Ernesto Daranas sobre el Decreto 349

El 349, hormigas y elefantes.

Querido Juan Antonio, me incorporo tarde a este intercambio, pero hasta hoy no había tenido tiempo. Suscribo tu análisis y buena parte de lo que en tu blog se ha venido compartiendo. Junto a otros criterios, como el de Guanche en La libertad de creación, la nueva Constitución y el 349, se ha ido conformando un atendible cuerpo de ideas con un valor extensivo a las regulaciones de la Gaceta 35 (que contiene al decreto 349). La polémica desatada por este documento evidenció la distancia del legislador con respecto al verdadero papel de la cultura y al decisivo rol del sector privado nacional como parte de las respuestas a los problemas de toda índole que enfrentamos.

Si nuestro sistema legal es una gran sábana de retazos se debe, en no poca medida, a que su afán regulatorio ha prevalecido sobre la necesidad de generar un ordenamiento cívico, político y económico real, propiciador de desarrollo. En ese sentido, como dice Fernando Rojas en uno de sus comentarios, es cierto que están a punto de implementarse una parte de los reclamos que los cineastas hemos hecho durante ya más de una década; pero la Ley de Cine, nuestro objetivo mayor, justo por su capacidad de generar un sistema y una estrategia cultural integral para el cine cubano y la cultura cubana en su conjunto, sigue esperando. Esta comprensión de la importancia de articular sistemas -más que normas puntuales- que generen cultura, reglas de convivencia, derechos, oportunidades, prosperidad, inclusión y diversidad, continúa siendo la asignatura pendiente que explica buena parte de las limitaciones de partida de la Gaceta 35.

Los cambios de los últimos años no solo no han traído las mejoras que esperamos, sino que cuesta entender qué persiguen, hacia dónde nos conducen y de qué modo abrirán las puertas a ese socialismo próspero y sostenible. Tras 60 años de Revolución la nueva Constitución no logra despejar estas dudas y los lineamientos que nos guían parecen abstracciones de nuestros problemas concretos. La política no puede ser tan enrevesada para la gente. Algo está mal si se necesitan seminarios, ministros y rectificaciones para explicar lo que se ha querido decir en un texto legal ya publicado en la Gaceta. En ese sentido, lo que preocupa del 349 no es solo lo que pretende controlar, sino los vacíos que se aprecian en zonas que sí deben ser competencia de nuestra cultura.

Las puertas que abre a las arbitrariedades, la corrupción y la censura no son los únicos caballos de Troya del 349. Tomemos de ejemplo a la propia contaminación sonora que le interesa. Antiguamente, uno podía encontrar música en vivo en lugares muy específicos de La Habana como Los Aires Libres (directamente frente al Capitolio Nacional), en los jardines de La Polar y la Tropical, o en los centros Gallego y Asturiano, entre otros. Pero si uno pasaba frente al Cabaret Nacional, el Palermo, Las Vegas o los night clubs del Vedado, no se enteraba de que adentro se estaba cayendo el mundo. La insonorización era una exigencia para muchos negocios de este tipo y esa misma regulación potenciaba, de manera indirecta, ciertas expresiones de nuestra música popular que, en forma de tríos y otros formatos acústicos tradicionales, libres de amplificadores, amenizaban algunos lugares emblemáticos como El Patio, La Bodeguita y El Floridita, entre otros.

Cierto que siempre hemos sido un país bullicioso. A cláxones, radios y pregones, se sumaban más de 10 mil victrolas –en La Habana solamente, había más de 1000 bares-  cuyo volumen excesivo era un motivo frecuente de multas. Pero si hoy se entra a La Habana Vieja, por citar solo un caso, además del aporte de bicitaxis y bocinas portátiles, se encontrarán decenas de locales, estatales y privados, con la música haciendo la existencia un yogurt a vecinos y clientes, sin intervención de las autoridades. Muchos de estos establecimientos tienen grupos y orquestas tocando en vivo, con amplificación incluida, sin importar la distancia a la que se encuentran unos de otros. A eso se suma ahora la proliferación de mesas en la calle en zonas densamente pobladas en las que el disfrute de los clientes, y la propia música, afectan el descanso de los vecinos. Algunos de ellos han comenzado a unir sus voces frente a la impunidad con la que actúan esos establecimientos estatales y privados.

Está muy bien que el Estado haya asumido su deber de posicionarse frente a eso, pero más que tipificar intrusismos profesionales que dejarían fuera de juego al mismísimo Benny, o contravenciones que son materia de la policía más que de otro ejército de inspectores, debe preocuparle generar reglas que propicien una cultura no solo de la convivencia, sino del propio desarrollo urbanístico y arquitectónico. En esa dirección sí le correspondería definir, por ejemplo, las exigencias constructivas e ingenieras de los nuevos negocios (estatales o privados) de acuerdo a sus fines, con la premisa de que sea respetado y potenciado el valor patrimonial del entorno en que se ubican, así como la debida convivencia con éste. Esta sí es una parte esencial del rol de la cultura en el diseño nacional.

