaciones, entre ellas, la revista “Revolución y Cultura” número 5/6 del 2009, donde aparecen la entrevista realizada por Leandro Estupiñán a Alfredo Guevara (y donde se toca el asunto de la Cinemateca de Puig), y el texto escrito por Elizabeth Mirabal Llorens y Carlos Velazco Fernández con el título de “Memorias de la primera Cinemateca de Cuba”.

Pienso que el “nuevo historiador” de cine cubano tendrá que esforzarse en la búsqueda de un equilibrio que le permita tomar en cuenta todos los puntos de vista (los de aquellos que han gozado del respaldo del Poder, o escriben desde el Poder, y los de aquellos que han sido excluidos), pero sin olvidar que “la enunciación pública” (desde el Poder) y “el silencio impuesto o voluntario” pueden tocarse cuando llegan a los extremos. En ambos casos hay una construcción de “sentidos” (nada en este mundo es inocente una vez que lo toca el hombre), por lo que, más que nunca, será necesaria la apropiación crítica (nunca pasiva) de aquello que llega (o deja de llegar) a nuestros ojos y oídos.

Dicho por lo claro: este nuevo historiador debe hacer suyo aquel argumento que esgrimía en su momento Aristóteles: “Soy amigo de Platón, pero soy mucho más amigo de la verdad”. Por supuesto que esa decisión le reportará un sinnúmero de escollos y detractores. La falta de aliados tal vez devenga en lo adelante su marca de identidad, pero es lo que le toca si realmente quiere que aquello que escribe no termine considerándose “la última palabra” (una fantasía que el Tiempo se encarga de demoler con brutal agilidad), sino en todo caso, la víspera de una nueva forma de ver las cosas.

La trascendencia de la Cinemateca fundada en 1959 difícilmente podrá ser ignorada por las generaciones venideras. Al menos a mí me enseñó a pensar críticamente todo lo que tenga que ver con el cine, por lo que sería un contrasentido que ahora me pusieran frenos a pensarla críticamente también a ella. Pero desde luego, no olvido que somos seres humanos. Que las pasiones nos mueven, y nos convierten en rehenes de hábitos intelectuales que nos inmovilizan. De allí mi confianza en los más jóvenes; en esos que pueden mantener una distancia crítica donde combinen con eficacia la lealtad al conocimiento científico con el afán de justicia, de rectificación, o mejor aún, superación.

El final del texto de Carlos Velazco y Elizabeth Mirabal más hermoso no puede ser, cuando apelan el testimonio de Rine Leal. Decía Rine en 1963, en su comentario al libro “Un oficio del siglo XX”:

“Luego fueron Germán Puig y Ricardo Vigón y finalmente Néstor Almendros y vino el Cine Club de La Habana y más tarde la Cinemateca de Cuba. Sin saber cómo, estábamos todos creando una nueva sensibilidad cinematográfica en el país, influyendo en los más jóvenes, discutiendo con los más viejos y uniéndonos a los de nuestra generación. Yo era algo así como un renegado entre ellos: no iba mucho al cine (me sigue aburriendo) dudaba que fuera un arte (aún lo dudo a pesar de cuantos ejemplos en contrario se me citen) y mi interés fílmico no era otra cosa que residuos del banquete homérico que Guillermo, Néstor, Germán y Ricardo solían darse cada noche”.

Es una suerte que, tantos años después, y a pesar de todo, sigamos asistiendo a ese singular banquete.

Juan Antonio García Borrero

UN MENSAJE DE REYNALDO LASTRES, A PROPÓSITO DE UNA ENTREVISTA A MARÍA EULALIA DOUGLAS

Hola, Juan Antonio:

Justo la noche de ayer, revisando la última Gaceta de Cuba (# 6, Nov-Dic, 2009), y como de costumbre, leyendo las interesantes entrevistas que de un tiempo acá está publicando en ese espacio el director de cine Arturo Sotto, he dado con ésta que se le hizo a la especialista de la Cinemateca de Cuba, Maria Eulalia Douglas, y vi en ella cosas inquietantes.

Primero, más sobre Germán Puig, Ricardo Vigón y la antigua Cinemateca de Cuba, esta vez reducida a la categoría de cine club, por el hecho de contar con un presupuesto por debajo de lo que este tipo de institución requiere, entre otros alegatos. Además, me encuentro con esta aseveración, que trata directamente de un juicio tuyo:

”Y siguiendo con el tema de los errores, que si no se aclaran traen confusión a los lectores, quiero señalarte uno más entre otros. Juan Antonio García Borrero, crítico y ensayista, publicó hace tiempo (si mal no recuerdo en La Gaceta de Cuba) un artículo sobre la diáspora y los cineastas cubanos en el que afirma que en el Diccionario de Cineastas Cubanos _publicado por la Cinemateca de Cuba en 1987_ se omite a los exiliados, verbigracia Fausto Canel, Eduardo Manet, Roberto Fandiño, etc. Esto no es cierto, pues en el Diccionario… se incluyen sus biofilmografías, cosa que se puede verificar en las oficinas de la Cinemateca donde este diccionario está a la disposición de cualquier interesado, así como una amplia documentación sobre cine cubano y universal. Es inexplicable esta tergiversación de Juan Antonio, quien durante años ha consultado nuestras fuentes, las que le han brindado amplia información para algunas de sus publicaciones” (pp 25, 2da col).

