Los intelectuales, los artistas, la notoriedad, y la fama

Ahora que está a punto de comenzar el Noveno Congreso de la UNEAC, no estaría mal plantearnos otra vez la pregunta que examina el papel del intelectual en el mundo moderno.

Pareciera una pregunta digna de Perogrullo, una obviedad que no merece la más mínima atención, y, sin embargo, tal vez esta sea la pregunta fundamental si queremos que cónclaves de ese tipo trasciendan el espacio y el tiempo en que tienen lugar.

No he participado en todas las Asambleas previas celebradas a lo largo del país; apenas en la de Camagüey, y no sería justo generalizar las conclusiones a partir de una experiencia particular.

Pero como apunté en su momento, de lo que vi y escuché allí deduzco que nuestros debates intelectuales vinculados a la cosa pública no están en su mejor momento, precisamente porque se olvida que los intereses de un artista en particular, o de un grupo de artistas, no necesariamente tienen que coincidir con los que se esperan de los intelectuales que le hablan a la nación.

El intelectual, es bueno recordarlo con Lucien Herr sin que nos importe el peligro de la obviedad, es aquel “que sabe cómo poner la ley y el ideal de justicia por encima de sus intereses personales, instintos naturales y egoísmo de grupo”.

Parece sencillo, pero no lo es, porque todo el mundo tiene una idea muy particular de lo que debiera ser la justicia, partiendo desde lo que su subjetividad le dicta; de allí la importancia de esos debates que piensan a la nación como algo complejo y en constante construcción, y cuya calidad solo puede estar garantizada por el desprejuicio y la mirada de conjunto.

Para colmo de males, esta época que nos ha tocado vivir ha conseguido derrumbar buena parte del sistema de valores defendidos por las Políticas Públicas del Estado. La democratización del placer que ha acompañado a la emergencia de ese conjunto de tecnologías cada vez más personalizadas que a diario usamos, ha llevado al marco de lo absolutamente privado las elecciones culturales, campo donde los intelectuales (a diferencia de épocas pasadas donde el Poder les agradecía sus efectivas intervenciones), tienen poco que hacer.

Y como bien señala Bauman:

La fama ha sido reemplazada por la notoriedad: no una considerada recompensa por un logro, una compensación de la deuda pública por el servicio individual a una causa pública, sino solamente el productor del “abrirse paso a la fuerza”, con cualquier medio disponible, en la opinión pública, blandiendo como motivos de crédito el entretenimiento o el valor de shock del mensaje y/o de la entrega del mensaje. Si bien los intelectuales se contaban a sí mismos entre la minoría escogida que podía reclamar derechos especiales a la fama, no tienen ningún derecho privilegiado a la notoriedad.

(…)

Cuando la notoriedad más bien que la fama es la medida de la importancia pública, los intelectuales se ven en competición con los deportistas, las estrellas pop, los ganadores de loterías, así como los terroristas y los asesinos en serie”.

En lo personal, más que un Congreso de escritores y artistas, a mí me interesaría oír hablar de un encuentro de intelectuales, donde los debates no pierdan de vista jamás los problemas esenciales de la época, que van más allá de los gustos personales que podamos tener.

Y, sobre todo, esperaría un encuentro a partir del cual se puedan construir más tarde agendas prácticas útiles para que el intelectual, más que legislador, sea capaz de asumir con eficacia y sin soberbia, su papel de intérprete de las nuevas prácticas culturales.

Juan Antonio García Borrero

Publicado el junio 18, 2019 en Uncategorized y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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