En memoria de Roberto Fernández Retamar

Cuando me inicié en este giro de la crítica cinematográfica nunca pensé en cultivar el ensayo. Como cinéfilo incurable que era entonces, consumía casi todas las notas que salían en las publicaciones de entonces, y soñaba con igualar las excelencias literarias de Mario Rodríguez Alemán, Rolando Pérez Betancourt, o Luciano Castillo, por mencionar algunas de mis referencias insoslayables de entonces. Todavía conservo un buen número de esas críticas que ellos publicaban y yo recortaba de un modo compulsivo: el que se asome a esas primeras crónicas que firmé, verá que hay más de imitación de estos maestros que búsqueda de un camino personal.

Creo que todo cambió para mí el día que descubrí “Calibán”. Hoy no se entendería muy bien la razón de ese deslumbramiento, porque de los noventa hacia acá se ha conseguido consolidar una amplia ensayística cubana vinculada al cine, que ha logrado insertar a su objeto de estudio en círculos de debates que rebasan los límites cinéfilos a los que muchas veces la condenaba nuestra crítica más tradicional.

Pero en el momento que leo “Calibán” por primera vez no abundaban los ensayos que se encargaran de pensar el cine como problema donde interviene no solo el texto que se examina, sino también los contextos y tecnologías que les permiten surgir y desarrollarse, y los públicos diversos que lo consumen. De hecho, todavía los ensayos “Por un cine imperfecto”, de Julio García-Espinosa, y “Dialéctica del espectador”, de Tomás Gutiérrez Alea, siguen siendo las dos grandes reflexiones concebidas en esa etapa anterior a los noventa, y las dos, curiosamente, firmadas por cineastas, no por críticos.

Pero, ¿de qué manera un texto que no habla de películas, sino en todo caso de una época de extremas polarizaciones intelectuales, pudo cambiarme la idea que hasta el momento yo tenía de cómo debía escribir sobre cine?, ¿qué es lo que explica que a partir de la lectura de ese ensayo yo decidiera dejar a un lado el análisis puntual de los filmes de estreno, para entregarme al desafío que supone pensar los procesos asociados al cine cubano desde sus contradicciones, y no tanto desde su proclamada identidad?

Tal vez la razón fundamental está en que “Calibán” fue escrito por un poeta con la clara intención de incomodar. Y las incomodidades intelectuales, si se expresan con el auxilio de la poesía, suelen ser más perturbadoras en tanto el uso de las metáforas extiende el campo de batalla a límites insospechados.

En el caso de “Calibán”, si su lectura más explícita nos revela en primer plano las luchas ideológicas que entonces libraban los intelectuales vinculados a la Cuba de entonces (bueno, ¿sólo a la de entonces?), divididos como estaban de un modo bastante radical por los conceptos de “intelectual crítico” e “intelectual revolucionario”, en una indagación de corte más sintomática podríamos detectar la voluntad de subvertir el modo que hasta entonces se representaban las relaciones de poder en el mundo, sobre todo después del desmoronamiento del sistema colonial y la emergencia a la esfera pública de nuevas subjetividades colectivas.

No es que yo esté de acuerdo con todo lo que se expresa en ese ensayo, aunque, de hecho, el primero que de alguna manera se apresuró a releer críticamente “Calibán” fue el propio Fernández Retamar, que en varias ocasiones regresó al texto con el fin de esclarecer lo que en su momento fue escrito desde la más visceral circunstancia. Para poner un ejemplo de las contrariedades y paradojas que provocaba en mí el ensayo: me hice adicto a Borges, a quien el ensayista tanto maltrataba en “Calibán”, gracias a esa brillante compilación que Fernández Retamar hiciera para el Fondo Editorial Casa de las Américas en 1988.

Pero todo lo que he escrito con anterioridad se refiere a la deuda intelectual que hablaría de lo profesional, y de las impresiones que dejan en nosotros esos autores a los que Foucault singularizaba y describía como “iniciadores de prácticas discursivas”, cuando más allá de las lecturas formadoras tuve una experiencia un poco más íntima con un Roberto Fernández Retamar que me sorprendería del modo que menos esperaba.

Fue a propósito de las palabras de elogio que leyera en el cine Charles Chaplin, cuando se le entregara el Premio Nacional de Cine a Alfredo Guevara el 24 de marzo de 2003. Yo andaba por Río de Janeiro en aquella fecha, y alguien me escribió asombrado al correo electrónico para comentarme que Retamar acababa de iniciar su elogio hablando del crítico de provincia que a su juicio debía estar haciendo lo que le encargaron esa noche a él.

Me sorprendió porque jamás habíamos hablado personalmente, y los escritores de provincia (o sea, los escritores que nos empeñamos en seguir viviendo en provincia) tenemos cierta tendencia a creer que el número de nuestros lectores estará directamente vinculado a la cantidad de amigos que siguen viviendo junto a nosotros en la ciudad.

Como era de esperar, conseguí su dirección electrónica para agradecerle, y a partir de ese instante, intercambiamos varios mensajes. Yo los he perdido todos por el reciente desastre del disco duro de mi laptop, pero él los enviaba foliados, lo que me hace pensar que de algún modo forman parte de la correspondencia que él quería conservar.

Eran mensajes breves, donde lo mismo podía comentar algún post del blog, que la lectura de cualquier artículo. Recuerdo el que me envió, muy entusiasmado, a propósito del texto que publiqué en La Gaceta de Cuba sobre Germán Puig y Ricardo Vigón, y donde me sugería que leyese el obituario que él había redactado en 1960, cuando la muerte de Vigón lo sorprendió estando en París (algo parecido sucedió dos décadas más tarde con el fallecimiento de Titón).

Nuestro último encuentro personal fue en febrero del año 2017, cuando hicimos en Casa de las Américas la presentación de El primer Titón, acompañados de la actriz Mirtha Ibarra, y Luciano Castillo, actual director de la Cinemateca de Cuba.

Ya su salud estaba quebrantada, y a pesar de eso, siguió apoyando con su presencia a este crítico de provincia que, no obstante esa muerte que acaba de llegar, lo sigue admirando como el gran maestro que siempre fue.

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el julio 21, 2019 en Uncategorized y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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