Archivos Mensuales: septiembre 2021

Pablo Ferro

Pablo Ferro es uno de los nombres imprescindibles del cine internacional, y al mismo tiempo, ese nombre es probablemente uno de los menos reconocidos en nuestro entorno. Nació en Antilla, Holguín, pero me atrevería a apostar que no pasan de cinco los holguineros que han oído hablar de él. Como me gusta repetir: en casa del herrero, cuchillo de shopping.

Ferro llegó a los Estados Unidos con doce años, y allá desarrolló una carrera excepcional como diseñador de créditos cinematográficos, debutando nada más y nada menos que con Stanley Kubrick en Dr. Strangelove (1964). Fue solo el principio de una filmografía donde aparecen títulos como The Thomas Crown Affair (1968), de Norman Jewison, Conjura senatorial (Bullitt/1968), de Peter Yates, Vaquero de medianoche (Midnight Cowboy/ 1969), de John Schlesinger, La naranja mecánica (A Clockwork Orange/ 1971), de Stanley Kubrick, Desde el jardín (Being There/ 1979), de Hal Ashby, Philadelphia (1993), de Jonathan Demme, o Mejor imposible (As Good as It Gets/ 1997), de James L. Brooks, por mencionar apenas algunas.

Pablo Ferro jamás se olvidó de su tierra, como le expresara a Luciano Castillo, que logró entrevistarlo:

Algunos fines de semana viajaba de Nueva York a La Habana de vacaciones. Cuando uno va a Cuba se da cuenta del aroma, es un lugar que tiene un aroma único. Aún conservo mi certificado de nacimiento en Antilla, en la calle Martí”.

He aquí otro ejemplo de esas áreas desconocidas del cuerpo audiovisual de la nación de la que tanto hablamos en la ENDAC.

Los interesados pueden consultar su página aquí:

También esta otra donde podrán apreciar algunos de los comerciales que lo llevaron a la fama internacional:

También está el documental Pablo (2012), de Richard Goldgewicht.


Pablo Ferro

(n. Antilla, Holguín, Cuba, 15 de enero de 1935; m. Sedona, Arizona, Estados Unidos, 16 de noviembre de 2018). Destacado diseñador de créditos cinematográficos, que debutara en esa especialidad con Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb (1964), de Stanley Kubrick.

Sus padres decidieron radicarse en los Estados Unidos en 1947, cuando él apenas contaba con doce años de edad. A pesar de ello, según se deduce de la excelente entrevista que le concediera al historiador Luciano Castillo, jamás perdió el vínculo afectivo con la tierra donde nació, al expresar:

Algunos fines de semana viajaba de Nueva York a La Habana de vacaciones. Cuando uno va a Cuba se da cuenta del aroma, es un lugar que tiene un aroma único. Aún conservo mi certificado de nacimiento en Antilla, en la calle Martí.

(…)

En una ocasión un productor que pretendió cambiarme el nombre por Paul Ferro, me preguntó: “¿Pablo es Paul?” y le respondí: “No: Pablo es Pablo y Paul es Paul”. A diferencia de otros artistas a quienes obligaban a cambiar sus nombres latinos, me negué. Yo soy quien soy”.

Dada su facilidad para el dibujo, se inició en el mundo de los comics a través de la revista Atlas Comics, antes de comenzar a trabajar en comerciales para la televisión. El éxito alcanzado en esa área provocó que Kubrick se fijara en él, y lo contratara para Dr. Strangelove.

Fue el inicio de una descollante carrera que lo llevaría a ser calificado por el oscarizado director Jonathan Demme (con quien trabajó en ocho ocasiones) como “el mejor diseñador de títulos de créditos en Estados Unidos hoy”. También a recibir en 1998 un galardón especial en la sede del Directors Guild of America, reconocimiento público que igual se puso en evidencia en el documental Pablo (2012), de Richard Goldgewicht, donde personalidades como Norman Jewison, Robert Downey Sr., Jon Voight, Andy García, Beau Bridges, George Segal, y el crítico Leonard Maltin, entre otros, hablan sobre su obra.

Filmografía (Incompleta)

Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb (1964), de Stanley Kubrick

The Thomas Crown Affair (1968), de Norman Jewison

Conjura senatorial (Bullitt/1968), de Peter Yates

The Night They Raided Minsky’s (1968), de William Friedkin

Vaquero de medianoche (Midnight Cowboy/ 1969), de John Schlesinger

La naranja mecánica (A Clockwork Orange/ 1971), de Stanley Kubrick

Harold and Maude (1971), de Hal Ashby

Handle with Care (1977), de Jonathan Demme

Desde el jardín (Being There/ 1979), de Hal Ashby

Amityville 3-D: The Demon (1983), de Richard Fleischer

Vivir y morir en Los Ángeles (To Live and die in L. A./ 1985), de William Friedkin

