Carta de un padre ante el 349

Estimado Juani:

Como padre de un niño de 7 años, y ante la exhibición indiscriminada y gimnástica de senos, culos y remeneos penetratorios que emiten las pantallas planas de las cafeterías (como en La Caribeña, en Obispo) ante los ojos de los niños y niñas, o el perreo de éstas en las actividades escolares, no es una coartada válida agitar el fantasma de la libertad del arte. No en este caso, cuando los contenidos audiovisuales son proyectados en el espacio público, no en el entorno de una galería de arte, un cine de ensayo o la intimidad de tu casa. (https://es.wikipedia.org/wiki/Desnuda )

Cuando esto sucede, entran a “jugar” las más sencillas reglas de convivencia social, vigentes en todo el mundo, y que también regulan el trato hacia las diferentes religiones (como nuestra Constitución, que define laico al estado, y enarbola el respeto a todas las creencias), o la dignidad de todas las personas, sean gordas o flacas, calvas o de “sexo diverso” (¡o todo a la misma vez!)

Nuestra vocación liberal no puede llegar a extralimitar o confundir el uso “del arte” en los espacios sociales ante lo que es ya un atentado masivo contra la niñez. Y que está provocando- unido a factores escolares y familiares- la hiperesexualización de los niños, y la consiguiente deformación de los fundamentos ético-sexuales de sus personalidades.

¿Es que – en base a las veleidades de la dichosa “libertad” permitiremos también que en horarios de afluencia libre de públicos diversos estas pantallas emitan la pornografía que –legítimamente tengamos reservada para las alcobas de las diversas familias o parejas cubanas?

Lo que es íntimo, es íntimo. Lo que es público, así será. Y está regulado por ley.

No por la ley del ICAIC -firmada en marzo del 59- sino por el Código Penal, que considera punible la exhibición pública de órganos sexuales, o la comisión de actos sexuales en público, junto a otros como la pederastia o la incitación a la violencia. Como ejemplifica el código británico, SEXUAL OFFENSES ACT (https://www.legislation.gov.uk/ukpga/2003/42/contents ) y nuestro propio código penal.

El Estado tiene la potestad y la obligación de proteger el sano desarrollo de la infancia y la juventud, como indica el Código de la Niñez y la Juventud aún vigente. Del mismo modo que debe protegernos de las prácticas monopólicas de los “tarimeros” del agromercado, del robo en las tiendas TRD, o la escasez crónica de medio siglo, o la garantía de una salud universal, gratuita y de calidad.

Sin embargo, el problema (uno de ellos) del 349 es la desmesura carpenteriana de su concepción, que convierte en complejo lo que es simple.

El decreto arrastra hasta los terrenos sagrados del “Olimpo del Arte” y transmuta en debate estético (y aristocracia del gusto) lo que a todas luces pertenece al Código Penal, introduce “variantes morales” de apreciación en la defensa del ciudadano ante “ataques sónicos” (sean producidos por danzones, reguetones, o actos políticos) y crea una figura laboral: “el inspector cultural”, inédito en la Política Cultural establecida desde 1961 con “Las Palabras a los Intelectuales”.

El 349 pretende “democratizar” a los decisores de la regla, que no debieran ser los artistas sino los agentes de la PNR o los inspectores de Comercio Interior, que deben garantizar las condiciones higiénico-sanitarias de bares, restaurantes y cafeterías, la inocuidad de los alimentos, el nivel de sonoridad y la no presencia de niños y adolescentes en bares o zonas de expendio alcohólico.

Estas regulaciones para lugares de entretenimiento se aplicaban ya en la Cuba pre-revolucionaria, y se aplican duramente en países “liberales” como EEUU, España.

Las acometidas del 349 contra el “intrusismo” no son nuevas.

¿Pero que nos hace pensar que – tras años de ser planteadas y discutidas en los congresos de la UNEAC, ahora serán respetadas por los verdaderos “reyes de la noche”: los gerentes de lugares nocturnos estatales y hoteles que ven incrementados sus planes económicos (y peculio privado) en base a la gestión de géneros populares como el regueton, gustado por el 80% de los cubanos?

En mi barrio (Barrio Obrero) no tenemos Casa de Cultura, ni del Adolescente ni de los ancianos.

Supuestamente somos, como dice Bárbara Doval en Agenda Abierta, un “municipio distante”… solo que a 10 minutos del Capitolio.

La invasión sonora la protagonizan jóvenes que traen al parque los equipos móviles, y cuyo sonido “ocupa” literalmente tanto el parque como los edificios circundantes, en noches de sábado y domingos.

¿Acudirán a esa hora los flamantes inspectores culturales, cuando ni siquiera la PNR acude con prontitud, a no ser que digas hay drogas o asesinatos en el lugar?

Cada vez que el Estado invierte recursos y esfuerzos en una medida que es escasamente práctica, debilita su autoridad.

El ecosistema digital que habitamos requiere de otras aproximaciones al fenómeno estético, como tú has señalado.

Mientras tanto, que se aplique la ley.

No el decreto 349.

Saludos,

Abelardo Mena

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Publicado el enero 8, 2019 en Decreto 349, POLÉMICAS y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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