Si la nota se refiere al artículo que acompañaba el dossier que apareció, efectivamente, en La Gaceta de Cuba (#3 2006), titulado “Sobre el discurso audiovisual de la diáspora”, no lo entiendo, pues ni se habla de un texto en específico, en este caso el mentado “Diccionario…” del que habla la entrevistada, (pues igual se podía tratar de títulos como Filmografía del cine cubano (1959-Junio 1980), Producción ICAIC./Maria Eulalia Douglas y Héctor García Mesa, 1980; o talvez de Filmografía de Cine Cubano (1959-1981):Producción ICAIC./Maria Eulalia Douglas, 1982; o quizás se hable de la Guía temática del Cine cubano: (Producción ICAIC): 1959-1980/Maria Eulalia Douglas,1983, entre otros) además de que en el mismo texto se comenta la superación de ese tipo de injusticia para con los directores citados. Transcribo lo que allí leí:

”Si, durante un tiempo, nombres como los de Fausto Canel, Roberto Fandiño, Alberto Roldán, Nicolás Guillén Landrián, Eduardo Manet o Fernando Villaverde, por mencionar algunos, no figuraron en los catálogos elaborados por la Cinemateca de Cuba, hoy ya eso ha sido subsanado, como se puede comprobar si se accede al sitio http://www.cubacine.cu No obstante, la obra de realizadores como León Ichaso, Orlando Jiménez Leal, Iván Acosta, Camilo Vila, Jorge Ulla u Orestes Matacena, por mencionar solo algunos de los que nunca trabajaron en el ICAIC, sigue sin ser atendida de forma alguna, al igual que la producción realizada en la diáspora por los cineastas que formaron parte de la institución”. (pp 4, 1ra-2da col)

El caso es que creo que todo este asunto debe ser explicado mejor, para evitar complicaciones bibliográficas y malos entendidos que impliquen pérdida de credibilidad en personas o instituciones, de manera injusta.

saludos,

Reynaldo Lastres

HOMENAJE A GERMÁN PUIG EN EL ATENEO DE MADRID

Hago un breve paréntesis, en medio del agobio, porque no puedo dejar de promover el homenaje que el próximo 14 de octubre recibirá Germán Puig en el Ateneo de Madrid.

Confieso tener sentimientos encontrados en cuanto a esta noticia. Por un lado, desde luego, me alegra. Por el otro me entristece, porque tenía la esperanza de que ese reconocimiento se hiciera primero en Cuba, entre sus compatriotas. Guardaba la ilusión de que los organizadores del venidero Taller de la Crítica Cinematográfica gestionaran fondos con el fin de invitarlo, ya que, entre otros temas, se estarán festejando los cincuenta años de la Cinemateca creada en 1959, y eso era una oportunidad única para establecer con nombres y apellidos los antecedentes de esa valiosa institución, y cumplir (no importa que tarde) con aquel precepto martiano que nos recuerda que honrar honra.

No quiero sonar dramático, pero tengo la impresión de que ese reconocimiento institucional jamás llegará, al menos en vida de Germán Puig (tal vez yo tampoco me entere). Al principio eso me atormentaba, porque no lograba entender el por qué de ese empeño en mantener en las sombras lo que es evidente. Ni siquiera puede hablarse aquí de algo político, porque Germán Puig más bien se ha ubicado al margen de esos diferendos ideológicos que mantiene divididos a tantos cubanos. El reconocimiento de su gestión cultural pre-59 implicaría ganancias para todos, porque Puig cuenta con un formidable archivo, y memorias donde están presentes algunas de las más grandes personalidades de la cultura nacional.

Debo anotar que a Germán Puig no lo conozco personalmente. Nunca nos hemos visto frente a frente, a pesar de que he visitado Barcelona par de veces. Es más, hace seis o siete años ni siquiera sabía que vivía. De su existencia me enteré gracias al investigador francés Enmanuel Vincenot, que sí le ha seguido la pista, y ha escrito relevantes textos sobre el tema, con argumentos y pruebas documentales que hasta el momento nadie ha podido refutar. Sin embargo, esas investigaciones, lejos de asumirse como ganancias, todo lo que ha podido fomentar son resquemores que terminan cifrándose en el “enemigo rumor”. Ya en lo personal, ¡cuántos amigos he perdido por este asunto!; ¡cuántos afectos que me hacían pensar que la búsqueda de la verdad, lejos de dividir a las personas de buena voluntad, más bien debía ser un acicate para apoyarse entre sí!

Dije que antes eso me atormentaba. Hoy no. Creo haber entendido que nuestra autoestima no puede estar subordinada en modo alguno a la voluntad de “los otros”, o de los que mandan. La vida está llena, y seguirá saturada, de injusticias históricas, de olvidos escandalosos. Pero eso solo será grave en la misma medida en que la Historia se nos convierta en una suerte de fetiche: un teatro donde, por encima de cualquier cosa, queremos figurar en los primeros planos, olvidando que la Historia es una construcción humana, y que antes estaría lo natural: existir.

