Archivos Mensuales: diciembre 2018

2018: LUCES, MILAGROS Y SOMBRAS EN EL CALLEJÓN

Para los que desde la ciudad de Camagüey impulsamos el Proyecto de Fomento de la Cultura Audiovisual “El Callejón de los Milagros”, 2018 ha sido un año espléndido que, para estar a la altura de lo sucedido en estos doce meses de trabajo, concluye con una noticia de altos quilates: Jorge Fons, director de la multipremiada cinta mexicana El Callejón de los Milagros (1993) que inspira al Proyecto, ha aceptado participar en el IV Encuentro sobre Cultura Audiovisual y Tecnologías Digitales que celebraremos en Camagüey en el mes de abril.

Por supuesto que hablamos de algo que se viene consolidando gracias a las contribuciones de muchos. Como otras veces he comentado, el Callejón es un Proyecto socio-cultural que involucra a varias organizaciones (Sectorial Provincial de Cultura, Centro Provincial del Cine, Asociación Hermanos Saíz, Unión de Informáticos de Cuba), y aliados estratégicos como Desoft, Joven Club, Smart Soluciones Cuba, Orsis.

Es, por tanto, un proyecto colaborativo (no un proyecto que recae en los hombros de un individuo) que aunque tiene bien definidos sus objetivos (fomento del uso creativo de las tecnologías que ya se tienen en la mano, en función de la promoción cultural), se sabe en permanente construcción, y abierto a todo lo que permita la creatividad de cara a lo que hoy exige la informatización de la sociedad cubana.

Por eso es que justo hoy, día dedicado al trabajador de la Cultura, publico esta suerte de Memorias de lo que ha sido el 2018 en el Callejón de los Milagros de Camagüey. Es mi reconocimiento a la complicidad de todos los que sienten que ese espacio urbano podría convertirse en paradigma de un nuevo modelo de gestión cultural comunitaria. Lee el resto de esta entrada

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POST EXPO

Me siento satisfecho con lo sucedido ayer en el Complejo Audiovisual Nuevo Mundo en la inauguración de la Exposición “Humberto y Titón en las memorias”. Satisfecho con el numeroso público que asistió. Con las intervenciones que se hicieron. Y con la integración de textos, imágenes y sonidos en un mismo sistema de comunicación que permite la interactividad local.

Todo eso está bien, y sin embargo, lo que a mí me interesa no es tanto evaluar lo sucedido (el hecho puntual del cual ya se han mostrado instantáneas), como lo que queda sembrado y que puede ir creciendo (o no) sin que lo notemos a primera vista.

Cuando ayer comentaba en el blog sobre la informatización y el ciberanalfabetismo en Cuba aludía fundamentalmente a ese escenario en el cual nos encontramos ahora mismo, donde por un lado nos hacemos cada vez menos islas gracias al Internet que poco a poco se naturaliza, y por el otro, seguimos apelando al pensamiento disyuntivo que mantiene en lo insular el conjunto de nuestras prácticas.

Por supuesto que lo que ahora vivimos no es nada nuevo en la historia de la humanidad. En uno de sus textos Castells nos recordaba que la aparición del alfabeto no propició que el “estado mental alfabético” (Havelock) se consolidara de inmediato. Al contrario, tuvieron que pasar varios siglos después de inventada la imprenta para que el conjunto de individuos que conforman la humanidad adquirieran esa disposición a pensar la realidad en función de lo alfabético.

Lo mismo sucederá con lo digital. Nos falta mucho para adquirir ese estado mental digital, y, curiosamente, entre nosotros le costará más trabajo al sistema institucional adquirir esa condición que a los usuarios de estas tecnologías emergentes.

Pudimos comprobarlo ayer: allí no estaba la televisión (que es todavía nuestro canal de promoción por excelencia), y sin embargo, varias personas estaban subiendo “en vivo” imágenes de lo que allí estaba sucediendo, con lo cual la Exposición ganó visibilidad internacional en tiempo real.

Regreso a lo que escribía al principio: me deja satisfecho lo que vivimos ayer. Pero al mismo tiempo sirvió para mostrarnos el largo camino que nos espera por recorrer.

Juan Antonio García Borrero   

INFORMATIZACIÓN Y CIBERANALFABETISMO EN CUBA

Para hoy 4 de diciembre, el espacio televisivo de la Mesa Redonda abordará el tema de la Informatización del país, informando de paso sobre la extensión de los servicios de conectividad a Internet y la conexión de datos a través de los móviles.

Sin duda alguna, en el plano de la infraestructura tecnológica, Cuba se va consolidando cada vez más. A mí lo único que me preocupa como ciudadano común es que hablamos poco de la necesaria Campaña de Ciberalfabetización que necesita el país.

Sé que este es un término que no gusta manejarse demasiado en los medios oficiales. Se considera que para un país que logró erradicar el analfabetismo en su momento, hablar de neoanalfabetos funcionales y tecnológicos roza con el insulto. Para mí eso es un error, y tengo en mente siempre aquello que gustaba repetir Séneca en sus tiempos: “No es vergüenza saber poco, sino perseverar obstinadamente en el error”.

