Archivos diarios: marzo 24, 2019

El ICAIC y el cine cubano

Hubo un tiempo en que era imposible pensar el cine cubano más allá del ICAIC. Como institución cinematográfica parecía totalizarlo todo: producción, distribución, exhibición, formación de nuevos públicos.

Su nacimiento el 24 de marzo de 1959 adquirió de inmediato un carácter marcadamente simbólico: fue la primera institución cultural creada por la Revolución encabezada por Fidel.

Pero los cineastas de entonces estaban lejos de creer que el cine que hicieran debía convertirse en mera propaganda del nuevo gobierno. Conducidos por Alfredo Guevara, y protegidos por una Ley donde en su Primer “Por Cuanto” todavía se avisa que el cine es un arte, se propusieron acompañar el proceso político con un conjunto de películas que respondían más a las búsquedas y experimentaciones del cine moderno, que al confort que reporta el uso de estructuras clásicas.

En uno de sus libros Foucault anota: “Lo que se encuentra al comienzo histórico de las cosas no es la identidad aún preservada de su origen, es la discordia con las otras cosas, es el disparate”. Cuando pienso en el ICAIC de esos primeros días, viene a mi mente esa observación, y esta foto que alguna vez me hiciera llegar Fausto Canel, donde, entre otros, aparecen Alfredo Guevara (extremo izquierdo), Tomás Gutiérrez Alea (al centro), el propio Canel muy joven, y Guillermo Cabrera Infante, cortado por la mitad, y todavía ocupando su fugaz puesto de vicepresidente de la institución.

Una foto como esa resulta difícil de asumirla de un modo natural sesenta años después, toda vez que no responde a esa imagen del ICAIC que ahora mismo tenemos, que es la imagen de una institución estatal que, contra viento y marea, ha conseguido mantener como un sistema eso que mencionábamos al principio: producción, distribución, exhibición, formación de nuevos públicos.

Pero es evidente que en todos estas seis largas décadas la riqueza del legado que perdura se ha nutrido de la contradicción permanente, más que de una armonía artificial que solo existe en la mente de quien evoca y festeja las efemérides; como diría Giacomo Marramao, otro filósofo, “tenemos que aprender a pensar la continuidad como algo diferente de la identidad”.

El ICAIC que cumple hoy sesenta años de fundado tiene a sus espaldas un desafío mayor, pues si bien sigue siendo un punto de referencia insoslayable en la cartografía dominante del audiovisual cubano, ya no goza del monopolio de la acción creativa. Por suerte, la propia institución no vive ajena a esa realidad, como puede testimoniar el auspicio de esa Muestra de Jóvenes realizadores que creara en los inicios de este nuevo siglo.

De modo que, tarde o temprano, se irá naturalizando (no con la rapidez que uno quisiera) una mirada que deja atrás la lógica excluyente de la identidad única, para reparar en lo múltiple, en lo inclusivo. No sucederá de inmediato, porque aún buena parte de la defensa del ICAIC se sostiene sobre el argumento solapado o paternalista de la carencia o inferioridad de lo otro.

Creo que el ICAIC no necesita ese tipo de protección: el ICAIC seguirá creciendo en la misma medida en que ayude a iluminar un entorno donde proliferan las producciones más allá de sus predios, se segmentan los públicos, se afianzan nuevas prácticas de consumo. En lo personal, no me imagino un futuro cubano donde no exista un ICAIC: quiero decir, un ente rector que (más allá del nombre), ayude a establecer Políticas Públicas en función del bien común y el cine cubano en general.

Juan Antonio García Borrero

Anuncios