Desde luego, sé que quitarse de encima todas esas herencias milenarias no resulta fácil. Así que muchas veces he tratado de ponerme en la piel de Germán Puig. Y me pregunto: ¿cómo se siente alguien que es borrado del mapa cultural de su nación existiendo razones más que suficientes para figurar en él? Esto es lo que a estas alturas más me intriga, porque le puede suceder a cualquiera. Parece una situación límite, pero no. Usted puede poseer talento. Tener una obra valiosa. Personas que admiran su trabajo. Y ser “el hombre invisible”. Porque bien mirado el asunto, Germán Puig ha sido ignorado por tirios y troyanos.

Creo que algo de responsabilidad tiene Puig en todo esto, y se lo he expresado por correo en un par de ocasiones. No sé si es un exceso de modestia o qué, pero Germán Puig ha preferido delegar “en terceros” la responsabilidad de convertir en visible la huella de su trabajo. Y esa delegación tiene sus riesgos, porque “terceros” al fin (no importa la buena voluntad, ni en qué bando milites), siempre estaremos interpretando.

Yo mismo he escrito cosas que a Germán no le han gustado, y lo he visto saltar como un tigre. Y de eso se trata: de saltar, de no dejarnos aplastar por el desaliento, por poderosas que puedan resultar las razones para pensar que todo está perdido. Es uno mismo el que tiene que defender el derecho a dejar de ser simples espejismos. Lo otro, lo que los demás escriban, o dejen de escribir, con el tiempo suele ser menos importante que lo que uno mismo argumenta con su obra diaria.

Me alegra este homenaje a Germán Puig, y me encantaría escuchar todas esas anécdotas que seguramente nos devolverán a través de su voz a Ricardo Vigón, a Titón, a Caín, a Almendros, a Ramón Suárez, a Edmundo Desnoes, y no se sabe cuántas personalidades más. Desde aquí le envío mis deseos de que siga aglutinando.

Juan Antonio García Borrero

HOMENAJE A GERMÁN PUIG FUNDADOR DE LA CINEMATECA DE CUBA/ ATENEO DE MADRID/ 14 DE OCTUBRE DE 2009

Germán Puig funda el Cine Club de la Habana con Ricardo Vigón en 1948. Viaja a Paris para estudiar cine en 1950 y comienza a trabajar con Henri Langlois, director de la Cinemateca Francesa. Con la ayuda de Langlois transforma el Cine Club de la Habana en la Cinemateca de Cuba durante el Congreso de la Federación de Archivos Fílmicos de 1951, en Cambridge. Entretanto, en Cuba, tiene como colaboradores a Tomas Gutiérrez Alea, Néstor Almendros y Guillermo Cabrera Infante.

Participó como asistente del director Claude Autant-Lara en la película “L’auberge rouge”. Película en la que actúo Fernandel entre otros.

Reside en Paris hasta 1952, donde trabaja con Elena Garro como guionista y frecuenta a Octavio Paz, Man Ray, Leonor Fini, Susan Sontag, y José Bergamin.

De regreso en la Habana realiza cine experimental con Edmundo Desnoes, destacándose el corto “Sarna”. Como director y guionista realizo la película inacabada “El visitante”, en la cual participo Néstor Almendros como director de fotografía. Cabe destacar que este fue el primer trabajo de Almendros como tal.

Germán Puig fue el más joven presidente en el mundo de una Cinemateca y en esta función presentó varios importantes ciclos de cine, incluyendo los del Museo de Arte Moderno de Nueva York. Conoce a Manuel Altolaguirre y colabora como guionista adjunto, consejero de ambiente y actor en la película inacabada de Altolaguirre “Golpe de Suerte”.

Vuelve a Francia en 1957 donde obtiene una beca del gobierno Francés y se gradúa en el Centro Audio Visual de la Escuela Normal de Saint Cloud. En este periodo entabló amistad con Wilhelm Maywald, en cuya casa conoció, entre otros, a Jean Marais y a Nico, musa del Velvet Underground.

Desde 1957 alterna su residencia entre España y Francia.

En Madrid fue Asesor de Imagen de Lucía Bosé en su regreso al cine con Satiricón, de Fellini. También trató a Ramsay Ames y a Hurd Hatfield.

A fines de los años 60, en Nueva York, vuelve a colaborar con Henri Langlois, a través de quien conoce a Fritz Lang y a Zina Voinow, cuñada de Eisenstein. En Nueva York también conoce a Gian Carlo Menotti y colabora con él en la versión en español de su opera El Cónsul. Langlois lo contrata para trabajar en la Cinemateca Francesa.

En los años 70 fue jurado en Barcelona de la Semana de Cine en Color, junto a Mario Vargas Llosa y Robert Balser. Su intima amistad con Manuel Puig quedó reflejada en el libro “Manuel Puig and the Spider Woman: his Life and Fictions” , de Suzanne Jill Levine, escritora y traductora al inglés de Puig y de Guillermo Cabrera Infante. Su amistad con Susan Sontag está mencionada en las Memorias que ella misma escribiera. También Terenci Moix lo mencionó, bajo el seudónimo de Rubén, en el “Beso de Peter Pan”.