No hay salida (No Way Out/ 1987), de Roger Donaldson

Prince of Darkness (1987), de John Carpenter

Beetle Juice (1988), de Tim Burton

Casada con la mafia (Married to the Mob/ 1988), de Jonathan Demme

Darkman (1990), de Sam Raimi

La familia Addams (The Addams Family/ 1993), de Barry Sonnenfeld

Philadelphia (1993), de Jonathan Demme

Todo por un sueño (To Die for/ 1995), de Gus Van Sant

El demonio vestido de azul (Devil in a Blue Dress/ 1995), de Carl Franklin

The Sunchaser (1996), de Michael Cimino

Los Ángeles al desnudo (L.A. Confidential/1997), de Curtis Hanson

Hombres de negro (Men in Black/ 1997), de Barry Sonnenfeld

El indomable Will Hunting (The Good Will Hunting/ 1997), de Gus Van Sant

Mejor imposible (As Good as It Gets/ 1997), de James L. Brooks

The Manchurian Candidate (2004), de Jonathan Demme

Dr. Dolittle (1998), de Betty Thomas

Beloved (1998), de Jonathan Demme

Psycho (1998), de Gus Van Sant

Hombres de negro 3 (Men in Black 3/ 2012), de Barry Sonnenfeld

Fuentes

Luciano Castillo. Pablo Ferro, un cubano “desconocido” en la historia del cine. Revista Cine Cubano 201-202. Enero-Diciembre 2017, pp 108-115

Luis Reyes, Peter Rubie. Los hispanos en Hollywood. Celebrando 100 años en el cine y en la televisión. Random House Español, 2002, p 585

Entrada de Pablo Ferro en IMDB

Pablo Ferro, por Juan Antonio García Borrero (Blog Cine Cubano La Pupila Insomne)

Mario Naito sobre la ENDAC

Raimundo Hidalgo-Gato, actor

Fotograma de Guaguasí (1984), de Jorge Ulla

Hay intérpretes que se convierten en íconos de determinadas comunidades. Es el caso de Raimundo Hidalgo-Gato, un actor de teatro y cine fallecido en Miami en el año 2000, que, gracias a su magistral interpretación protagónica en El Super (1978), de León Ichaso y Orlando Jiménez Leal (la cual está basada en la pieza teatral homónima de Iván Acosta), legaría uno de los personajes más memorables de toda la historia del audiovisual cubano.

Hidalgo-Gato fue de los intérpretes que en los años setenta (junto a Orestes Matacena, Rubén Rabasa, Rolando Barral, por citar algunos), hicieron posible la producción de varias películas cubanas del exilio, las cuales nacieron bajo el espíritu inspirador del Centro Cultural Cubano de Nueva York, institución creada en el año 1972 por Iván Acosta, con el objetivo de preservar y estimular la creación cultural de los cubanos radicados en los Estados Unidos.

Hidalgo-Gato participaría en filmes como Los gusanos (1977), de Camilo Vila, Bla Bla Bla (1978), de Guillermo Álvarez Guedes, ¡Qué caliente está Miami! (1980), de Ramón Barco, y Guaguasí (1984), de Jorge Ulla, pero fue con El Super que, definitivamente, consiguió construir un personaje que trasciende en el tiempo.

Su personaje de Roberto, como otras veces he comentado, puede ser una de las personas que el Sergio de Memorias del subdesarrollo (1968), de Tomás Gutiérrez Alea, despide en el aeropuerto al principio de esa cinta en La Habana. Diez años después lo encontramos en Nueva York, lidiando con una cultura ajena, un clima gélido que lo paraliza, un idioma inglés que lo hace sentir más extraño y aislado en el contexto, y que vive añorando la isla, esa donde muere la madre que no ha podido despedir, y de la que se trajo la imagen protectora de la Virgen de la Caridad del Cobre.

El exilio cubano ha tenido en Celia Cruz o Andy García, por citar apenas dos de sus grandes ídolos, el paradigma perfecto de lo que pudiera ser la narrativa del éxito. Pero el Roberto de Raimundo Hidalgo-Gato encarna, a mi juicio, la humanización impecable del cubano que se aleja de su patria.

Lo que nos entregó el actor, con su caracterización e interpretación, no describe las excepciones que vendrían a ser aquellos que triunfan, y alcanzan posiciones destacadas dentro del nuevo entorno en que se han insertado, sino en todo caso, nos regala un retrato entrañable de ese cubano común que ha dejado (y sigue dejando) todo atrás, mientras busca mejorar su vida y la de los suyos.

Cierto que a estas alturas ha quedado lejos esa representación más bien precaria del exilio, donde se solía representar el mismo a partir del desarraigo y la pérdida de la identidad nacional. Hoy sabemos que el exilio es una suerte de arca policromada, donde podemos encontrar a la cultura cubana también enriquecida con modalidades insospechadas.

