De García Borrero a Fernando Rojas, sobre el Decreto 349

Estimado Fernando:

Ante todo me gustaría aclarar por qué en esta reflexión que ahora comparto públicamente eludo el uso del pronombre “Usted”, que para algunos denotaría el máximo respeto a la responsabilidad y jerarquía de tu cargo.

Sé que más allá del informal tuteo de todos modos advertirás el respeto hacia tu persona; solo que con este escrito no aspiro a dialogar con el Viceministro de Cultura que a veces uno ve en la televisión inalcanzable, lejano, sino con el polemista que en El Caimán Barbudo de los noventa, por ejemplo, me hizo pensar y repensar con sus textos varias zonas de nuestro acontecer cultural.

Porque extraño aquella época de fértiles desencuentros intelectuales, desencuentros que hicieron creer a nuestra generación que a partir de entonces íbamos a vivir un esplendor similar al de las polémicas que se protagonizaron en los sesenta, es que ahora ensayo estas breves líneas.

Y también porque creo que el esfuerzo que has hecho al desplazarte a lo largo del país para explicar a los artistas y creadores de qué va el Decreto 349 merece mucho más que eso que por lo general ha sucedido: reuniones donde el Viceministro expone, los artistas escuchan y algunos dicen lo que tengan que decir, y otra vez a la rutina, como si nada hubiese sucedido.

A estas alturas a mí me parece evidente que lo que está dividiendo a las personas no es tanto el Decreto 349, como la Política Cultural a la que se debe ese decreto; es decir, una política cultural, a mi juicio, desactualizada, porque ni las circunstancias políticas son las mismas de hace sesenta años y mucho menos es similar este entorno cultural donde cada vez pesa más el uso de estas tecnologías que permiten interactuar a los individuos al margen del sistema institucional.

Precisamente cuando una y otra vez nos dices que “el decreto no establece nada nuevo sobre las regulaciones existentes para la circulación del arte” tal vez se va poniendo de manifiesto la principal carencia del texto, que es nacer ajeno a una realidad que a diario se transforma, una realidad que justo hoy nos desconcierta a todos porque, más allá de nuestra buena voluntad, ha dinamitado de modo brutal todas las anteriores reglas de circulación del arte, en tanto se han creado nuevas modalidades de producción, distribución y consumo, y se han difuminado las antiguas fronteras entre lo privado y lo público, entre el productor y el consumidor.

Por tanto, una legislación que no repare en algo que ya las ciencias sociales han diagnosticado de modo exhaustivo (pueden consultarse varias de las investigaciones sobre consumo realizadas en el Centro Juan Marinello, por ejemplo) sencillamente estará más interesada en apretar el botón de pánico ante todo aquello que no se ajusta a lo conocido (el pánico moral del que hablaba en mi anterior post), que en la comprensión de un fenómeno complejo que seguramente, como todo, tiene fortalezas y debilidades, amenazas y oportunidades.

Tal vez ese sea el pecado original del Decreto 349: nacer viejo; es decir, nacer ignorando todo lo que se ha estado debatiendo desde el pasado Congreso de la UNEAC hasta la actualidad, en los más diversos foros. Y cuando digo viejo me refiero a que en esos enunciados llenos de buenas intenciones se adivina un enfoque que todavía piensa la cultura como si viviéramos en el siglo pasado, o como si la cultura, en efecto, fuera algo que ya está hecho y necesitamos preservar de los embates de los bárbaros. Pero, otra vez aparece la metáfora de Titón en Los sobrevivientes y su inquietante moraleja: ¿encerrarnos en esa hermosa mansión donde en teoría domina el consenso no será una sutil invitación a la autofagia grupal?

Como seguro sabes, quien suscribe esto lo está apostando casi todo a un Proyecto institucional (Proyecto El Callejón de los Milagros) que, en el fondo, respondería al espíritu del Decreto 349, pues desde hace cuatro años intentamos implementar lo que el ICAIC en su momento propuso como el Programa de Fomento de la Cultura Audiovisual, donde precisamente se defiende lo que serían las jerarquías en el campo cinematográfico.

Acá, aparentemente lo tenemos todo para impulsar algo así: una infraestructura única en el país (el Paseo Temático del Cine), buenas películas, eventos, personas con suficiente Know How. ¿Por qué, sin embargo, en estos cuatro años no hemos conseguido impactar como quisiéramos en el público al que nos gustaría llegar? Pues porque en términos de Políticas Públicas todavía no acabamos de entender que hoy la lógica de producción, distribución y consumo audiovisual obedece a pulsiones ajenas a las del espectador que asistía a las salas cinematográficas a finales del siglo pasado, y que, por ende, es necesario pensar y ejecutar las estrategias transversalmente, más allá de los insularidades heredadas del pasado (yo le llamo las tres islas: Educación, Cultura, y Nuevas Tecnologías).