El Payret es otro exponente de la incoherencia estratégica que desemboca en errores de enfoque como el del 349. Nuestra infraestructura cinematográfica ha colapsado y la Ley por la que los cineastas abogamos, al ser justamente un sistema de cultura y no otra medida aislada, tiene en cuenta este y otros aspectos. Cuesta entender que se haya valorado siquiera convertir en hotel esta instalación patrimonial. ¿Son los hoteles de lujo el mayor atractivo para nuestros turistas o el valor de una ciudad a la que le urge modernizarse, a la par que se preserva su patrimonio y su ecléctica armonía? ¿Cómo dialogan urbanística y arquitectónicamente esas nuevas construcciones con la fragmentada línea de fachadas del eje que Prado traza desde Monte a Malecón? ¿Quién aborda las posibles contravenciones en algo tan importante? ¿Son más hoteles lo que necesita este céntrico eje o una intervención cultural y urbanística que sume valor a su escala peatonal y de servicios, con lugares asequibles para la mayoría de nosotros? ¿No corresponde entonces recuperar el Payret para sumarlo a ese entorno cultural al que ya dan forma instalaciones restauradas como el Teatro Martí y los Centros Gallego y Asturiano? ¿Cuántos cines en activo quedan hoy en La Habana, cuántos con la capacidad del Payret, cuántos tan bien ubicados para varios populosos municipios aledaños que apenas cuentan con una sala que valga la pena? ¿Cuántas salas deportivas como la Kit Chocolate hay en esa área; procede eliminarla o reacondicionarla para los fines más diversos? ¿Qué piensan los vecinos y los habaneros en general sobre estos cambios? ¿Acaso no queremos un Capitolio y una Asamblea en diálogo directo con nuestra vida real, con la diversidad y los contrastes que siempre han caracterizado a esta zona? Cuando esa Asamblea habla de hacer viviendas “de calidad”, ¿no está hablando, también, de recuperar para sus vecinos los hermosos edificios en peligro de esta área y otros de los que solo queda la fachada?

La Asamblea también ha debatido sobre el derecho de admisión a algunos lugares. Habría sido oportuno debatir, de paso, sobre ciertas formas de exclusión silenciosas, pero no menos obvias. El conjunto restaurado de la Manzana de Gómez es un ejemplo. En los pisos superiores se ha instalado un lujoso hotel que se asoma al Parque Central y a los contrastes de La Habana Vieja. Por su parte, la escala peatonal, con su clásico anillo de tiendas y bulevares interiores, ha sido ocupada por establecimientos con precios inaccesibles para los miles de cubanos que diariamente transitamos por esta histórica zona comercial. La cultura se hace en todas partes y la concepción urbanística y social es parte esencial de la propia política que se hace. Si un hotel como este se levanta en un lugar tan céntrico de nuestra capital, ¿no le corresponde integrarse a su tradición y a la vida diaria de la gente? ¿No es eso mucho más interesante para el propio turista? ¿No sería este eje un magnífico espacio para alternar nuevos y variados establecimientos estatales y privados mucho más accesibles a nuestros bolsillos y en sintonía con nuestras necesidades e intereses? ¿De qué manera la economía, la política y la cultura se articulan sobre el núcleo mismo de las decisiones que están transformando al país de un modo que resulte comprensible y claramente beneficioso para todos?

Con sus virtudes y carencias, hay un modelo a seguir en la obra de restauración de La Habana Vieja y de otros centros patrimoniales del país. La cultura crea valores y devuelve con creces lo que en ella se invierte, pero si persigue a las hormigas dejará ir a los elefantes. Es en esa estrechez de miras donde zozobra el 349, haciendo aguas entre esas mismas razones que tu blog ha ido exponiendo. Muchas voces debieron ser escuchadas antes de emitir la Gaceta 35. Esa ha sido la premisa de partida de los cineastas cubanos a la hora de discutir los temas que nos conciernen. A pesar de los malentendidos iniciales y de los que persisten, la consulta fue el camino seguido para llegar a las medidas que finalmente se comienzan a anunciar para nuestro cine. Entre no pocas diferencias, los cineastas, el ICAIC, el Ministerio de Cultura y la Comisión Nacional de Implementación de los Lineamientos logramos establecer un diálogo complejo y habilitar un proceso que, aunque aún inconcluso y excesivamente dilatado, demuestra la utilidad del intercambio entre los implicados. Esa no solo es la manera correcta de hacer las cosas, sino la que ofrece mejores resultados.

Ernesto Daranas

 

 

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Publicado el enero 13, 2019 en Decreto 349, POLÉMICAS y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

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