Nuestro neo-analfabetismo (me incluyo en esa condición) puede convertirse en algo grave, en la misma medida en que posterguemos la formación de usuarios críticos. No importa que tengamos escuelas, universidades, o centros de trabajo con acceso ilimitado a Internet: si no hay un adiestramiento que parta de lo que ya se conoce como las Humanidades Digitales, corremos el riesgo de multiplicar hasta el infinito dentro de nuestra sociedad aquel robot alegre que Wright Mills denunciaba en su época.

Y, por supuesto, si queremos que los nativos digitales (esos que ahora son nuestros alumnos) conviertan a su aprendizaje en un proceso realmente creativo (y no intercambios de conocimientos meramente formales), necesitamos trazar estrategias públicas más ambiciosas que las que tenemos en la actualidad.

Pongo un ejemplo muy cercano que me ha chocado. En estos días, a propósito del aniversario de la muerte de Fidel, varias escuelas han pasado por el Complejo Audiovisual Nuevo Mundo con el fin de ver documentales que aluden al líder.

Lo triste de esto es que entran a la institución, ven el material, y se marchan, y ninguno de los estudiantes ni los maestros se enteran que allí, escaneando uno de los Códigos QR de la cartelera podrían descargar gratis el documental Mi hermano Fidel, de Santiago Álvarez, u otros materiales de interés para la comunidad académica. ¿Se entiende ahora un poco mejor de lo que hablo?

Juan Antonio García Borrero

Exposición “Humberto y Titón en las memorias”

Comparto las palabras introductorias concebidas para la Exposición “Humberto y Titón en las memorias”, que dejaremos inaugurada en el Complejo Audiovisual Nuevo Mundo hoy, a las cinco de la tarde.

Solás fue el cineasta que nos introdujo en el mundo digital del cine cubano, así que me habría encantado regalarle en vida esto que ahora organizamos en Camagüey: un regalo de cumpleaños para ese que, junto a Tomás Gutiérrez-Alea, todavía nos sigue inspirando el pensamiento renovador.  

Humberto y Titón en las memorias

Para los estudiosos del cine cubano, es casi una tradición pensar en Tomás Gutiérrez Alea (1928- 1995) y Humberto Solás (1941- 2008), como dos cineastas de estilos irreconciliables: algo así como la cara y cruz de una misma moneda. Para Titón abundan los elogios relacionados con la agudeza temática; para Solás, el enaltecimiento se asocia a una puesta en escena que deja ver influencias del mejor Visconti. Pareciera entonces que entre ambos autores no hay conexión alguna: que se mueven en órbitas totalmente distintas y distantes.

Sin embargo, cuando se dejan a un lado los prejuicios heredados, y se examina con serenidad ambas trayectorias, es inevitable descubrir el diálogo espiritual que estos artistas establecieron entre sí, a veces de un modo explícito, otras implícito, en el afán de construir mundos propios que les permitieran llevar hasta sus últimas consecuencias la experimentación comprometida con el tiempo histórico que les tocó compartir en vida.

Por otro lado, la historiografía al uso apela a esa metafísica de la presencia que nos habla de lo que ha conseguido llegar a las pantallas, y desde allí establece todo tipo de jerarquías y explicaciones. Pero la vida, lo sabemos, no es lo que la cultura ha logrado articular de una manera más bien armónica. La vida es lucha constante, pugnas eternas. Lo que sobrevive en este tipo de Historia al uso es lo que los poderes, en cada caso, han terminado legitimando en franca exclusión de lo que no se ajusta a sus intereses más puntuales. Habría que rastrear, pues, no en la identidad declarada por esos poderes, sino en las pugnas que tuvieron lugar antes de que se llegara a imponer ese sospechoso estado de consenso.

Recuerdo haber comentado con Humberto Solás parte de estas tesis mientras participábamos en un festival de cine en Benalmádena. Sobre todo porque me intrigaba, por ejemplo, la relación intelectual que debieron establecerse en la cotidianidad, entre Solás y Gutiérrez Alea. Entonces le expliqué que desde hacía algún tiempo intentaba aproximarme a la Historia del cine cubano, no desde el conjunto de sus películas (que sería la manera convencional de organizar el relato), sino desde las ideas y tensiones que originaron la existencia de cada uno de esos filmes. Y en algunos casos, su no existencia, o su censura más solapada. En el caso de Humberto y Titón, sabemos muy poco de esas tensiones creativas que podrían haberse establecido, a lo largo de sus existencias, entre ellos. ¿Cuánto de Titón hay en la obra de Solás, pero no como asimilación dócil, sino como debate silencioso?, ¿y cuánto de Solás no podría haber en esa puesta en escena tan cuidadosa que es La última cena? Lee el resto de esta entrada