Con esto intento llamar la atención sobre algo que el Decreto 349 parece pasar por alto: hoy la circulación del arte en el espacio público, así como las ofertas culturales que pueden encontrarse en el mismo, gozan de una autonomía inédita en la historia de nuestras sociedades. Luego, la regulación estatal de esos procesos (regulación, no prohibición a secas) debe ejecutarse con herramientas que estén a la altura de esas novedades, y es allí donde una vez más se pone de manifiesto la necesidad de actualizar una Política Cultural que mire no solo desde lo inter-activo, sino también desde lo inter-creativo.

En el sistema capitalista es el mercado el que va marcando las pautas establecidas en el espacio público. En un sistema socialista se supone que el Estado, como representante de sus ciudadanos, es el que garantiza la construcción de escenarios donde el consumo de la cultura es animado a partir de determinados enfoques humanistas, con la pretensión de garantizarle a la comunidad el acceso total a lo más valioso de esa producción.

Sin embargo, no hay que engañarse: en la práctica el mercado sigue sacando una ventaja enorme a la hora de poner en práctica modelos de circulación atractivos, mientras que entre nosotros el Estado más bien se caracteriza por ir a la defensiva o implementar medidas que restringen la participación y consumo en nombre del Buen Gusto, pero sin proponer alternativas prácticas que consigan saciar la sed de los nuevos consumidores.

¿Te acuerdas de las medidas tomadas hace unos años a propósito de las exhibiciones privadas del 3D y los videos juegos? Un grupo de intelectuales aportaron argumentos valiosísimos, además de que obtuvieron visibilidad las opiniones de las personas afectadas, muchas de ellas con grandes inversiones. Pues bien, se prohibió y punto, pero las salas cinematográficas siguieron perdiendo espectadores porque, paralelo a ello, faltaron las estrategias para garantizar la satisfacción de esa necesidad cultural del público.

Volvamos al mismo Paseo Temático del Cine de Camagüey: ¿por qué permanece a la vista de todos como un espacio público subutilizado en lo que se refiere a la animación sociocultural?, ¿cuándo se ha explorado la posibilidad de convertir ese espacio en algo que irradie cultura cinematográfica de cara a la comunidad que todos los días transita por allí?, ¿por qué los recursos que el Estado ha tenido y ha distribuido en varios sitios muchas veces como respuestas a coyunturas políticas, no se han utilizado en función de fortalecer un proyecto cultural comunitario que sirva para intervenir creativamente en lo urbano? Esto nos pudiera sugerir de que el problema no es está tanto en la cultura que se consume de modo informal en el espacio público, como en nuestra incapacidad institucional para generar acciones culturales atractivas, algo que ningún Decreto podrá resolver por sí solo.

Y luego está eso que no se me quita de la cabeza, por más que digas que el texto no se involucra en la creación: ¿quién decidirá lo que tiene calidad o no? Seguro recuerdas la famosa polémica de Blas Roca con Alfredo Guevara. Precisamente giraba en torno a la circulación del arte en la esfera pública, en este caso, de películas que el recio comunista calificaba de decadentes e inconvenientes para el pueblo. Por suerte en aquella ocasión tuvimos a Alfredo Guevara, defendiendo el derecho de los ciudadanos a acceder al arte en toda su complejidad.

Pero esas tensiones jamás se resolvieron del todo. Y vino luego el Quinquenio Gris, con sus tristes parametraciones. Y llegaron los noventa y esa gran lista de películas cubanas que aún esperan pasar por primera vez por la televisión. Y ahora estamos aquí, sin tener en la mano argumentos sólidos que nos permitan elaborar una Política Cultural moderna, inclusiva, flexible, abierta a ese presente líquido que todos los días ofrece tantas novedades, que el espectador común corre el riesgo de quedarse apenas con la superficie, con la espuma.

Ojalá que el debate sobre el Decreto (porque el Decreto 349 por sí solo no lo resolverá, insisto) ayude a pensar críticamente en estas nuevas circunstancias, y nos propongamos ser más creativos en las respuestas institucionales que necesitan a estas alturas los cubanos que aman la cultura. El desafío, estoy de acuerdo, es descomunal.

Un saludo cordial,

Juan Antonio García Borrero  

 

 

 

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Publicado el enero 7, 2019 en Decreto 349, POLÉMICAS y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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