En Francia, en los años 80, fue pionero en la fotografía del desnudo masculino y crea, como editor, la primera colección de dicho tema en la historia de la fotografía.

Actualmente continúa con su investigación fotográfica en Barcelona, donde reside.

GERMAN PUIG SEGUN ELENA GARRO

En este blog hemos hablado varias veces de Germán Puig y Ricardo Vigón. Para algunos demasiado. Para mí, todavía muy poco, pues que Germán Puig sea más reconocido fuera de la isla que por sus compatriotas, resulta sencillamente escandaloso.

Germán Puig tiene 81 años, y vive fuera de Cuba desde hace 52. Ignorado por el grueso de los cubanos, que nada saben de sus aportes al desnudo fotográfico. Y mucho menos de su gestión cultural en La Habana de la primera mitad del siglo XX.

El redescubrimiento se lo debemos al investigador francés Enmanuel Vincenot, quien lo localizó en Barcelona, a propósito de su tesis doctoral, y escribió un valioso artículo en defensa de la primera Cinemateca (1), esa que Puig creara junto a Ricardo Vigón a finales de la década del cuarenta del siglo pasado, y en la cual iniciarían sus primeros pasos personalidades como Tomás Gutiérrez Alea, Néstor Almendros, o Guillermo Cabrera Infante.

Por supuesto que Germán Puig no necesita de este blog para ver incrementado su talento. El talento existe con independencia de aquellos que decidan reconocerlo en público a quienes lo poseen. Así que no es de eso de lo que pretendo dejar constancia en el blog. En todo caso, mientras llega el homenaje cubano que se merece este hombre, trato de localizar esos momentos en que otros ya han reparado en lo que para nosotros debería ser natural.

Este artículo escrito por Elena Garro (primera mujer de Octavio Paz, pero antes que eso, una de las plumas más importantes de Iberoamérica), sencillamente me ha dejado fascinado.

Juan Antonio García Borrero

(1)VINCENOT Emmanuel, « Germán Puig, Ricardo Vigón et Henri Langlois, pionniers de la Cinemateca de Cuba » dans : Caravelle, n° 83, Toulouse, 2004, p. 11-42.

VINCENOT Emmanuel, Histoire du cinéma à Cuba, des origines à l’avènement de la Révolution. Thèse de doctorat d’espagnol à l’université de Bourgogne, sous la direction de M. Emmanuel Larraz (thèse soutenue le 26 novembre 2005)

HERMAN PUIG
por Elena Garro

Herman Puig llegó a París sin cargo oficial, prebendas o recomendaciones, cuando ya se perfilaban las migraciones gigantescas de nuestros días. Herman Puig llegó sin equipaje, iba provisto de una cámara fotográfica y vestía una cazadora a cuadros rojos y negros.

Apareció veloz como una centella. Venía de las playas azules de Cuba, cuando estas todavía no se habían politizado. En aquellos días llegaban los jóvenes de América en busca de la Fama. Herman buscaba otra cosa, algo inasible e indecible: era un artista. Pero un artista que no iba hacia delante, que no entraba en la fácil corriente de la Vanguardia ¡tan de moda! Casi a pesar suyo hizo por encargo de Adolfo Bioy Casares, el guión de uno de sus cuentos: En Memoria de Paulina. En su primer trabajo, Herman jugó con los espejos, los jardines infantiles y el pasado. Su cámara imaginaria se volcó hacia atrás, hacia lo irrecuperable. El director Torre Nilson quedó sorprendido.

Después, llevado por ese mismo afán de búsqueda, se unió a Langlois en la organización de la Cinemateque, que más tarde el mismo Herman Puig fundaría en Cuba. Casi inmediatamente, en Saint Johan in Tyrol se puso unos esquíes, un alegre gorro rojo y con los bastones de esquiar en alto, se lanzó de la montaña más elevada. ¡Nunca había esquiado! Y desapareció en medio de un enorme remolino de nieve. Era el adolescente de una isla tropical devorado por las nieves antiquísimas de Europa. Hermán Puig se perdió. Se perdió con la lente de su cámara que debía fotografiar alguna maravilla todavía no descubierta. Herman Puig se fue al pasado.

Reapareció en el Renacimiento. En el mundo creador de Leonor Fini. Entre sus verdes y sus azules, sus crujientes sedas, sus joyas, sus pinceles, para aprender algo que él ya sabía: el olvidado goce del lujo. ¡El lujo! ¿Acaso no es ahora una ignominia? Aunque sepamos que el lujo consiste en la nobleza de los materiales ¿Y que mejor atuendo para el hombre? Llevado de la mano por Leonor Fini, que decoraba el film Romeo y Julieta, Herman Puig reconoció la hermosura de las escalinatas hechas para ser pisadas por la planta del hombre, el misterio de las máscaras y la gravedad de los festines. Aprendió un mundo en desuso.

