Archivos diarios: noviembre 14, 2020

Cuba: cine nacional y cuerpo audiovisual de la nación

Como comenté en el post anterior, el ensayo premiado por la revista Temas solo podrá leerse una vez que se publique allí. Pero comparto con los amigos del blog este otro artículo, más breve, que se asoma al mismo fenómeno, aunque desde otro ángulo.


Cuba: cine nacional y cuerpo audiovisual de la nación

En el primer número de la Nueva Revista Cubana, correspondiente a los meses de abril-junio de 1959, apareció un texto de Tomás Gutiérrez Alea con el título de “Hacia el cine nacional”[1].  Se trata, tal vez, de la primera formulación pública de lo que sería el espíritu fundacional de ese gran proyecto cultural que acababa de nacer con el recién inaugurado Instituto Cubano de Artes e Industria Cinematográfica (ICAIC).

Obviamente, tanto el estrenado Instituto de cine como el texto firmado por Titón, estaban respondiendo a un conjunto de demandas que, sobre todo en los años cincuenta, varios actores culturales se esforzaron por resolver en la esfera pública. El hecho de que a partir de 1959 el ICAIC consiguiera consolidar su propuesta en el tiempo, convirtiéndose en el principal centro productor de audiovisuales del país, genera la impresión de que la ansiedad de crear una industria cinematográfica nacional, es privativa de ese grupo.

Sin embargo, se podrían poner varios ejemplos de personas que, sin compartir los credos estéticos y políticos de los fundadores del ICAIC, aspiraban a lo mismo. Tal vez el ejemplo más dramático sea el de Ramón Peón, quien en el mes de febrero de 1959 (un mes antes de nacer el ICAIC) le escribe una carta pública a Fidel Castro desde la revista Cinema, donde entre otros asuntos le comenta: 

Cuando tenga tiempo de hablar diez minutos de cine, solo diez minutos, que estoy seguro que serán de gran utilidad, deme la oportunidad de aclarar por qué yo tengo tanta fe en que el cine pueda ser su mejor aliado en la reestructuración de la nueva Cuba que soñó Martí, y usted quiere que se convierta en realidad ahora.

Yo me inclino a creer que el cine puede completar el milagro que usted, con su tenacidad y heroísmo, logró plasmar con la huida del tirano.

Felicidades mil y que Dios lo bendiga”.[2]

Como se sabe, pese a la probada experiencia profesional de Ramón Peón, quien acababa de festejar sus cuarenta años como director cinematográfico, y contaba con una nutrida filmografía (construida en países como Cuba, Estados Unidos, y México), nunca fue tomado en cuenta una vez que se creara el ICAIC.  Pero esa exclusión no obedecía a razones estrictamente políticas, sino que en todo caso estaba en sintonía con los imperativos estéticos que desde hacía mucho defendían en cine-clubes, en la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo, o en los estudios realizados en Roma, buena parte de los que conformaron el núcleo fundacional del ICAIC.

Para Ramón Peón (y pudieran añadirse los nombres de Manolo Alonso, Manuel de la Pedrosa, Mario Barral, por mencionar solo algunos de los que en el período pre-revolucionario trataron de hacer realidad la utopía de contar con una industria cinematográfica dentro del país), “el cine nacional” se asociaba a la infraestructura productiva. Lo importante, según ellos, era crear un entorno que permitiera producir películas capaces de insertarse en un mercado que ya estaba aprovechando, como era el caso del cine mexicano, la pericia de muchos técnicos cubanos.

Sin embargo, desde el punto de vista de Gutiérrez Alea, la construcción de un cine nacional implicaba combatir el antiguo modelo de representación (ese del cual Ramón Peón sería un destacado paradigma), y sobre el cual ya había expuesto sus reservas críticas en el texto que mencionábamos al inicio, al apuntar: “Cuando el cine ha querido hablar en cubano, sólo ha podido expresarse en el mismo lenguaje de los fabricantes de recuerdos para turistas tontos. No se ha logrado nunca penetrar en nuestros más hondos problemas, que por hondos y humanos alcanzarían verdadera resonancia universal”. 

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