Elda Cento y la Historia contra Tebas

Foto tomada del Periódico Adelante

Todavía ando impactado con la mala noticia. Me resisto a creer que ya no podré coincidir nunca más con ella en alguna mesa organizada por el Centro del Libro o la UNEAC.

Como casi siempre sucede en estos casos, uno empieza a evocar lo vivido, y a construir relatos que ayuden a entender el fatídico desenlace. Pero mi visión trágica de la vida ha terminado por desterrar de mi cabeza cualquier intento de racionalización de ese misterio mayor que llamamos “Muerte”: la muerte sencillamente está allí, acompañándonos todo el tiempo, aunque no la veamos.

La única manera que tenemos de burlarnos un poco de ella, es haciendo cosas que nos van a trascender. No tienen que ser necesariamente cosas materiales o espectaculares. Hay muchas personas anónimas que siguen viviendo en el recuerdo de los vivos por la bondad que siempre mostraron en vida, por ejemplo. Y otras sencillamente nos marcan porque no buscan marcar a nadie. Cuando te tropiezas con una de ellas, adviertes lo que explicaba en su momento Charles Bukowski: “Hay personas inolvidables. Y no hay cura”.

A Elda Cento estaré regresando muchas veces. Y le hablaré de mi manera de entender la Historia, y ella replicará con esa pasión que le era tan característica. Ahora mismo estoy regresando a aquel texto que en su momento escribí inspirado en uno de su autoría. La confirmación de que no se ha ido. De que sigue aquí, delante de mí.

Juan Antonio García Borrero  

La Historia contra Tebas

Acabo de releer con verdadero placer un breve y provocador texto de la historiadora camagüeyana Elda E. Cento, que utiliza como encabezamiento una pregunta de Brecht: “¿Quién construyó Tebas, la de las siete puertas? En los libros se mencionan los nombres de los reyes. ¿Acaso los reyes acarrearon las piedras?”.

El hermoso artículo de Elda Cento tiene la virtud de plantear problemas que rebasan los límites que marcarían su campo de estudio más puntual, para dejar en evidencia que todos aquellos que estamos interesados en explorar la memoria histórica de la nación con una perspectiva crítica de conjunto, tenemos escollos comunes a superar.

Pienso en la historia que hasta ahora hemos contado del cine cubano. ¿Estaremos realmente conscientes quienes escribimos ese relato de hasta qué punto las omisiones voluntarias o involuntarias que ahora mismo siguen presentes pueden alterar “la verdad histórica”? Para Elda, “de lo que se trata es de no retroceder y de incluir no sólo a quienes “acarrearon las piedras”, sino a los de actuar controversial, incluso a los enemigos, que sin ellos tampoco podemos reconstruir los acontecimientos históricos en toda su riqueza” (1).

En el caso de la historia del cine cubano, ésta es una asignatura aún pendiente. Todavía hay muchos protagonistas de ese drama que siguen siendo “rehenes de las sombras”. Pero incluso, aun cuando se incluyan los nombres de esos actores faltaría el estudio aglutinante que sea capaz de entrecruzar las miradas desde múltiples ángulos disciplinarios.

Regresemos al archicitado ejemplo de “PM” (que sigue siendo paradójicamente uno de los documentales menos vistos de la historia del cine cubano): ¿bastaría con reinsertarlo de modo natural en las listas de nuestras películas, o necesitaríamos estudiar de qué modo dialogaba esa cinta con la parte calibanesca de nuestra realidad, en una época en la que se aspiraba a dejar el subdesarrollo atrás?, ¿acaso ese diálogo cómplice de “PM” con nuestra parte “bárbara”, que contrastaba con la mirada entre crítica y paternalista de las élites republicanas y socialistas, no es también Historia?

En este punto recuerdo ahora otro texto que en su momento me marcó muchísimo: el discurso que Fernando Ortiz hiciera el 8 de octubre de 1942, en la apertura del Primer Congreso Nacional de Historia. Allí nuestro sabio advertía cómo “en ocasiones, el hecho histórico ya al producirse nace falseado, a veces por sus mismos autores; y no por artificio de su malicia sino ingenuamente engañados en su plena buena fe por sus descuidos emocionales, por sus entusiasmos generosos o por las distorsiones de sus juicios meramente subjetivos” (2).

Como a Elda Cento, también a mí me preocupa algo: “no aprecio en la juventud un interés por la Historia”. Pero tendríamos que preguntarnos sobre los móviles para esa apatía. Hablaré de lo que me toca: ¿hay interés entre los jóvenes por conocer lo que ha sido la Historia del cine cubano, y cómo se ha construido ésta, o más bien lo que va importando es repetir de memoria dos o tres efemérides, y cumplir, en caso de escribir alguna tesis, con los deberes académicos y punto?

Por supuesto que no seré absoluto, pues en lo personal he tenido el privilegio de conocer varios jóvenes que están ocupándose de ese relato con un rigor realmente conmovedor. Pero también a ellos les he dicho que no pueden perder de vista esa pregunta básica que todos los seres humanos con intereses intelectuales deberían hacerse una y otra vez: ¿qué condiciones permiten el conocimiento histórico y cuáles son sus límites?

Sólo esa socrática manera de encarar la Historia nos permitiría aprender a lidiar con un viejo dicho, italiano creo, que intenta burlarse de las jerarquías históricas de los hechos: “Después del juego, tanto el rey como el peón van a la misma caja”. Por suerte, Tebas no cabe en una caja, y aunque nunca la hayamos visto, la ciudad sigue allí, en nuestro imaginario.

Quizás la verdadera Historia sea eso: el relato de aquello que queda cuando reyes y peones se han ido, y solo sobrevive la ciudad, la geografía que nos habitó. Lo cual no quiere decir que jugar con intensidad (mientras dure el juego), no sea a la larga lo más importante.

Juan Antonio García Borrero

Notas:

1) Elda E. Cento. “Crónica personal por los cincuenta años de historiografía en Revolución”. La Gaceta de Cuba Nro. 5, Sept-Octubre 2009, p 11.

2) Fernando Ortiz. “Estudios etnosociológicos”. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1991, pp 1-2.

Publicado el octubre 30, 2019 en Uncategorized y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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