Curiosamente, apenas existe información biográfica de Raimundo Hidalgo-Gato: ¿dónde y cuándo nació? ¿cómo se formó? ¿cómo llegó a los Estados Unidos? ¿cómo se desarrolló allí su carrera profesional?  Falta mucho por saber de este actor inmenso, pero por suerte ha dejado a la vista ese monumento impresionante que sería su personaje en El Super. (Juan Antonio García Borrero).


Filmografía

Los gusanos (1977), de Camilo Vila

Bla, Bla, Bla (1978), de Guillermo Álvarez Guedes

El Super (1978), de León Ichaso y Orlando Jiménez Leal

¡Qué caliente está Miami! (1980), de Ramón Barco

Guaguasí (1984), de Jorge Ulla


En memoria de Enrique Molina

Ahora llegan a mi mente los recuerdos de aquel primer viaje que hice fuera de Cuba, en el ya lejano año 2000. Ha sido la única vez que formé parte de una delegación oficial del ICAIC. Habían organizado un festival de cine en Santa Cruz de la Sierra (Bolivia), y a mí me invitaron porque estaba previsto un homenaje a Tomás Gutiérrez Alea.

Esa fue la primera vez que coincidí fuera de la isla con Mirtha Ibarra: y fue el inicio de una ya larga amistad. Pero en aquel grupo también estaban Gustavo Fernández (de Producción), Rosa María Rovira (que entonces trabajaba en Relaciones Internacionales), y Enrique Molina, ya convertido en toda una celebridad, y a todos ellos les agradezco me hicieran perder el inevitable miedo que se siente, cuando uno sale por primera vez del país y se enfrenta a un contexto ajeno.

Recuerdo que teníamos que hacer una breve escala en México, y de allí conectar con el vuelo que nos llevaría a Bolivia. Pero nunca llegamos a tiempo, por lo que esa noche dormimos en un hotel del DF que dispuso la agencia, y al día siguiente decidimos pasear por la ciudad. Todavía recuerdo el susto de Molina, porque Gustavo, él y yo, nos montamos en el metro, y en algún momento intentaron sustraerle algo del bolsillo. Desde luego, diez minutos después ya se había olvidado de todo, y estaba en su eterno choteo, sacándole lascas a todo, incluyéndose a él mismo.

También recuerdo algo muy trivial, pero que siempre que nos reencontrábamos, a mí me gustaba mencionárselo. En Santa Cruz de la Sierra nos hospedaron en el lujoso hotel Los Tajibos, y a la hora de irnos, en la maleta de Enrique parecía que la ropa no cabía, por mal organizada. Entonces le pedí la sacara, y comencé a doblarla como a mí me habían enseñado en la Vocacional. A Enrique aquello le llamó tanto la atención, que cuando conocí a Elsa (su esposa) en La Habana, me presentó como el que le había organizado la maleta en Bolivia.

Tampoco he podido borrar una experiencia que vivimos en Ciego de Ávila. Coincidimos allí a propósito de una de las ediciones de la Semana de Cine Iberoamericano que organizaba el Centro de Cine de esa ciudad. Y una noche, como parte del programa de actividades, debimos desplazarnos a algún municipio (quizás Florencia, no estoy seguro). En el carro íbamos M (mi esposa), Elsa, Molina, y yo, y en algún momento sentimos el corte brusco que debió dar el chofer porque un vehículo que venía de frente casi nos impacta. La que más nerviosa se puso fue Elsa, pero allí estaba otra vez, salvador, Molina, tirando a choteo lo ocurrido, y haciendo todo lo posible por relajarnos (sobre todo al chofer).

En el año 2005 lo invitamos al XIII Taller Nacional de Crítica Cinematográfica celebrado en Camagüey, con el fin de que disertara en la mesa “Dramaturgia y actuación en el cine cubano”, acompañado de Julio García-Espinosa, Enrique Pineda Barnet, y Nelson Acevedo. Y en esa misma edición le fue concedida la condición de Huésped de Honor de la Ciudad, un reconocimiento que agradeció muchísimo, porque lo acercaba más a ese lugar donde su padre también había formado familia.

Es lógico que hoy muchos estemos tristes con su desaparición física. Pero como todo gran artista, ya Enrique Molina nos está trascendiendo. Allí van a permanecer sus numerosos personajes donde el trabajo de caracterización y uso de lo emotivo marchaban a la par, a una altura pocas veces vista en nuestro país.

En lo personal, mientras viva siempre estaré dialogando con el padre inolvidable de Video de familia, de Humberto Padrón, o incluso, con el cura tronado por malhablado de Alicia en el pueblo de Maravillas, de Daniel Díaz Torres.

Dicho de otro modo, y por lo claro: que queda Enrique Molina para rato.

Juan Antonio García Borrero

PD: Las fotos son de la autoría de José Gabriel Martínez