Jorge Santos Caballero sobre el Decreto 349

Juan Antonio:

Creo que lo escrito por ti me lleva a expresar mi consenso, mi disenso y las utilidades que hay que sacar de la lectura de lo que escribiste. En ese sentido, voy a expresarme con respecto al Decreto 349 y al proyecto de Resolución que nos mostró el viceministro de Cultura el pasado mes de diciembre.

En primer lugar, voy a dejar en claro que estoy en contra del intrusismo, la chabacanería, el mal gusto, la exaltación a lo pornográfico, a lo cursi y a todo lo que se parezca a irresponsabilidad en el orden social. Pero también considero que, por parte de las autoridades  –todas–, se cometió  un error esencial: se dejó que tomara auge toda esa armazón de ordinariez, y hasta se fomentaba  –porque se permitía– que la mala música y grosera,  por demás  –para citar algo de lo que está en el fondo del asunto—se escuchara en los medios masivos, y hasta en fiestas en las escuelas primarias y se consintieran bailes con gestos obscenos ejecutados por niñas y niños. En otros países hay más regulaciones que prohíben todo eso, y cuidado quien las viole.

Pero ahora aflora –aunque publicado hace meses– el Decreto 349 y la Resolución supletoria –sin número, fecha y firma todavía- que se nos mostró por el compañero viceministro en la reunión del sábado 22 de diciembre, en horas de la mañana. Casi pudiera expresarse que todo marcha lento, porque se tiene timidez de actuar. Es decir, lo que está estipulado tardíamente –y doble, porque se está demorando su aplicación con disímiles pretextos– es una suerte de paliativo para frenar lo que viene convirtiéndose en algo cotidiano: el mal gusto. Quizás se debió establecer un orden de prioridad para la ejecución del decreto y el procedimiento de aplicación, en que nuestras autoridades fijaran mediante sus fuerzas de orden público lo que establece el Código Penal, y entonces nos hubiéramos ahorrado estos humos que tenemos hoy. Había necesidad de poner fin al fuego apenas comenzó, y no se hizo –y se sigue demorando el apagarlo–. Esa es la pura verdad.

Y a pesar de que estoy plenamente de acuerdo con que hay tomar al toro por los cuernos y, por tanto, con la urgencia que amerita poner coto a la degradación social extendida en lo referido al arte en sentido general, que siempre concita otras violaciones conexas, me parece que el Decreto y su proyecto de Resolución supletoria –u otras disposiciones que puedan emanar para establecer procedimientos de aplicación–, son en todo caso extemporáneas, porque en Derecho, ese término significa que el acto que se realiza está fuera de término o plazo establecido por la Ley (en este caso por su aplicación tardía).

Pudiera cuestionarse mi punto de vista en este aspecto, pero el que ese Decreto y el proyecto de Resolución que instrumenta la aplicación del mismo han llegado tan tarde, que entronca con otra problemática, y es que ya el mal está hecho, ya la metástasis está generalizada. Aquí falló el nivel de exigencia estatal, el cumplimiento de la Ley, el nivel de acción de las autoridades competentes para poner orden y la actuación de los aforados a los cuerpos policiales, y se dejó que el mal no solo aflorara sino que tomara fuerza, que pasara de la supuesta jarana a la vulgaridad, que se pretendiera equiparar lo que se está divulgando en lo musical y en las imágenes que lo acompañan, con la guarachas de Ñico Saquito y Faustino Oramas; que la capacidad de improvisación se flagelara. Recuerdo que cuando muchos insistimos en la gravedad de lo que acontecía, se nos tildó de “viejos y de intolerantes”, o con más sutileza se nos insinuó en que no comprendíamos que los tiempos eran otros, que nos habíamos detenido en un momento dado y nos habíamos quedado atrás. Y lo peor es que muchas de las gentes que nos decía eso no eran los que hoy se pretende señalar como presuntos violadores de orden, sino que eran directivos, funcionarios de instituciones, o personas decentes que trataban de justificar lo que ocurría. Y qué casualidad, hoy esas mismas personas, después del Decreto, son los mayores intolerantes, pero no recuerdan sus defectos de omisión para actuar.

