Estudios Cinematográficos del ICRT en Santiago de Cuba

El actor Raúl Pomares en “El sastre” (1984), de Jorge Luis Hernández

En este recorrido que estamos haciendo por lo que me gustaría llamar la Historia del cine cubano sin Historia, no podría faltar la mención a los Estudios Cinematográficos del ICRT en Santiago de Cuba.

Ignoro si ya existen investigaciones puntuales que aborden lo allí producido, pero lo interesante sería promover una investigación que, además de lo arqueológico, nos permita conectar ese cuerpo de películas que se filmaron en Santiago de Cuba con el gran cuerpo audiovisual de la nación, y formular preguntas que se interesen por los puentes sumergidos donde es posible detectar las convivencias de prácticas culturales compitiendo entre sí.

En un post publicado en el blog, y que ahora rescato para compartir con los amigos, apuntaba en una de sus partes:

“¿Tendremos la posibilidad alguna vez de reconstruir la historia de los Estudios Cinematográficos de la Televisión en Santiago de Cuba?, ¿habrán sobrevivido los filmes allí realizados?, ¿se conservan los guiones, las entrevistas de los realizadores si las concedieron? Más que por una cuestión arqueológica, importaría aproximarse a ese universo porque puede ayudarnos a complementar la visión de una época (los ochenta) donde lo más renovador del cine cubano se estaba alcanzando fuera del ICAIC, a través de las películas producidas por los Estudios Cinematográficos de la Televisión, los Estudios de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, el Taller de Cine de la Asociación Hermano Saíz, o los cine-clubes de creación, entre otros centros productores”.

¿Con quiénes dialogaban las películas realizadas en esos Estudios?, ¿qué tecnologías usaban?, ¿cuál era el público al que se dirigían?, ¿cuáles tramas institucionales operaban detrás de las historias que veíamos en pantalla que no pudieron garantizar la permanencia de esos equipos de producción?

Sirva este post que ahora rescato y comparto como un homenaje a Jorge Luis Hernández, uno de los escritores cubanos más inquietantes que he tenido la oportunidad de leer (su novela Un tema para el griego fue, junto a Las iniciales de la tierra, de Jesús Díaz y Matarile, de Guillermo Vilar, uno de los libros que más me marcó en mi período universitario).

JAGB


Hoy, hurgando en mis archivos, me salió al paso el inolvidable escritor santiaguero Jorge Luis Hernández (1946- 2004). Siempre he asociado su nombre a lo mejor de la literatura cubana escrita en los años ochenta, sobre todo por el tremendo impacto que provocó en mí la lectura de la novela Un tema para el griego; sin embargo, según la escritora, guionista, y su compañera sentimental en la vida, Aida Bahr:

Jorge Luis Hernández en “El juicio final” (1987), de Raúl Pomares

Desde principios de 1982 hasta 1989, Jorge trabajó en cine. En esos años no escribió narrativa. No lo necesitaba, estaba creando en otro medio. Si hubiera podido seguir haciendo ficción tal vez no habría escrito ningún otro relato, o tal vez sí, ¿quién sabe? Lo que sí puedo decir es que La evasión de Cristián Pied iba a ser una película. Esa idea lo tenía fascinado. Quizás algún día alguien la filme”.

Y, en efecto, antes de ganar notoriedad literaria con “Un tema para el griego”, Jorge Luis Hernández ya había obtenido sendos premios Caracol por el guión y la dirección de El sastre (1984), adaptación fílmica de un fragmento de la conocida novela de José Soler Puig “Bertillón 166”, que más tarde Rebeca Chávez retomaría en su Ciudad en rojo (2009).

Sobre esta etapa de su vida, ha comentado el también escritor José M. Fernández Pequeño:

“Alrededor de 1980, Jorge Luis Hernández y yo habíamos comenzado a vincularnos con algunos proyectos del realizador de documentales Roberto Román y, a través de él, con los Estudios Fílmicos de la Televisión Cubana en Santiago de Cuba. Jorge Luis buscaba dejar su trabajo como ingeniero eléctrico e instalarse en un terreno cercano a la creación artística, mejor si era en los predios de lo narrativo. Yo quería escapar de la burocracia cultural y sus atosigantes informes de cumplimiento, verdaderos ejemplos de la más triste y delirante ficción. (…) Así pues, mientras decidí finalmente desviarme hacia la Casa del Caribe –donde comencé a editar la revista Del Caribe-, Jorge Luis pasó a trabajar en los Estudios Fílmicos de la Televisión Cubana y, junto a Román, se dio a la ardua –y torpemente obstaculizada tarea de levantar una producción cinematográfica digna en la región. Hija de esa labor fue su serie de documentales antropológicos, pero, además, suya fue la hombrada de atreverse con la ficción, de donde saldría el corto El sastre, cuyo argumento se desprende de una línea de Bertillón 166, la emblemática novela de José Soler Puig”.

