Ciudadano Alea

El que anda de cumpleaños hoy es Tomás Gutiérrez Alea. Como he dicho varias veces, hay personas que uno no vuelve a ver físicamente (en el caso de Titón, desde el 16 de abril de 1996 no nos acompaña), pero que llegan al mundo en algún momento (como él el 11 de diciembre de 1928), y dejan su señal de modo permanente.

Yo me he sentido deslumbrado con la obra cinematográfica de Gutiérrez Alea, sobre todo con Memorias del subdesarrollo (1968), La última cena (1976), Los sobrevivientes (1978), y Fresa y chocolate (1993, realizado junto a Juan Carlos Tabío), pero me ha fascinado todavía más el intelectual que no quiso darle tregua a los enemigos exteriores de la revolución, pero tampoco a los dogmáticos del patio, a los burócratas, a los sectarios, a los que descalifican a todo aquel que no encaje con la visión estrecha que ya tienen de esa realidad que han construido en su mente.

Por eso he insistido tanto en afirmar que, más que un cineasta a secas, Titón fue un ciudadano que entre otras cosas hizo películas y apeló a su capacidad intelectual para mejorarse a sí mismo como persona, que es tal vez la forma más eficaz de contribuir a que la sociedad mejore.

A diferencia de aquellos que se sitúan “fuera del juego” o contra el orden establecido, Titón ensaya un discurso crítico que cree en el mejoramiento del sistema, si bien está consciente de que esa función enjuiciadora debería ser asumida por otras voces públicas. “El periodismo, por ejemplo”, comenta, “no cumple su misión de crítica de la sociedad. La gente, sin embargo, habla en los pasillos, en los cafés, en la calle, en la acera, en las colas; pero esos problemas no se exponen públicamente y esa es una gran frustración, y uno se siente con la necesidad de hablar”.

Para Gutiérrez Alea, precisamente el déficit de circulación del pensamiento crítico en la esfera pública cubana, lejos de ayudar a la construcción del proyecto social, ha propiciado la acumulación de  los problemas, por lo que considera un deber (más que un derecho) ejercer esa crítica desde la pantalla cinematográfica. No en balde Paul A. Schroeder, en su agudo libro sobre el cineasta, detectaría como uno de los temas más recurrentes de su filmografía, precisamente la presencia enjuiciadora del intelectual frente a la sociedad revolucionaria.

Se sabe que el entusiasmo colectivo nacido de la concreción de una causa justa, suele dejar a un lado o satanizar todo aquello que se oponga o sea diferente a lo que se aspira a alcanzar. En períodos así, se olvida que la existencia humana es paradójica, por lo que la más bella de las ideas carecería de sentido si no toma en cuenta al individuo concreto que nace y muere en tan corto tiempo. Es en este punto que percibo la nobleza de un cine como el de Gutiérrez Alea, que supo insertar en sus películas las grandes interrogantes que atañen al hombre más común, empezando por estas: ¿qué hacemos en esta vida a la cual hemos llegado sin nosotros pedirlo?, ¿cuál ha de ser el compromiso a asumir ante los demás?, ¿ha de subordinarse la autenticidad de nuestro “yo” a los imperativos colectivos?, ¿qué significa la muerte, acaso la confirmación del absurdo vital? Y es que tal vez como ningún otro director cubano, Alea sometería a una intensa fiscalización el sentido de la vida. Su formación marxista le aportó una visión del mundo donde la dialéctica le permitía vislumbrar un futuro superior, pero al mismo tiempo se ocupó de juzgar de manera crítica lo que pudiéramos nombrar, el lado menos fotogénico de las utopías.

Tanto “Inocencio Izquierdo” como “El alquimista” (dos proyectos lamentablemente jamás concretados), hubiesen podido revelar de una manera bien enfática hasta qué punto obsesionaba al realizador este tópico. En “Inocencio Izquierdo” (argumento elaborado con la colaboración de Guillermo Cabrera Infante en las postrimerías de los años cincuenta, aunque con el nombre de “Cándido”), el protagonista intenta romper el aislamiento de su pueblo, rodeado de ríos y montañas, creando un camino a través del cual se pudiera llegar a la civilización. Si bien al principio acomete ese desafío solo, más tarde tendrá que pedir ayuda a otros habitantes del poblado. Estos lo apoyan, pero el entusiasmo es efímero. Inocencio muere a mitad de su empeño, superado por las difíciles circunstancias. Los pobladores le erigen una estatua como modo de recordar el esfuerzo, pero lejos de proseguir con lo iniciado, todos retornan a sus casas.

“El alquimista” resulta aún más inquietante. Según el argumento, un brillante profesor de química concibe una fórmula que permite mejorar éticamente al ser humano, hasta convertirlo en ese modelo ideal de “hombre nuevo” por el que se ha luchado desde la revolución francesa a esta época. Después de poner a prueba la fórmula en diversos animales, el profesor experimenta la misma con un individuo y obtiene un éxito rotundo: este sujeto se convierte en un compendio impecable de virtudes, pero esa perfección moral provoca al mismo tiempo que entre en contradicción constante con la sociedad. Al ser incapaz de mentir o asumir posiciones hipócritas, conoce del radical rechazo de quienes le rodean, lo cual lo conduce al suicidio, impotente ante tanta soledad. El único que asiste a su sepelio es el profesor de química, quien, horrorizado con el saldo de su experimento, decide destruir la fórmula.

