Las coyunturas

El cubano nacido después de 1959 tiende a interpretar “la coyuntura” no como la excepción de lo que pasa en su vida, sino prácticamente como la regla, al extremo de que si mañana anunciasen la creación de un Ministerio Público de la Coyuntura, la gente lo asumiría como algo más bien natural.

A mí las coyunturas no me asustan, porque han sido tantas las que he logrado sobrevivir, que me parece que si algún día me faltaran ya no estaría viviendo, sino que descansaría en ese lugar donde solo los muertos consiguen experimentar el raro privilegio de la paz: el cementerio.

Supongo que cada uno de nosotros tenga su propio inventario de coyunturas trascendentales: en lo personal, la primera que me marcó fue “la coyuntura del Mariel”. Pero después llegaron y fueron igual de impactantes “la coyuntura de la rectificación de errores”, o la de “la caída del campo socialista”, o la del “período especial”, o la de “Alicia en el pueblo de Maravillas”, o la de “la doble moneda”, o la de “los balseros”, o más acá, “la coyuntura Obama y el 17D”, y ahora, la más reciente, “la coyuntura Trump”, con todo lo que está implicando de carencias extremas a los más pobres de la sociedad cubana (porque son esos los que al final pagan las facturas del banquete mesiánico diseñado por los que dicen salvar al mundo).

Repito que no le temo a las coyunturas. A lo que le temo son a las interpretaciones coyunturales que las personas (sobre todo si tienen poder) van haciendo de “la Gran Coyuntura”. En lo personal sé que no hay vida sin coyuntura: siempre estamos formando parte de alguna combinación inédita de factores y circunstancias que, para bien o para mal, nos obligan a tomar una posición frente a los otros y frente a uno mismo. Por eso es que es tan necesario el debate que nos obligue a mirarnos más allá del interés estrecho del grupo al cual pertenecemos, y nos haga pensar en el bien de la Nación (así, con mayúscula).

Pero es difícil construir un consenso democrático en medio de tantas “coyunturas”, con personas que, en nombre de esas conjuras puntuales de circunstancias adversas, comienzan a medirte no por lo que, con toda honestidad, aspiras ser a la hora de pensar a tu país, sino de acuerdo a lo que esperan que tú seas, según lo que ellos ya tienen diseñado en su mente.

Ahora mismo nuestro Ministro de Educación Superior acaba de calificar de “mercenarios” a aquellos que firmaron una carta que habla de la autonomía universitaria. Yo no firmé esa carta, pero me he sentido igual de agredido. No la firmé porque hace ya varios años prefiero exponer lo que pienso sobre nuestra sociedad en este blog y asumir todas las responsabilidades a título personal, pero es obvio que coincido con el espíritu de lo que se dice en esa misiva, porque el día que convirtamos a las Universidades cubanas en escuelas de marxismo en vez de espacios de formación humanista, estaremos confiscándole a este país las posibilidades de pensarlo desde los más insospechados ángulos.

Y que conste que para mí Carlos Marx sigue siendo uno de los grandes pensadores que ha conocido la humanidad. Y el socialismo una hermosa utopía que vale la pena seguir impulsando, eso sí, siempre bajo una mirada crítica que le haga honor a quien concibió su sistema de pensamiento como un instrumento de emancipación, y no de dominación.

Por eso es bueno que enseñemos marxismo en las Universidades (junto a las otras filosofías que compiten con el mismo), pero no el marxismo complaciente que ya en los mismísimos inicios de la Revolución fue desenmascarado por sus intereses sectarios y las maneras interesadas en que simplificaba sus argumentos, sino todo ese marxismo que ha llegado después de la mano de Jameson, Zizek, Rancière, o Badiou, para mencionar solo algunos donde Marx sería el punto de partida, no el Fin de la Historia.

Tengo buenos amigos que no acaban de entender cómo todavía puedo albergar las esperanzas de que el futuro le pertenezca al socialismo, y no al capitalismo. No soy ciego o sordo ante las lecciones que nos ha dejado la Historia: aquel socialismo autoritario que quiso reducir al individuo a un simple autómata del deber estaba condenado a desaparecer porque la libertad humana es irreductible; tarde o temprano la gente despierta y redescubre lo que siempre ha permanecido intacto en su interior: la dignidad del que piensa por cabeza propia. Pero también me es posible advertir cómo millones de personas que nunca van a poder mostrar sus historias en Facebook y mucho menos en los grandes medios, mueren cada día en vida. Son esos, no los que están en Facebook o en Twitter, los que más aturden mi conciencia.

Por otro lado, hace algún tiempo, gracias a José Martí, descubrí un texto que releo a cada rato: La futura esclavitud, de Herbert Spencer. A los que odian el socialismo les gusta citar lo que Martí va anotando del ensayo, y lo ajustan a sus propios intereses. Yo un día decidí ir al texto de Spencer y sacar mis propias consideraciones. Y me parece un texto brillante, que debería estudiarse dos o tres veces al año, porque allí se describen varios de los males que padece el socialismo cubano, aunque en el momento que se escribe el texto ni siquiera se soñaba la Revolución de Octubre.

Lo que pasa es que el propio Martí nos deja la más inquietante de las observaciones cuando observa: “Y en todo este estudio apunta Herbert Spencer las consecuencias posibles de la acumulación de funciones en el Estado, que vendrían a dar en esa dolorosa y menguada esclavitud; pero no señala con igual energía, al echar en cara a los páuperos su abandono e ignominia, los modos naturales de equilibrar la riqueza pública dividida con tal inhumanidad en Inglaterra”.

Porque al final se trata de eso: de encontrar soluciones para que los que viven en desventaja por razones ajenas a su voluntad, gocen de oportunidades que les permitan salir de esa condición esclava a la que se ven sometidos por los poderosos, pero sin perder la dignidad de su autonomía. Sin embargo, esas soluciones que hablan del bien común tienen que encontrarse entre todos: no basta la buena intención del socialista que habla en nombre de los pobres e impone una visión que es la suya, porque, recordando el comentario de Varona, “la virtud no es obediencia, sino elección”.

Recuerdo que hace algunos meses, a raíz de otra coyuntura (la del centrismo) escribí aquí mismo un texto donde mostraba mis crecientes temores ante el peligro de lo que otras veces he llamado el bullying de Estado. De allá a la fecha mis reservas no han mermado un ápice, y más bien me inquieta el modo en que poco a poco se ha ido naturalizando la clausura del debate que busca soluciones a los problemas, para imponerse eso otro donde pareciera que la solución definitiva es la exclusión del que piensa diferente.

Y aquí me acuerdo de Julio García-Espinosa apuntando lo siguiente en “Vivir bajo la lluvia”: “Es cierto que el socialismo crea las condiciones para que cese el caos que en el hombre engendra el capitalismo. ¿Pero es menos cierto que el dogmatismo y sus similares en aras de suprimir dicho caos, tratan de convertirse en dueños del hombre en lugar de intentar que sea el hombre quien se convierta en dueño de sí mismo?”.

Una pregunta que, en estos mismos momentos, no me deja dormir.

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el septiembre 20, 2019 en Uncategorized y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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