Café Nuevo Mundo, otro sueño, otra realidad

En el post anterior mencioné la importancia de aprender a convivir con la ciudad pendiente, la ciudad que queremos, la ciudad que soñamos.

Estas imágenes y el texto que comparto hoy que Camagüey está cumpliendo nuevo aniversario, hablan de lo que todavía es un sueño: el Café Nuevo Mundo, pero al cual muy pronto se podrá acceder, y que quedará ubicado en lo que ahora es el lobby del Complejo Audiovisual Nuevo Mundo.

Aspiramos a que no sea simplemente un Café más, sino que se integre de modo coherente a los servicios que la institución cultural (la primera de su tipo creada en el país), brinda a diario (proyección de películas, uso de la Mediateca, exposiciones de pequeño formato, etc).

Ojalá sea este el inicio de una gestión urbana que, por fin, le conceda a esa calle tan transitada (lo mismo por camagüeyanos que foráneos), un aprovechamiento eficaz de la infraestructura que ya existe.

JAGB

Cine y Café, la pareja ideal

Dicen que la vida moderna comenzó en un Café.

Por eso no parece casual que los hermanos Lumière escogieran el Salon Indien du Grand Café del Boulevard de París para presentar su invento por primera vez ante un público conformado por 33 personas, como todavía alerta una lápida conmemorativa que existe en la fachada del antiguo edificio, con la siguiente leyenda: “Aquí se celebraron, el 21 de diciembre de 1895, las primeras proyecciones públicas de fotografía animada mediante el cinematógrafo, aparato inventado por los hermanos Lumière”.

En el fondo, un Café es lo más parecido que hay al Cine, ese paradigma de modernidad donde las historias se van entrecruzando en una pantalla, mientras se nos revela la diversidad del mundo y su permanente complejidad.

No son pocas las películas que desarrollan parte de sus tramas en un Café, o muestran a sus protagonistas tomando sus decisiones más importantes en un área como esa, mientras empuñan una taza que la cámara se encarga de enfatizar junto al humo que asciende lentamente.

Pensemos en una película como Casablanca (1941), de Michael Curtiz, con ese Café de Rick al cual todo el mundo tiene que ir, según se avisa en el título de la pieza teatral que inspira el filme, y en el que las diversas acciones de los personajes, acompañadas del ambiente sonoro donde sobresale la pieza “As Time Goes By”, interpretada por Dooley Wilson, han terminado por conformar un microcosmos inolvidable que trasciende en el tiempo.

Algunas han apelado al término café dentro de su propio título, como pueden ser Café Express (1981), de Nanny Loy; Bagdad Café (1988), de Percy Adlon, Café Society (1995), de Raymond De Felitta, o Café Society (2017), de Woody Allen, y en otras, son los personajes (como Amelie, la protagonista del filme homónimo de Jean-Pierre Jeunet, que trabaja en el Café de los Dos Molinos) los que se desempeñan dentro del mismo.

En el caso de nuestro país, la existencia de estos espacios en el siglo XIX impulsó a Cirilo Villaverde, el famoso autor de Cecilia Valdés, a escribir que: “Ellos en mi concepto forman el rasgo urbano más característico de Cuba”, describiéndolos, además, como los sitios típicos “de la murmuración masculina, de los matadores del tiempo de todos los países y de los hombres de negocio”.  Y tenemos ese documental emblemático que es Coffea Arábiga (1968), de Nicolasito Guillén Landrián, una de las grandes joyas audiovisuales de toda la historia del cine nacional, y una película de ficción como Café amargo (2017), de Rigoberto Jiménez, u otra como Roble de olor (2012), de Rigoberto López, que desarrolla buena parte de su trama en un cafetal.

Ahora, ¿qué podríamos encontrar de común en todas estas cintas tan diferentes entre sí?

Pues la mística de un universo que no es solo un espacio físico donde sirven esas infusiones estimulantes que a muchas personas les parece tan natural de beber como el agua. Un Café es, ante todo, el punto de encuentro que permite soñar, un centro de sociabilidad donde es posible intercambiar con los otros, reflexionar sobre lo que es la vida, y proyectarnos ante ella.

Por algo para el escritor francés Georges Courteline (1858- 1929) “el mundo se divide en dos clases: los que van al Café y los que no lo frecuentan nunca. Son dos mentalidades completamente distintas y contrapuestas. Y los que van al Café, infinitamente superiores“.

En el Café Nuevo Mundo se le quiere rendir homenaje a esa hermosa relación, armonizando la gran tradición humanista que es posible detectar en los principales cafés de tertulias del planeta, con el incesante desarrollo de las nuevas tecnologías.

O dicho de otro modo: combinando de modo creativo lo humanista con lo tecnológico, mientras se persigue aquello que José Lezama Lima evocaba de sus encuentros con Juan Ramón Jiménez en La Habana del siglo pasado, cuando aseguraba que “la tertulia en el café se convertía en noble pereza erudita”.

Juan Antonio García Borrero (En Camagüey, el 2 de febrero de 2020)

 

Publicado el febrero 2, 2020 en Uncategorized y etiquetado en , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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