Ecos de la Muestra Joven

Mira que ha crecido la Muestra de Cine Joven auspiciada por el ICAIC. Lo dice alguien que la vio nacer. Que le puso sus primeros pañales. Y que jamás imaginó que llegaría a ser lo que es ahora.

Esta que acaba de finalizar fue la decimoctava edición: una edad peligrosa para cualquier evento. En lo biológico 18 años es nada, pues se está en la flor de la vida, y a esa edad la gente, por lo general, se quiere comer el mundo (aunque, como dijo alguien, hay personas que mueren a los 18, y lo entierran a los 80).

Pero una cosa son los individuos, y otra los eventos, porque en estos espacios tienden a institucionalizarse las rutinas productivas. De los eventos se espera una estabilidad que garantice el sosiego administrativo: la experimentación y el riesgo está bien para los individuos, pero no para esos cónclaves que todavía responden a la lógica de la cultura del mecenazgo, y donde se prefiere jugar al seguro para no inquietar demasiado al mecenas (en este caso al Estado).

Sin embargo, la Muestra ha tenido a su favor que, a lo largo de estos 18 años, la dirección ha estado en manos de muchas personas. Esto, definitivamente, la ha enriquecido, pues no ha dado tiempo a que los inevitables sesgos que todo líder le imprime al espacio se convierta en fórmula inamovible. Y, lo más importante, en los últimos tiempos, al estar dirigida por jóvenes, la Muestra se parece cada vez más a la irreverencia de ese cine herético que busca promover.

Y una irreverencia que adquiere, en términos cinematográficos, dimensiones de argumentos. Fin (2018), de Yimit Ramírez, por ejemplo, es una maravilla de corto, al igual que el documental Brouwer. El origen de la sombra (2019), de Katherine T. Gavilán y Lisandra López Fabé. En ambos casos, sus realizadores han priorizado la construcción de entornos audiovisuales que se disfrutan desde lo estético, y que ganan autonomía artística más allá de las lecturas circunstanciales que se puedan hacer.

Sabemos, desde luego, que todos estos materiales están hablando de la Cuba de ahora mismo, y a veces, de un modo hipercrítico. Pero eso es lo que más aprecio: que hay una voluntad de estilo que permite revelarnos esta realidad que padecemos desde el diagnóstico profundo, no desde el panfleto militante y circunstancial.

Y luego está el ambiente que acompaña a las películas proyectadas. Porque al final no basta con que las películas sean exhibidas durante una semana y punto. Es preciso generar alrededor de ellas todo un cuerpo de ideas que acompañe ese proceso renovador. Y para renovarse, crecer, el cine (y en sentido general, la cultura) necesita del debate sistemático y desprejuiciado.

Esto último es fundamental: el desprejuicio. Me encantó, para poner otro ejemplo, ver la obra de dos figuras tan distanciadas en lo político como Santiago Álvarez y Guillermo Cabrera Infante, examinada con serenidad académica en un mismo espacio.

En un país como el nuestro, donde el furor disyuntivo suele aislar a los objetos que examina, simplificando los análisis en base a la reducción de las cosas a un solo aspecto, esto es una tremenda victoria.

Juan Antonio García Borrero

Publicado el abril 11, 2019 en REFLEXIONES y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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