Elogio de la razón transversal

Una de las metas que me propuse para este año que recién acaba de empezar, fue aprender a usar Twitter. No para ingresar en esa moda ingenua que te hace creer que, de verdad, puedes estar cerca de todos esos famosos y políticos que a diario tuitean lo primero que les llega a la cabeza: a mí Twitter, en tanto ciudadano, me interesa como herramienta de comunicación que bien pudiera ayudarnos a ser uno mismo, en medio de esa tendencia colectiva donde lo que más parece importar es ser como los demás esperan que uno sea.

Así que desde el 1 de enero me hice la cuenta, dejándome llevar de modo intuitivo por lo que en cada caso explican. Abrirse una cuenta en Twitter es fácil, pero generar contenidos que trasciendan, que resulten útiles más allá del ruido ambiente del cual forman parte, es otra cosa.

Todavía no me entero bien de qué es lo hay detrás de Twitter. Es decir, ya sé hacer lo que hace todo el mundo: tuitear, colgar fotos, comentar, etc. Pero la Historia nos ha demostrado que detrás de estos fenómenos hay caminos ocultos que son los que unos pocos aventureros (tildados de locos en su época) escogen, para llegar a un mañana donde el uso que al principio tenía la tecnología ha sido sustituido por otro que nadie imaginaba en un inicio.

Eso me hace pensar que la posible utilidad de Twitter no la vamos a encontrar en aquellas cuentas que más seguidores tienen. Al contrario. Habrá que rastrear con lupa en los perfiles de los que ahora mismo hacen suya la razón transversal (término acuñado por Wolfgang Welsch), y naturalizan el desplazamiento oblicuo a través de todo ese maremágnum de medios y redes que nos rodean.

Por supuesto que puede resultar intimidante tener delante de sí tantos caminos abiertos que se bifurcan. Saco la cuenta por lo que a diario experimento, cuando comenzando el día, abro ansioso el correo electrónico, consulto Facebook, actualizo el blog, chateo con mis conocidos por Sijú, reviso el Nauta, respondo el Gmail al mismo tiempo que la llamada entrante al celular, y ahora, por último, me pongo al día en Twitter.

A simple vista, se ve que ya no soy aquel individuo que, treinta años atrás, planificaba de modo escalonado las acciones del día. Ahora todo parece que ocurre al mismo tiempo, y demasiado rápido para esas maneras de procesar la información de las que hacíamos gala hace tres décadas.

Y vuelvo a acordarme de Mohamed Alí cuando alertaba de que el hombre que a los 50 años mira la vida igual que cuando tenía 20, ha desperdiciado tres décadas de su existencia.

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el enero 27, 2019 en REFLEXIONES. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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