Pero Herman Puig quería ir más hacia allá, más hacia el pasado, mientras a su alrededor los artistas iban más acá, más hacia la mecanización del arte, la desaparición de la escultura y la reducción de la forma humana a volúmenes informes hasta reducirlos a clavos, puntos, rayas. Ellos habían cruzado ya la frontera prohibida, la que marcaba peligro: ¡aquí se destruye al hombre! De la distensión de la realidad pasaron a su atomización, mientras en las calles portaban carteles contra el átomo. De sus obras centradas en borrar la huella del hombre surgieron las criaturas que nos rodean: las No personas, los Marginados, los Desplazados.

Con angustia, Herman Puig, un ser moderno dotado de una conciencia tan antigua como el hombre mismo continuaba buscando a la Persona, al hombre no desplazado de sí mismo. En realidad Herman Puig se sabía un marginado. Marginado por voluntad propia, se colocó en el estrechísimo margen que el arte moderno concede al artista moderno. Esto no lo hizo soltar su lente enfocada en el pasado. La angustia se apoderó de él: ¡incomunicado! Si. El hombre moderno ha perdido a Eco.

Sus encantadores amigos corrían hacia delante, los esperaba la Fama y a él lo aguardaba el olvido. Néstor Almendros, el de la lente exacta, sin preocupaciones míticas ni místicas, le suplicó: “¡Germán, sienta cabeza!” No lo escuchó. Movido por Mercurio, el espíritu de la apariencia de la naturaleza y ajeno al espíritu celestial, Herman Puig se refugió en sueños múltiples poblados de Héroes mutilados, enterrados bajo paletadas de tierra artística de los que corren adelante sin volver jamás la vista atrás.

Susanne Sontag, antes de que fuera Susanne Sontag, lo animó a continuar su búsqueda adolescente. El gran cineasta Pabst, entendió su emoción, trató de valorarlo y se mostró con él en las ocasiones brillantes. ¿Acaso no se valora la publicidad? Herman Puig no aprovechó las ocasiones brindadas por Manolo Altolaguirre con quien filmó Golpe de Suerte. Tampoco aprovechó al anciano Edouard Tissé, el operador de Einsenstein.

Marginado y solitario por propia voluntad emprendió el camino en reversa: vio al hombre moderno cubierto de harapos de mezclilla, preparado ya para ingresar voluntariamente en los presidios ultramodernos y multitudinarios de nuestros días. Más allá encontró los casimires Manchester, preámbulo del harapo y llegó al lugar en el que lo dejó Leonor Fini: en Italia, frente a Donatello y bajo el David de Miguel Angel, olvidado en la plaza pública. Reencontró entonces a Lucía Bosé que se alejaba de Antonioni. La lente de Herman recuperó en el rostro de Lucía la sonrisa arcaica de los griegos. Ella le mostró las playas solitarias en donde yacen ahogados los antiguos Dioses y los Héroes, sus ancestros.

Herman sabía que los Héroes son el símbolo de la conciencia y que los Héroes estaban derrotados. Su derrota es el triunfo de la masa sin cuerpo y sin rostro, la prefiguración del fin del hombre. Los artistas nihilistas habían asesinado al hombre. Herman Puig debía buscar al tiempo anterior a la destrucción. En su lucha se colocó en una situación límite: “¡Germán, sienta cabeza!” ¿Y cómo sentarla en un espacio en el que no existe espacio para una cabeza? Entonces, lúcidamente –la lucidez se considera un signo peligroso de locura en este tiempo proteiforme- Herman trabajó en silencio. El inconsciente sin consciente se convierte en psicosis total y Hermán descubrió la enfermedad llamada deshumanización.

Antes ya, en su trabajo con Langlois, rescató a los últimos Dioses permitidos: las estrellas de cine, luminosas y arquetípicas. En su brillante presencia de Dioses modernos reside el poder de la fascinación de lo “retro”.

En Von Gloeden, se encuentra la nostalgia de lo “retro”, el mundo perdido del Paraíso Terrenal, que el Barón trató de reconstruir en sus fotografías “naives”. Su primo Von Pluschow le acompaña en la aventura de buscar una Grecia absurdamente dionisíaca. Es otro alemán el que descubre la Grecia Apolínea y la Grecia Dionisíaca y su descubrimiento lo volvió loco: Nietzsche.

Nada de esto escapa a la mirada de Herman Puig. El no busca una reconstrucción teatral del mundo antiguo. El busca al hombre. Lo despoja de sus atributos modernos, de sus harapos, para esculpirlo con su lente. Y lo esculpe con sus músculos, nervios y arterias a flor de piel. Sus fotografías están más cerca de la escultura que de la fotografía. Mágicamente nos llevan a la fuerza cincelada del León de San Marcos, en Venecia. En ellas existe la misma violencia alada, las nervaduras, exactitudes y voluntad de permanecer en el tiempo. Herman Puig sabe que es peligroso nadar a contracorriente y entre una multitud de nadadores expertos en borrar formas y orillas. Asegura ahogarse o tal vez renacer.

Néstor Almendros, que le recomendara: “¡Germán, sienta cabeza!”, dice ahora: “Herman redescubre el cuerpo del hombre. Es tan importante lo que encuadra dentro de su lente como lo que deja afuera”. ¿Qué deja? Quizás el espacio entre la estatua y el hombre, tal vez la plaza pública construida para recordar que el hombre es algo mas que un objeto o una materia utilizable, quizás un hombre, un héroe.

