Archivos diarios: abril 3, 2020

Los puntos ciegos del cine cubano

José Rodríguez, César Evora y Ricardo Borrego en el filme “Pablo y Elisa” (1984), de Tomás Piard

Del 16 al 26 de mayo de 1988, se celebró en el Cine La Rampa la “Muestra Homenaje por el X Aniversario del Círculo de Interés Cinematográfico de Plaza y del Movimiento Nacional de Cine Clubes”.

En las Palabras de presentación del Catálogo puede leerse lo siguiente:

Este es, realmente, un catálogo de sueños. En él se recogen las fichas y sinopsis de diez años de cine aficionado; es, por tanto, la enumeración de los sueños de muchos compañeros. Sin la vocación de soñar, hubiera sido imposible elaborar la muestra y, consecuentemente el catálogo donde bajo dos o tres párrafos se esconden larguísimas horas de trabajo, de inventivas y -¿por qué no?- de poesía.

A veces se puede pensar que es difícil creer. ¿Quién puede, ante la semilla diminuta, imaginar el árbol frondoso? Sin embargo, siempre existirán los que creen, los que van más allá, los que leen los augurios en la semillita mínima. Los cineastas aficionados, y un reducido número de compañeros creyeron en esa semillita. Era difícil, muy difícil en verdad, imaginar que aquellos filmes pequeñitos y oscuros, vencidos a veces por los avatares de la técnica –y que también estarán en esta Muestra- abrirían paso, con el decursar de pocos años, a materiales que revelan ya no sólo la voluntad sino también talento.

Ciertamente, era necesario creer mucho. Y trabajar más…

Para todos los que de alguna manera han creído en esta semilla, esta Muestra será un motivo de satisfacción. No creo que sea sólo una buena excusa para la nostalgia. Para recordar las tormentosas discusiones en el Círculo de Interés Cinematográfico de la Casa de Cultura de Plaza, cuyo décimo aniversario festejamos. O para añorar las pupilas dilatadas no sólo de asombro, sino buscando, desentrañando casi una imagen en la pantalla devenida hostil por una puerta abierta. O las largas discusiones del qué haremos.

Esta Muestra es una buena prueba de lo que hicimos y una segura certeza de que lo seguiremos haciendo… y mejor. Ahora, ya hay un arbolito en quien creer”.

Para la Historia canónica del cine cubano post-revolucionario, las películas realizadas por aquellos cineastas “aficionados” apenas pudieran tener un interés arqueológico. Tal vez sirvan para recordar que realizadores hoy consagrados como Tomás Piard (El amanecer de un día de verano/ 1979; Amor/ 1979; Donde nacimos nosotros/ 1980; La escapada/ 1984; La aurora/ 1988) o Jorge Luis Sánchez (Juventud y tiempo libre/ 1980; Dulce/ 1981; La dimensión de un instante/ 1984; Los ríos de la mañana/ 1986; Amigos/ 1987) provinieron de aquellas filas.

Y en esa evocación seguramente se terminaría aludiendo al filme Ecos (1987), de Tomás Piard, como el gran hito de ese movimiento que se fue consolidando a lo largo de la década, gracias a cineclubes como Sigma, Prisma, Plaza, S.E.P.M.I., Evaristo Herrera, Órbita, o René David Osés, entre otros. Lo demás quedaría en ese punto ciego donde el ojo de los estudiosos no percibe estímulo alguno capaz de establecer relaciones de conjunto, y a partir de allí enriquecer la Historia del cine cubano que ya conocemos. Lee el resto de esta entrada