Lo que une a estos dos proyectos no filmados, es el interés por revelar críticamente el reverso que toda buena intención posee. Por otro lado, al menos cuatro de las películas de Titón se interesaron en mostrar el dorso de las ensoñaciones humanistas, apelando al punto de vista de un “letrado” convertido en sujeto dramático dentro de la trama narrada. Esos intelectuales, a su vez, aún pueden ser vistos como un espejo de las tensiones que en cada momento histórico sacudieron a la sociedad. De allí que el Sergio de Memorias del subdesarrollo revele preocupaciones diferentes al Oscar de Hasta cierto punto, como distintas son las inquietudes del Diego de Fresa y chocolate y la ex profesora Gina de Guantanamera.

Cada uno de ellos expresó una visión desigual del orden establecido, porque distintos eran los períodos que estaban viviendo. No hablamos solo de las inquietudes de ese intelectual que, siguiendo de algún modo el diseño trazado por Ángel Rama en “La ciudad letrada”, se sintió en el deber de representar y validar los intereses colectivos en oposición al antiguo régimen, sino hablamos de esa otra dimensión del pensamiento en la que entran a jugar también su papel las propias angustias, filias y fobias del pensador, generadas por su relación con el contexto, sus contemporáneos, y en especial, con el poder.

Son estas las inquietudes que permiten detectar en el cine de Alea resonancias existencialistas, lo cual contrasta con una producción nacional cargada mayormente de afirmaciones colectivas, propias de una revolución que prometía dejar atrás un pasado de injusticias, para bien de los más desposeídos. En medio de esa euforia plural, y sin renunciar a ella, Alea se permite el beneficio de la duda, e inserta interrogantes cruciales en torno a la subordinación de la iniciativa individual a las necesidades mayoritarias, la responsabilidad a la hora de elegir un compromiso, así como la importancia de ese compromiso como meta personal y no vana formalidad pública.

En las cuatro películas mencionadas pueden apreciarse buena parte de estas desazones íntimas de Titón, pero quizás convenga iniciar el estudio de la presencia del “intelectual crítico” como sujeto dramático en su cine, planteando la interrogante más básica: ¿qué es un intelectual plenamente crítico?

Juan Antonio García Borrero

PD: En este link pueden acceder a la página de Gutiérrez Alea en la ENDAC, donde no solo se tendrá a mano la información sobre sus películas, sino también sobre libros y artículos de su autoría, así como información sobre libros y documentales que se han hecho sobre él. Copio la filmografía aquí, pero lo interesante es navegar utilizando los hipervínculos y las etiquetas. Y sobra decir que la página está en permanente construcción.

Filmografía de Tomás Gutiérrez Alea

1946: La Caperucita Roja, Cuba, cm;

1947: El Fakir, Cuba, cm;

1948: Movimiento por la paz (inconcluso)

1949: Primero de mayo (inconcluso)

1953: El sueño de Giovanni Bassain, Italia, cm;

1955: El Mégano, Cuba, doc, mm;

1957: La toma de La Habana por los ingleses, Cuba, doc, cm;

1959: Esta tierra nuestra, Cuba, doc, cm;

1960: Asamblea general, Cuba, doc, cm;

1960: Historias de la Revolución, Cuba;

1961: Muerte al invasor, Cuba, doc, cm;

1961: Las doce sillas, Cuba;

1964: Cumbite, Cuba;

1965: La muerte de un burócrata, Cuba;

1967: Memorias del subdesarrollo, Cuba;

1970: Una pelea cubana contra los demonios, Cuba;

1974: El arte del tabaco, Cuba, doc, cm;

1976: La última cena, Cuba;

1978: Los sobrevivientes, Cuba;

1984: Hasta cierto punto, Cuba;

1988: Cartas del parque, Cuba;

1991: Contigo en la distancia, México

1993: Fresa y chocolate, Cuba-España-México;

1995: Guantanamera, Cuba-España.


Libros de su autoría

1963: Las 12 sillas. Guión cinematográfico (Co-autor junto a Ugo Ulive)

1982: Dialéctica del espectador. Ediciones UNION, La Habana, Cuba.

2007: Tomás Gutiérrez Alea. Volver sobre mis pasos (2007)

2008: Tomás Gutiérrez Alea. Volver sobre mis pasos (2008)

2009: Dialéctica del espectador. Ediciones EICTV

2017: Memorias del subdesarrollo. Guión de Edmundo Desnoes y Tomás Gutiérrez Alea

2018: Tomás Gutiérrez Alea. Volver sobre mis pasos (2018)


Documentales sobre su obra

1991: El cine y la memoria, de Jorge Luis Sánchez

2008: Titón, de La Habana a Guantanamera (1928-1996), de Mirtha Ibarra

2012: Tomás Gutiérrez Alea. Memorias, de Miguel Torres


Libros sobre su obra

1987: Alea, una retrospectiva crítica (Compilación de Ambrosio Fornet)

1989: Tomás Gutiérrez Alea: los filmes que no filmé, de Silvia Oroz

1994: Tomás Gutiérrez Alea (1994), de José Antonio Évora

2002: Tomás Gutiérrez Alea. The Dialectics of a Filmmaker, de Paul A. Schroeder

2003: Tomás Gutiérrez-Alea y el cine cubano: una estética en/de la revolución, coordinado por Sandra Hernández

2010: Literatura y cine. Lecturas cruzadas sobre las Memorias del subdesarrollo, de Astrid Santana Fernández de Castro

2011: A cincuenta años de Historias de la Revolución, coordinado por Mario Naito

2016: El primer Titón, de Juan Antonio García Borrero

Publicado el diciembre 11, 2020 en TOMÁS GUTIÉRREZ ALEA. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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