IAN HUGO EN LA HABANA

En 1976 la “American Federation of Arts” editó el libro “A History of the American Avant-Garde Cinema”, un volumen que se aproxima de modo exhaustivo al cine norteamericano de vanguardia. Junto a los nombres de Maya Deren, Kenneth Anger, o Stan Brakhage, es posible encontrar también el de Ian Hugo, quien aportaría en su momento títulos como “Ai-Ye” (1950) o “Bells of Atlantis” (1952).

Gracias a una crónica poco conocida de Guillermo Cabrera Infante (“I Remember Hugo”), sabemos que este artista casado con Anais Nin, llegaría a La Habana de principios de los años cincuenta. Las razones las cuenta el propio Cain: “¿Por qué vino Hugo a La Habana? Como von Sternberg venía una y otra vez. ¿Por qué vino a buscarnos? Simplemente porque nosotros (Néstor Almendros, Germán Puig, Ricardo Vigón) y otros habíamos creado la Cinemateca de Cuba en 1950 y habíamos exhibido películas clásicas venidas de la Cinematheque Francais, gracias a la amistad de Puig y Vigón con Henri Langlois y prestadas por su almacén del cine. También exhibimos películas donadas por la Film Library del Museo de Arte Moderno de Nueva York. Hugo, que sabía todo del cine “underground”, lo supo”.

La crónica de Caín, además de contar con los méritos literarios habituales en la escritura del autor, me ha llamado la atención por otro motivo. Cuenta Cabrera Infante que Hugo (quien se hospedaría en el hotel “Ambos Mundos”, y exhibió sus películas en el Palacio de Bellas Artes), quedaría muy impresionado con esa Habana en la cual nació su célebre mujer, al extremo de decirle:

“Ah, La Habana de noche. (…) Mire esa nitidez en la atmósfera, esa profundidad de campo. En Nueva York ni en los días más despejados es tan tenue el aire. Me gustaría hacer una película sobre La Habana o que ustedes la hicieran. La Habana de noche es extraordinaria, no podría faltar. Me refiero a La Habana de los alrededores del puerto, con sus viejas casas y sus calles tortuosas. Es necesario hacer esa película antes de que todo esto desaparezca. Ya ha desaparecido buena parte de ella, pero todavía quedan los muelles, con su atmósfera a lo Maya”.

¿No habrá algo de esto en “PM” (1961), ese corto sobre la noche habanera y su transparente desmesura, que auspiciaron los de “Lunes de Revolución”? Al margen de las especulaciones, hay algo que hoy nos parece claro: “PM” participaba de ese rechazo del cine de vanguardia norteamericano a la tradición novelesca y teatral, y que de alguna forma estaba presente en ese primerísimo cine del ICAIC (léase “Historia de la Revolución”, “Cuba baila”, “El joven rebelde”).

Desconozco si Ian Hugo regresaría a La Habana, como en su momento prometió. Por la fecha en que triunfa la Revolución, y se consolida el ICAIC, en los Estados Unidos gana fuerza lo que el 28 de septiembre de 1960 terminará resultando la “Declaración del New American Cinema Group”, donde alcanza coherencia lo que antes era un conjunto espontáneo de prácticas cinematográficas disidentes de la tradición de Hollywood.

El ICAIC miraba con mucho más intensidad a lo que sucedía en Europa, tal vez porque el diferendo político con los Estados Unidos comenzaba a invalidar que los cineastas norteamericanos pudieran viajar a la isla del mismo modo que lo hacían los europeos (Ivens, Marker, Christensen). A lo que habría que sumar, desde luego, los diferendos internos entre el ICAIC y “Lunes de Revolución”.

Juan Antonio García Borrero

DOS DE GUILLERMO CABRERA INFANTE

Cabrera Infante: Sí, y le debemos el respaldo al francés Henri Langlois, quien había fundado la cinemateca francesa en 1936 y fue hasta su muerte un aventurero. Desde 1950 mandaba películas a lo que él debía ver como un país remoto y peligroso. Nosotros llamábamos a nuestro grupo la “cinemanteca”. Cuando Germán Puig lo visitó en París me dijo que vivía en el cuarto de hotel más cochambroso que había visto en su vida, lleno de latas de películas de nitrato, en medio del que Langlois fumaba sin la menor conciencia del riesgo que corría.

(…)

Cabrera Infante: Algún día haré un libro sobre gente que he conocido en Cuba o en el extranjero.

Pregunta: Por ejemplo.

Cabrera Infante: Hemingway, con el que navegué y al que vi pescando, pese a que lo único que sacó fue una buena borrachera. Mae West, von Sternberg o Marlon Brando al que conocí en La Habana invitado por un director de teatro cuando era un perfecto desconocido. Después de una entrevista me propuso comer y terminamos pasando toda la noche en cabarets. De pronto, en un lugar cerca de la playa empezó a recitar y me preguntó si conocía los poemas. Al oírme decir que era Elliot me preguntó: “¿Cómo lo sabes”? y yo le contesté: “¿Y tú como sabes recitarlos”?