Lo que podemos enriquecer con lo que Aida Bahr comenta:

“Trabajaba en los Estudios Cinematográficos para la Televisión, que tenían una filial aquí en Santiago. Había pocos recursos técnicos, pero en el 82, cuando Raúl Pomares y él entraron como realizadores, gracias a las gestiones de Roberto Román, había muchos deseos de hacer filmes que valieran la pena. Ese grupo de creadores, que entusiasmaron y arrastraron en esa empresa a los técnicos, muchos de los cuales no tenían más interés en su trabajo que el salario, encontraron la oposición férrea de los administrativos, porque se les acabó la vida cómoda. No puedo entrar en detalles, y no quiero decir nombres, más por respeto a los familiares que a los propios personajes, pero les pusieron trabas de todo tipo, y hablo de los dirigentes de aquí, pero también en La Habana la súbita actividad del estudio santiaguero trajo signos de alarma, y vino una inspección que determinó que no había condiciones para hacer ficción en Santiago de Cuba, justo cuando un cuento fílmico de Jorge basado en Bertillón 166, El sastre, acababa de ganar tres premios Caracol en el Festival Nacional”.

Si he traído hasta el blog este asunto es porque puede ser otro buen ejemplo de lo mucho que falta por estudiar e investigar en el universo del audiovisual cubano. Hace poco escribí un ensayo que habla sobre la necesidad de incluir en nuestra agenda de pesquisas el cine cubano hecho para televisión, y en esos nuevos estudios tendríamos que insertar lo realizado en las provincias, que lamentablemente casi siempre ha sido excluido del relato oficial.

¿Tendremos la posibilidad alguna vez de reconstruir la historia de los Estudios Cinematográficos de la Televisión en Santiago de Cuba?, ¿habrán sobrevivido los filmes allí realizados?, ¿se conservan los guiones, las entrevistas de los realizadores si las concedieron? Más que por una cuestión arqueológica, importaría aproximarse a ese universo porque puede ayudarnos a complementar la visión de una época (los ochenta) donde lo más renovador del cine cubano se estaba alcanzando fuera del ICAIC, a través de las películas producidas por los Estudios Cinematográficos de la Televisión, los Estudios de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, el Taller de Cine de la Asociación Hermano Saíz, o los cine-clubes de creación, entre otros centros productores.

En su evocación, Fernández Pequeño escribe:

“Y, ya que de pérdidas estamos hablando, es tiempo de consignar que ni el galardón que mereció El sastre en el Premio Caracol de la UNEAC, ni la conocida relevancia del cine antropológico que acometían Roberto Román y Jorge Luis Hernández, ni el apoyo intelectual que ofreció la Casa del Caribe al proyecto evitaron el colapso de los Estudios Fílmicos de la Televisión Cubana en Santiago de Cuba, razón por la cual el escritor pasó a trabajar, bien avanzados los años 80, como jefe de redacción de la revista Del Caribe”.

Lamento muchísimo no haber tenido tiempo de conversar con Jorge Luis Hernández (a quien tuve el inmenso privilegio de conocer brevemente) sobre esta parte de nuestra historia del cine cubano. Incluso ahora me llama la atención que alguna vez me enviara un mensaje electrónico, para consultarme sobre el título original de una película francesa exhibida en Cuba en los años sesenta, y jamás saliera a relucir esas contribuciones suyas al cine nacional.

Como investigador, la única explicación (que no justificación) que tengo para la no mención de El sastre en la “Guía crítica del cine cubano de ficción” (2001), podría asociarse a lo que ha apuntado el estudioso de cine André Gaudreault: “Solo vemos aquello que estamos preparados para ver. Y esto mismo sirve para el historiador”.

Si queremos que mañana la Historia del audiovisual cubano sea todo lo inclusiva que necesita ser, como parte del relato de esa nación que estamos construyendo entre todos, entonces será preciso regresar a los orígenes, y rastrear en aquellas líneas que quedaron suprimidas, o sencillamente permanecen en las sombras de ese relato histórico dominante que ahora compartimos. Jorge Luis Hernández, el gran creador santiaguero, es uno de los que espera por su redescubrimiento.

Juan Antonio García Borrero

NOTAS:

 1) Velazco, Carlos; Elizabeth Mirabal. Cuando la luz ciega y el aire ahoga. La Gaceta de Cuba Nro. 5. Septiembre- Octubre, 2008, p 14.

 2) Fernández Pequeño, José M. En el principio de su tiempo. La Gaceta de Cuba Nro. 3. Mayo- Junio, 2005, p 19.

 3) Velazco, Carlos; Elizabeth Mirabal. Cuando la luz ciega y el aire ahoga. La Gaceta de Cuba Nro. 5. Septiembre- Octubre, 2008, p 16.

 4) Fernández Pequeño, José M. En el principio de su tiempo. La Gaceta de Cuba Nro. 3. Mayo- Junio, 2005, p 19.


FICHA TÉCNICA

El sastre

Año: 1984

País: Cuba

Tiempo: 30′

Productora: Estudios Cinematográficos del ICRT en Santiago de Cuba

Dirección: Jorge Luis Hernández

Guión: Jorge Luis Hernández

Edición: María Caridad Pascual

Asesor: Roberto Román

Reparto: Raúl Pomares, Félix Pérez, María Lavigne, Daysi Martínez, Willy de Córdova, Jorge Luis Colomé, Juan Castellanos, Francisco Betancourt, Fernando Fernández, Alcibiades Bandera, Carlos Estrada, Danilo Gómez, Adolfo César, Jorge Grimany, Drumer Quintana, Víctor Castillo, Francisco Salmo, Alfredo Maure, Carlos Shelton, William Quintana.

Sinopsis

Inspirado en un fragmento de la novela “Bertillón 166”, de José Soler Puig

Premios

Premio Caracol de guión y dirección.

 

 

Publicado el mayo 7, 2020 en EL CINE QUE NO SE VE. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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