Exposición “Humberto y Titón en las memorias”

Comparto las palabras introductorias concebidas para la Exposición “Humberto y Titón en las memorias”, que dejaremos inaugurada en el Complejo Audiovisual Nuevo Mundo hoy, a las cinco de la tarde.

Solás fue el cineasta que nos introdujo en el mundo digital del cine cubano, así que me habría encantado regalarle en vida esto que ahora organizamos en Camagüey: un regalo de cumpleaños para ese que, junto a Tomás Gutiérrez-Alea, todavía nos sigue inspirando el pensamiento renovador.  

Humberto y Titón en las memorias

Para los estudiosos del cine cubano, es casi una tradición pensar en Tomás Gutiérrez Alea (1928- 1995) y Humberto Solás (1941- 2008), como dos cineastas de estilos irreconciliables: algo así como la cara y cruz de una misma moneda. Para Titón abundan los elogios relacionados con la agudeza temática; para Solás, el enaltecimiento se asocia a una puesta en escena que deja ver influencias del mejor Visconti. Pareciera entonces que entre ambos autores no hay conexión alguna: que se mueven en órbitas totalmente distintas y distantes.

Sin embargo, cuando se dejan a un lado los prejuicios heredados, y se examina con serenidad ambas trayectorias, es inevitable descubrir el diálogo espiritual que estos artistas establecieron entre sí, a veces de un modo explícito, otras implícito, en el afán de construir mundos propios que les permitieran llevar hasta sus últimas consecuencias la experimentación comprometida con el tiempo histórico que les tocó compartir en vida.

Por otro lado, la historiografía al uso apela a esa metafísica de la presencia que nos habla de lo que ha conseguido llegar a las pantallas, y desde allí establece todo tipo de jerarquías y explicaciones. Pero la vida, lo sabemos, no es lo que la cultura ha logrado articular de una manera más bien armónica. La vida es lucha constante, pugnas eternas. Lo que sobrevive en este tipo de Historia al uso es lo que los poderes, en cada caso, han terminado legitimando en franca exclusión de lo que no se ajusta a sus intereses más puntuales. Habría que rastrear, pues, no en la identidad declarada por esos poderes, sino en las pugnas que tuvieron lugar antes de que se llegara a imponer ese sospechoso estado de consenso.

Recuerdo haber comentado con Humberto Solás parte de estas tesis mientras participábamos en un festival de cine en Benalmádena. Sobre todo porque me intrigaba, por ejemplo, la relación intelectual que debieron establecerse en la cotidianidad, entre Solás y Gutiérrez Alea. Entonces le expliqué que desde hacía algún tiempo intentaba aproximarme a la Historia del cine cubano, no desde el conjunto de sus películas (que sería la manera convencional de organizar el relato), sino desde las ideas y tensiones que originaron la existencia de cada uno de esos filmes. Y en algunos casos, su no existencia, o su censura más solapada. En el caso de Humberto y Titón, sabemos muy poco de esas tensiones creativas que podrían haberse establecido, a lo largo de sus existencias, entre ellos. ¿Cuánto de Titón hay en la obra de Solás, pero no como asimilación dócil, sino como debate silencioso?, ¿y cuánto de Solás no podría haber en esa puesta en escena tan cuidadosa que es La última cena?

Para empezar, ambos cineastas nacieron en La Habana en el mes de diciembre (aunque separados por un arco temporal de trece años), y además del amor a la ciudad natal del cual dejaran testimonio en sus respectivas filmografías, apelaron al cine como una manera de describir la complejidad de la nación cubana, entendida como algo más complejo que el espacio geográfico y/o político a los que algunos quieren reducirla, obviando los factores culturales y afectivos que atraviesan a cada uno de los miembros de esa comunidad imaginada que, al decir de Benedict Anderson, sería la nación.

Por otro lado, fuimos testigos de ese giro que en las postrimerías de su carrera, propició que Humberto Solas defendiera un festival donde la ética va por delante de la estética. Pues bien, yo diría que Titón anticipó buena parte de esa cosmovisión humanista del cine; o si no leamos el siguiente fragmento de una carta que Alea le enviara a Alfredo Guevara en el lejano 1968, donde habla de la necesidad de fomentar lo que llama “cine marginal”, y que en espíritu coincide con el “cine pobre” defendido por Solás.

Decía Titón en la carta:

Será un cine en 16 mm (al menos por ahora y como consecuencia de factores: posibilidad de utilizar equipos ligerísimos que permitan al mismo tiempo grabar sonido directo, es decir, la cámara Eclair silenciosa, en sincronía con la grabadora Perfectone). Será un cine directo, sin ningún efecto especial, lo cual no quiere decir que la cámara y el micrófono deban operarse siempre sincronizadamente. A veces, muchas veces, deben complementar ambos el análisis de una realidad cualquiera (por ilustración o por contraste). Utilizará un personal reducidísimo: un director, un camarógrafo y un sonidista. En caso necesario, la utilización de luces será reducida a su más elemental expresión, lo cual supondrá el empleo de un solo hombre adicional”.