Tomado de “Fernando Carvallo. Un infante de celuloide. Conversación con Guillermo Cabrera Infante. Revista “La Gran Ilusión”, Nro. 9, 1998, Perú, Lima, p 5.

PD: A PROPOSITO DE BRANDO Y CAIN

Le he estado dando vueltas a esto que comenta Cain acerca de la presencia de un “desconocido” Brando en La Habana, y la verdad es que la cuenta no da. Como bien afirma José Galiño en su comentario, a mediados de la década de los cincuenta, ya el actor de “Un tranvía llamado deseo” y “Nido de ratas” era una auténtica celebridad.

Cabe la posibilidad de que Cain se estuviese refiriendo a esta otra visita de Brando a La Habana de 1948, de la cual se hace referencia en el blog de Rosa Ileana Boudet, pero eso tampoco encaja, pues por esa fecha Caín comenzaba a reunirse con Germán Puig y compañía. Eran demasiado jóvenes. De cualquier forma, ¿alguien sabe cuántas veces estuvo Marlon Brando en La Habana?

Juan Antonio García Borrero

LUCIANO CASTILLO HABLA DE HECTOR GARCIA MESA

Cada vez que tengo oportunidad de denunciar en público que la culpa de mi actual adicción al cine se la debo a Luciano Castillo, lo hago, y además de eso, sin que me quede cargo alguno de conciencia.

Luciano me inició en este vicio a inicios de los ochenta. El principio de todo lo asocio al cine club “Glauber Rocha” que sesionaba los miércoles en la Biblioteca “Julio Antonio Mella”. Yo tendría apenas diecisiete años, y una afición patológica por las películas. Coleccionaba todo tipo de recortes relacionados con el séptimo arte (casi siempre asociado a Hollywood), y me creía “Funes, el memorioso”, hasta que alguien me presentó a “el hombre que más sabe de cine en Camaguey”.

Tengo muchas razones para admirar a Luciano Castillo en el plano profesional, pero prefiero evocarlo desde lo humano. No sé que habría pasado en mi caso si en vez de tenerlo como mentor y amigo, me hubiese tocado alguien con mucho talento, pero solo preocupado en su propio encumbramiento. Eso suele ocurrir: sobran las personas brillantes que se perciben como principio, centro y fin de la Historia, y miran en los jóvenes, o en cualquiera que comparta su oficio, una suerte de sombra o competencia.

A Luciano siempre le ha sobrado la seguridad en sí mismo, cualidad que es la que marca la diferencia con el mediocre. Es uno de esos aeronautas del espíritu de los que hablaba Nietzsche. Logró imponerse desde provincia, y hoy es uno de nuestros más reconocidos investigadores y críticos, con una obra impresionante. Sus libros son referencias insoslayables. Su programa televisivo “De cierta manera” ya está marcando un hito en nuestra historia cultural, como lo marcó su “Claqueta” en el Camaguey que vivo. Es director de la Mediateca de la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños. Pero nada de eso le ha hecho perder ese vicio socrático de incentivar la corrupción de los jóvenes que se inician en la cinefilia, con la misma naturalidad que cuando, teniendo yo diecisiete años, me dio la posibilidad de acceder a sus archivos.

Para los camagüeyanos amantes del cine, su nombre es toda una institución. No importa donde se viva, como me lo confirma alguien que desde Miami cuenta que saca películas de su biblioteca más cercana, según “la tradición más lucianesca”. Ahora acabo de leer este artículo que escribiera sobre Héctor García Mesa, a propósito del reciente homenaje que se le hiciera a quien fue el primer director de la Cinemateca de Cuba, y no he podido evitar la nostalgia que me regresa a los días gloriosos del cine Guerrero, con aquellas tandas donde descubrí al James Dean de “Gigante”, por ejemplo.

Tampoco se piense que ha sido fácil nuestra relación. Las personas talentosas por lo general son excesivamente apasionadas, y seres humanos al fin, los errores no le resultan ajenos. En el caso de Luciano, yo creo que él es extremista como enemigo, pero también como amigo. Y testarudo a más no poder. Pongo un ejemplo: llevo como dos años intentando convencerlo para que se abra un blog que estoy seguro que se convertiría en el más consultado de cuantos puedan existir relacionados con el cine cubano. Pero nada.

Ahora mismo ha accedido a que cuelgue esta remembranza sobre García Mesa, pero al final de su mensaje me exige autoritario lo siguiente: “En mi caso pon que soy hasta ahora “enemigo” de la blogosfera, sigo en la etapa de Gutenberg”. Aún así lo quiero a morir, por aquello que ya nos recordaba Bocaza Brown: “Nobody is perfect”.