Vuelvo al quid de asunto, la Política Cultural cubana en el periodo revolucionario está delineada desde las Palabras a los Intelectuales, que todos recuerdan citar más por la célebre frase extraída fuera de contexto, pero que no han leído ese discurso en toda su extensión y analizado su contenido; y, por otro lado,  de allá a estos tiempos ha llovido bastante. No se puede vivir de las glorias y memorias, hay que readaptarse a los tiempos actuales y a los nuevos desafíos que presenta la Cultura cubana; no obstante, el precepto legal del que estamos hablando implica por ende, obligatorio cumplimiento, no es para educar, es para sancionar a quien viole la Ley, y no se puede estar con medias tintas, o tiras y encojes, porque cuando se va a aplicar la Ley hay que hacerlo con las formalidades debidas y el rigor que merece. No se puede confundir supuestos derechos de creación con gentes que no son creadores. Las cosas hay que decirlas por lo claro, no más retruécanos ni galimatías.

Quizás uno de los problemas más agudos que presentamos en todo ese entramado, es que el sistema educacional falló, porque es por ahí por donde comienza el esclarecimiento de qué es Conducta y hasta dónde puede llegar una o varias personas en el devenir diario –sin olvidar la responsabilidad de la familia–. Ojalá nuestro sistema educacional enseñe en sus textos y a nivel aula, qué es ser ciudadano, qué es civilidad; qué es el respeto al derecho ajeno; qué es, por ejemplo, el Código de Vialidad  -explicándolo, desde luego, a los distintos niveles de comprensión y aprendizaje si se toma en cuenta las edades–; y  qué  es y qué daño hace la droga  –cualquiera que sea–, como también el tabaquismo; o que las maestras vayan bien vestidas a las escuelas, sin nada de exhibicionismo físico ni prendas   –que no quiere decir que vayan feas o mal vestidas–, que cuiden sus modales y vocablos, así como sus parlamentos con otra persona delante de niños y jóvenes. Pero todo eso y más hay que enseñarlo sin meter miedo, o con métodos aburridos; o como se inculcan los valores en estos tiempos, cuando lo que hay que hacer es formar esos valores en los niños y jóvenes. No es un catecismo de civilidad lo que pedimos se haga, es que la escuela tome el mando en la formación, tal y como era cuando estudiábamos los que hoy somos viejos. Eso no cambia, ni limita derechos de niños y jóvenes como algunos dicen. Por ese camino justificativo, que es un cuento para instrumentar la desobediencia, no llegamos a nada. Se precisa tomar medidas para prevenir.  En otros países, por ejemplo, el uniforme escolar es sagrado, la disciplina es rigurosa en centros docentes y en la calle, y no hay que estar llevando a tantos niños a sicopedagogos cuando se les regaña o se le impone una medida disciplinaria, ni se considera que se limitan sus derechos. Hay que volver a la disciplina, que eso no daña, y un país no puede ir al caos por satisfacer supuestos derechos de insubordinados. Dejemos atrás tanta tontería justificativa, como esa de decir, que poner el orden es de otros tiempos. En todo caso, eso último que dije, son “trampas de la fe” para confundir, con perdón de Octavio Paz.

Cuando hay método para trabajar, y el maestro se convierte en ejemplo verdaderamente, no digo que desaparezcan los problemas de inmediato, pero el orden imperará. Por ahí se nos ha ido un por ciento elevado del derecho a formar ciudadanos disciplinados, decentes, que no quiere decir que sean unos tontos y dóciles. He ahí una de las claves de estos trances de hoy –que todo el mundo lo sabe, pero no se toca con la mano–.

Y es ahí, también, que ese es conflicto visto por mí al Decreto y al proyecto de Resolución de instrumentación, y por lo que los creo son extemporáneos. Vienen con llegadas tarde e injustificadas. Eso sí, urge ir poniendo fin a lo que es miserable en el comportamiento humano, a lo irresponsable en cualquier circunstancia. Y no importa que caiga quien tenga que caer, si se pasa de la raya, aunque se nos acuse en cualquier parte del mundo, porque el pueblo sabe, comprende y apoya las medidas cuando estas son para sanear a la sociedad.

Nosotros, los cubanos, tenemos que defendernos como lo hacen otros países, con nuestras leyes, pero en momentos oportunos, y, en este caso, debimos llevarlo a cabo en cuanto a su aplicación hace mucho tiempo, más allá del número del Decreto y todo lo que emane de su aplicación, tan de moda hoy por presuntos perjudicados. Más vale un mal arreglo, que un buen pleito, y tú eres tan abogado como yo. Eso fue lo que debimos hacer hace rato. Nadie con los pies en la tierra, con jerarquía intelectual teme a un Decreto que, por demás, no frena la creación como tal. Frena, eso sí, lo pedestre, lo chocante e inadmisible en la exhibición. No te quepa dudas, por ser condescendientes con la mediocridad estamos como estamos y eso hay que ponerle fin.

Jorge Santos Caballero  

 

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Publicado el enero 5, 2019 en POLÉMICAS y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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