Una Exposición que apela a lo transmedial (término acuñado por Henry Jenkins en su conocido libro “La cultura de la convergencia de los medios de comunicación”), sirve para poner a dialogar entre sí y con el público de ahora mismo, a estos dos grandes intelectuales cubanos cuyas propuestas fílmicas todavía nos invitan a navegar “la cubanidad” de un modo transversal y convergente.

A primera vista, pareciera que la exposición ha sido organizada de una forma más bien tradicional. Por un lado, estarían las diez fotos enmarcadas que muestran a los dos cineastas en diversas etapas de su vida; por el otro, las dos pantallas electrónicas en las que, respectivamente, se proyectan contenidos audiovisuales asociados a la carrera de ambos (una pantalla para Solás, otra para Alea), y por último, una selección de libros que abordan la obra de ambos.

En una exposición tradicional, el espectador está obligado, de alguna manera, a recorrer la ruta que el curador ha establecido de antemano. Aquí, sin embargo, quienes decidan apreciar la exposición tienen en sus manos la posibilidad de observar lo expuesto, pero también descargar del Portal, archivos asociados a lo que los ojos están viendo, dejar comentarios en la Apk “El Callejón de los Milagros” en el apartado donde se anuncia el evento, y, en definitiva, construir sus propias rutas de aprendizaje, de acuerdo al horizonte de expectativas que le guíe en ese instante.

Esto nos permite hablar de una exposición que, lejos de ofrecerse al público como algo definitivamente “curado”, se irá construyendo en la misma medida en que el público intervenga, comente, deje testimonio gráfico de su presencia, comparta con los que no asistieron al evento, pero que gracias a las redes sociales, seguramente tendrán la impresión de no haber estado tan lejos.

Por lo pronto, los que pasen por Nuevo Mundo podrán acceder a través de sus dispositivos móviles a un conjunto de contenidos de muy diversas características: desde las bio-filmografías de varios creadores que aparecen junto a Solás y Alea en las fotos escogidas (Jorge Herrera, Nelson Rodríguez, Juan Carlos Tabío, Manuel Octavio Gómez, Sara Gómez), pasando por una selección de críticas (por ejemplo, la de Memorias del subdesarrollo escrita en el momento de su estreno por Fernando Pérez), los temas musicales compuestos por Leo Brouwer para Memorias del subdesarrollo, Lucía, Cecilia, el documental de Kiki Álvarez titulado Memorias del fin de siglo, o un video “amateur” grabado por quien esto suscribe donde se habla de los objetivos generales de la exposición, y que me gustaría se apreciara como ejemplo de las potencialidades que reserva el uso creativo de estas tecnologías al ejercicio tradicional de la crítica de cine en el país.

Ignoro si en Cuba ya se han organizado exposiciones vinculadas al cine cubano con estas pretensiones transmediales. Puede ser, porque nada nuevo hay bajo el sol, aunque entre nosotros términos como el de intertextualidad transmediática (Marsha Kinder), inteligencia colectiva (Pierre Levy), o cultura convergente (Henry Jenkins) resultan todavía extraños a nuestras prácticas y conceptualizaciones. Y lamentablemente nuestro sistema institucional de la cultura sigue sin dar señales de dejar a un lado lo monomediático, para aventurarse en el fomento de escenarios donde el intercambio de bienes digitales y la cooperación de los usuarios contribuyan a fomentar el consumo creativo, la inclusión y la diversidad.

El título de la exposición (“Humberto y Titón en las memorias”) se presta a varias lecturas. Tal vez la dominante induzca a pensar en Memorias del subdesarrollo (1968), ese clásico de clásicos que este año ya cumplió un aniversario cerrado de su estreno público. Pero hablamos también de las memorias como dispositivos de almacenamiento que permiten al usuario llevarse a casa parte de lo que está expuesto, y pasarlo de mano en mano, fieles a ese imperativo de la época que parece dictarnos el deber de compartirlo todo, y, no menos importante, de las memorias personales en las que los dos cineastas ahora sobreviven gracias a quienes vieron sus películas, o los conocieron.

Ambos realizadores sabían que la esencia de un arte que busca perdurar en el ser humano (y no solo en los museos que después visitarán los grupos más ilustrados), ha de rastrear su forma de expresión más depurada, en la realidad desnuda de artificios. Titón y Solás, cada uno a su manera, se hicieron adictos a mejorar esa realidad.

Juan Antonio García Borrero (En Camagüey, el 4 de diciembre de 2018)

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Publicado el diciembre 4, 2018 en PROYECTO "EL CALLEJÓN DE LOS MILAGROS", TOMÁS GUTIÉRREZ ALEA. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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