Juan Antonio García Borrero

MI CINEFILIA ANTES Y DESPUÉS DE HÉCTOR
POR LUCIANO CASTILLO

Bastó que en la bóveda de la Cinemateca trocaran una copia del “Week End” de Godard con destino a un ciclo sobre el color en el cine programado en la ciudad de Camagüey, y llegara otra película de idéntico título, de otra nacionalidad, ¡y en blanco y negro! para que yo, cocuyo de las funciones de la Cinemateca en el cine Guerrero, templo de la cinefilia local, escribiera de inmediato una carta a Héctor García Mesa para protestar por tal irregularidad y manifestarle otras preocupaciones. Confieso que nunca esperé respuesta, hasta que cierto día, de repente recibí una carta —que conservo celosamente— de varios pliegos mecanografiados en que el propio director de la Cinemateca de Cuba me explicaba detalladamente no solo el origen del error sino toda una serie de consideraciones. Entonces supe que era él quien, además de todas sus responsabilidades, elaboraba la totalidad de los ciclos tanto para la sede capitalina como para todas las ciudades del interior a las que había llegado ese museo del cine. Esa carta, y luego visitar La Habana e ir como en una peregrinación a la oficina de Héctor, siempre sonriente, selló el inicio de una sólida amistad apenas interrumpida por su desaparición física.

A partir de esa fecha, me convertí en el más estrecho colaborador de Héctor en relación con la programación de mi ciudad natal. Con toda la increíble frecuencia posibilitaba por mi avidez cinefilítica y la supersónica velocidad mecanográfica, lo bombardeaba con propuestas de ciclos y solicitudes de títulos en la historia del cine exhibidos antes a 572 kilómetros de La Habana. Aquello fue paradisíaco para todos los que asistíamos semanalmente los dos días fijados para la Cinemateca y, a veces, repetíamos la misma película de una a otra tanda. Héctor no se limitó a complacer mis abigarradas peticiones de películas (algunas que, en secreto, nunca había podido ver por no tener la edad requerida en el momento de su estreno), sino que, por si fuera poco, de una lista que conservaba en esa auténtica caja de sorpresas que eran su buró y su pequeña oficina, sacó, como del sombrero de un mago, sugerencias de filmes en calidad de estrenos en Cuba (“Vagas estrellas de la Osa”, de Visconti, por ejemplo) que, por primera vez, aún en la zona más llana de la isla, distante de las montañas de la Sierra , se proyectaron en Camagüey.

Nuestra amistad se estrechó durante varios años en que siempre que viajaba a La Habana —lo cual hacía con cierta asiduidad para no perderme películas y puestas de teatro que demorarían o nunca llegarían a nuestra provincia, escapando de los encuentros periódicos en la Universidad—, invariablemente pasaba por su oficina para saludarlo e intercambiar criterios. Selma, su muy eficiente secretaria, ya reconocía mi voz al atender alguna de mis innumerables llamadas. Recuerdo como si fuera hoy aquel día de 1979 en que mostré a Héctor, no sin cierta timidez, la primera crítica que había publicado en el diario “Adelante”, y sus eufóricas palabras de aliento para que se las enviara regularmente. Siempre me manifestó su deseo personal de que si alguna vez se creaba otra plaza en la oficina de la Cinemateca, sería ocupada por mí.

La mayor prueba de confianza y de respeto hacia mi sentido de la responsabilidad, recibida de Héctor, fue cuando me seleccionó para formar parte como asistente de su principal organizadora, la argentina Silvia Oroz, del comité de atención a los invitados especiales del revelador Seminario «El cine latinoamericano de los años ’30, ’40 y ‘50», programado en el onceno Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano.

Aquello fue la apoteosis pues, conscientemente, Héctor me permitió descubrir o redescubrir algunos clásicos, al tiempo de compartir —como si nos conociéramos de toda la vida— con figuras míticas que veía o leía sus nombres en «Cine del hogar», como Amelia Bence, Juan Carlos Torry, Ninón Sevilla, Tulio Dermicheli o Alejandro Galindo. A ellos se sumó ese genuino representante de la generación del nuevo argentino de los sesenta que es José Martínez Suárez quien, desde que lo recibí en el aeropuerto me soltó aquella frase final de Bogart y Claude Rains en Casablanca sobre el inicio de una amistad que, hasta la fecha, se mantiene. No olvido la sonrisa cómplice de Héctor las veces que montaba en el microbús que nos asignaron.

Cuando en el Congreso de la FIAF, celebrado años más tarde también en el Palacio de las Convenciones, y al que asistí invitado por el propio Héctor, admiré deslumbrado la proyección del cortometraje “Precious Images”, de ese artífice de la edición que es Chuck Workman, frente aquel desfile de planos antológicos que uno trata de identificar sin que apenas le alcance el tiempo, fue como si asistiera a una vertiginosa exhibición de la fraterna historia cinéfila vivida con Héctor García Mesa, a quien si bien la salud le impidió estar presente en ese otro acontecimiento del que fue el máximo inspirador, imaginé que lo tenía a mi lado. En su partida, como cada vez que ocurre con alguien que verdaderamente estimo, evoqué aquel verso de un célebre poeta ante el adiós de una persona entrañable: «…fue como si el tronco le dijera a las hojas: Me marcho».

Luciano Castillo
Crítico e investigador cinematográfico
Director Mediateca EICTV – Cuba

Nota: Este artículo ha sido tomado del folleto “Héctor García Mesa. Memorias de sus memorias”, publicado por la Cinemateca de Cuba. Agradecemos a Manolo Herrera, su director, la entrega de la publicación, y a Alicia García (una de sus compiladoras, junto a María Eulalia Douglas) el envío de su versión digital.