Misión y renovación de la Universidad

Los mejores maestros que tuve mientras estudiaba en la Universidad fueron aquellos que me enseñaron a pensar contra todo lo que parece obvio, incluyendo lo que ellos mismos afirmaban: por eso, aunque ya no coincidamos en un aula, siguen siendo mis grandes maestros.

A los otros, a los que me evaluaban en función de mi memoria y lo que ellos querían escuchar, a los que nunca soportaron el menor escrutinio de las ideas que decían defender o vivían pendientes de las doctrinas orientadas desde el “más arriba” o el “más allá”, el tiempo los ha terminado diluyendo en una masa confusa, carente de personalidad en mi memoria.

Como la mayoría de las personas entré a la Universidad pensando que aquello era la extensión de las escuelas donde había estudiado previamente. Al llegar al aula solo veía a un profesor que dictaba sus notas, y al igual que el grueso de mis otros compañeros, me apresuraba en copiar ideas ajenas que después me empeñaba en memorizar para repetirlas más tarde a la hora del examen frente a la autoridad evaluadora.

Todo cambió cuando conocí al profesor que sembró mis inquietudes filosóficas (por ahora no mencionaré el nombre, pues no es la anécdota puntual lo que me interesa retener, sino lo que hay detrás de ese encuentro fecundo que todavía perdura). Todavía hoy, cuando este profesor y yo nos encontramos en la calle, en un parque, en el cine, nos enzarzamos en debates donde la libertad intelectual nos permite descubrir puntos de vista que ambos ignorábamos: porque es obvio que el país ha cambiado, y como buen marxista que sigue siendo, sabe que sin debate permanente y desprejuiciado estaríamos perdidos. En este sentido, la vida sigue siendo nuestra mejor aula, y él mi maestro de siempre.  

No estoy seguro que ese tipo de libertad intelectual pueda fomentarse en las escuelas pre-universitarias. A edades tan tempranas, es recomendable que nos lleven todavía de la mano, mientras aprendemos a contar, a leer, a descubrir los territorios usando la geografía, o lo ocurrido en el pasado de acuerdo a las versiones que ofrecen los historiadores. Pero un profesor universitario no está para llevar de la mano a los estudiantes, sino para enseñarlos a volar solos.

Su misión no es la de la nodriza superior (un término nitzscheano) que tiene que lactar al niño ajeno, sino la del científico que se encarga de preparar a sus estudiantes en esa lucha diaria donde las normas existen para subvertirlas y ponerlas a favor del bien común.

Puedo entender los recelos de los políticos con aquellos profesores y estudiantes universitarios que no temen asumir la contradicción como una parte natural del aprendizaje. La política, que es por naturaleza excluyente y autoritaria, no puede darse el lujo de asumir a los contrarios como partes legítimas de un mismo proceso de producción de conocimientos.

De allí que también pueda entender que los Medios, que son esas herramientas a través de las cuales los ciudadanos construyen el sentido de sus vidas, sean objeto de control casi patológico por todos los poderes que tratan de imponer sus cosmovisiones. No importa que se viva en el país “más democrático” del mundo: esos Medios responderán a los intereses del grupo dominante y ayudarán a seguir consolidando la hegemonía cultural a través de la cual se sostienen las relaciones de poder.

Pero con la Universidad tendría que ocurrir otra cosa.  Aquí no estoy hablando solo de la Universidad cubana, sino de la Universidad como institución humanista que garantiza el desarrollo intelectual de la sociedad en la que se encuentra enmarcada, y que desde hace mucho viene siendo sometida a fiscalización.

Evoquemos al Heidegger que, hacia el final de su vida, coincidiendo con los sucesos del 68 parisino del siglo pasado, mostraba su pesimismo de esta manera:

Los estudiantes hoy en día se rebelan. Eso está bien. Pero, ¿saben realmente lo que quieren? Lo que he aprendido, después de largo tiempo, es que la Universidad se ha convertido en un simple liceo, en una escuela. No permite ningún aprendizaje, no permite sino una acumulación de conocimientos. La vieja universidad está muerta. Ha sido sin duda una muerte necesaria”.

Mucho antes, por otros caminos, Leszek Kolakowski, uno de los críticos más recalcitrantes y agudos que ha conocido el marxismo, llegaba a afirmar: “algunas universidades alemanas ya parecen más bien escuelas del Partido”, mientras que en su hermoso ensayo Renovación de la Universidad, Karl Jasper apuntaba:

Esta renovación únicamente puede producirse de hecho por virtud del trabajo de los individuos, investigadores y estudiantes en la comunidad de su vida espiritual. Esta comunidad debe tener por guía la imperecedera idea de la Universidad, la idea de la enseñanza superior, la cual sirve al mismo tiempo a la investigación y a la enseñanza como una unidad, exige la libertad de enseñar y de aprender como condición para la independencia responsable de todos los docentes y estudiantes, rechaza la simple práctica pedagógica y la especialización exclusivista y, por el contrario, desarrolla la unidad de las ciencias en viva comunicación y espiritual pugna

¿Qué tendrían de común todas estas posiciones que, en lo político, más diversas no pueden ser? Pues el temor de que la Universidad, como institución, pierda de vista el sentido de su existencia, que no sería la formación partidista o gremial, sino la formación humanista.

Ese peligro antihumano se incrementa hoy, donde los antiguos debates sobre cuestiones esenciales vinculadas al mundo que habitamos, han sido sustituidos por intervenciones impregnadas del espíritu de Facebook o Twitter, es decir, intervenciones donde apenas importa el impacto momentáneo y punto, y donde lo emotivo desplaza a la argumentación, y la reiteración tóxica de consignas al debate riguroso.

Aquella observación martiana de que “la universidad europea ha de ceder a la universidad americana” sigue conservando intacta su vigencia. No es calcando el pensamiento foráneo que se podrá construir una nación verdaderamente inclusiva, por lo que es preciso que estudiantes y profesores universitarios estén cada vez más atentos a nuestra realidad más profunda (no la que se vende en los medios, sino la del día a día), y a partir de allí establecer el debate general.

En las universidades tenemos el deber de fomentar el pensamiento crítico, pero este sólo existirá cuando se asume la diversidad intelectual como algo natural.

Juan Antonio García Borrero  

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Publicado el septiembre 3, 2019 en Uncategorized y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

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