Las nuevas superficies del cine cubano

“Santa y Andrés” (2016), de Carlos Lechuga

Me ha encantado lo que acaba de revelar Carlos Lechuga en su conversatorio con Michel Hernández, a propósito de la que será su tercera película: “Vicenta B. es la historia de una mujer que está aprendiendo a conocerse”.

No, no abundan en nuestro cine personajes que se impongan el imperativo socrático del auto-reconocimiento. Por lo general encuentro personajes muy seguros de sí mismos, que en su relación con el medio dejan a un lado la oportunidad de compartir incertidumbres, para en todo caso imponer verdades propias, y responsabilizar siempre a “los otros” de su suerte.

Desde luego, esto es un reflejo de lo que sería el modo hegemónico de comportarnos en lo público, donde la construcción de un adversario carente de nombres propios o matices, funciona a la perfección en las batallas colectivas, esas donde es más fácil satanizar a un enemigo difuso que pormenorizar en el análisis del orden de las cosas que nos atañe.

Otro de los buenos momentos que tiene la entrevista es esa donde Lechuga habla sobre su censurado filme Santa y Andrés, y dice: “Creo que el paso del tiempo le dará al filme el lugar y la importancia que se merece. A lo mejor de aquí a diez años ya nadie se va a acordar de ella, o la propia obra dejará de emocionar. No sé. Lo que me llevó a filmar un guion como ese, fue que mi olfato de guionista me dijo que tenía una buena historia entre manos”.

Cuando en su momento escribí sobre el filme traté de resaltar lo que de algún modo me sigue pareciendo más estimulante: su capacidad para demostrarnos que el abrazo que se regalan Santa y Andrés al final (tan parecido a aquel en el que se funden Diego y David en Fresa y chocolate) siempre tendrá más fijador que el odio de quienes se empeñan en anular a su contrario. No sé si los censores habrán captado ya que esa no era una película sobre los represores de la historia, sino sobre dos personajes que al inicio no conciben ver nada común en sus respectivos horizontes, y terminan abrazados por razones cívicas: de algún modo, Santa también es otra mujer que estaba aprendiendo a conocerse.

Lo otro interesante de la entrevista es el punto de vista de Lechuga sobre el llamado “cine independiente cubano”. Dice:

Cuando se habla de cine independiente nos referimos a todas aquellas películas que, de una manera u otra, se realizan al margen de los circuitos de producción habituales. Al principio esta denominación se refería a las películas norteamericanas que rechazaban el modo de producción de Hollywood. Pero luego esto se amplió y ya se puede hablar de un cine independiente argentino, rumano, cubano…”.

Debo confesar que como investigador del cine cubano cada vez me siento menos estimulado a seguir apelando a ese tipo de cartografía interesada en establecer perímetros. Creo que es hora de comenzar a pensar el audiovisual realizados por cubanos de un modo diferente, teniendo en cuenta la perspectiva nacional, pero también el carácter transnacional que desde un principio tuvo esta práctica cultural: pensemos en ese francés de apellido Veyre que llegó desde México con la tecnología de los Lumiere en las maletas para filmar un simulacro de incendio a pedido de una española, mientras casi al mismo tiempo la gente de Edison preparaba la intervención bélica de Estados Unidos en Cuba construyendo combates de mentiras en habitaciones remotas…

Cuando uno comienza a pensar la Historia del cine cubano desde la perspectiva transnacional, lo del cine independiente se complica aún más, en tanto se multiplican de modo imprevisto sus superficies. Pondré un ejemplo de películas cubanas independientes que hasta ahora no han sido pensadas como parte de esa narrativa que en el fondo sigue reciclando, aunque desde lo negativo, el mapa icaicentrista: hablo de las películas realizadas por los cubanos exiliados que en los setenta formaron parte del Centro Cultural Cubano de Nueva York, e hicieron cintas como Guaguasí (1978), de Jorge Ulla, El super (1979), de León Ichaso y Orlando Jiménez Leal, Los gusanos (1980), de Camilo Vila, o Amigos (1985), de Iván Acosta.

No estoy hablando ahora de la posible calidad estética de esos filmes, o el marcado contenido anticomunista de las mismas, sino de las historias de vida que tendrían que rastrearse detrás de esas tramas que pudiéramos apreciar durante una hora y media en pantalla, y donde vamos a encontrar cubanos que finalmente hicieron sus películas con casi todo en su contra: la cultura del país que los acogió, el mercado indiferente a estos asuntos demasiado domésticos, el espíritu de una época que identificaba la calidad cinematográfica del cine cubano solo con lo que producía el ICAIC.

Ahora parece fácil (es solo un decir) armar una película al margen del Estado cubano, apelando a todas esas herramientas que van brindando los nuevos tiempos, y que incluye la multiplicación de festivales y espacios donde el cine independiente puede encontrar maneras de (re)producirse y proyectarse, pero trato de imaginar algo así en aquellos tiempos, y más allá de los resultados artísticos o el contenido ideológico, se me antoja un verdadero milagro que esas películas terminaran existiendo.

Por eso es que me gusta pensar en el cine independiente (sea el cubano o el noruego), más como una cuestión de actitud ante la vida que en términos políticos o económicos, aunque obviamente, también esos vectores tienen que ser tomados en cuenta. Por eso creo que puede existir mucha independencia en alguien que, dentro de la industria, se propone romper con los modelos clásicos de representación: serán los menos, pero por eso mismo les llaman independientes.

Escribo esto sabiendo que no es lo mismo hacer una película independiente que escribir, como ahora pretendo hacerlo yo en el blog, de forma independiente. El bloguero tiene la ventaja de escribir lo que entienda, porque para eso es un espacio personal; el cineasta puede rodearse de personas que, como él, quiera construirse un mundo propio, pero si aspira a que el público vea sus películas necesita los permisos de los Estados.

Ni las películas independientes ni lo que escriban un grupo de blogueros en Internet van a cambiar de por sí la realidad. Pero sirve para que los involucrados en estas acciones cambien en lo personal, y aprendan a concederle un mayor valor a la independencia.

A mí siempre me gusta recordar el deslumbramiento que provocó en mí este consejo de Nietzsche, con Zaratustra como vocero: “¡No debes dejar que te den un derecho que tú eres capaz de conquistar!”.

A partir de aquella lectura, decidí empezar a vivir de modo independiente con mi blog. Y espero seguir así, hasta que la muerte nos separe.

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el agosto 4, 2019 en Uncategorized y etiquetado en , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

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