Memorias y traumas en la era de la indiferencia colectiva

Hace algún tiempo escribí para Progreso Semanal un texto que titulé Mariel: la cara cortada de la nación donde, entre otras cosas, anotaba:

“Si al principio hablé de una cicatriz que perdura en el rostro de la nación, es porque hasta el momento falta el estudio desprejuiciado que ponga en su lugar todo lo referido a ese momento histórico, y sus consecuencias. El estereotipo, en ambas orillas, nos sigue ganando la batalla, pues no solo se trata de evocar y explicar de un modo coherente los hechos en sí (mero positivismo historiográfico), sino de describir en el plano más humano lo que implicó para estos individuos la experiencia”.

Me viene a la mente aquel texto ahora que se vive este amargo diferendo entre la dirección del ICAIC y la Junta Directiva de la Muestra Joven, a propósito de la suspensión de la misma, y la no proyección del documental Sueños al pairo (2019), de José Luis Aparicio Ferrera y Fernando Fraguela Fosado.

Enfatizo lo de amargo, porque en mi caso no hay disfrute alguno en ser testigo de esta nueva confrontación. Quizás me afecta el hecho de querer a partes iguales a la institución ICAIC y a la Muestra Joven. Esto no me parecería honesto ocultarlo, en tanto uno siempre está hablando desde una disposición afectiva que es la que va a decidir, en el fondo, el modo en que vamos a intervenir ante este tipo de porfía: lo más común será ponerse a favor o en contra de una de las dos posiciones antagónicas, negar al que no cuenta con nuestro beneplácito, y borrar a ese contrario al que nuestro desafecto no dejará ver más que manchas y perversiones.

Lo que ahora escribo a modo de reflexión personal quiere apartarse de ese enfoque mutilador de tirios y troyanos, para aspirar a una visión de conjunto en la que la protagonista sea la Cultura nacional, o lo que es lo mismo, la nación reflejada en la Cultura, así con mayúsculas, haciendo mío en este caso lo que llaman el gran principio de la comunicación empática: “procure primero comprender y después ser comprendido”.

Ese principio fue lo que hizo que le prestara atención al Manifiesto del Cardumen elaborado por los jóvenes que organizan la Muestra, y que a mi juicio sigue siendo uno de los textos más hermosos y comprometidos que se hayan elaborado en la historia del audiovisual cubano, a la altura de los que en su momento firmaron los fundadores del ICAIC.

Ese texto pudo convertirse en punto de partida para trasformar en sistemático el debate que está pidiendo a gritos todo lo que tenga que ver con el fenómeno audiovisual vinculado a los cubanos, pero una vez más se optó por la confrontación estéril y el ataque ad hominem desde medios oficiales que vieron en los jóvenes y su producción independiente un peligro, algo que había que conjurar con descalificaciones que ayudaran a crear un estado de opinión negativa sobre todo entre lectores que no tienen por qué estar demasiado enterados de las interioridades de estas discusiones (peor aún: muchos de los que escribieron en contra del Cardumen jamás han asistido a una Muestra).

Y usaron términos y estrategias de reprobación que, no obstante, el tiempo transcurrido, no difieren demasiado de las que se utilizaron en 1656 por la comunidad judía para decretar la excomunión del gran filósofo Spinoza:

Con el juicio de los ángeles y la sentencia de los santos, anatematizamos, execramos, maldecimos y expulsamos a Baruch de Spinoza, con asentimiento de toda la sagrada comunidad, en presencia de los libros sagrados con los seiscientos trece principios allí inscriptos, pronunciando contra él la maldición con la que Elisha maldijo a los niños, y todas las maldiciones escritas en el Libro de la Ley. […] Que sea maldito durante el día y maldito durante la noche; que sea maldito en su acostarse y en su levantarse; maldito en su salir y maldito en su entrar. Que el Señor nunca jamás lo perdone ni lo reconozca; que la ira y el desprecio de Dios ardan de aquí en adelante contra este hombre, lo carguen de todas las maldiciones escritas en el Libro de la Ley, y borren su nombre de debajo del cielo”.

Cuando se lee este tipo de reniego uno no puede resistir la tentación de ponerle rostros contemporáneos a esa voz que llega intimidante desde el más allá. Porque es muy difícil que aquellos que decidan expresar sus ideas en lo público no reciban en algún momento, lo mismo de un lado que de otro, muestras de este tipo de intolerancia patética donde las emociones secuestran hasta la más mínima posibilidad de intercambio racional (Nietzsche lo apuntaba de un modo ejemplar: “Nunca será comprendido lo que hacemos; sólo será siempre alabado y reprochado”).

En el caso que ahora ocupa nuestra atención, pasaría lo mismo de un lado o de otro. Porque en el afán de legitimar el derecho de los jóvenes cineastas a repasar lo que ha sido nuestro devenir histórico, y establecer interpretaciones que estén más ajustadas al horizonte de expectativas que los movilizan (horizonte vital que no puede coincidir con el que tenemos los de más edad), tendemos a desacreditar lo que se ha logrado por el ICAIC en los dos últimos años. Y eso no me parece justo.

Por suerte, en el más reciente Comunicado de la Junta Directiva de la Muestra Joven se alude a ello, algo que me parece crucial si queremos, de veras, encontrar una solución a la crisis: porque lo que importa, creo yo, es encontrar una solución.

Una solución que, de ahora en adelante, garantice que la Muestra sea ese espacio donde la creatividad artística, el debate transparente y desprejuiciado, fluya de modo natural y no se vea obstaculizado por maneras decimonónicas de entender la gestión cultural, o presiones ajenas a lo artístico. Y eso quien mejor lo puede defender es el ICAIC (creador de la Muestra), si apelara a la larga tradición de defensa del cine como arte, que siempre será algo incómodo, herético, y permanentemente revolucionario.

Ojalá que en estos tiempos donde la indiferencia colectiva ante los problemas del “otro” se consolida a diario, una indiferencia que vive encadenando “quince minutos de famosas polémicas” que se desvanecen una tras otra dejando intacto el orden de las cosas que debieran cambiar, seamos capaces de adquirir conciencia de la gran responsabilidad que enfrentamos con esto de la preservación de las memorias históricas, esas que incluyen los logros de la nación, pero también sus traumas y sus distopías.

¿Qué ha sido lo único positivo que por el momento sí he disfrutado de esta polémica?: el regreso público de Mike Porcel a nuestro escenario cultural, ese del cual nunca debió ser expulsado. He leído con gran placer las páginas de evocación escritas por Joaquín Borges Triana o Rafael Rojas, entre otros, y me he emocionado hasta lo indecible con ese breve video compartido por Juan Vilar en las redes, donde se escucha al gran cantautor Eduardo Ramos mostrar con insólita valentía su arrepentimiento por aquello que sucedió hace tantos años.

Serán esas actitudes humanistas, y la mirada desprejuiciada de los jóvenes, las que nos ayuden a curar, en algún momento, la cara cortada de la nación.

Juan Antonio García Borrero

Publicado el febrero 29, 2020 en Uncategorized y etiquetado en , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

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